6 LA ASAMBLEA
DARYOS
L e rodeé los hombros con el brazo a mi amigo y dejamos a nuestras hoa uhanes atrás para dirigirnos a la asamblea.
—Al final te has salido con la tuya, ¿eh, chaval? —dije, dándole una palmada en el pecho.
Xerx sonrió.
—Lo mío me ha costado. Jenny me ha hecho sudar tinta, D. ¡Creía que me tendría años esperando!
—Con lo buen mozo que eres… Un poco rarito, eso sí.
—Vete a la mierda.
Ambos soltamos una carcajada.
—Te lo he dicho con cariño, hombre. Sabes que me alegro mucho por ti.
—Lo sé. Al fin, estamos todos emparejados. ¿Puedes creerlo?
—No mucho, la verdad. Es un maldito milagro que esas mujeres espectaculares nos amen.
—Los dioses nos han sonreído, D.
—Los dioses debían ir ciegos de licor de moras; no le encuentro otra explicación.
Volvimos a reírnos.
—Mira, yo soy un tarado y tú… Bueno, tú eres un buen tipo, bastante centrado y todo eso. Pero también tienes tus momentos de locura transitoria. La mía, en cambio, es permanente.
Apuesto a que hasta el Mo’o azul escuchó su carcajada desde el lago de la cascada.
—Una buena manera de describirnos, D —dijo sujetándose la barriga mientras seguía riendo. Yo hacía lo mismo.
—Jenny y tú os habéis encontrado, amigo mío. Sois tal para cual. Que si los papiros antiguos, que si las estatuas del templo, que si los símbolos marcados en las piedras negras…
—Ya veo a dónde quieres llegar.
—Sois unos frikis, no lo niegues. ¿Se dice así? Callie suelta a veces algunas palabras muy extrañas, y nunca sé si las uso bien. Vaya, que sois un par de estudiosos y motivados de esa clase de cosas.
—Eso seguro. Pero, al menos, no somos un par de zumbados como Callie y tú. Los dioses la crearon para ti, D, no hay duda.
Nos desternillamos de nuevo.
—Y volviendo a lo importante, ¿qué tal fue en tu lugar especial?
—Increíble, D. Jamás había sentido nada igual.
—¿Tu primera vez con una humana fue como esperabas?
—¡Fue mucho más! Hacer el amor con ella es… Joder, ¡me vuelve loco! Ni siquiera soy capaz de describir lo increíble que fue.
—Te aseguro que te entiendo. Con Callie… ¡Uf! No puedo quitarle las manos de encima. Es que me trastorna, te lo juro. Me entra un no sé qué cuando la tengo cerca… Y cuando no está cerca, no puedo dejar de pensar en ella. Es como un frenesí que me domina. Se me pone dura como una piedra y…
—Vale, D, los detalles para Lansh o Ax.
Soltamos otra carcajada. Mi amigo siempre había sido el más reservado del grupo.
—Jenny estaba loca por ti desde el principio, solo que es muy joven. Traerlas aquí, a Nemea, fue un shock para todas. Cada una de ellas se ha adaptado a su propio ritmo.
—Pensaba que tardaría mucho más en aceptarme por completo, y te juro que iba a respetarla. Habría esperado lo que ella me hubiese pedido. Lo más importante para mí es su felicidad.
—Eso está bien, Xerx. Por eso te quiere tanto, porque sabe que eres un buen barog, leal y de fiar. Se lo has demostrado con creces.
—Eso fue lo que la convenció.
—Eso… y todo lo demás —dije señalando de la cabeza a los pies a mi amigo—. A ver si te crees que se ha acostado contigo solo por tu inteligencia.
—Eres gilipollas. Lo sabes, ¿verdad?
Puse los ojos en blanco.
—Seguro que todo el numerito ese que te marcaste para rescatarla del nido de las águilas la dejó extasiada. A partir de ahí, todo fue pan comido.
—Es imposible hablar contigo, D.
Me abalancé sobre él y le revolví el pelo con la mano.
—Lo único que cuenta es que ya estáis juntos. ¡Soy muy feliz por ti, amigo mío!
Seguimos bromeando y haciendo el idiota, tal como era habitual en nosotros, hasta que llegamos ante la morada de mi hermano. Cuando eché un vistacillo alrededor, pesqué a unos cuantos llitops atravesando los arbustos a la carrera.
—¡Ahí van los tocahuevos esos! —grité.
—¿Qué te han hecho los pobres? No ocasionan ningún daño y adoran a Callie.
—Estamos invadidos, Xerx. Nunca se habían acercado tanto a la aldea ni durante tanto tiempo. ¡Hay decenas de ellos! Y están aquí por mi hoa uhane . Algo se cuece, te lo digo yo.
—Deberías estar agradecido. Liberaron a tu hembra y a las demás descendientes de los pantanos.
—Lo sé y se lo agradezco un montón, créeme. Pero todo este rollo de que la sigan a todas partes me provoca escalofríos. Qué quieres que te diga, siento curiosidad, eso es todo. Y no olvidemos los dientecitos que tienen. Podrían arrancarnos unos cuantos dedos sin pestañear.
—Apuesto a que están de nuestro lado, ¿no crees?
—Eso parece, aunque todavía no sé por qué.
Xerx escrutó la primera línea de palmeras con sus ojos anaranjados.
—¿Y no te preocupa que tengamos también una invasión de leones? A las panteras las fuimos a buscar, pero todos esos leones que están apareciendo por propia voluntad…
—Tienes razón. Enzo ha reclutado a unos cuantos, pero hay muchos que no tenemos ni idea de dónde han salido.
