El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 35 EL HERALDO DE LA NADA #2
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CAPÍTULO 35 EL HERALDO DE LA NADA #2

Una parecía terminar en una forma oscura.

—Un punto de fijación.

—¿Entre qué?

—Eldoria y aquello que él llama la Nada Exterior. Creo que se refiere al mismo ámbito del que proceden las manifestaciones del Vacío.

—A'shael.

—Es la posibilidad más probable.

—No una certeza.

Geal asintió.

—No una certeza.

Bien.

Anjara necesitaba aquello.

Aunque doliera.

Verdad hasta donde alcanzaba.

Nada más.

—¿Por qué las cenizas?

—No lo sé.

—¿Elara?

—Puede haber intervenido.

—¿Antes de morir Liam?

Geal bajó la mirada a las notas.

—No puedo afirmarlo.

Anjara apretó la mandíbula.

Parte de ella había esperado una respuesta.

Otra agradeció no recibir una inventada.

—Entonces ¿qué es el Ancla?

Geal señaló una frase.

—Algo que mantiene una conexión limitada.

Roric frunció el ceño.

—¿Limitada en qué sentido?

—Como una puerta sujeta por una cadena.

—Eso suena fatal.

—Lo es.

Geal continuó:

—El Ancla parece impedir que esa conexión se abra por completo. No contiene por sí sola todo el Vacío. Eso sería absurdo. Pero sí algo concreto. Una presencia. Una vía. No sé exactamente qué.

Anjara pensó en la voz que había perseguido tantas cosas.

En Malakor.

En la Gema.

En las sombras.

—A'shael.

—Es lo que indican las notas.

Thyra preguntó:

—¿Puede destruirse?

Geal miró la tercera hoja.

Después a Anjara.

—Aquí aparece Igvaris.

El nombre bastó para que todos callaran.

Tierras de fuego.

Las forjas.

Anjara recordó las historias de los Guardianes.

Ignivar.

—¿Qué dice?

—Que el Ancla no puede romperse con medios ordinarios.

—Pero en Igvaris sí.

—Eso parece.

Roric apoyó las manos en la mesa.

—Y si Malakor la rompe...

Geal tardó.

—La contención podría desaparecer.

—¿Y A'shael cruzaría?

—No lo sé.

Roric cerró los ojos.

—Me estoy cansando muchísimo de esa frase.

—Yo también —dijo Anjara.

Geal señaló el texto.

—Lo único que puedo afirmar es que Eldrin consideraba la ruptura del Ancla una catástrofe.

Anjara cerró la mano alrededor de la bolsa.

Liam.

Su hermano.

Y también aquello.

Las dos cosas podían ser verdad.

Ese era el problema.

El universo no necesitaba quitarle a Liam quién había sido para utilizar lo que quedaba de él.

Y Anjara podía odiarlo sin negar lo que tenía delante.

—Malakor no las tocará.

Faela respondió:

—Lo sabemos.

Anjara negó.

—No.

Los miró.

—No es un arma.

Nadie habló.

—No es una llave.

La voz empezó a temblarle.

—No es una reliquia para mí.

Geal bajó los papeles.

—Es Liam.

Anjara cerró los ojos.

—Sí.

Esta vez nadie intentó explicarlo.

Alya la esperaba al salir.

—¿Qué pasa?

Anjara se agachó.

—Nada que tengas que arreglar.

La niña entrecerró los ojos.

—Siempre dices eso cuando pasa algo malo.

—Estoy practicando.

—No se te da bien.

Anjara sonrió.

—Gracias.

Alya miró primero la Gema.

Después la zona bajo la ropa donde Anjara guardaba las cenizas.

—¿Tiene que ver conmigo?

Anjara se quedó quieta.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque los adultos dejan de hablar cuando entro.

Detrás, Roric murmuró:

—Es difícil engañarla.

Kaelen respondió:

—Porque tú eres pésimo.

Alya no apartó los ojos de Anjara.

—¿Soy peligrosa?

La pregunta fue pequeña.

Demasiado pequeña.

Anjara tomó sus manos.

—No.

—Pero Malakor me quiere.

—Sí.

—Malorin también me quería.

Anjara se corrigió mentalmente.

Malorin la había necesitado.

Y ni siquiera sabía si estaba muerto.

—Sí.

—Entonces tengo algo malo.

—No.

Anjara apretó sus dedos.

