CAPÍTULO 34 DONDE TERMINA LA TIERRA
La costa apareció mucho antes de que pudieran oír el mar.
Primero llegó el olor.
Sal.
Algas.
Madera mojada.
Después, el viento.
No descendía cargado de nieve ni arrastraba el frío mineral de las Montañas del Lamento. Era húmedo, ancho, distinto a cualquier aire que Anjara hubiera respirado.
Levantó la cabeza.
El Mar Interior ocupaba el horizonte entero.
No parecía un mar.
Parecía el final del mundo.
Una extensión gris azulada se perdía bajo las nubes, cortada por franjas de espuma blanca.
Alya se incorporó entre sus brazos.
—Es enorme.
Anjara contempló el agua.
—Sí.
—Nunca había visto tanta.
—Yo tampoco.
Thyra soltó una risa cansada.
—Y esto ni siquiera es lo peor.
Anjara la miró.
—¿Intentabas tranquilizarnos?
—No.
—Bien.
—No se me da bien.
—Lo había notado.
Skyscream emitió un sonido grave.
No el chillido orgulloso que Anjara había escuchado en otros vuelos.
Un gruñido bajo.
Agotado.
Thyra acarició el cuello del Grifo.
—Ya lo sé.
Anjara examinó las alas.
La izquierda no se extendía del todo.
Varias plumas habían perdido el brillo después de los impactos de antimagia. Cerca de la articulación, la piel estaba enrojecida.
—Tenemos que bajar.
—Llevamos una hora intentando encontrar dónde.
—Pensaba que buscábamos un puesto de vigilancia.
—Busco un sitio donde no nos disparen antes de preguntar quiénes somos.
Anjara contempló la costa.
Pequeños acantilados.
Playas estrechas.
Bosques de pinos inclinados por el viento.
Caminos.
Y, finalmente...
humo.
No negro.
No como el de la Academia.
Humo de chimenea.
Thyra también lo vio.
—Ahí.
Skyscream viró.
Los otros dos Grifos lo siguieron.
El puesto de vigilancia era poco más que una torre baja de piedra rodeada por una empalizada.
Un establo.
Un almacén.
Una cisterna.
Y doce hombres apuntándoles con arcos cuando aterrizaron.
Anjara no desenvainó la hoz.
Kaelen tampoco.
Aquello, dadas las últimas semanas, ya podía considerarse progreso.
Thyra desmontó primero.
La pierna le falló al tocar tierra.
Anjara bajó detrás y la sujetó.
—Estoy bien.
—Claro.
—Suéltame.
—Cuando puedas sostenerte.
Thyra la fulminó con la mirada.
Anjara no se movió.
La mujer probó la pierna.
Después la otra.
—Ya.
Anjara la soltó.
—¿Ves? Comunicación.
Thyra abrió la boca.
Roric aterrizó cerca.
—Me alegra descubrir que Kaelen no es la única capaz de amenazar sin hablar.
—No amenazo a nadie —dijo Kaelen.
Roric miró la cimitarra que aún llevaba en la mano.
—Por supuesto.
El capitán del puesto avanzó.
Rondaba los cincuenta. Cota de malla reparada demasiadas veces. Capa gris endurecida por la humedad marina.
Miró primero a los Grifos.
Después a Thyra.
Luego al resto.
—Identificaos.
Thyra se obligó a enderezarse.
—Thyra. Jinete de la Academia Arcana.
Algo cambió.
No suficiente.
—Código.
Thyra respondió con tres palabras que Anjara no reconoció.
El capitán bajó lentamente la espada.
—Por todos los dioses...
Miró hacia las montañas.
Desde allí solo eran una línea oscura.
—¿Qué ha ocurrido?
Thyra tardó un instante.
Anjara vio cómo elegía las palabras.
—La Academia ha caído.
Nadie se movió.
Uno de los arqueros bajó el arco.
Otro murmuró algo.
El capitán permaneció inmóvil.
—¿Eldrin?
Thyra negó.
—Muerto.
El hombre tragó saliva.
—¿Borin?
Roric apartó los ojos.
Suficiente.
—¿Vitor?
Esta vez nadie respondió.
Thyra terminó haciéndolo.
—No lo sabemos.
El capitán cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, miró a sus hombres.
—Bajad las armas.
Los arcos descendieron.
