El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 1 EL CAMPO DE MAÍZ
1%
El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5)

El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5)

Por Charlotte T. Loy

© inepub.com

1 EL CAMPO DE MAÍZ

Sylvia

S ylvia alzó la mirada hacia el único rayo de sol que se colaba entre los nubarrones. Hacía semanas que las tormentas asolaban todo el país y un calor extraño, más sofocante de lo habitual, dominaba la zona. Las aguas casi desbordaban el río, aunque no habían alcanzado las casas comunales.

Se extendían los rumores de que habían desaparecido algunas mujeres del asentamiento, levantado algo más arriba de la ribera.

Un par de muchachas, llegadas unas semanas atrás en barco desde Holanda, se habían desvanecido sin dejar rastro.

Una de ellas, Elena, se había acercado a ella recientemente para preguntarle por los nativos.

Desde entonces, la acompañaba cada día al campo y se habían hecho amigas.

¿Qué habría sido de ella?

Algunos culpaban a la tribu, en concreto, al clan Lobo, el más aguerrido de los tres. Pero Sylvia sabía que eran incapaces de hacer algo así.

Los nativos y los colonos no habían tenido ningún problema desde el desembarco de estos últimos un año atrás. Eran buena gente y habían aprendido a convivir los unos con los otros. Sylvia sabía que no era así en todo el territorio; pero ahí, a orillas del río, jamás habían ocurrido incidentes.

Las desapariciones, sin embargo, empezaban a crispar los ánimos de ambos pueblos.

Su hermano pequeño correteaba entre los maizales mientras ella ayudaba a los lenape a cosechar el apreciado cereal.

Llevaban un par de semanas de recolecta, desde que el maíz había madurado por completo.

Le gustaba colaborar en el campo y sentirse útil.

La ayudaba a no pensar en lo que le esperaba en apenas un par de meses: un matrimonio concertado.

Sus padres habían sellado el acuerdo con otra de las familias que viajaron con ellos desde Ámsterdam. El hijo mayor acababa de cumplir los veinte; ella, dieciocho. Apenas habían intercambiado un par de frases, pero eso no había frenado a sus padres para pactar el enlace.

Willem parecía un buen chico, pero no le conocía y, desde luego, no sentía nada por él. Ella se sentía muy joven todavía para pensar en esas cosas y, además, era un espíritu libre.

En el poco tiempo que llevaba en el nuevo mundo, había forjado una bonita amistad con un grupo de jóvenes de la tribu.

Trazaban planes idealizados de recorrer el continente juntos y vivir aventuras, antes de que sus obligaciones para con su tribu, en el caso de los lenape, o de su familia, en el de Sylvia, les cortaran las alas para siempre.

Sus padres tenían otros planes para ella, así que había aprendido a conformarse con trabajar en el campo, corretear por la orilla del río con sus amigos al atardecer y escuchar viejas leyendas nativas alrededor de la hoguera cuando el sol se ocultaba ya tras el horizonte.

Una tarde cualquiera, cuando la lluvia incesante apenas les estaba dando una pequeña tregua, escuchó los cuchicheos de dos de las mujeres amigas de su madre.

Hablaban de apuestos hombres misteriosos que merodeaban por los asentamientos y los campos en busca de trabajo.

Afirmaban proceder del norte, pero tenían un extraño acento y unas facciones que no permitían encasillarlos en ningún origen concreto.

Sylvia era curiosa por naturaleza, así que se preguntó quiénes serían esos hombres y si alguno de ellos llegaría hasta los campos de maíz circundantes de los lenape.

No tuvo que esperar demasiado.

Aquella mañana, mientras recogía un fajo de mazorcas, las anudaba y se las echaba al hombro, algo llamó su atención a través de los tallos.

Había un hombre desconocido, más alto que cualquiera de los que conocía, de pie inmóvil entre las mazorcas.

Su cabello, largo y revuelto, tenía un color tan solo un par de tonos más oscuro que el maíz que los rodeaba.

Se acercó despacio a uno de los nativos, con las manos en alto y una sonrisa encantadora, y entabló conversación con él.

Desde donde ella se encontraba, no podía oírlos.

Pero, por las expresiones de sus rostros, supo que habían llegado a un entendimiento.

Aquel hombre misterioso se marchó y regresó al poco con una hoz. Desde ese día, comenzó a trabajar entre ellos en silencio, sin descanso.

Sylvia lo observaba mientras levantaba el utensilio de metal y lo descargaba sobre los tallos con una fuerza y precisión perfectas.

Los músculos de sus brazos y su torso, recubiertos de piel tersa y bronceada, decorada con extraños dibujos en forma de espiral, se tensaban con cada movimiento.

El sudor le corría por la espalda y el pecho, y él se lo limpiaba de vez en cuando con un trapo que llevaba al hombro.

Pensó que esas espirales quizás fuesen propias de su pueblo de origen o de algunas de las tribus nativas norteñas.

Su padre le había prohibido aproximarse a él, pero ella no podía evitar merodear cerca.

Empezó a recoger las mazorcas que él segaba, así que se convirtieron en una especie de equipo tácito y silencioso.

Intercambiaban miradas fugaces, aunque todavía a cierta distancia.

Ninguno de los dos se había dirigido al otro aún.

Hasta aquel día.

