5 VAMOS A ENTRENAR
CALLIE
—Ven aquí, amor. Vuelve a la cama —ronroneó Daryos, estirándose como un felino.
—Ni hablar, que ya me sé tus tretas. Voy a darme una ducha y a ver a las chicas. Iremos a entrenar un rato. A ver si, cuando llegue Lansh de la asamblea, se siente orgulloso de nuestros avances.
—Últimamente me quieres menos, preciosa.
—No seas cuentista, que nos conocemos, barog.
—Qué cruel eres, amor mío.
Puse los ojos en blanco.
—Te acuerdas de que tienes que ir a la reunión, ¿verdad?
—No me apetece demasiado. Preferiría quedarme aquí y follarte durante todo el día.
—Claro, porque las dos veces que llevas desde que ha salido el sol no son suficientes.
—Si me dices que para ti lo son, me tiro por la ventana.
—No creo que eso te causara ni siquiera un rasguño.
Soltó una risilla, que intentó disimular.
¡El tío era un caso digno de estudio!
—Solo una vez más. Así podré aguantar hasta el mediodía.
—¿Tú crees que es normal pensar a cada segundo en follar cuando estamos al borde de una guerra bíblica?
—Pues por eso mismo, amor. Hay que divertirse mientras aún estamos vivitos y coleando. Sobre todo, coleando .
Solté una carcajada. Era imposible no pasárselo bien con él. La vida con Daryos era una fiesta constante. Incluso en los momentos más duros, en los que muchos otros estaban tensos, nerviosos y cagados de miedo, él mantenía su sentido del humor y lograba arrancar algunas sonrisas.
Me acerqué de nuevo a la cama, me incliné sobre mi príncipe y le di un beso de esos de caerse de culo. Le metí la lengua hasta la campanilla y lo manoseé un poco entre los muslos. ¡Cualquiera se resistía ante semejante portento de la naturaleza!
Él gimió.
—¿Lo ves, amor? Te apetece tanto como a mí —me dijo en ese tono zalamero que me ponía a cien.
—O más.
—Eso lo dudo —afirmó con una sonrisa pícara mientras se agarraba la polla y la apuntaba hacia mí. Soltó varios gemidos y se retorció sobre la cama para provocarme.
Se me hizo la boca agua, pero no iba a caer en la tentación. Se puso bocabajo y empezó a empujar con las caderas contra el colchón.
«¡Por todos los rinos!», pensé, acalorada.
—Vale, se acabó. Te dejo por imposible. —Le di un cachete en ese culo de escándalo y me alejé hacia la ducha.
—¡No puedes dejarme así, amor! ¡Es crueldad pura!
Hice rodar los ojos mientras me metía en el baño.
El rugido largo y profundo de Enzo desde el piso inferior me confirmó que estaba tan harto de escuchar a Daryos como yo.
¿Cómo demonios había acabado con un barog y un león como compañeros de piso? La vida podía ser muy rocambolesca.
Mientras volcaba el primer cubo de agua sobre mi cabeza, le escuché protestar de nuevo.
A medio camino hacia la morada del rey, Daryos y yo nos encontramos con Jenny y Xerx, que venían tan contentos y cogiditos de la mano. ¡Hacían una pareja estupenda! A mi amiga le había costado dar el paso, pero, en cuanto lo había hecho, se la veía muy feliz. Y ¡Xerx babeaba por ella!
—¿De dónde venís tan temprano, parejita? —preguntó Daryos.
—De sellar nuestra unión en el lago esmeralda —explicó su amigo. El círculo naranja que rodeaba sus iris brilló con fuerza.
—¡Felicidades, amigo mío! —dijo Daryos, abrazándolo con cariño y dándole varias palmadas en la espalda.
Jenny se había puesto colorada y se mantenía en silencio. Xerx le lanzó una miradita cargada de amor.
