El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 2 un nuevo hogar #3
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2 un nuevo hogar #3

Pero Sulveh siempre había sido así: un barog guerrero y fiero, a la vez que el hombre más sereno y cuidadoso.

Su hermano era también un gran barog y un buen hombre, aunque mucho más movido y exaltado.

Era divertido y alocado, y conseguía arrancar carcajadas a todos cuantos le rodeaban y arrastrarlos a las aventuras más inverosímiles.

Sulveh, en cambio, aunque también intrépido, solía ser la voz de la razón y quien calmaba los ánimos cuando las cosas se ponían feas.

—Sin duda, tienes mano con los niños —dije sonriendo mientras mi bebé bostezaba. Los párpados se le cerraban lentamente—. Voy a darle de mamar. Si no, se despertará en mitad de la noche gritando como un condenado.

Nos reímos. Entonces, se puso serio.

—¿Quieres que me vaya? —preguntó vacilante.

—No es necesario, salvo que te sientas incómodo.

Él negó con la cabeza.

En Nemea, las mujeres daban de mamar a sus bebés en público sin ningún pudor.

Era algo hermoso y natural que no extrañaba a nadie en una civilización primitiva como la suya.

Yo lo había visto también en las tribus lenape, cuando me trasladé con mi familia al nuevo mundo y nos instalamos a orillas del río.

—Me quedaré.

Sostuvo a Sonah mientras yo me bajaba el vestido hasta la cintura. Sentía los pechos pesados y doloridos. A veces, tenía la sensación de que iban a explotar en cualquier momento.

Capté un destello en sus ojos mientras yo me descubría, pero apartó la mirada con disimulo. La nuez subió y bajó despacio por su garganta cuando tragó con dificultad.

Un hilillo de leche resbaló desde mi pezón hacia la curva de mi pecho un instante antes de que mi hijo empezara a mamar. Nos quedamos en silencio, mientras Sonah se alimentaba y ambos lo mirábamos con adoración.

Aparté de mi mente el recuerdo de su verdadero padre. No quería que nada ensombreciera ese momento ni lo que yo sentía por mi hijo.

El peso de mi bebé barog presionaba la cicatriz de mi vientre y no pude contener una mueca.

—¿Te duele cuando se alimenta de ti? —preguntó.

—No. Es la herida del parto. Tuvieron que cortarme porque el bebé no salía.

Se puso lívido.

—¿Te han dicho cuándo se curará?

—En unos días. Ha mejorado mucho, pero todavía me molesta de vez en cuando. No te preocupes, es normal.

Asintió.

—¿Tienes algún ungüento para acelerar el proceso? Si no, podría ir a ver a Xioh y pedírselo.

—El sanador me dio uno que me alivia muchísimo.

—Si quieres, luego podría ponértelo.

No supe qué decir ante tal ofrecimiento. Me parecía algo tan íntimo entre él y yo que quizá sería… demasiado.

—Ha dejado de chupar. Se ha dormido —dije sin responder a su pregunta.

Antes de que yo pudiera decir nada más, se reclinó sobre nosotros, cogió a Sonah con suavidad y lo alzó en brazos. Sus dedos rozaron levemente mi piel y me estremecí. Tuve la sensación de que él lo hacía también, pero ninguno comentó nada.

Mientras me subía el vestido beis hasta cubrirme por completo, él depositó a Sonah en la cuna. Le acarició el bracito y lo tapó con ternura con la sábana de colores.

Me levanté de la cama y salimos juntos del dormitorio.

—Yo también debería lavarme. ¿Te parece bien que me dé una ducha?

—Claro, esta es tu casa ahora, Sulveh. Puedes hacer lo que te plazca.

Su mirada se tornó nostálgica.

—Hace tanto que no tengo un hogar que había olvidado lo que era —dijo de camino hacia el baño.

—Has vivido diez años en el templo, compartiendo el espacio con los otros guardianes. Es normal que te sientas así.

Se detuvo en seco.

—Tienes razón. Pero tú viviste en una celda con las otras mujeres, Sylvia.

Asentí. Había mucho dolor en sus ojos.

—Y ahora, ambos tenemos un hogar. Supongo que tendremos que acostumbrarnos a ello de nuevo.

—Me encantará acostumbrarme… contigo —susurró.

Temblé bajo el peso de su mirada.

—Es una hermosa casa. Somos afortunados —comenté para aliviar esa rara tensión que crecía entre nosotros.

—Sé que acabamos de instalarnos, pero ya la siento mi hogar. ¿Y tú? —preguntó con un brillo especial en los ojos. La mota dorada titiló en su iris.

Iba a decir que sí, porque era la verdad, pero una punzada en la herida del vientre me hizo tambalear. Sulveh se apresuró hacia mí y, en dos zancadas, se colocó a mi lado y me sostuvo por la cintura.

—No te preocupes, solo estoy un poco débil. La herida no me lo pone fácil.

Sin preguntar siquiera, me alzó en brazos y me llevó a la sala de estar. Le rodeé el cuello mientras él caminaba hacia allí. Estar pegada a su cuerpo no era la mejor idea del mundo.

—Quédate aquí. Te prepararé algo de comer. Verás como te sientes mejor enseguida —dijo dejándome con delicadeza sobre los mullidos cojines.

—Estoy bien. Ve a ducharte. Podrás preparar la cena después.

—¿Estás segura?

Asentí. Me recorrió el rostro con la mirada un par de veces como si quisiera comprobar que decía la verdad. Una vez se convenció, se fue al baño. Cuando escuché cómo caía el agua del primer cubo, cerré los ojos e inspiré hondo.

Esto iba a ser más complicado de lo que creía. Porque seguía amando a Sulveh como el primer día, cuando nos conocimos entre los altos tallos del maíz… en otra vida.