—Abrid.
El interior olía a pescado seco, sudor y sopa.
Anjara decidió que era el lugar más hermoso que había visto en semanas.
La mesa era de madera.
Las paredes tenían humedad.
Una ventana estaba tapada con una manta porque faltaba un cristal.
No había runas.
Ni Guardianes.
Ni puertas antiguas.
Ni nadie esperando que Anjara resolviera un misterio de mil años.
Solo gente.
Y comida.
Alya recibió el primer cuenco.
Lo sostuvo con las dos manos.
Miró su contenido.
—¿Qué es?
El soldado que se lo había entregado parpadeó.
—Sopa.
—Ya veo que es sopa.
Roric se rio.
Alya señaló algo flotando.
—Eso.
El soldado miró.
—Nabo.
La niña frunció el ceño.
—Parece sospechoso.
Anjara se tapó la boca.
El hombre pareció sentirse personalmente ofendido.
—Es un nabo.
—Eso ya lo has dicho.
—Se come.
Alya miró a Anjara.
—¿Seguro?
—Creo.
—¿Crees?
—He sobrevivido a cosas peores.
Roric se sentó frente a ellas.
—No subestiméis los nabos. La gente muere por exceso de confianza.
Kaelen le dio una patada en la espinilla.
—Ay.
—Come.
—Tiranía.
Geal había terminado ya medio cuenco.
Faela lo observó.
—¿Respiras mientras comes?
El Drakthar se detuvo.
—Sí.
—No lo parece.
—Llevo casi un día sin comer.
—Todos.
—Mi metabolismo...
Kaelen levantó la cuchara.
—Termina esa frase y descubres si cabe por una fosa nasal.
Geal cerró la boca.
Roric sonrió.
—Esto empieza a parecer un hogar.
El silencio llegó antes de que nadie pudiera impedirlo.
Roric bajó la mirada.
Anjara sostuvo la cuchara.
Hogar.
Lumenvalle.
La Academia.
Dos lugares.
Los dos detrás.
Uno quizá seguía existiendo.
El otro ardía.
Alya continuó comiendo.
Anjara hizo lo mismo.
No quería pensar todavía.
Thyra había tenido razón.
Hoy comían.
Kaelen estaba peor de lo que había admitido.
Anjara lo descubrió media hora después.
—Quítate la chaqueta.
—Estoy bien.
Desde otra mesa, Thyra levantó una mano.
—Yo he dicho eso hoy. Era mentira.
Kaelen la miró como si acabara de cometer una traición imperdonable.
Anjara cruzó los brazos.
—La chaqueta.
—Anjara.
—Kaelen.
Roric apareció junto a la puerta.
—Yo puedo sujetarla.
Ambas mujeres lo miraron.
Roric retrocedió.
—O puedo marcharme.
—Buena elección —dijo Kaelen.
Cuando consiguieron retirar la tela, Anjara vio el daño.
El hombro estaba morado.
Inflamado.
Sangre seca alrededor de varios cortes.
La articulación tenía una deformación ligera.
No una fractura abierta.
Pero tampoco algo que pudiera ignorarse.
Anjara palpó con cuidado.
Kaelen no reaccionó.
Mala señal.
—¿Duele?
—No.
Anjara presionó un poco más.
Kaelen cerró los ojos.
—Te odio.
—Ahora sí te creo.
Geal se acercó.
—¿Luxación?
—Parcial. Probablemente agravada después del derrumbe y el combate.
—Puedo preparar algo para el dolor.
—No —dijo Kaelen.
Los dos la miraron.
Ella señaló a Geal.
—La última vez que dijiste eso bebí una sustancia amarilla y estuve cuatro horas sin sentir la lengua.
—Funcionó.
—No podía hablar.
Roric asomó la cabeza desde fuera.
—¿Te queda?
Kaelen buscó algo que lanzarle.
Roric desapareció.
Anjara negó con una sonrisa.
—Tengo que recolocarlo.
Kaelen asintió.
—Hazlo.
—Va a doler.
—Anjara.
—Vale.
Colocó una mano.
Después la otra.
Respiró.
Había hecho aquello muchas veces.
Campesinos.
Cazadores.
Personas que caían de un caballo o de un carro.
Lumenvalle parecía otra vida.
Pero sus manos recordaban.
—A la de tres.