El aguacero se acumulaba allá arriba en el cielo, furibundo y amenazante. Tal vez podrían seguir trabajando un par de horas más, a lo sumo. Después, tendrían que salir corriendo y ponerse a cubierto, tal y como llevaban días haciendo.

—¿Te gusta recolectar? —preguntó de repente aquel hombre, con una voz tan profunda que le hizo cosquillas en la espalda, a lo largo de la columna.

Sylvia se giró para encontrárselo frente a ella, a tan solo unos pasos de distancia. Le impresionaron su altura y su tamaño. Jamás habían estado tan próximos.

—Me gusta trabajar en el campo —contestó ella con un ligero temblor en la voz, suave y delicada.

Cuando alzó la vista hasta sus ojos, echando un poco la cabeza hacia atrás, sintió un calor nuevo en el centro del pecho. Los ojos de aquel hombre eran del color del bronce, con leves matices dorados oscuros, y esa pequeña mota como oro líquido en uno de ellos. Brillaban y parecían amables.

Su rostro era sereno.

—Es un trabajo duro —comentó él.

Ella se pasó la manga por la frente, chorreando de sudor, y asintió.

—Me transmite calma.

Él ensanchó una sonrisa preciosa. Sylvia jamás había visto un hombre tan apuesto. Willem no era feo en absoluto; pero, en comparación, era un crío. Ese desconocido, en cambio…

Sus facciones eran marcadas, masculinas y muy hermosas. Pero lo que más llamaba la atención de la joven era esa especie de dulzura soterrada.

—A mí también —dijo él—. ¿Eres de estas tierras? —Su voz grave tenía un acento que Sylvia era incapaz de identificar. Sin duda, no procedía de ningún lugar en el que ella hubiera estado.

—Vine aquí desde el viejo continente hace un año —explicó ella.

Uno de los lenape del clan Tortuga pasó junto a ellos y los observó durante unos segundos. Después, siguió su camino. Sylvia sabía que ni él ni ninguno de la tribu la delataría a su padre. Aun así, era consciente de que no debería estar hablando con ese hombre.

—Soy Sulveh —dijo él de pronto. Se limpió la mano en el trapo y se la tendió.

Sylvia titubeó.

«Sulveh. ¿Qué clase de nombre es ese? Nunca lo había oído», pensó mientras se observaban mutuamente. Sintió un escalofrío.

—Tú eres Sylvia, ¿verdad? —Su mano todavía estaba extendida hacia ella.

Escuchar su nombre en sus labios la arrancó de sus cavilaciones.

—Sí, soy Sylvia —contestó al fin, alzando la mano para encontrarse con la de él, grande, fuerte y plagada de cicatrices.

El roce los sacudió a ambos. Sus miradas se anclaron, incapaces de despegarse.

—Encantado de conocerte. Hacía días que quería hablar contigo, pero no sabía si… debía.

—A mis padres no les gusta que hable con desconocidos —dijo ella avergonzada.

Se preguntó cuántos años tendría. Sin duda, era bastante mayor que ella. Rondaría los veintisiete o veintiocho. Un hombre desconocido que le pasaba una década. Si su padre la pillara en ese momento, la molería a palos.

—Llevamos días trabajando juntos.

—Tal vez, pero…

—Además, ahora ya sabes mi nombre y yo el tuyo. Ya no somos desconocidos, ¿no crees, Sylvia? —El modo en que él pronunciaba su nombre hacía que le vibraran los huesos y otras cosas… inconfesables.

La muchacha intuía que había algo en él que no encajaba. Algo que ocultaba, sin duda. Sus ojos, sin embargo, no engañaban: rebosaban bondad.

De pronto, un trueno hizo temblar la tierra misma. La cortina de lluvia empezó a caer un segundo después. Aquellos que estaban recolectando salieron huyendo a resguardarse en sus tiendas o casas.

—¡Ven! —dijo Sulveh, tomándola de la mano—. Sígueme.

—¿Adónde vamos? —preguntó ella, agarrada a sus fuertes dedos.

—Al río. ¿Adónde si no?

Atravesaron el campo y avanzaron veloces hacia la orilla. Una vez allí, Sulveh estiró los brazos, separados a ambos lados del cuerpo, alzó el rostro al cielo y cerró los ojos, dejando que la tormenta lo empapara de la cabeza a los pies.

—¡Esto es maravilloso! —gritó con una sonrisa mientras la melena se le apelmazaba y su piel brillaba de gotas de agua.

Ella se acercó con paso vacilante hasta colocarse a su lado. Entonces, él le cogió la mano de nuevo y tiró de su brazo para que lo extendiera.

Imitándole, Sylvia cerró los ojos y disfrutó de la sensación. Pasados unos minutos, Sulveh descendió el montículo de la orilla, se quitó los zapatos, se arremangó el pantalón, sencillo y polvoriento, y se metió en el río.

Se echó agua fresca en los brazos y el torso. La corriente aún era mansa, pero no tardaría en volverse furiosa a causa del temporal.

—¿Vienes, Sylvia? El agua está deliciosa.

Cuando sus ojos se encontraron de nuevo, el marrón cálido de ella sobre el bronce derretido de él, hizo lo que él le pedía: bajó hacia el río, se quitó los zapatos y se metió en el agua.

En ese momento comprendió que haría cualquier cosa que Sulveh le pidiera. Y lo seguiría a cualquier parte.