2 un nuevo hogar
SYLVIA
La aldea, Nemea, en la actualidad
T ras todas las reuniones, Sulveh y Daryos vinieron a buscarme a la posada.
La casa que el príncipe había construido para mi hijo y para mí ya estaba terminada e iba a mostrármela.
Era sorprendente que aquel adolescente revoltoso se hubiera convertido en un príncipe responsable, un barog apareado y la mano derecha del rey.
Tatiana habría estado muy orgullosa de sus hijos. Daryos y Cyrus se habían convertido en verdaderos líderes, a imagen y semejanza de su padre, el gran Drashir: el mejor rey que había conocido Nemea.
Apenas podía creer que Sulveh hubiera sobrevivido a la guerra y que todos esos años hubiese permanecido en el templo, como uno de los guardianes. De hecho, se había convertido en poco tiempo en el líder de todos ellos. ¡Era impresionante!
Su rostro seguía siendo casi idéntico al de su hermano gemelo; muy pocos eran capaces de distinguirlos. Yo aprendí a hacerlo al día siguiente de llegar a Nemea, de la peor manera posible.
Sacudí la cabeza para alejar los recuerdos de la cacería, que irrumpieron en tromba en mi mente sin mi permiso. Los dioses habían querido que me uniera a Sonah, y siempre les había estado agradecida por que me hubieran vinculado con un barog honorable, alegre, atento y de buen corazón.
Aunque no fuese el barog a quien yo amaba.
Pero esa era otra historia, una muy vieja y desgastada. Una que ya a nadie le importaba, olvidada por todos, menos por mí.
Sonah y yo nos habíamos convertido en pareja, del mismo modo que Sulveh y Elena, mi mejor amiga. Los cuatro salimos adelante y aceptamos el destino que los dioses del manantial habían elegido para nosotros.
A mi modo, había aprendido a amar a Sonah. O puede que él se hubiese hecho amar, colmándome de atenciones y desviviéndose por dármelo todo y ofrecerme una buena vida. Se entregó a mí por completo, igual que Sulveh hizo con Elena.
Así que no me quedó más remedio que tragarme las lágrimas y esconder antiguos sentimientos, que no me llevaban a ninguna parte, en lo más hondo de mi corazón.
Había amado a Sonah como se ama a un mejor amigo, a un hermano, a alguien muy querido que acaba siendo una parte de ti misma.
Pero jamás lo amé como a su gemelo.
Me enamoré de Sulveh el día en que contemplé sus ojos de bronce y me dijo su nombre en medio de aquel campo de maíz. Y eso, pese a los siglos transcurridos y los esfuerzos de ambos hermanos por hacernos felices a Elena y a mí, jamás había cambiado.
Primero, aprendí a fingir. Después, a olvidar.
Ahora, los dioses habían cruzado nuestros caminos de nuevo. Y ahí estábamos Sulveh y yo, mirándonos como extraños, pero sintiéndonos como familia, tras diez años de horror. Ambos lo habíamos perdido todo.
Durante mi cautiverio a manos de los hermanos perdidos, no hubo un solo día en que no llorara la muerte de Sonah…
y la de Sulveh. Había sido testigo del asesinato de mi barog, pero no de mi cuñado.
Había rezado secretamente a los dioses por que lo hubiesen mantenido con vida, aunque me temía lo peor.
El uno era el vivo retrato del otro, salvo por aquella pequeña mota dorada que tenía Sulveh en un iris. Apenas podía mirarlo a los ojos sin que un cuchillo afilado me abriera en canal.
Como el que Ux había usado para salvar la vida de mi niño.
Me entraban ganas de vomitar cuando pensaba en que el ser al que más odiaba del universo, ese monstruo de los pantanos, el barog capaz de las mayores atrocidades, nos había salvado la vida a mi bebé y a mí, y era, seguramente, el padre de mi hijo.
Contemplé su pequeña carita mientras lo acunaba en mis brazos. Sus ojos azules, claros y luminosos, contaban la verdad, pero no por ello iba a amarlo menos. Aunque hubiese deseado con todas mis fuerzas que mi hijo tuviera los ojos color bronce.
Me obligué a dejar de pensar en eso y abracé más fuerte a mi bebé. Le amaría con toda mi alma y se convertiría en un barog bueno. Puede que heredara la inteligencia de su padre, porque Ux era el más astuto de todos los que habitaban el planeta; pero también heredaría mi corazón.
En cuanto a Sulveh… Había elegido a Elena, no había nada más que decir sobre ello. Sobrevivimos a lo que fuera que sucedió en la cacería y aprendimos a vivir con ello. Ahora, él era un guardián y yo la viuda de su hermano, mancillada por el más temible de nuestros enemigos.
Al menos, sabía que me protegería con su vida.
Éramos familia; él me había admitido como tal.
Solo por eso, debía estar muy agradecida.
Cuidaría de nosotros y llamaría sobrino a mi hijo.
Eso era mucho más de lo que podría haber soñado cualquiera de esos días en aquella celda en medio de los pantanos.
Días en los que ni siquiera sabía si alguna vez lograría escapar de allí.
Quizás él tomaría a una de las otras descendientes rescatadas como pareja; varias de ellas habían perdido a su hoa uhane en la guerra.