—Que alguien quiera utilizar algo de ti no convierte ese algo en malo.

Alya pensó.

—¿Soy una Llave?

Anjara no esperaba la pregunta.

La niña continuó:

—Todos lo dicen cuando creen que no escucho.

Anjara miró a Faela.

Ella no intervino.

Bien.

—Hay gente que te llama así.

—¿Lo soy?

—No sé qué significa exactamente.

Alya hizo una mueca.

—Otra vez.

—Otra vez.

—Pero puedes decirme lo que sabes.

Anjara respiró.

—Sé que Syltherion puede oírte de una forma que no puede oír a los demás. Sé que algunas cosas antiguas responden cuando estamos juntas. Y sé que hay gente que quiere convertir eso en una función antes de preguntarte qué quieres tú.

—¿Y tú?

—Yo creo que te llamas Alya.

La niña bajó la mirada.

—Tengo ocho años.

—También.

—Y no quiero abrir nada.

—Entonces hoy no abres nada.

Alya la observó.

—¿Y mañana?

Anjara sonrió apenas.

—Mañana lo hablaremos.

La niña pensó.

—¿Vas a dejarme?

—No.

La respuesta salió demasiado rápido.

Anjara se detuvo.

Alya lo notó.

Habían aprendido juntas.

—Mientras pueda impedirlo —corrigió.

Alya asintió.

—Mejor.

—Mucho mejor.

La niña regresó junto a Nara.

Kaelen se acercó.

—Has aprendido.

—Estoy intentando.

—Eso suele ser la parte más difícil.

El último refugiado embarcó al atardecer.

El anciano de setenta años iba entre ellos.

Anjara lo acompañó hasta la pasarela.

—Te dije que llegaría.

El hombre la miró.

—Eres muy mandona.

—Me lo dicen.

—Tu madre estaría orgullosa.

Anjara se detuvo.

—No conoció a mi madre.

—No.

El anciano sonrió.

—Pero he conocido madres.

Subió.

Anjara lo vio desaparecer entre la gente.

Cuando el barco se separó del embarcadero, el puesto quedó extraño.

Vacío.

Después de tantas horas de voces, carros y niños, apenas permanecían allí el capitán, sus soldados, el Cadre, Thyra, Alya y los Grifos.

Roric miró alrededor.

—Ahora sí tiene aspecto de lugar donde va a ocurrir algo horrible.

Kaelen suspiró.

—¿Eres incapaz de disfrutar cinco minutos?

—La experiencia me ha enseñado...

Un cuerno sonó.

Lejano.

Todos se quedaron inmóviles.

Otro.

Desde el norte.

Thyra corrió hacia la empalizada.

—Maldita sea.

Anjara la siguió.

Polvo en el camino.

Caballos.

No demasiados.

Roric contó.

—Dieciocho.

Thyra observó mejor.

—Corceles de Ceniza.

Exploradores de la Legión.

Rápidos.

Anjara preguntó:

—¿Cuánto?

—Cinco minutos.

Kaelen desenvainó.

—Por fin.

Anjara la miró.

—Tú no.

—Anjara.

—Brazo.

—Tengo otro.

Roric sacó las dagas.

—Es técnicamente correcto.

Faela preparó el arco.

Geal guardó las hojas de Eldrin.

Thyra silbó.

Skyscream levantó la cabeza.

El Grifo estaba agotado.

Pero se levantó.

Anjara miró hacia el mar.

Los tres barcos se alejaban.

Todavía visibles.

Los Corceles no podían alcanzarlos.

Los refugiados estaban a salvo de ese ataque.

Objetivo cumplido.

—No defendemos el puesto.

El capitán la miró.

—¿Cómo dices?

—Aquí ya no queda nadie que necesite que muramos por una pared.

Thyra entendió.

—Los Grifos.

Anjara asintió.

—Nos vamos.

Kaelen frunció el ceño.

—¿Huir otra vez?

Anjara la miró.

—Elegir dónde merece la pena luchar.

Una sonrisa apareció en el rostro de Kaelen.

—Eso me gusta más.

El capitán miró la torre.

—¿Y mis hombres?

Thyra señaló una senda hacia los acantilados.

—Las cuevas de pescadores.

El hombre asintió.

—Las conozco.

—Escondeos allí. Dejadles una torre vacía.

El capitán miró las paredes.

Quizá había vivido años allí.

Quizá lo llamaba hogar.

