El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 3 heridas del pasado #2
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3 heridas del pasado #2

Al terminar, lo dejó de nuevo en la cuna y se fue a preparar el desayuno mientras yo me daba una ducha.

Se ofreció a ayudarme, pero, por razones obvias, decliné su oferta.

Una cosa era que me viera dar de mamar a mi hijo, su sobrino, un acto natural y carente de ninguna otra connotación.

Y otra muy distinta, que me viera desnuda por completo bajo la ducha.

Todavía me quedaba algo de dignidad.

Así que, aunque con algunas dificultades, me las arreglé para tirar de las cuerdas de los cubos y lavarme entera. Me costó enjabonarme el pelo porque tenía que mantener los brazos en alto y el movimiento tiraba de la musculatura de mi abdomen. ¡Vi las estrellas!

Me envolví el cuerpo en una toalla y el cabello en otra, y regresé a mi dormitorio para cambiarme. Acababa de ponerme un vestido limpio del color del trigo cuando Sulveh irrumpió.

—¿Dónde está el ungüento?

Me estremecí. ¡Y yo que esperaba que él hubiera olvidado el asunto!

—En el baúl. No hace falta que te molestes; me lo pondré dentro de un rato.

—No me marcharé tranquilo a la asamblea si no te lo pongo.

—Puedo hacerlo yo, de verdad.

—No seas cabezota. No me cuesta nada ayudarte.

«Dioses, ¿es necesaria esta tortura? ¿No he sufrido ya suficiente?», me dije patéticamente.

Abrió el baúl y, tras remover entre mi ropa, lo encontró.

—Túmbate —dijo.

Y esa sola palabra me hizo temblar. Demasiadas veces la había escuchado de boca de Ux, Lorish o cualquiera de los repugnantes barogs de los pantanos.

Me quedé paralizada. Intenté caminar hacia la cama, pero mis pies no me obedecieron.

—¿Estás bien? —preguntó, clavando sus ojos en los míos—. ¿He dicho algo que te ha molestado? —parecía confuso.

Entonces, abrió mucho los ojos, comprendiendo de golpe.

—Sí, estoy bien. Es solo que… —No pude continuar. Se me quebró la voz.

Palideció.

—Yo no pretendía… ¡Dioses, lo siento! No pretendía ser un insensible. Qué idiota soy.

Negué con la cabeza.

—Tranquilo, no has hecho nada malo. Tú solo estás intentando ayudar. Es solo que me tomará algún tiempo volver a ser… normal. O sea, la que era antes de que todo se fuera a la mierda.

Nos quedamos en silencio mientras yo lograba al fin moverme y llegar hasta la cama.

Me recordé a mí misma que ese barog era Sulveh, un guardián honorable y bueno, que antes se cortaría una mano que hacerme algún daño.

Se me revolvió el estómago al ser consciente de que incluso la presencia del barog al que amaba me intimidaba.

«Puede que no me haya recuperado tanto como creía…».

¿Acaso pensaba que superaría el trauma en un abrir y cerrar de ojos? Mi hijo estaba ayudando mucho, pero la peor herida no era la de mi vientre, sino la de mi alma.

—Eres normal, Sylvia, solo que has sufrido mucho. Tal vez debamos asumir que ninguno de los dos volveremos a ser nunca los que éramos. Está bien, no pasa nada. Saldremos adelante de todos modos. —Me dedicó una sonrisa que era a la vez tristeza y ternura y comprensión.

Me tomó de las manos y me ayudó a tumbarme, con la cabeza recostada en dos grandes almohadones coloridos.

Cuando acercó las manos a los tirantes del vestido, me estremecí, así que se detuvo.

—¿Cómo quieres hacerlo? —dijo con suavidad—. Deseo ayudarte, no que te sientas incómoda con mi presencia.

Miré a derecha e izquierda, buscando una solución. Para ponerme el ungüento solo había dos opciones: bajar la parte superior del vestido o subir la falda. La decisión estaba clara.

—Pásame esa toalla, por favor.

Él obedeció.

Cuando comprendió lo que yo pretendía, me bajó los tirantes despacio mientras yo me cubría los pechos con la toalla. Siguió bajando el vestido hasta mis caderas y un poco más, hasta detenerse en el inicio de mi pubis.

Se estremeció cuando mi cicatriz quedó a la vista.

—¿Así está bien? —dijo con la voz algo temblorosa.

—Sí, perfecto, gracias. —Me recoloqué mejor la toalla para que no entorpeciera.

—Sabes que te he visto ya dos veces dando de mamar a tu hijo, ¿verdad? —preguntó, enarcando una ceja.

Las mejillas se me encendieron.

—Esto es… distinto.

—Comprendo —dijo apartando la mirada de mi rostro.

Hubiera apostado a que él también se ruborizaba ligeramente.

Abrió el tarro y hundió los dedos para coger una buena porción de ungüento.

—Avísame si te hago daño, ¿de acuerdo?

Asentí.

Entonces, aplicó esa pasta blanquecina y espesa sobre la herida, con tanta delicadeza que casi se me saltan las lágrimas.

La extendió con cuidado por toda la cicatriz, sobre los bordes y una franja de un par de centímetros a cada lado, y empezó a masajear con suavidad para que mi piel la absorbiera.

Sus dedos se movían en círculos lentos, con mimo y precisión. Tras contemplarlo un rato mientras él parecía completamente absorto en la tarea, logré relajarme.

Eché la cabeza hacia atrás y entorné los ojos, disfrutando de la frescura del ungüento sobre la zona dolorida y del roce experto de sus dedos. Desconozco cuántas veces le puso algún ungüento a Elena y lo que sentía ella en esos momentos. En cuanto a mí…, podría haber permanecido así durante horas.

Cuando acabó y al fin retiró las manos de mi piel, sentí un vacío enorme.

—Espero que te haya aliviado —comentó con la voz un poco ronca.

—Me siento mucho mejor. Gracias, Sul.

Se aclaró un poco la garganta y añadió:

—Repetiremos cada día hasta que haya cicatrizado por completo.

Asentí y alcé la vista hacia sus ojos. Estaban turbios.

Se levantó y fue a guardar el ungüento. Me dio la espalda el tiempo suficiente para subirme el vestido y bajar de la cama. Se me aproximó y me cogió la mano.

—Siento mucho todo lo que te ha sucedido, Sylvia —dijo mirándome a los ojos—. Permíteme cuidar de vosotros y compensarte por todo.

Sus dedos acariciaban los míos con suavidad.

—Te lo dije, nada de lo que ha ocurrido es culpa tuya. No tienes nada que compensarme.

—Aun así…

—Quédate con nosotros solo si lo deseas de verdad, no para expiar una culpa que no es tuya.

—Quedarme con vosotros es lo que más deseo en el mundo, Sylvia. Creía que lo había perdido todo, que no quedaba nada de mi familia. Ahora que nos hemos reencontrado, nada podrá separarme de ti.

Estábamos tan cerca que veía con claridad la pequeña mota dorada en uno de sus iris, como una gota de oro líquido; lo único que lo diferenciaba de su hermano gemelo. La mota en la que no me fijé durante la cacería.

Le sonreí. ¿Qué más podía hacer? Lo que no preví fue su respuesta: me envolvió en sus brazos, fuertes y musculosos, y me atrajo hacia su pecho tatuado.

Ese abrazo me dejó sin aliento y me confirmó lo que hacía siglos que ya sabía: mi amor por él no se había desvanecido ni un ápice.

Cuando nos separamos, él también sonreía.

Entonces alguien nos llamó desde la puerta, rompiendo ese momento mágico.