7 LA cacería
SYLVIA
La selva, Nemea, hace cuatrocientos años
L a selva se cerraba sobre mí como un manto denso y amenazante. Mis pies descalzos tropezaban a cada paso, hiriéndose con piedras, astillas y cáscaras de frutos espinosos. No tenía ni idea de hacia dónde dirigirme. Corría por mi vida, sin detenerme, sin mirar atrás.
Los gritos de las otras mujeres llegaban hasta mis oídos. Gritos y lamentos desgarradores que se me clavaban en el alma. Pero no podía ayudarlas, del mismo modo que ellas tampoco podían ayudarme a mí. Ninguna de nosotras podía hacer nada contra las bestias que nos perseguían.
Mi única alternativa era alejarme de aquel horror tanto como pudiera y esconderme en alguna gruta. No conocía el terreno. Jamás había estado en la selva, y aquello no era una selva cualquiera, sino una de otro planeta que nada tenía que ver con la Tierra.
Los frutos eran más grandes, los animales extraños y peligrosos, los colores más vibrantes…
Sulveh me había prometido que vendría a por mí, que no tuviera miedo, que solo corriera.
Él seguiría mi aroma y me encontraría. Pero llevaba una eternidad avanzando y no había ni rastro de él por ninguna parte.
Era solo cuestión de tiempo que cualquiera de los otros barogs, fieros e inmensos, diera conmigo.
Se desplazaban a la carrera como animales en celo.
Y si otro barog me capturaba…
Los veía al otro lado de los arbustos, saltando de árbol en árbol, trepando rocas y corriendo veloces entre las palmeras, con el solo objetivo de cazar a alguna de nosotras. Era una barbarie.
En mi mundo, algunos se habían topado con tribus nativas feroces y sanguinarias, pero al menos se podía intentar razonar con ellos y comerciar.
Con los barogs, en cambio, era imposible.
Nos habían traído a la selva con un solo propósito, y ni ellos ni nosotras saldríamos de aquí sin que lo cumpliesen.
Porque, para ellos, no era una cuestión de entretenimiento, sino de necesidad y… supervivencia.
La cacería era uno de sus ritos más sagrados, la forma en que se unían a las descendientes para toda su existencia. Temblaba con solo pensar en ello. Si Sulveh no llegaba hasta mí…
Él también era un barog, pero yo le había conocido en la Tierra como humano y sabía que podía confiar en él.
Puede que, aquí, su aspecto fuese tan impactante y terrorífico como el de los demás, pero yo conocía su corazón: era pura bondad.
A fin de cuentas, le había seguido por propia voluntad, aunque jamás imaginé que me encontraría con algo así.
A mi derecha, un par de chillidos desgarradores espantaron a una manada de… lo que fuese: unos animalillos de colores que no había visto en mi vida. Un golpe seco a mi izquierda me paró el corazón mientras una bandada de pájaros salía volando más allá de las copas de los árboles.
Había movimiento en los arbustos cercanos, así que me agaché al amparo de las anchas hojas y me arrastré de rodillas hasta ocultarme tras el tronco rugoso de una palmera gigante. Varios helechos me protegían de la vista de otros.
Respiraba con dificultad y me dolía el costado. Debía de ser por la caída de unos minutos antes. Había tropezado con una raíz retorcida y me había desplomado en el suelo cuán larga era. Por fortuna, no me había roto nada, o ahora mismo estaría aullando de dolor.
Mientras los gritos y sollozos continuaban, me asomé con cautela.
Había una mujer morena tumbada de espaldas en el barro bajo el peso de un barog enorme.
La reconocí enseguida. Era Penny, la muchacha con la que Elena y yo habíamos hablado en las mazmorras.
Procedía de otro asentamiento de colonos en el nuevo mundo, no muy alejado del nuestro.
Ese monstruo le había levantado el vestido y estaba entre sus piernas. La poseía entre rugidos y gemidos, sujetándole las muñecas con una mano por encima de la cabeza… hasta que ella dejó de resistirse.
Dejó de gritar.
Dejó de patalear.
Dejó de sollozar.
Se quedó inmóvil, en silencio, con la mirada clavada en la cúpula de hojas que cubría la selva, como si fuera una estatua. En cuanto el barog percibió que había dejado de luchar, le soltó las manos y siguió embistiéndola.
Tuve que taparme la boca con ambas manos para no gritar.
Las lágrimas me anegaron los ojos y un dolor atroz se instaló en mi pecho.
Puede que fuera una cobarde por no acudir en su ayuda, pero ¿habría servido para algo?
Tal vez podría haberle tirado piedras o golpearlo con un palo.
Eso le habría dado a Penny… ¿Cuántos? ¿Unos segundos para huir?
Lo único que habría conseguido habría sido enfurecerlo y ponerme al descubierto. No habría servido para nada, o eso es lo que me repetía para no sentirme tan miserable.
Tras un rugido que hizo temblar la Tierra, la abrazó durante un buen rato mientras todo su enorme cuerpo se sacudía y tensaba sobre ella. Después, se arrodilló entre sus piernas, tiró del vestido para cubrirla y la ayudó a levantarse con suavidad, como si no acabara de violarla.
