3 heridas del pasado
sylvia
C uando Sulveh regresó de la ducha, empezó a trastear en la cocina.
Daryos había hecho llenar la despensa para nosotros, así que teníamos dónde escoger.
Coció unos huevos para acompañar la carne de serpiente asada de la olla que alguien había dejado sobre la mesa, probablemente nuestra amiga Marla.
Cortó varias piezas de fruta y las sirvió en un plato.
En otro, colocó algunos panecillos de colores, espolvoreados de almendra picada.
Para acabar, sirvió dos grandes vasos de zumo hasta el borde.
—¿Quieres venir a la mesa o prefieres que te lo lleve?
—Mejor en la mesa —dije, levantándome y caminando hacia allí.
Observó cada uno de mis pasos, como si se preparara para salir en mi ayuda al primer indicio de debilidad.
Me costaba asimilar lo mucho que había cambiado mi situación en apenas unos días.
Desde que Callie nos salvó de los pantanos, había recuperado una vida.
No la mía; aquella se había esfumado para siempre.
Pero, tal vez, esta nueva vida podría ser…
agradable. Aunque, con una guerra terrible a la vuelta de la esquina, no debía hacerme ilusiones.
No dejaría que me atraparan de nuevo.
Si Ux vencía, huiría bien lejos con mi bebé.
Si no tuviera a Sonah, me mataría; me lanzaría por el primer barranco que encontrase.
Pero, con mi pequeño, incluso si los hermanos perdidos nos apresasen de nuevo, tendría que vivir.
Necesitaba creer que no llegaríamos a eso: el rey y sus barogs, con la ayuda de los guardianes, vencerían.
No quería pensar en ninguna otra posibilidad.
Me acomodé en uno de los bancos y él lo hizo enfrente.
—¿Te parece bien todo esto? Puedo preparar cualquier otra cosa. Tenemos la despensa a rebosar.
—Es perfecto. Muchas gracias por preparar la cena, Sulveh.
—Recuerdo que te encantaban los panecillos y la fruta, así que… Bueno, he puesto un poco de cada.
Se me encogió el estómago. Cómo recordaba un detalle así después de tanto tiempo era una pregunta que no debía hacerme. ¡De ningún modo! Había cortado la fruta en taquitos y los había dispuesto formando círculos en el plato.
Comimos en silencio, salvo por algún comentario aislado sobre la casa, el bebé o la asamblea que el rey celebraría al día siguiente con todos los líderes designados para la guerra.
Sulveh era uno de ellos. Después, recogimos entre los dos, pese a sus protestas para que le dejara hacerlo solo, y nos acomodamos en los cojines para descansar y charlar.
¡Teníamos tantas cosas que contarnos! Aunque la mayoría eran dolorosas, convenimos que, cuanto antes lo sacáramos todo, antes podríamos rehacer nuestras vidas y seguir adelante.
La oscuridad se extendía al otro lado de la ventana, excepto por el haz de luz verdoso y plateado de la hermosa pareja de lunas.
—Elena me salvó —solté con voz temblorosa—. Me protegió y se sacrificó por mí. Intenté quedarme y defenderme junto a ella, pero me empujó fuera de la casa. Me pidió que te dijera… —se me hizo un nudo en la garganta— que te amaba muchísimo y que lo sentía. Me dijo que cuidara de ti.
Un silencio pesado se extendió entre ambos y los ojos se le llenaron de lágrimas. Debía de ser muy duro para él haberla perdido. Su rostro estaba arrasado por la pena.
—Era una mujer de gran corazón. Siempre te quiso mucho, Sylvia. Eras como una hermana para ella.
—Yo también la quería. He llorado su pérdida durante todos estos años. Debería haber sido yo, no ella.
Su cara se llenó de angustia.
—No digas eso. Tú merecías vivir tanto como ella —atronó su voz.
Me estremecí.
—Ahora podríais estar juntos, Sulveh. Yo, en cambio…
—Podría decirte lo mismo: ojalá hubiera sobrevivido mi hermano en mi lugar.
Amé a Sonah a mi manera, y su muerte había sido devastadora para mí.
Perdí al barog con el que había compartido siglos de mi existencia, mi mejor amigo, mi compañero.
Pero nunca sentí que había perdido a mi alma gemela .
Si yo le había llorado y se me había partido el corazón, no podía ni imaginar lo que sentiría Sulveh con la pérdida de su hoa uhane.
Un mundo sin Sulveh, en cambio, sería…
—Dejemos a un lado esos pensamientos dañinos. Los dioses decidieron que sobreviviéramos tú y yo, no ellos. Y por mucho que nos duela, no tenemos forma alguna de cambiar sus designios —dijo con la voz apagada.
—Tienes razón, pero duele demasiado.
—Lo sé, Sylvia. Perdimos mucho aquel día, hace una década. Lo único que podemos hacer ahora para honrarlos es luchar por recuperarnos e intentar ser cada día un poco felices, aunque jamás vayamos a serlo del todo. Eso sería imposible.
Elena era mi mejor amiga; pero, cada vez que la había visto abrazada a Sulveh, cada vez que había sido testigo de sus besos o de algún gesto de cariño de él hacia ella, mi corazón se había hecho añicos.
Todo eso quedaba ya muy lejos, y daría lo que fuese porque ella y Sonah estuvieran ahora mismo con nosotros, compartiendo charlas, bromas y risas tal como solíamos hacer.
