El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 2 un nuevo hogar #2
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2 un nuevo hogar #2

De pronto, fui consciente de que Sulveh y yo íbamos a vivir juntos.

No juntos de verdad, pero sí bajo el mismo techo.

Éramos cuñados y grandes amigos cuando nuestras parejas aún vivían.

Sin embargo, antes de eso habíamos sido…

algo más; pues Sulveh me había elegido en la Tierra y me había pedido que cruzara el portal con él.

Aunque quizás no hubiesen sido más que imaginaciones mías…

—¿Quieres que le dé un baño antes? Eso seguro que lo relaja. Así dormirá bien y te dejará descansar.

No pude evitar sonreír.

—¿Has aprendido sobre niños en el templo? —bromeé.

Soltó una suave carcajada que me sacudió entera. Había olvidado ese sonido… que tanto había amado.

—No, mujer. Mi madre solía bañarnos a mi hermano y a mí cuando éramos pequeños y revoltosos.

—Apuesto a que él lo necesitaba mucho más que tú. Siempre fuiste el más calmado de los dos.

Mis palabras reabrieron las heridas a medio cicatrizar.

—Tienes razón —dijo con la voz algo apagada.

—Siento haber mencionado eso —solté de inmediato.

Sus ojos buscaron los míos.

—Jamás pidas perdón por hablar de mi hermano. Que le recuerdes y lo nombres lo mantiene vivo y le honra. Aunque duela, no debemos olvidar nunca a los que perdimos.

A Sonah y a Elena. Mi barog y mi mejor amiga.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—Es imposible que los olvidemos nunca, Sulveh.

Asintió con los ojos vidriosos.

—Llenaré la tina de agua templada.

—Puedo hacerlo yo; no es necesario que te molestes.

Se detuvo en seco y me miró.

—No es molestia, Sylvia. Te lo dije, sois mi familia. Mi hermano no está aquí para cuidar de vosotros, así que yo lo haré. Y aunque estuviera, siempre tendríais mi apoyo, tal como solíamos apoyarnos antes. ¿Lo recuerdas?

Asentí con el estómago revuelto.

Yo era la pareja de su hermano muerto, y él se sentía en la obligación de cuidar de nosotros. Eso era todo. Más me valía no olvidarlo. A mi llegada a Nemea, tras la cacería, sufrí mucho hasta que logré aceptar el curso de los acontecimientos. No deseaba volver a padecer.

Además, Ux y los suyos habían destruido tanto de mí… Eso era yo ahora: una descendiente rota de por vida. Al menos, los dioses me habían regalado un hermoso hijo al que dedicaría mi existencia. Tener a Sulveh a mi lado durante el camino era otro hermoso regalo.

En cuanto entramos en el baño, se apresuró a colocar un pequeño taburete de madera junto a la tina para mí y él empezó a llenarla con los cubos que traía de la ducha. Mientras lo hacía, observé cada uno de sus movimientos.

Su musculatura era la de siempre, pero su piel estaba adornada con más tatuajes que antes. Las espirales recubrían casi la totalidad de su torso y sus brazos, como ocurría con la mayoría de los guardianes, dándole un aspecto imponente.

El taparrabos de piel tintada de negro, las dos tiras de cuero cruzadas sobre el pecho y las decoraciones de plumas y piezas de metal le conferían un aspecto algo distinto al de los barogs de la aldea.

—Cuando la guerra acabe, ¿volverás al templo? —Las palabras brotaron de mi boca por sí solas.

Él se detuvo, con el cubo entre sus grandes manos y sus ojos de bronce y oro relampagueando.

—¿Qué te hace pensar eso?

Me estremecí.

—Hace diez años que no nos vemos, Sulveh. No sé cuáles son tus planes.

—He prometido cuidar de vosotros. Acabo de decírtelo.

—Lo sé, pero el templo no está tan lejos. No quiero ser una carga para ti.

Torció el gesto.

—Si quieres que me vaya, si mi rostro te recuerda demasiado a tu hoa uhane y te causa dolor, si mi presencia te incomoda, solo tienes que pedírmelo.

Tragué saliva.

«No. No quiero que te vayas. Aunque me recuerdes a mi pareja, a mi mejor amigo. Aunque no pueda soportar que nunca me hayas amado realmente».

—Yo no he dicho eso. Nada me haría más feliz que tenerte con nosotros para siempre.

Gracias a los dioses, él sonrió.

—Entonces, el tema está zanjado. A partir de ahora, este será nuestro hogar. De los tres.

Vació un cubo más en la tina y estiró los brazos para que le entregara al pequeño. Lo hice, y él lo tomó entre sus brazos, inmensos y musculosos, con tanta ternura que se me quebró el alma. La emoción me subió a la garganta y me desbordó por completo.

—Vamos allá, peque. Verás qué bien te sientes después de un bañito.

Lo metió poco a poco en el agua mientras mi hijo movía los bracitos y las piernas. Miraba a su tío embelesado con sus grandes ojos azules, haciendo gorgoritos.

Las lágrimas rodaron por mis mejillas.

¿Cuántas veces había soñado con una escena similar? Sin embargo, Sulveh no era mi pareja y ese niño no era suyo, ni siquiera era hijo de Sonah. Debía dejar de idealizar la situación. No tenía nada de normal.

Yo jamás superaría la muerte de Sonah ni los diez años de terrible cautiverio.

Él jamás superaría la muerte de su hoa uhane y de su hermano gemelo.

Y, sin embargo, no pude evitar que una sonrisa se asomara a mi rostro… ni que una chispa de esperanza diminuta empezara a alzarse entre toda la tristeza y el horror que nos había tocado vivir a ambos.

—Le gusta, ¡ya lo creo que sí! —me dijo, completamente fascinado con su sobrino—. Tu tío Sulveh ha tenido una buena idea con este bañito, ¿eh, sinvergüenza? —le susurró.

La dulzura con la que hablaba y sostenía a mi hijo me sobrecogió. Si antes ya le amaba, ahora… ahora…

Me mareé un poco. El dolor persistente en la cicatriz no ayudaba demasiado. Estaba mucho mejor, pero la herida aún era tierna. Debía descansar.

—¿Te encuentras bien, Sylvia? —preguntó preocupado.

—Ha sido un día largo y lleno de emociones. Supongo que necesito descansar.

—Ve al dormitorio. Secaré a este granujilla y te lo traeré.

Asentí sin protestar y salí del baño. Me acomodé sobre la cama y esperé a que aparecieran.

Cuando llegaron, Sulveh se sentó en la cama a mi lado, con mi hijo envuelto en una toalla colorida.

—Creo que el baño ha cumplido su propósito —dijo sonriendo. Le acarició la mejilla, retiró la toalla y me lo entregó con una delicadeza chocante en un ser tan enorme y salvaje.