Después miró el polvo que se acercaba.

—Malditos sean.

Anjara respondió:

—Sí. Pero desde otro sitio.

El hombre sonrió.

—Empiezo a comprender por qué os siguen.

Montaron deprisa.

Skyscream protestó cuando Thyra ajustó las correas.

Ella apoyó la frente contra su cuello.

—Una vez más.

El Grifo respiró.

Extendió las alas.

Anjara subió con Alya.

Kaelen y Roric ocuparon el segundo.

Geal y Faela, el tercero.

Los soldados del puesto desaparecieron por la senda de los acantilados.

Los Corceles de Ceniza entraron por la empalizada cuando los Grifos despegaron.

Flechas.

Dos quedaron lejos.

Una golpeó una viga.

Otra rozó el ala de la tercera montura.

El Grifo se inclinó.

Faela gritó.

Geal la sujetó.

—¡SEGUIMOS ARRIBA!

Roric respondió desde el aire:

—¡ESA FRASE ES CADA VEZ MENOS TRANQUILIZADORA!

Los Grifos ganaron altura.

Los jinetes enemigos se hicieron pequeños.

Después el puesto.

Anjara miró hacia los barcos.

Tres manchas avanzando sobre el agua.

Los refugiados estaban vivos.

Aquello bastaba.

Por hoy.

La noche los encontró sobre el Mar Interior.

Allí no había caminos.

Eso inquietaba a Anjara más de lo que esperaba.

En tierra siempre existía algo.

Una senda.

Un árbol.

Una roca.

Una montaña.

Incluso perderse significaba tener suelo bajo los pies.

En el mar no.

Solo agua.

Negra bajo las estrellas.

Alya dormía contra ella.

Thyra guiaba a Skyscream por las constelaciones.

Los otros dos Grifos volaban cerca.

—¿Cuánto falta hasta las islas?

—Si Skyscream aguanta, llegaremos al amanecer.

—¿Y si no?

Thyra la miró por encima del hombro.

—Nadamos.

Anjara contempló el agua.

—Tu capacidad para tranquilizar mejora.

—Gracias.

—No era...

—Lo sé.

La Gema se calentó.

Anjara dejó de escuchar el viento.

No era un pulso.

Ni una reacción breve.

Calor sostenido.

Lento.

—Thyra.

—¿Qué?

Anjara sacó la esmeralda.

Brillaba.

Muy poco.

Suficiente.

Geal la vio desde el otro Grifo.

—¿Qué ocurre?

—No lo sé.

Alya despertó.

Se llevó una mano al pecho.

—Anjara...

—¿Qué?

La niña miró hacia abajo.

—Hay algo.

Skyscream emitió un gruñido.

Las otras monturas también se alteraron.

—¿Dónde?

Alya señaló el mar.

—Abajo.

Anjara miró.

Nada.

Agua negra.

Después...

movimiento.

Muy profundo.

Demasiado grande.

Una sombra recorrió las profundidades.

No se distinguía forma.

Ni aletas.

Ni cabeza.

Solo tamaño.

Geal palideció.

—Eso no era una ballena.

Roric gritó:

—¡¿ERA NECESARIO DECIRLO?!

Otra sombra.

Más cerca.

Skyscream batió las alas con violencia.

Thyra tiró de las correas.

—¡Altura!

Los tres Grifos ascendieron.

El agua se deformó.

No se abrió.

No emergió nada.

Pero una ondulación enorme cruzó la superficie.

Como si algo gigantesco hubiera girado debajo.

Alya se aferró a Anjara.

—Nos ha sentido.

—¿Quién?

—No sé.

La misma respuesta.

Por primera vez, Anjara deseó que siguiera siéndolo para siempre.

La sombra desapareció.

No atacó.

Todavía.

El mar se cerró.

Thyra no redujo la altura.

—Seguimos.

Nadie discutió.

En las Montañas del Lamento, una piedra se desprendió de una grieta.

Vitor esperó.

Nada.

Ni patrullas.

Ni voces.

Solo viento.

Sera apareció detrás.

—¿Seguro?

Vitor observó las luces de la Academia ocupada.

—No.

Sera sonrió cansada.

—Empiezo a preocuparme por la frecuencia con que dices eso.

Los otros dos supervivientes descendieron detrás.

Cuatro.

Eso era todo.

Cuatro de los veintiocho que habían permanecido en el Crisol.