Penny seguía con la mirada perdida, incapaz de reaccionar. Aquel barog le secó las lágrimas con los dedos y la besó con ternura. La cogió de la mano y la condujo a través de la selva, lejos de mí. Penny lo siguió sin rechistar.
Se me revolvió el estómago y vomité. En el nuevo mundo había visto algunas cosas terribles, pero nada tan crudo como la escena que acababa de presenciar. Y yo tenía muchas probabilidades de sufrir lo mismo que ella.
Me levanté, todavía pegada al tronco, y escruté la vegetación a mi alrededor. Los gritos se escuchaban más lejanos que antes y los arbustos cercanos parecían en calma, así que me aventuré a salir de mi escondite.
En cuanto puse un pie fuera, lo sentí: una presencia jadeante detrás de mí.
Me di la vuelta y me encontré de frente con Sulveh.
Tenía el cabello revuelto y enredado, la piel cubierta de sudor y los músculos tensos y abultados.
El taparrabos primitivo que llevaba apenas le cubría desde la cadera hasta medio muslo.
Me quedé muy quieta, observando su figura imponente y, al mismo tiempo, aterradora. La cola, que se alzaba como un látigo, las garras extendidas y los colmillos que sobresalían de los labios me daban una idea bastante acertada de la clase de ser que era en realidad.
Me forcé a centrarme solo en sus ojos de bronce, tan cálidos y amables. Ahora mostraban un brillo más fiero, depredador. A fin de cuentas, estábamos en una cacería y yo era su presa.
No me moví. Estaba asustada, pues iba a poseerme. Sin embargo, sabía que no me haría ningún daño. Debía hacerlo en este momento, tan pronto nos encontráramos en la selva. Antes de que ninguno de los otros barogs llegara hasta mí.
Estaba preparada. Por supuesto, no era así como hubiera escogido que ocurrieran las cosas entre nosotros si hubiera podido elegir, pero así tenían que ser si quería unirme a él para disfrutar de una larga vida juntos.
Me tragué el miedo y avancé unos pasos temblorosos hacia él. Incluso logré sonreírle.
Él sonrió también, mientras el hambre voraz marcaba aún más sus facciones masculinas y resplandecía en sus ojos. Había algo distinto en él, en su modo de caminar, de balancear los brazos, de mirarme. Supuse que era efecto del rito de la cacería y de su excitación.
Avanzamos el uno hacia el otro y nos detuvimos a tan solo un palmo, nuestros cuerpos rozándose con cada respiración.
Enredó los dedos en mi nuca y la otra mano en la cintura.
Se inclinó lentamente sobre mí y ensanchó las fosas nasales.
Mi aroma debió de gustarle porque sonrió de nuevo.
Un aroma que conocía bien, después de frecuentar mi compañía en la Tierra durante más de un mes.
Hundió la nariz en mi cuello, encorvado sobre mí, y paseó la lengua por mi garganta.
Me empujó con suavidad hasta que mi espalda chocó con el tronco de la palmera.
Sus dedos bajaron por mi costado y siguieron su descenso por la línea de mi cadera.
Cuando llegó al borde del vestido, empezó a subirlo lentamente.
Cuando mi intimidad quedó al descubierto, retrocedió un paso y me contempló con los ojos encendidos.
Me escrutaba con avidez, con una expresión nueva en el rostro.
Creía conocer todas sus facetas. Estaba claro que no.
Le deseaba desde hacía tiempo y deseaba yacer con él, incluso con esa forma suya tan distinta a como le había conocido. Aun así, no pude evitar temblar bajo su mirada. Su aroma, mucho más espeso y oscuro que aquel al que me tenía acostumbrada, se me coló en la nariz. Me mareé.
—No tienes nada que temer de mí, preciosa. Te prometo que no voy a hacerte daño —susurró con la voz gutural mientras me acariciaba con delicadeza la mejilla.
—Lo sé. Confío en ti.
Abrió los ojos un poco más durante un instante, llenos de sorpresa.
Entonces, se despojó del taparrabos y ahogué un grito de asombro. Aquello era… era… demasiado grande para mí.
—Encajaremos a la perfección, no tienes nada de que preocuparte.
Asentí y le creí.
Sabía que en sus brazos estaba a salvo y que esa era la única forma de unirnos y estar juntos para toda la eternidad. Debíamos vincularnos en Nemea, en su forma barog.
Me agarró por el trasero y me levantó. Se hizo hueco entre mis piernas y me alzó los muslos para poder encajarse. Me agarré a sus hombros con fuerza y le apreté la cintura con las piernas para no caerme, aunque él me tenía bien sujeta.
—Relaja la musculatura, humana. Iré despacio.
Había algo distinto en su voz. El timbre era menos grave. Y el olor… Era el suyo y, a la vez, no lo era. El aroma a excitación y sexo debía de estar enmascarando todo lo demás.
Me relajé, tal como él me había pedido, y sentí cómo la punta de su miembro empujaba despacio dentro de mí, abriéndome lentamente para él. Siguió penetrándome con cuidado, centímetro a centímetro, mientras yo me mordía el labio para no gritar por la impresión.