4 por los viejos tiempos
SYLVIA
C uando llegamos a la sala de estar, Goria y Marla se encontraban ahí con unas sonrisas radiantes en el rostro. Nos contemplaron con los ojos vidriosos mientras se nos acercaban.
—Casi como en los viejos tiempos, amigo mío —dijo Goria, abrazando a Sulveh. Ambos barogs eran parientes y muy buenos amigos.
—Hemos pasado por mucho, pero sobrevivimos y saldremos adelante, sin olvidar jamás a los caídos —dijo Sulveh.
—Jamás —repitió Goria, llevándose la mano al pecho.
Era un buen barog, noble y alegre, y siempre me había tratado con cariño, como parte de su familia.
No pude evitar emocionarme. ¿Cuántas veladas habíamos compartido con ellos? ¿Cuántas charlas, risas y excursiones? Sulveh y Elena, Goria y Marla, Sonah y yo. Los seis juntos, inseparables durante tanto tiempo… hasta que la guerra nos golpeó con fuerza, nos desgarró y nos separó.
Ahí estábamos de nuevo, aunque no todos. Aun así, ese reencuentro era hermoso y digno de celebración.
—Esta noche, amigo mío, lo celebraremos juntos. Si esos demonios de los pantanos todavía no están por aquí, nos reuniremos como antaño —propuso Goria con los ojos brillantes, agarrando el brazo de su primo.
—Si a Sylvia le parece bien, por mí estupendo. —Había emoción en la voz de mi cuñado.
—¿Qué me dices, Sylvia? ¿Harás feliz a un viejo amigo? —dijo mirándome a los ojos con tanta bondad y afecto que me estremecí.
—Por supuesto, Goria.
Él ensanchó la sonrisa.
—Lo haremos por los viejos tiempos… y también por los nuevos —dijo Sulveh clavando sus ojos en los míos. Esa mirada acabaría conmigo.
Poco después, ambos se marcharon en dirección a la asamblea que había convocado Cyrus. Acudirían todos los líderes que iban a conducir a los barogs a la guerra contra los hermanos perdidos, con Daryos como comandante y mano derecha del rey.
Me aterrorizaba pensar en ello. Apenas habíamos sobrevivido a la primera guerra y a sus terribles consecuencias… y ya nos esperaba otra: el enfrentamiento definitivo.
El miedo me paralizaba con solo pensar en ello.
Marla y yo nos dirigimos a la habitación de Sonah, que ya estaba bien despierto y haciendo ruiditos.
Tal como los bebés barogs solían hacer, se transformaba cada dos por tres.
Todavía no controlaba los cambios, y era muy divertido ver su carita de sorpresa cuando pasaba de una forma a la otra, o buscaba su cola estando en su versión humana.
Las dos eran una preciosidad.
Adoraba a mi hijo, fuera quien fuera su padre.
Algunas de las mujeres de la aldea me habían preguntado si no temía que pudiese llegar a convertirse en un monstruo como su padre.
Yo les aseguraba que no me preocupaba eso en absoluto, pues lo criaría con tanto amor y dedicación que crecería como un gran barog, bueno y leal a su rey.
Además, ellas no conocían a Ux. Desgraciadamente, nadie le conocía mejor que nosotras.
Ux era el monstruo más temible que había respirado alguna vez en tierras de Nemea; pero también era inteligente, intuitivo y un gran sanador.
Según me habían contado, había estado enamorado de Tatiana, la madre de Cyrus y Daryos, y la anterior reina.
Él la había traído a través del portal y Drashir se la había arrebatado en la cacería y se había unido a ella, con el apoyo de los ancianos.
El desamor, la humillación y las ansias de venganza lo habían convertido en la bestia retorcida y brutal que era ahora.
Por supuesto, nada de eso excusaba el horror que había desatado y lo que nos había hecho.
Nada podría justificar eso jamás.
Desde la primera vez que me tocó yacer con él, me sometí sin oponer resistencia.
Otras como Susi optaron al principio por luchar y resistirse, pero era imposible pelear contra él o cualquiera de los demás.
Yo no quería que me lastimaran, así que me entregué y sobreviví, y siempre me odiaré un poco por ello.
Pero evité que me golpearan o me forzaran de un modo salvaje.
Supongo que el instinto de supervivencia funciona de forma distinta en cada uno.
Siempre pensé que, si existía la remota posibilidad de volver a contemplar los ojos de Sulveh, aunque ni siquiera supiera si seguía con vida, valía la pena sobrevivir.
Además, no nos engañemos: el comportamiento de algunos de los barogs de la aldea también dejaba mucho que desear.
Las cosas de las que había sido testigo en la cacería antes de emparejarme con Sonah todavía me causaban pesadillas.
La pobre Penny, por ejemplo, aparecía a menudo con moretones.