Soportaría el dolor del amor no correspondido una y mil veces con tal de poder abrazar a mi pareja una vez más y sostener las manos de mi amiga, mi hermana, entre las mías.
—Háblame de tus años en el templo —pregunté para alejar los recuerdos de nuestras parejas, fallecidas en esa horrible guerra que nos quebró la vida para siempre.
—¿Me hablarás tú de los pantanos? —preguntó con cautela, bajando el tono—. Solo si quieres hacerlo. No deseo que revivas aquello, pero puede que contarlo te ayude a pasar página y sanar.
Me tomé unos segundos para reflexionar.
¿Qué podía contarle? ¿Las violaciones, la desesperación, los gritos de mis amigas?
Cuando cerraba los ojos, todavía podía sentir el peso del cuerpo de Ux sobre el mío, su olor, su voz cavernosa en mi oído.
De todos ellos, era el único que había quedado impregnado en mi memoria como una pesadilla de la que jamás lograría despertar por completo.
Ux me destruyó, nos destruyó a todas, día tras día, año tras año. Y, sin embargo…, nos había salvado la vida. La de mi bebé y la mía.
Supongo que el hecho de que yo tuviera a Sonah me diferenciaba de las otras; porque ser madre había cambiado el orden de las cosas para mí. Mi hijo me había ayudado a apartar a un lado el dolor y a pensar solo en él, en sacarlo adelante. Las demás… únicamente tenían su sufrimiento.
Era lo único que se habían llevado de los pantanos.
Inspiré, reuniendo un valor que no sabía que tenía.
—Los pantanos fueron un infierno, no hay demasiado que contar.
Tan solo abusos, dolor y desesperación. Si no hubiese sido por Susi, Penny y las demás, me habría vuelto loca hace mucho.
Aunque supongo que todas dejamos una parte de nuestra cordura atrás cuando salimos de allí. Jamás volveremos a ser las mismas.
Apretó la mandíbula y los ojos se le llenaron de rabia y lágrimas.
—Fue culpa mía. Todo. —Su voz se mezcló con un aullido lastimero que me arañó el alma.
—Nada de eso fue culpa tuya, Sul.
—Yo te traje a Nemea, Sylvia, y mira cuánto sufrimiento has tenido que soportar. Debí dejarte en la Tierra. Allí habrías sido feliz.
—Crucé el portal contigo por voluntad propia, ¿recuerdas? No me obligaste a hacerlo.
Estábamos entrando en terreno peligroso. Uno al que ni siquiera deberíamos acercarnos.
—No tenías ni idea de lo que te encontrarías al otro lado. Tú solo… me seguiste. Jamás te conté los peligros a los que nos enfrentaríamos.
—Tú no sabías lo que iba a ocurrir. ¿Cómo ibas a adivinar que, mucho tiempo después, tendría lugar una guerra? Vivimos cuatro siglos maravillosos, así que deja a un lado la culpa. Nadie pudo hacer nada para evitar lo que ocurrió.
Nos quedamos en silencio. Entonces, arrastró los dedos hacia los míos y los entrelazó. Mi corazón se saltó un latido.
—En la cacería…
¡No, ni hablar! No estaba preparada para afrontar todo lo que sus ojos anticipaban. No quería rememorar la cacería ni ninguno de los días que la siguieron. No quería que se disculpara por haber elegido a otra.
—Háblame del templo, de los ancianos, de los guardianes —lo interrumpí abruptamente—. Ya habrá tiempo para recuerdos dolorosos. Hoy es un día de reencuentro, Sulveh. Un día feliz.
Clavó sus hermosos ojos broncíneos en los míos, contrariado, hasta que, al fin, asintió. Me soltó la mano con suavidad y empezó a hablar:
—Verás, cuando me incorporé al templo, Ooris…
Siguió hablando durante horas hasta que los bostezos de ambos nos obligaron a parar. Me acompañó a mi dormitorio, sujetándome de la cintura con delicadeza, y no se marchó hasta que se aseguró de que me encontraba bien.
Fuimos sigilosos, puesto que ninguno de los dos quería despertar al niño, que dormía plácidamente. Insistió en ponerme el ungüento, pero me las arreglé para convencerle de que estaba demasiado cansada y que ya lo haríamos al día siguiente.
En cuanto salió por la puerta, suspiré. Tenía las emociones a flor de piel y me sentía incapaz de lidiar con ellas. Así que me limité a quitarme el vestido, ponerme un camisón ligero y acercarme a la cuna.
Sonah era un bebé barog precioso. El más bonito que había visto en mi vida.
Me metí en la cama y cerré los ojos.
Soñé que Sonah se tumbaba a mi lado y me acurrucaba contra su pecho. O tal vez fuese Sulveh.
Mi hijo se despertó con los primeros rayos del amanecer. Cuando abrí los ojos, Sulveh estaba en mi dormitorio, sosteniéndolo en brazos. Lo había sacado de la cuna y le hacía carantoñas.
«Dioses, ¿cómo voy a mantener ocultos mis sentimientos por él si hace ese tipo de cosas?», me pregunté.
Cuando se dio cuenta de que ya estaba despierta, me lo acercó a la cama para que pudiera amamantarlo. Se quedó ahí, mirándolo con una expresión cargada de amor. También me observó a mí, pero yo traté de esquivar su mirada y no darle importancia.