CAPÍTULO 34 DONDE TERMINA LA TIERRA #2
—Por fin he encontrado una institución compatible con mis capacidades.
Anjara continuó:
—No emitáis ninguna señal que pueda revelar que estamos aquí.
—Entonces solo podremos recibir.
—Por ahora basta.
Miró a Thyra.
—Los Grifos descansan.
Después a Geal.
—Tú estudias esos documentos.
Geal asintió.
—Kaelen duerme.
Desde una habitación llegó la voz de la guerrera:
—¡NO!
Anjara levantó el tono.
—¡KAELEN DUERME!
Silencio.
Roric sonrió.
—Liderazgo.
Anjara lo señaló.
—Tú vigilas el camino.
—¿Por qué yo?
—Porque eres el único capaz de quejarse durante horas sin quedarse dormido.
Roric reflexionó.
—Aceptable.
Faela preguntó:
—¿Y yo?
Anjara miró hacia el fuego.
Alya dormía sentada.
El cuenco vacío seguía entre sus manos.
—Quédate con ella.
Faela asintió.
Thyra vio a Anjara dirigirse a la puerta.
—¿Y tú?
—Voy a ver el mar.
El agua hacía mucho ruido.
Eso la sorprendió.
Desde el cielo había parecido tranquila.
Inmensa.
Casi inmóvil.
Desde la orilla era otra cosa.
Las olas chocaban contra la roca.
Retrocedían.
Volvían.
Una y otra vez.
Como una criatura demasiado grande para cansarse.
Anjara se sentó sobre una piedra.
Sacó la Gema.
La sostuvo entre los dedos.
Verde.
Profunda.
Familiar.
Terrible.
Había permanecido con su familia antes de que Anjara comprendiera siquiera cuánto podía ocultar una familia.
Había reaccionado a los Guardianes.
Al Ichor.
A la corrupción.
A puertas.
A cosas que ella todavía no sabía nombrar.
Pero seguía siendo una Gema.
Eso era todo lo que podía afirmar.
Bajo la ropa descansaba la pequeña bolsa de cenizas.
No la sacó.
Aquello sí sabía qué era.
Liam.
Su hermano.
No una respuesta.
No un Sello.
No una pieza conveniente de una historia antigua.
Liam.
Anjara apoyó los codos sobre las rodillas.
—No voy a dejar que te conviertan en otra cosa.
Una ola golpeó las piedras.
—Ya sé. Hablar con muertos es raro.
Otra.
—Tú hablabas con tu espada.
Una gaviota pasó por encima.
Anjara levantó la cabeza.
—No opines.
El ave siguió volando.
Durante un instante pudo imaginar la risa de Liam.
Dolió.
Pero de otra manera.
El dolor seguía allí.
Probablemente siempre estaría.
Empezaba a comprender que conservarlo no significaba permitirle decidir cada respiración.
Oyó pasos.
No se volvió.
—Creía que vigilabas el camino.
Roric se sentó a su lado.
—Lo estoy.
—Estás mirando el mar.
—El mar podría atacarnos.
—Claro.
—Siempre hay una primera vez.
Anjara guardó la Gema.
Roric permaneció callado.
Un milagro.
Duró poco.
—¿Crees que Vitor sigue vivo?
Ahí estaba.
La pregunta.
Anjara miró las olas.
—No lo sé.
—Yo tampoco.
—Entonces ¿por qué preguntas?
Roric cogió una piedra.
La lanzó.
Rebotó una vez.
Se hundió.
—Porque odio no saberlo.
Anjara contempló el círculo que había dejado en el agua.
—Yo también.
Roric cogió otra piedra.
—Con Borin no pasa eso.
Anjara lo miró.
—Sé lo que ocurrió.
La lanzó.
Esta ni siquiera rebotó.
—Sigue siendo horrible. Pero tiene forma.
El mar se tragó la piedra.
—Vitor es como...
Buscó la comparación.
—Una puerta que sigue abierta.
Anjara tragó saliva.
Sí.
Exactamente.
—No voy a cerrarla todavía.
Roric asintió.
—Bien.
Se levantaron.
La campana del puesto sonó.