—Los leones siempre han sido nuestros amigos y aliados, tiene sentido.
—Ya, pero llegan de todos los rincones de Nemea. Algo los está atrayendo hacia la aldea. La guerra ni siquiera ha empezado aún y ya llevan días aquí. De todos modos, lo agradezco. Cualquier aliado es bienvenido. Nos harán falta todas las fuerzas que podamos reunir.
Un breve silencio se abrió entre nosotros.
—¿Crees que venceremos, D?
Quería creerlo, pero debíamos ser realistas.
Ux iba a darlo todo en esa guerra. Era su última oportunidad, así que no teníamos ni idea de las hordas que lanzaría sobre nosotros.
Había muchos animales temibles en Nemea que podía intentar unir a su causa.
Engrosaría su ejército de hermanos perdidos todo cuanto pudiera. Exploraría cualquier alternativa.
Y algunas podrían ser terribles para nosotros.
—No tengo ninguna duda. Ganaremos, Xerx. Contamos con los guardianes del templo, las panteras, los leones y los… llitops. ¡Incluso con una aninf ! —dije sonriendo—. ¿Qué puede salir mal?
Absolutamente todo, pero eso no lo mencioné. Xerx no era tonto y conocía el peligro que corríamos tan bien como yo.
—Que los dioses nos ayuden, D.
Apreté la mandíbula y alcé la vista hacia el cielo, claro y soleado, de mi hermoso planeta.
—Lo harán. Porque, si no, Nemea y toda nuestra especie se degradarán para siempre. Ux no puede vencer. Eso destruiría a los barogs.
Mi amigo asintió.
—Puede que tengas razón, pero no podemos bajar la guardia ni confiarnos —dijo con una sombra de inquietud.
—No lo haremos, Xerx. Somos los mejores guerreros de Nemea y tenemos al mejor rey de todos los tiempos.
No lo dudes: aplastaremos a los hermanos perdidos y destrozaremos a su líder psicópata.
¡Ux obtendrá su merecido! —Jamás había odiado a un barog con tanta fuerza.
Otros, como Ciench, Sulveh o todas las descendientes que ese monstruo retuvo en los pantanos, tenían aún más motivos que yo para hacerlo—.
Ahora, démonos prisa. Mi hermano tiene muchas virtudes, pero la paciencia no es una de ellas.
—Cyrus ha mejorado mucho —murmuró.
—Siempre fue un buen barog.
—Lo sé, D, pero pasamos momentos duros. Por fortuna, los superamos.
—Volvemos a ser la panda de amigotes descerebrados de siempre, ¿verdad?
Se rio.
—En cuanto a lo de descerebrados… Habla por ti, tío. En eso no te supera nadie.
Mi carcajada espantó a un grupo de llitops que se habían aventurado más de la cuenta en la aldea. Si me tocaban mucho las pelotas, se los daría a Enzo para cenar.
Entramos en el palacio, todavía bromeando. Y cuando llegamos a la sala donde se celebraba la reunión, ya se encontraban todos allí.
Al terminar la asamblea, cada uno de nosotros sabía lo que debía hacer.
Entre Cyrus y yo, con el apoyo de los barogs de mayor confianza, expusimos lo que había que llevar a cabo en los próximos días.
Debíamos ser rápidos y eficaces, porque no sabíamos cuándo llegarían los hermanos perdidos.
Tanto podían tardar una semana… como aparecer en el próximo minuto.
No obstante, si algo habíamos aprendido de Ux, de la primera guerra y de lo que Callie y las demás descendientes cautivas nos habían contado, era que ese malnacido era muy astuto y no iba a precipitarse.
Podría haber perseguido a las mujeres cuando se escaparon de su celda e intentar darles caza. Sin embargo, no lo había hecho, a buen seguro porque desconocía si nosotros estábamos en los pantanos y cuántos éramos. Todo eso nos decía que, pese a la sed de venganza que lo dominaba, no se arriesgaría.
Nos atacaría cuando estuviera preparado.
El problema era que no teníamos ni idea de cuándo ocurriría eso.
Contaba con sus hermanos perdidos, tanto los barogs purasangre como los inferiores, y puede que también con algunas de las aninfs que convivían con ellos en su asentamiento. Pero ¿con quién más? Ese puto monstruo podría intentar reclutar a cualquiera que aún no hubiese elegido bando.
Casi todos los líderes de grupo se habían marchado al finalizar la reunión para empezar a cumplir las órdenes del rey. Había que construir fosos y empalizadas, fabricar lanzas, reforzar los turnos de vigilancia, organizar las posiciones que ocuparían los distintos grupos…
—Tal vez podrían usar rinos como monturas, pero no para luchar. E incluso como tales, serían completamente impredecibles —dijo Cyrus, que seguía dándole vueltas al asunto.
En la morada de mi hermano, ya solo quedábamos los más amigos: Cyrus, Lansh, Axeh, Xerx, Ciench, Toruch, Sulveh, Xioh y yo.
El sanador había llegado un poco más tarde a la asamblea porque, tal como le había pedido el rey, estaba hablando con Emi sobre instruirla en su oficio.
Con la batalla que se nos echaba encima, un solo sanador no sería suficiente.
Alguien había propuesto también a Penny, que tenía algunos conocimientos muy útiles y mucho temple.
Tina se había marchado hacía un rato para unirse a las otras mujeres en sus entrenamientos. Pronto Lansh acudiría a comprobar sus progresos.
—Los rinos tienen el cerebro del tamaño de una nuez. No van a servirles de nada —intervino Toruch.