Mi amiga y yo nos separamos de nuestros barogs, que siguieron rumbo a la asamblea, y nos dirigimos a la casa posada para reunir a las mujeres que quisieran entrenar un poco.
Cualquier conocimiento sobre cómo defendernos podría ser de gran utilidad cuando se desatara la guerra.
El rey y todos sus guerreros barogs habían prometido que nos protegerían y que no permitirían que nos sucediera nada.
No obstante, ya sabíamos lo que había ocurrido en la guerra anterior…
Toda prudencia era poca. No nos arriesgaríamos a estar completamente desvalidas. ¡Ni hablar!
Poco después, llegaron a la posada Susi, Marla y Penny.
Habían pasado antes a ver a Sylvia y al bebé por su nuevo hogar, y Artia se había quedado con ellos para ayudarlos.
Sylvia también quería entrenar; pero, hasta que el sanador diera su conformidad, no debía hacer esfuerzos que pudieran reabrir la herida.
Además, tenía que centrarse en su precioso hijo.
Tina permanecería al lado de Cyrus durante la asamblea.
Aunque Daryos también me había pedido que le acompañara, yo prefería ayudar a las otras descendientes a pelear y defenderse que escuchar al rey dando órdenes sobre la construcción de empalizadas, la confección de flechas o los turnos de vigilancia.
Si había algo importante, me lo contarían después.
Ya estábamos a punto de salir cuando apareció Lorna. Llevaba su moño habitual en lo alto de la cabeza y se le habían escapado algunos mechones. Sus mejillas estaban encendidas y el vestido, un poco arrugado.
—¿Te has revolcado por el suelo, McPhee? —pregunté.
Se recogió un mechón tras la oreja con la dignidad de una primera dama y se alisó el vestido.
—No, Calista. Me he dado un buen revolcón en la cama con mi barog. ¿Algún problema? —Me miró desafiante.
—Ninguno, mujer —dije mostrándole las palmas de las manos en son de paz—. Yo he hecho exactamente lo mismo con el mío. Dos veces. Aunque, si fuera por él, no saldríamos de la cama en todo el día.
Las risas de las mujeres reverberaron por toda la posada.
—Así me gusta, que os mantengáis en forma —intervino Marla con una sonrisa traviesa. Esa mujer era muy divertida.
Por desgracia, algunas como Susi todavía rehuían esos temas. Las pobres habían pasado un calvario y tardarían en sanar.
—¿Quién tiene ganas de lanzar unas flechas? —pregunté para cambiar de tema.
Solo unas pocas levantaron la mano, entre ellas Jenny, Marla, Susi y Penny.
—Venga, chicas, ¡un poco de entusiasmo!
—Yo todavía tengo agujetas en los brazos de la última vez. ¿Podemos entrenar con el cuchillo? —propuso una de las mujeres.
Ensanché una sonrisa.
—¡Por supuesto! Lo importante es que sepamos cómo utilizar esas armas en caso de necesidad.
Si os sentís más cómodas con el cuchillo, no hay problema.
Es cierto que es más fácil defenderse de esos animales a una cierta distancia, pero un cuchillo bien clavado en las pelotas puede noquear a cualquier macho.
Más risillas.
—¿Y el machete? —preguntó otra.
Abrí los ojos como platos. ¡Se estaban animando! Eso era genial. Esas mujeres habían pasado por mucho, pero ahí estaban: dispuestas a defenderse. No podría sentirme más orgullosa.
—Lo que queráis. Habrá que tener cuidado, no sea que alguna se motive demasiado y le corte el brazo de cuajo a alguien. Vayamos fuera, chicas. Cuando Lansh nos vea, ¡va a flipar!
Al final, se animaron unas veinte mujeres y, entre todas, cogimos las armas para practicar. Estábamos a punto de salir cuando miré alrededor.
—¿Dónde está Emi?
Mi amiga rubita no había aparecido.