Una vez.
No alarma.
Aviso.
Anjara ya estaba corriendo antes de que el soldado llegara hasta ellos.
La torre de señales estaba llena de humo del brasero.
El capitán sostenía una tablilla encerada.
—Mensaje desde el puesto sur.
—¿Qué dice?
—Tres señales.
Pasó el dedo por las marcas.
—Primera: columnas militares moviéndose hacia la costa.
Nadie reaccionó.
Ya lo esperaban.
—Segunda: barcos de guerra avistados al este.
Thyra maldijo.
—¿Legión?
—No lo especifica.
—¿La tercera?
El capitán miró a Anjara.
—Refugiados.
Eso sí cambió el aire.
—¿De dónde?
—Norte.
—¿Academia?
—No únicamente.
Giró la tablilla.
—Aldeas de montaña. Puestos menores. Granjas. Gente evitando las rutas principales.
Anjara notó un peso nuevo.
No eran ellos.
Nunca habían sido solo ellos.
La guerra avanzaba sobre casas.
Familias.
Niños.
Personas que aquella mañana quizá habían discutido por el precio del trigo o habían salido a ordeñar animales.
Ahora corrían.
—¿Hacia dónde van?
—Siguen la costa hacia el sur.
—¿Hay puertos?
—Pequeños.
—¿Barcos civiles?
—Algunos.
Thyra entendió.
—Si Malakor cierra el litoral...
—Los atrapará contra el mar —terminó Anjara.
Geal estudió el mapa.
—Y si nosotros utilizamos esos mismos puertos, la Legión sabrá dónde buscarnos.
Roric cruzó los brazos.
—Nuestra discreta huida mejora por momentos.
Anjara contempló la tablilla.
La respuesta sensata era marcharse.
No podían salvar a todos.
No con Kaelen herida.
No con Alya.
No con tres Grifos agotados.
No con la Legión buscándolos.
La lógica era impecable.
Anjara la odiaba.
Thyra la miraba.
—No.
—No he dicho nada.
—Te conozco suficiente.
—No podemos abandonarlos.
—No puedes convertirte en el escudo de todo Lirionis.
—No quiero hacerlo.
—Tu cara opina diferente.
Anjara miró al grupo.
Geal.
Faela.
Roric.
Kaelen apareció en la puerta.
—Te dije que durmieras.
—Y decidí ignorarte.
—Sorprendente.
—He oído lo de los refugiados.
Anjara asintió.
—Si la Legión llega primero...
Kaelen terminó:
—Los encierra contra la costa.
Faela se acercó.
—¿Cuántos?
—No sabemos.
Roric alzó un dedo.
—Palabra favorita de la semana.
Anjara miró el mapa.
Después la torre.
Después el mar.
—No vamos a buscarlos.
Thyra relajó un poco los hombros.
—Bien.
—Vamos a hacer que vengan aquí.
Los hombros volvieron a tensarse.
—No.
Anjara señaló alrededor.
—Tenemos agua.
—Anjara.
—Almacenes.
—Anjara.
—Empalizada.
—Pequeña.
—Tres Grifos.
—Heridos.
—Soldados.
El capitán carraspeó.
—Doce.
Roric levantó un dedo.
—Once si descontamos al que lleva diez minutos vomitando detrás del establo.
El capitán lo miró.
—Mareo.
—Por supuesto.
Anjara volvió al mapa.
—No vamos a defender este sitio de un ejército.
Thyra entrecerró el ojo.
—Entonces ¿qué propones?
—Reunir a la gente.
Geal comprendió.
—Y sacarla por mar.
—Antes de que cierren la costa.
Thyra negó.
—Necesitamos barcos.
—Los conseguiremos.
—Tripulaciones.
—También.
—Un puerto que siga abierto.
—También.
—Y tiempo.
Anjara la miró.
—Eso es lo único que no sé dónde encontrar.
Roric sonrió.
—Una respuesta sorprendentemente sensata.
Kaelen se apoyó en la pared.
—¿Qué hacemos?
Anjara señaló la torre.
—Encendemos una señal.
El capitán frunció el ceño.
—Hace una hora dijiste que no lo hiciéramos.