Kaelen tensó la mandíbula.
—Uno.
Anjara tiró.
CLAC.
Kaelen gritó una palabra en un idioma que nadie necesitó traducir.
Roric apareció otra vez.
—¿Ya está?
Kaelen le lanzó una bota.
La esquivó.
—Parece que sí.
—Fuera.
—Me voy.
Anjara comenzó a vendar.
Kaelen respiró varias veces antes de hablar.
—Gracias.
—No vuelvas a combatir con ese brazo.
—Claro.
Anjara dejó de vendar.
—Lo digo en serio.
Kaelen la miró.
—Y yo miento en serio.
—Eres imposible.
—Seguimos vivos.
La sonrisa de Anjara desapareció.
Kaelen bajó la voz.
—La mayoría.
Anjara terminó el nudo.
Ninguna añadió nada.
Geal extendió sobre una mesa todo lo que habían conseguido salvar.
Era poco.
Dolorosamente poco.
La cartera de Eldrin.
Dos mapas.
Varias hojas.
Una tablilla quebrada.
Su cuaderno.
Algunos reactivos.
Y, en el fondo de la bolsa, el pequeño recipiente metálico que había sobrevivido al derrumbe de Syltherion.
Geal comprobó el cierre.
Intacto.
El cristal violeta extraído del árbol seguía dentro.
No la astilla del Vacío.
Aquella había quedado aislada en Arboris.
Esta era otra muestra.
Otro problema.
Thyra vio el recipiente.
—Eso no va a dormir aquí.
Geal levantó la vista.
—Está sellado.
—Podrías meterlo dentro de siete cajas y envolverlo con las bragas de Terragon. Seguiría sin dormir con eso bajo el techo.
Geal abrió la boca.
La cerró.
—Argumento razonable.
Roric se apoyó en el marco.
—Esperaba una defensa más brillante del gran erudito.
—Estoy cansado.
Faela tomó la tablilla rota.
—¿Era de Eldrin?
Geal asintió.
—Parte de sus últimas investigaciones.
Anjara se acercó.
—¿Sobre qué?
Geal comenzó a ordenar papeles.
—Demasiadas cosas.
—Eso no ayuda.
—Estoy intentando averiguarlo.
Había alfabetos distintos.
Diagramas.
Fechas.
Referencias que Anjara no entendía.
Geal cambió una hoja.
Se detuvo.
—Esto sí.
Todos se acercaron.
Un mapa.
Incompleto.
Rutas marítimas.
El Mar Interior.
Líneas entre costas.
Y un nombre.
Thalnos.
Thyra estudió el trazado.
—Tiene sentido.
Anjara señaló.
—¿Qué hay allí?
—Puertos.
—También los hay en Lirionis.
—Aquí tenemos a la Legión detrás.
—¿Y allí no?
Thyra tardó demasiado en responder.
Roric señaló su cara.
—Esa pausa ha sido espantosa.
—No sé quién controla qué en este momento.
Anjara volvió al mapa.
—Entonces no podemos limitarnos a volar hacia Thalnos.
—Tampoco podemos hacerlo aunque quisiéramos.
Thyra miró por la ventana.
Skyscream estaba tumbado junto al establo.
No sentado.
Tumbado.
—Necesitan descansar.
—¿Cuánto?
—Skyscream no cruzará el Mar Interior hoy.
—¿Mañana?
Thyra observó al Grifo.
Eso respondió.
—Dos días.
Anjara negó.
—La Legión no nos dará dos días.
—Tampoco atravesará las montañas y la tormenta en una tarde.
Geal levantó la vista del mapa.
—Pueden utilizar barcos.
Thyra asintió.
—Los tienen.
Roric suspiró.
—Por supuesto.
Faela miró a Anjara.
—¿Qué hacemos?
Todas las miradas llegaron a ella.
Otra vez.
Anjara empezó a odiar aquella sensación.
Como si llevar una Gema significara también llevar respuestas.
No era así.
—Primero averiguamos qué caminos siguen abiertos.
Miró al capitán.
—Necesito todas las noticias de la costa. Tropas. Barcos. Refugiados. Puertos.
—Tenemos una torre de señales al sur.
—¿Comunica con otros puestos?
—Cuando funciona.
—¿Funciona?
El capitán hizo una mueca.
—A veces.
Roric sonrió.