El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 34 DONDE TERMINA LA TIERRA #3
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CAPÍTULO 34 DONDE TERMINA LA TIERRA #3

Borin la había llamado una vez «el agujero de las ratas».

Vitor habría dado cualquier cosa por oírlo insultar el lugar otra vez.

Continuó.

La pierna le falló.

Sera lo sujetó.

—Estoy bien.

—Eso dicen todos los que no lo están.

Vitor se detuvo.

—¿Quién te ha enseñado esa frase?

—Una sanadora bastante insoportable.

Anjara.

Vitor cerró los ojos.

Tres Grifos.

Sureste.

Habían salido.

No necesitaba creerlo.

Lo había visto.

Skyscream había entrado en las nubes.

Eso bastaba.

—Muévete.

Siguieron.

Más adelante apareció una línea de luz.

Sera dejó escapar una risa rota.

—Por todos los dioses...

Vitor golpeó la piedra.

Cedió.

Entró aire frío.

Noche.

Los cuatro supervivientes salieron uno a uno a una grieta en la montaña.

Abajo, la Academia continuaba ardiendo.

Vitor la contempló.

Su hogar.

Su Crisol.

Sus muertos.

Después miró al sureste.

Nada.

Demasiado tarde para distinguir los Grifos.

Sera se dejó caer sobre una roca.

—¿Y ahora?

Vitor miró las hogueras de la Legión.

Luego las montañas.

Por último el horizonte invisible.

—Ahora dejamos que Malakor piense que estamos muertos.

Sera levantó la cabeza.

Vitor recogió la espada.

La hoja estaba mellada.

Todavía servía.

—Y después encontramos a mi Cadre.

En la Academia conquistada, Malakor recibió el informe poco antes de medianoche.

Vorlag colocó una ficha sobre el mapa.

—Han encendido una señal en la costa.

Malakor no levantó la vista.

—¿Código?

—Refugio temporal. Camino abierto.

—Ubicación.

Vorlag señaló.

Sur.

Cerca de las rutas del Mar Interior.

Malakor estudió la distancia.

—Anjara.

—Probablemente.

Malakor levantó los ojos.

—Seguro.

Se acercó a una ventana rota.

Ceniza y nieve se mezclaban sobre los restos del Crisol.

—¿Los Corceles?

—En camino.

—Retíralos.

Vorlag frunció el ceño.

—Mi lord.

—Retíralos.

—Podríamos alcanzarla antes de que embarque.

—Y obligarla a huir sin saber hacia dónde.

Malakor volvió al mapa.

Su dedo siguió la costa.

Después cruzó el Mar Interior.

Thalnos.

—No quiero que huya.

—¿Entonces?

—Quiero que elija.

Vorlag guardó silencio.

Malakor señaló varios puertos.

—Cierra estos.

—Sí.

—Y estos.

El dedo continuó.

Después se detuvo.

—Este corredor permanece abierto.

Vorlag comprendió.

—La empujaremos hacia él.

—No.

Malakor retiró la mano.

—Ella creerá que lo ha elegido.

Un frío ajeno a la montaña recorrió la estancia.

Las llamas de dos velas se inclinaron.

Vorlag retrocedió un paso.

Malakor no.

La sombra detrás de él se alargó.

Una voz rozó su mente.

No tenía sonido.

Aun así, la oyó.

La Portadora sigue moviéndose.

Malakor cerró los ojos.

—Sí.

La Llave también.

Alya.

—Sí.

Un pulso recorrió la oscuridad.

Déjalas llegar al mar.

Malakor abrió los ojos.

Durante un instante, un reflejo violeta atravesó sus pupilas.

—¿Después?

La respuesta llegó como hielo quebrándose bajo aguas profundas.

El océano tiene hambre.

Silencio.

Malakor contempló el mapa.

Thalnos.

Más allá, las rutas que llevaban hacia otras costas.

Y mucho más lejos...

Igvaris.

La presencia volvió.

Prepara las forjas.

Malakor apoyó dos dedos sobre aquellas tierras de fuego.

Nada más.

La sombra se contrajo.

Las velas recuperaron su forma.

Vorlag respiraba con dificultad.

—Mi lord...

—Prepara mensajeros.

—¿Para quién?

Malakor miró el mar.

—Para la flota.

Después, Igvaris.

—Y para las tierras de fuego.

Vorlag inclinó la cabeza.

—¿La Academia?

Malakor miró las torres caídas.

—Déjala arder.

La guerra ya no estaba allí.

Quizá nunca lo había estado del todo.

En la costa, Anjara repartía mantas.

No vio las sombras moviéndose en las montañas.

No sabía que Vitor respiraba.

No sabía que Malakor ya estaba trazando rutas sobre el mar.

No sabía qué esperaba al otro lado.

Solo sabía que una niña temblaba delante de ella.

Tendría seis años.

Anjara se agachó.

—¿Cómo te llamas?

—Nara.

—Hola, Nara.

La niña miró la hoz.

Después la Gema.

—¿Eres una guerrera?

Anjara pensó en Vitor.

En Borin.

En Elara.

En Liam.

En todas las respuestas que habría dado semanas atrás.

—A veces.

Nara señaló el edificio.

—Mi madre dice que aquí estamos seguros.

Anjara miró la señal disipándose en la noche.

—Esta noche.

La niña pareció satisfecha.

Corrió hacia su madre.

Anjara se levantó.

Alya estaba junto a la puerta.

—Dices mucho eso.

—¿Qué?

—Esta noche.

Anjara miró el mar.

—Es lo único que puedo prometer.

Alya se acercó.

—¿Y mañana?

Anjara observó el puesto.

Refugiados comiendo.

Soldados reparando la empalizada.

Faela vendando la mano de un anciano.

Geal discutiendo con Roric sobre un mapa.

Kaelen fingiendo que no le dolía el hombro.

Thyra dormida junto a Skyscream.

Vida.

Frágil.

Imperfecta.

Obstinada.

—Mañana encontraremos otra cosa que podamos prometer.

Alya tomó su mano.

El Mar Interior rugió frente a ellas.

Al otro lado esperaba Thalnos.

Más lejos, Igvaris.

Detrás, entre las montañas, Vitor acababa de decidir que todavía no estaba muerto.

Anjara no sabía nada de aquello.

Todavía.

Miró la oscuridad del agua.

Y, por primera vez desde que cayeron las torres, no pensó en lo que había dejado atrás.

Pensó en lo que tendría que cruzar.

La tierra terminaba allí.

Su historia no.