El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 35 EL HERALDO DE LA NADA
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CAPÍTULO 35 EL HERALDO DE LA NADA

El primer barco apareció con la marea de la mañana.

No era un navío de guerra.

Ni siquiera podía llamarse hermoso.

Tenía el casco ancho, dos mástiles desiguales y parches de madera más clara allí donde el mar había ido cobrando pequeñas deudas durante años. Las velas permanecían recogidas y una figura solitaria esperaba en la proa mientras la embarcación avanzaba hacia el embarcadero.

Roric la contempló desde la empalizada.

—Esperaba algo más épico.

Kaelen estaba a su lado, con el brazo inmovilizado.

—¿Qué esperabas?

—No sé. Velas negras. Una proa con cabeza de dragón. Cien marineros cantando sobre muerte, tormentas y alcohol.

—Es un barco para refugiados.

—Precisamente. Un poco de dignidad.

Kaelen lo miró.

—Puedo tirarte al agua antes de que atraque.

Roric sonrió.

—Eso sí tendría dignidad.

Anjara los escuchó desde abajo.

No llegó a reír.

Pero estuvo cerca.

El puesto había cambiado durante la noche.

Ya no parecía una torre aislada junto al mar.

Había mantas tendidas junto a las paredes.

Niños dormidos sobre sacos de grano.

Ancianos apoyados contra barriles.

Caballos sin montura.

Carros abandonados fuera de la empalizada porque no cabían dentro.

Personas.

Muchas más de las que Anjara había imaginado cuando decidió encender la señal.

Habían llegado durante horas.

Desde aldeas pequeñas.

Minas.

Granjas próximas a las montañas.

Puestos de vigilancia.

Algunos habían visto soldados.

Otros únicamente humo.

Un hombre aseguraba que una unidad de la Legión había atravesado su aldea sin matar a nadie.

Otro juraba que les habían quitado alimentos y caballos a punta de espada.

Una mujer había visto arder tres casas.

Nadie poseía la historia completa.

Eso era la guerra, comprendió Anjara.

Miles de verdades pequeñas intentando explicar una sola catástrofe.

Alya estaba sentada junto a Nara.

Compartían pan.

Anjara observó a la niña.

Parecía más pequeña aquella mañana.

No físicamente.

De otra manera.

Como si en los últimos días hubiera tenido que crecer demasiado deprisa y el sueño le hubiera devuelto por unas horas los ocho años que realmente tenía.

Faela se acercó.

—Ha dormido.

—¿Cuánto?

—Casi seis horas.

Anjara asintió.

Era mucho.

—¿Pesadillas?

Faela tardó demasiado.

—No ha gritado.

No era una respuesta.

Anjara tampoco insistió.

El barco golpeó suavemente contra el embarcadero.

Los marineros lanzaron cabos.

Un hombre saltó a tierra.

Barba blanca.

Chaqueta de cuero endurecida por la sal.

Ojos pequeños y atentos.

Miró el campamento.

Después los Grifos.

Se detuvo.

—Por todas las mareas...

Thyra bajó hacia él.

—Capitán.

El hombre la reconoció.

—Jinete.

No llegó a inclinarse.

Pero estuvo cerca.

Thyra señaló a los refugiados.

—Necesitamos sacarlos de aquí.

El capitán estudió el número.

—No a todos.

Anjara se acercó.

—¿Cuántos?

—Cincuenta.

Volvió a mirar.

—Sesenta si el mar se porta bien.

Había más del doble.

La respuesta cayó como una piedra.

Una mujer apretó a su hijo contra el pecho.

Alguien empezó a murmurar.

Thyra preguntó:

—¿Vienen más barcos?

—Dos detrás de mí.

—¿Cuándo?

—Antes del mediodía, si el viento no gira.

—¿Capacidad?

—Parecida.

Anjara calculó.

Podía bastar.

Quizá.

Si llegaban.

Si la Legión no aparecía antes.

Si el mar continuaba abierto.

Demasiados si.

—¿Destino? —preguntó.

—Edras.

Thyra negó inmediatamente.

—No.

El capitán frunció el ceño.

—Es el puerto grande más cercano.

—Y probablemente el primero que vigilará Malakor.