—He cambiado de opinión.
—Revelará nuestra posición.
—Sí.
Thyra comprendió.
—Atraerás a los refugiados.
—Y quizá a la Legión.
—También.
Roric suspiró.
—Eso es una idea estúpida.
Anjara lo miró.
—Muchísimo.
—Bien. Ya empezaba a preocuparme.
La señal ardió al caer la tarde.
Tres columnas de humo claro.
Pausa.
Dos.
Pausa.
Tres.
El capitán explicó el significado.
Refugio temporal.
Camino abierto.
Ayuda.
Anjara observó el humo elevarse.
Podían verlo desde kilómetros.
Era una invitación.
También una diana.
Thyra se colocó a su lado.
—Malakor lo verá.
—Sí.
—Sus exploradores también.
—Sí.
—Los Corceles de Ceniza podrían estar ya bajando de las montañas.
Anjara la miró.
—¿Quieres enumerar todo lo que puede matarnos?
Thyra fingió pensarlo.
—No terminaría antes de cenar.
—Entonces ahórratelo.
La jinete sonrió.
—Vitor te gritaría durante una hora por esto.
Anjara miró el humo.
—Probablemente.
—Y después haría exactamente lo mismo.
Aquello dolió.
Y consoló.
Empezaba a acostumbrarse a que algunas cosas hicieran ambas cosas.
Esperaron.
Una hora.
Nada.
Dos.
El sol descendió.
El Mar Interior se volvió naranja durante unos minutos.
Después gris.
Anjara empezó a preguntarse si se había equivocado.
Entonces Roric silbó desde la empalizada.
—Movimiento.
Todo el mundo reaccionó.
Kaelen empuñó la cimitarra.
Geal cerró su cuaderno.
Faela llegó hasta Alya.
Anjara subió a la pasarela.
Miró el camino.
Primero vio una figura.
Después otra.
Una mujer.
Un hombre.
Un carro.
Niños.
Más personas detrás.
No soldados.
Gente.
Caminaban.
Algunos apenas podían hacerlo.
La primera mujer llevaba un bebé contra el pecho.
Cuando vio el humo, empezó a llorar.
No se detuvo.
Continuó andando mientras lloraba.
Anjara bajó.
Abrió la puerta.
Thyra la observó.
—Ahí está tu guerra.
Anjara contempló a quienes se acercaban.
No llevaban armas.
No sabían nada de Guardianes.
Ni de Anjanu.
Ni de Nexo.
Probablemente no conocían a Malorin.
Quizá ni siquiera habían visto jamás a Malakor.
Solo sabían que ya no podían dormir en sus casas.
Anjara pensó en Lumenvalle.
En la cesta de huevos delante de una puerta.
En el molino.
En la gente que la llamaba «Elara pequeña».
Hogar no era una fortaleza.
Nunca lo había sido.
Era gente.
Y la gente podía caminar.
La primera refugiada llegó hasta ella.
—¿Es seguro?
Anjara miró la torre.
Los doce soldados.
Los Grifos heridos.
Sus amigos exhaustos.
El mar detrás.
La guerra delante.
No mintió.
—Esta noche sí.
La mujer cerró los ojos.
Fue suficiente.
Anjara se apartó.
—Entrad.
Y uno a uno comenzaron a cruzar.
A cientos de kilómetros al norte, una mano ensangrentada apartó una piedra.
Después otra.
Vitor respiró.
El aire sabía a polvo.
Sera estaba detrás.
Otros tres defensores.
El quinto había dejado de respirar hacía una hora.
Nadie había pronunciado su nombre desde entonces.
No porque lo hubieran olvidado.
Porque todavía necesitaban avanzar.
Vitor encontró una corriente de aire.
Débil.
Real.
—Por aquí.
Sera lo miró en la oscuridad.
—¿Seguro?
—No.
—Magnífico.
Vitor estuvo a punto de sonreír.
—Estás pasando demasiado tiempo con Roric.
—Si salimos, pienso culparlo.
Avanzaron arrastrándose.
El túnel era estrecho.
Viejo.
Una salida de evacuación que apenas aparecía en los planos modernos.