Gushia, su barog, era uno de los peores.
Las cosas habían cambiado mucho con el tiempo, sobre todo al final del reinado de Drashir y ahora bajo el de Cyrus. Sin embargo, no debíamos olvidar lo que esa civilización venía haciendo desde hacía miles o millones de años: secuestrar humanas para obligarlas a unirse con ellos y procrear.
—¿Estás bien, Sylvia? Llevas un rato ausente —me preguntó Marla.
Nos habíamos sentado en la sala y Sonah jugaba entre nosotras.
—Sí, es solo que… estoy intentando adaptarme de nuevo a una vida normal —dije.
—Has pasado por mucho, pero estás a salvo.
—Lo sé. No podría estar más agradecida a los dioses por habernos rescatado de los pantanos.
Ella asintió. Entonces, me miró con suspicacia.
—¿Y qué hay de Sulveh?
—Reencontrarme con el hermano de mi barog me colma de felicidad. Mi hijo tiene el mejor protector de Nemea. Aprenderá de él y se convertirá en un barog de honor.
—Ya, todo eso está muy bien, y no me cabe duda de que Sulveh cuidará de vosotros y te ayudará a criar al pequeño. Siempre ha sido un barog excepcional.
—Cierto, Marla. La vida al fin nos sonríe un poco de nuevo.
—¿Y qué me dices de vosotros dos?
La miré sin comprender… o casi.
—Te lo he dicho, ahora somos una familia.
—Todos hemos presenciado vuestro reencuentro, Sylvia.
—¿Y eso qué significa?
Suspiró.
—Incluso las que no os conocían se han dado cuenta del brillo que despedían vuestros ojos cuando os habéis visto.
—¡Por supuesto! ¿Qué esperabas? Es el hermano de mi marido muerto, mi cuñado, mi… amigo. Además, tiene el mismo rostro que mi barog. Creo que mi emoción estaba más que justificada.
—No era el reencuentro entre cuñados, ni siquiera entre mejores amigos. Era el de una pareja, Sylvia. El reencuentro con tu hoa uhane.
Los nervios se me arremolinaron en el estómago.
—No digas tonterías, Marla. No nos insultes. Elena era el alma gemela de Sulveh; Sonah la mía.
—Mira, voy a decirte algo y, si me lo pides, no volveré a mencionarlo, ¿de acuerdo?
—Eres mi amiga, habla con libertad.
Tuve la sensación de que reunía el valor suficiente para soltarme lo que estuviera pensando.
—Sulveh te escogió en la Tierra y te trajo aquí. Desconozco lo que ocurrió en esa cacería terrible a la que fuimos lanzadas sin piedad ni por qué saliste de la selva de la mano de Sonah, en lugar de la de Sulveh.
Me incliné un poco hacia atrás en un acto reflejo para apartarme de ella.
—Los dioses decidieron por nosotros —dije sin más, intentando contener la emoción de mi voz.
—Lo que tú digas. Oye, puede que vosotros dos creáis que habéis fingido muy bien durante cuatro siglos, pero los demás no estamos ciegos ni somos tontos.
—No sé de qué me hablas.
—¡Sulveh y tú, Sylvia! No saliste de la cacería con el hermano correcto. ¡Te uniste al gemelo equivocado!
Me llevé una mano al pecho. El dolor era insoportable.
—No vuelvas a mencionar eso, te lo ruego. Sulveh amaba a Elena; ella era su hoa uhane.
—Elena tampoco estaba ciega, ¿sabes? Fue ella la que me habló de ello la primera vez. Estaba convencida de que su barog te amaba a ti, pero él era demasiado honorable como para admitirlo o meterse entre Sonah y tú.
—Estás muy equivocada.
El corazón me latía desbocado con la sola posibilidad de que Marla estuviera en lo cierto. Si Sulveh me había amado alguna vez… No, ¡eso era imposible!
—Puede que sí… o puede que no. Solo dime una cosa: dime que amabas a Sonah con toda tu alma, que él era tu hoa uhane y que preferirías que hubiera sobrevivido él, en lugar de Sulveh.
Sus palabras fueron un golpe directo a mi corazón. Las lágrimas desbordaron mis ojos.
—¡Cómo puedes pedirme algo así!
Empezaron a temblarme las manos.
—Sylvia, escúchame, soy tu amiga y te quiero. Solo deseo lo mejor para ti. ¡Que seas feliz, maldita sea! —dijo, cogiendo mis manos entre las suyas.
Desvié la mirada hacia el sol que entraba por la ventana, desparramándose en la sala de mi nuevo hogar.
—Amaba a Sonah, los dioses lo saben.
—Nadie dice que no fuese así.
Ya no podía controlar el llanto. Las lágrimas rodaban libres por mis mejillas.