—¿Por qué iba a...?

Anjara respondió:

—Porque nos busca.

El capitán la miró.

Después vio la Gema.

—Tú eres ella.

Varias conversaciones cercanas se apagaron.

Anjara sintió las miradas.

—¿Ella quién?

—La muchacha de la Academia.

Roric bajó de la empalizada.

—Magnífico. Ya tenemos fama y ni siquiera hemos desayunado dos veces.

Anjara ignoró el comentario.

—¿Cómo lo sabes?

—Los faros hablan.

—Los faros no dan nombres.

—Los marineros sí.

Peor.

—¿Qué dicen?

El hombre se encogió de hombros.

—Que la Academia ha caído.

Algunos refugiados dejaron de hablar.

—Que una Anjanu escapó en Grifo.

Más silencio.

—Y que la Legión la busca.

Ahora sí miraban todos.

Anjara notó cómo algunas personas se alejaban medio paso.

Otras no.

El capitán continuó:

—Los puertos del norte están recibiendo órdenes nuevas.

Thyra avanzó.

—¿De quién?

—Hombres del Grifo Negro.

Anjara sintió un nudo en el estómago.

Malakor.

Demasiado rápido.

—Entonces Edras no.

El capitán abrió las manos.

—Llevo treinta años navegando esta costa. Si Edras está cerrado, no quedan muchas rutas seguras.

—Quizá sí.

Geal apareció con la cartera de Eldrin bajo el brazo.

No había dormido.

No hacía falta preguntarlo.

Extendió un mapa sobre un barril.

—He encontrado esto.

Thyra se acercó.

—¿Qué?

—Una ruta secundaria.

El capitán miró el trazado.

—Eso no es una ruta.

—Lo era.

—Hace cien años.

Geal revisó una anotación.

—Doscientos treinta y siete.

El capitán lo miró.

Geal carraspeó.

—Pero entiendo la objeción.

Anjara siguió la línea.

Bordeaba la costa.

Atravesaba una zona del Mar Interior.

Después se desviaba hacia un conjunto de islas pequeñas antes de continuar en dirección a Thalnos.

—¿Por qué dejó de usarse?

El capitán señaló una franja del mapa.

—Arrecifes.

—¿Imposibles?

—Para barcos grandes.

Miró su propia embarcación.

—Nosotros podríamos pasar.

Roric sonrió.

—Por fin ser pequeño sirve para algo.

Kaelen lo miró.

—Sigues hablando del barco.

—De momento.

Anjara señaló el mapa.

—¿Podemos llegar a Thalnos sin tocar un puerto controlado por la Legión?

El capitán tardó.

—Podemos intentarlo.

No era garantía.

Pero era verdad.

Anjara asintió.

—Entonces lo intentamos.

Evacuar resultó más difícil que combatir.

No hubo monstruos.

Ni magia.

Ni espadas.

Hubo personas.

—¡Mi marido todavía no ha llegado!

—¡Mi madre no puede caminar!

—¡Yo estaba antes!

—¡Tengo tres hijos!

—¡No podéis separarnos!

Anjara intentó establecer un orden.

Heridos.

Niños.

Familias.

Ancianos.

Después los demás.

Funcionaba muy bien como idea.

Mucho peor cuando cada lugar tenía una cara.

Una mujer se negó a embarcar sin su esposo.

Un hombre quiso ceder su sitio a una niña que no conocía.

Dos hermanos discutieron porque ninguno aceptaba marcharse sin el otro.

Un anciano se sentó sobre una caja.

—Yo esperaré.

Anjara se agachó frente a él.

—No sabemos cuándo llegará el siguiente barco.

—Entonces esperaré más.

—Puede llegar la Legión.

—También puede hundirse el embarcadero.

—Señor...

El hombre sonrió.

—Mi hija y mis nietos suben.

Anjara miró hacia la pasarela.

Una mujer aguardaba allí con dos niños.

—¿Y usted?

—He vivido setenta años.

—Eso no es una razón.

—Para mí sí.

Anjara quiso insistir.

No lo hizo.

Había aprendido algo en Syltherion.

Algo en la Academia.

Proteger a alguien no significaba decidir por él.