Podía darme por satisfecha con haberle recuperado en mi vida.
—Espero que os guste, Sylvia —dijo Daryos con esa alegría contagiosa que todos apreciaban.
—Será perfecta, estoy segura. Te agradezco de veras que te hayas tomado la molestia.
—¿Molestia? ¡Para mí ha sido un placer construir vuestra casa! Ya sabes que no lo he hecho solo, muchos han colaborado.
Asentí.
—Aun así, me consta que has dirigido las obras personalmente; Callie me lo ha dicho.
Se le ensanchó la sonrisa en su apuesto rostro, y sus ojos dispares resplandecieron. Uno, verde; el otro, tan azul como los de mi hijo. Era un gran barog.
—¡Ah, mi hoa uhane siempre tiene palabras agradables para mí! —dijo soltando una carcajada—. La casa tiene dos habitaciones espaciosas, así que os podréis instalar los tres con total comodidad.
«¿Los tres?».
Aunque no formulé la pregunta en voz alta, Sulveh se giró a mirarme como si la hubiese oído.
—Siempre que te parezca bien, por supuesto —me aclaró.
Daryos nos miró de reojo y se adelantó unos pasos para darnos privacidad. Apenas nos quedaban unos metros para llegar a nuestra nueva vivienda.
—Si tú quieres, por mí no hay problema —dije con prudencia. No quería que lo hiciera solo porque se sintiera obligado como mi cuñado.
—Ahora que nos hemos reencontrado y con la guerra en ciernes, voy a quedarme en la aldea. Podría instalarme en la casa de alguno de mis amigos o en las chozas provisionales que van a levantar para los guardianes, si prefieres. —Algo parecido a la resignación cruzó sus hermosos ojos.
Unos ojos que yo llevaba mucho tiempo viendo en sueños.
—Puedes quedarte con nosotros, Sulveh —me apresuré a decir—. Tal como el príncipe ha mencionado, tiene espacio de sobra para los tres. Sonah y yo podemos ocupar una de las estancias y tú, la otra.
Apareció una sonrisa preciosa en sus labios, que le iluminó los ojos como bronce recién bruñido. Mi corazón crujió y tuve que apartar la vista. Aquellos ojos estaban despertando en mí demasiadas emociones.
«¡Dioses, ayudadme!».
Atesoraba preciosos recuerdos del tiempo que pasamos juntos en la Tierra, de cuando creía que él me amaba, antes de seguirle por el portal hasta Nemea y perderle para siempre.
Suspiré.
—¿Estás bien, Sylvia? —preguntó. Sus dedos me rozaron el brazo y yo me estremecí.
—Sí, solo cansada. El parto todavía es muy reciente.
Su apuesto rostro se contrajo en una mueca de dolor.
—Ni siquiera puedo imaginar el infierno que has sufrido durante todos estos años.
Negué con la cabeza y acuné a mi hijo más cerca de mi pecho. De pronto me sentía muy vulnerable, incluso más que cuando alguna de esas bestias de los pantanos me montaba y yo me evadía mientras mi alma salía de mi cuerpo para no afrontar la espantosa realidad.
—Fue terrible, pero se acabó. Huimos y ahora estamos a salvo; eso es lo único que importa. Eso y… haberte reencontrado. —Alcé la vista y nuestros ojos se cruzaron de nuevo—. Me hace muy feliz.
—A mí también, Sylvia. Ambos hemos perdido mucho, pero los dioses nos han reunido de nuevo. Estoy muy agradecido por ello. No sabes cuánto.
Sus dedos subieron hasta mi codo y se quedaron ahí durante unos segundos; que, por mí, podrían haber durado eternamente. Siempre me había ocurrido lo mismo: cuando él me tocaba, el mundo se detenía y un calor reconfortante me inundaba desde dentro. Como si él fuese… mi verdadero hogar.
Las lágrimas se me acumularon en los ojos, pero logré contenerlas.
—Bienvenidos a vuestro nuevo hogar —dijo el príncipe, abriendo de par en par la puerta de la vivienda.
Y entramos.
Sulveh se había instalado en el dormitorio junto a la sala de estar; mi hijo y yo, en el del fondo del pasillo.
La casa era preciosa, no demasiado grande, pero perfecta para nosotros tres.
La sala principal era amplia y cómoda. A un lado, pegada a la pared, se encontraba la pequeña cocina, con una mesa de madera y dos bancos para comer.
En la pared opuesta, había grandes cojines y esteras para tumbarse a descansar o a charlar con los amigos.
El baño era espacioso, con una de esas duchas tipo cubículo que estaba deseando usar. En los pantanos no teníamos nada de eso y solíamos lavarnos en el único lago de aguas claras de la zona.
Daryos había pensado en todo. Había colocado una cuna de barrotes de madera para el bebé y también una pequeña tina para que pudiera bañarlo.
Lo abracé antes de que se fuera y él me obsequió con una gran sonrisa.
Estaba muy contento de que nos hubiera gustado tanto.
Cuando las dos lunas ya se alzaban en el cielo, se marchó para reunirse con Callie en su casa.
—Debería dar de comer a Sonah y ponerlo a dormir —dije en cuanto nos quedamos solos.