—Era mi mejor amigo, mi compañero. Un buen barog que me amó con toda su alma.
Cuidó de mí y se entregó a mí por completo.
Y siempre le querré y recordaré con un profundo cariño desde el fondo de mi corazón.
—Hice una pausa e inspiré hondo, sin saber si sería capaz de pronunciar en voz alta lo que mi corazón llevaba tanto tiempo gritando—. Pero él no era mi hoa uhane .
Estallé en sollozos y Marla me abrazó y me acunó en sus brazos, como si fuese la madre que vi por última vez cuatrocientos años atrás.
Los barogs me arrancaron del lado de mis padres y de mi precioso hermano pequeño.
Ya ni siquiera recordaba sus rostros. Y, sin embargo, si pudiera volver atrás, cruzaría de nuevo el portal junto a Sulveh.
Le seguiría hasta Nemea, a cualquier otro mundo, incluso sabiendo lo que me ocurriría mucho después.
—No pasa nada, niña. Todo se arreglará. Los dioses son sabios y os han reunido de nuevo para enmendar su error.
Me aparté de ella, me sequé las lágrimas con los dedos e intenté ordenar mis ideas.
—No quiero que le menciones nada a él.
—Tenéis que hablar, Sylvia, este sufrimiento ya ha durado demasiado tiempo.
—Digas lo que digas, Sulveh amaba a Elena y su pérdida lo destrozó. No quiero decir ni hacer nada que pueda incomodarlo y haga difícil la convivencia entre nosotros.
—Tienes miedo a perderle, a que se aleje de ti si le confiesas tu amor.
—Estoy aterrorizada por muchas cosas, Marla.
—Eso no va a suceder. Sulveh te ama, no tengas ninguna duda.
Negué con la cabeza.
—Júrame que no le dirás nada, por favor.
Sus ojos astutos escrutaron mi cara.
—No le diré nada. Soy tu amiga y jamás haría nada para perjudicarte. Pero no puedo prometerte que Goria o cualquier otro no se lo mencione. Fue muy obvio para todos cuando os reencontrasteis.
La herida me dio una punzada. El recuerdo de sus manos sobre mi piel me hizo estremecer.
—Debo centrarme en recuperarme y en mi hijo, Marla. No puedo perseguir ilusiones absurdas.
—Te equivocas, niña. Esto es algo muy real. Sulveh ha perdido tanto como tú. Reencontrarte le ha devuelto a la vida.
—¡Qué sabrás tú de él! Llevabas una década sin verlo.
—Sí, igual que a ti. ¿Acaso crees que, solo por eso, no te conozco?
—No quería decir eso, perdona.
—Sulveh también es amigo mío. No importa los años que hemos permanecido separados. Nada podría borrar todos los siglos compartidos.
Tenía razón. Por mucho tiempo que hubiéramos permanecido separados, era como si nos hubiésemos visto ayer.
—Ahora, vamos a hablar de cosas más alegres. Como todos esos inventos modernos que mencionan las recién llegadas. Callie, Lorna y las demás están revolucionando la aldea —dijo soltando una carcajada—. Y esa nueva reina, Tina, va a ser tan grande como Tatiana… o incluso mejor.
Sonreímos y el ambiente se relajó.
Poco después, vinieron Penny, Susi y Artia.
La aninf cuidaba de mí como una verdadera amiga.
Todas la apreciábamos de verdad. Se había arriesgado muchas veces por nosotras durante el cautiverio, hasta que ella misma acabó encerrada en la celda.
Le debíamos mucho. Ahora, seguía cuidando de mí y ayudándome con Sonah.
Algunos en la aldea cuchicheaban sobre ella.
Decían que no se le debería permitir vivir entre nosotros; que no era más que un animal que pertenecía a las profundidades de la selva.
¿Acaso los barogs eran muy distintos a ellas?
Algunas aninfs eran peligrosas e impredecibles, incluso astutas.
Artia era mucho más inteligente que la mayoría de las de su especie, además de bondadosa.
Sus ojos podían ser inexpresivos, plateados por completo y sin distinción entre iris y pupila.
Pero sus gestos y sus gruñidos comunicaban a la perfección lo que pretendía decir.
La defenderíamos a capa y espada si fuese necesario.
Penny nos sirvió una copa de licor de moras a cada una y, cuando las tuvimos en la mano, Susi, la más luchadora y valiente de nuestro grupito de amigas, elevó la suya en un brindis:
—Por los reencuentros y los nuevos tiempos —dijo. Todas dimos un primer trago que nos supo a gloria. Entonces, añadió—. Por la victoria… y porque nuestros barogs aplasten a Ux.
Un brillo afilado cruzó sus hermosos ojos verdes.
Me estremecí.
Vencer a los hermanos perdidos no iba a ser tan fácil.
Nosotras lo sabíamos mejor que nadie.