—Está con Xioh. El sanador ha pasado a buscarla por aquí antes de que llegaras, Callie. Va a formarla para que le ayude con los heridos durante la batalla —dijo una descendiente a la que recordaba de la celda de los pantanos. Pobrecilla.
—Eso está muy bien —murmuré.
No dejaba de tener su gracia que Emi, que vomitaba a la que veía un poco de sangre, fuera a ayudar a Xioh a curar espantosas heridas de guerra. ¿Mi amiga sabía realmente dónde se metía?
A ver, últimamente se estaba endureciendo y ya le había ayudado algunas veces. Además, no debíamos olvidar que, en la Tierra, Emi quería convertirse en enfermera y estaba estudiando para ello, por muy inverosímil que pareciera en una persona tan sensible a la sangre como ella.
Sin embargo, las lesiones con las que se encontraría en un enfrentamiento de ese tipo serían espantosas. En realidad, en una situación así, todas tendríamos que soportar cosas para las que, en un principio, ninguna se sentía preparada.
Nuestras vidas habían cambiado radicalmente desde que pusimos un pie en Nemea, un planeta precioso…, pero condenadamente salvaje.
Cruzamos la plaza, directas a la primera línea de la selva.
Por razones obvias, no podíamos adentrarnos más allá de los puestos de vigilancia más cercanos.
Había barogs, leones y panteras distribuidos por todo el perímetro y en varias líneas de defensa.
Cyrus y Daryos así lo habían ordenado. Por muy sigilosos y hábiles que fueran, los hermanos perdidos no podrían lanzarnos un ataque sorpresa.
Los detectaríamos a varios kilómetros de distancia, en cuanto empezaran a aproximarse a la aldea o al lago esmeralda.
Al llegar al pequeño claro que solíamos utilizar para entrenar, Susi me ayudó a colocar la diana, sujetándola al tronco de una palmera. Varios llitops pasaron junto a nosotras, rozándome las piernas y soltando sus ruiditos habituales. Cada vez estaba más enamorada de esos animalillos.
Había visto a Naranjito por la ventana esa mañana.
Siempre rondaba cerca y se aseguraba de que estuviera bien.
¡Lo que daría yo porque pudiera hablar! Nos apañábamos bastante bien para comunicarnos a través del hormigueo en mi marca de nacimiento.
Era un modo primitivo y limitado de hablar, pero funcionaba.
No tenía ni idea de si, cuando comenzara la batalla, los llitops seguirían allí, a nuestro lado, o si huirían a las profundidades de la selva.
Tampoco si, llegado el momento, podrían realmente contribuir en algo.
Por muy afilados que fueran sus dientes, no conseguirían causar demasiados estragos contra esas bestias.
Eran astutos, pero también muy pequeños.
Eso sí: algo en mi interior me decía que no se alejarían de mí tan fácilmente. ¡Los dioses sabrían por qué!
—¿Quién quiere ser la primera? —pregunté.
Marla y Lorna alzaron la mano.
—¿Qué os parece si empiezo yo, que soy la mayor? —soltó mi mejor amiga. ¡Y se quedó tan ancha la tía!
Unas cuantas cuchichearon, otras alzaron una ceja y unas pocas abrieron los ojos como platos.
—Ejem, Lorna, me da a mí que no has echado bien las cuentas.
—¡Pero si solo hay que vernos a todas! —protestó ella, señalando a Marla.
—Una cosa es el aspecto que tengan, y otra muy distinta, su edad. Eres consciente de que aquí eres de las más jóvenes, ¿verdad? Las demás tienen, como mínimo, unos doscientos veinte años.
Lorna puso los ojos en blanco. ¡Uf, iba a ser un entreno muy largo! Empezaba a compadecer al pobre Lansh. ¡Qué paciencia tenía el tío! Yo no tenía tanta.
Gracias a los dioses, Marla le cedió el turno y dejó que Lorna lanzara con el arco primero.
Y empezamos a entrenar.