—El siguiente barco —dijo.

El anciano levantó una ceja.

—Si llega.

Anjara sostuvo su mirada.

—Cuando llegue.

El hombre sonrió.

—Eso ha sonado a promesa.

Anjara se incorporó.

—Lo era.

El segundo barco apareció antes del mediodía.

El tercero poco después.

Nadie celebró.

Simplemente siguieron trabajando.

Los Grifos no podían cruzar todavía.

Thyra fue tajante.

Un día más.

Skyscream necesitaba descanso.

Las otras monturas también.

Eso obligaba a Anjara a elegir.

Los refugiados partirían.

Ellos permanecerían en el lugar que habían anunciado con una señal visible desde kilómetros.

Roric resumió la situación:

—Vamos a quedarnos voluntariamente en una torre que hemos señalado con humo mientras el hombre más poderoso del continente nos busca.

—Sí.

—Bien. Solo quería comprobar que todos entendíamos el grado de estupidez.

Kaelen estaba sentada sobre un barril.

—Puedes marcharte en uno de los barcos.

Roric se llevó una mano al pecho.

—¿Sin ti?

—Especialmente sin mí.

—Me parece cruel.

—A mí tranquilizador.

Geal levantó la cabeza de los documentos.

—¿Podéis discutir más bajo?

Anjara se volvió hacia él.

—Llevas horas leyendo eso.

—Sí.

—¿Has encontrado algo?

Geal no respondió.

Anjara dejó de mirar los barcos.

—Geal.

El Drakthar cerró lentamente una carpeta.

—Tenemos que hablar.

Entraron en la torre.

Anjara.

Geal.

Faela.

Kaelen.

Roric.

Thyra.

Alya permaneció fuera con Nara y dos soldados.

Geal cerró la puerta.

Después extendió tres hojas.

No formaban parte del mismo documento.

La primera tenía la letra de Eldrin.

La segunda estaba llena de símbolos.

La tercera era tan antigua que parte de la tinta había desaparecido.

—Anoche creí que Eldrin había dejado únicamente rutas de evacuación y notas sobre la puerta.

Anjara esperó.

—No.

Geal señaló la primera página.

—Llevaba años investigando algo que denomina Ancla.

La bolsa que descansaba bajo la ropa de Anjara pareció pesar más.

No.

Geal la miró.

—Anjara...

—No.

Lo supo antes de que dijera nada.

—Las cenizas de Liam...

—No.

Faela dio un paso.

Anjara levantó una mano.

—No pronunciéis su nombre como si fuera una pieza de una máquina.

Silencio.

Geal bajó el papel.

—No lo estoy haciendo.

—Acabas de llamarlo Ancla.

—No.

La voz de Geal fue más suave.

—He dicho que Eldrin llamó Ancla a algo relacionado con las cenizas.

—Mi hermano está muerto.

Las palabras salieron duras.

—Eso es lo que llevo conmigo. Lo que quedó de mi hermano.

Geal asintió.

—Sí.

—Entonces basta.

—Ojalá.

Anjara lo miró.

—Geal.

—Malakor las busca.

El aire de la habitación cambió.

—¿Cómo lo sabes?

Geal levantó una de las hojas.

—Porque Eldrin también lo sabía.

Señaló varias anotaciones.

—Está incompleto. No puedo reconstruir todo el razonamiento y no pienso fingir que sí. Pero algunos términos se repiten.

Anjara esperó.

—A'shael.

La Gema se templó contra su pecho.

Solo un poco.

—¿Qué tiene que ver con Liam?

—No Liam.

Anjara endureció la mirada.

Geal no retrocedió.

—Escúchame. Necesito hacer esta distinción precisamente por lo que acabas de decir.

Señaló la bolsa.

—Liam fue tu hermano. Fue un niño. Vivió. Te quiso. Tú lo quisiste. Nada de lo que descubramos cambia eso.

Anjara dejó de respirar.

—Pero algo ocurrió con sus restos después de su muerte. O quizá empezó a ocurrir en el momento en que tú los tomaste. Eso no lo sé.

—¿Qué?

Geal deslizó la segunda hoja.

Había un círculo atravesado por varias líneas.