El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 33 CUANDO CAEN LAS TORRES #2
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CAPÍTULO 33 CUANDO CAEN LAS TORRES #2

Pero mientras las montañas quedaban atrás descubrió algo que odiaba mucho más.

Mirar a Kaelen.

Estaba demasiado pálida.

—No te duermas.

—No estoy dormida.

—Tenías los ojos cerrados.

—Eso ocurre cuando se parpadea.

—Durante un minuto.

Kaelen abrió los ojos.

—Eres insoportable.

—Gracias.

—No era...

—Ya.

Roric pasó un brazo alrededor de su cintura para mantenerla sujeta.

Kaelen no protestó.

Aquello le preocupó más que el color de su cara.

—¿Te duele?

—Sí.

—Buena señal.

Kaelen lo miró.

—¿Desde cuándo eres sanador?

—Desde hace tres segundos.

—Deja de serlo.

Roric soltó una risa.

Desapareció enseguida.

La Academia ya no se veía.

—Borin estaría diciendo algo desagradable.

Kaelen miró hacia atrás.

—Sí.

—Probablemente que estoy sujetando mal esta correa.

—Seguro.

Silencio.

Roric tragó saliva.

—No pude despedirme.

Kaelen cerró los ojos.

—Él sí.

Roric la miró.

—¿Qué?

—Se despidió de nosotros.

Roric recordó el puente.

Vive.

Haz que valga la pena.

Respiró.

Apretó la correa.

—Entonces tendremos que ser extremadamente molestos durante muchos años.

Kaelen abrió un ojo.

—Tú ya tienes práctica.

Esta vez Roric consiguió mantener la sonrisa unos segundos.

Vitor despertó debajo de una columna.

No podía respirar bien.

Eso fue lo primero.

Lo segundo fue el dolor.

Costado.

Pierna.

Hombro.

Después polvo.

Oscuridad.

Intentó moverse.

—No.

La voz era apenas un susurro.

Vitor quedó inmóvil.

—¿Quién?

—Sera.

Bien.

Viva.

—¿Cuántos?

Silencio.

Vitor cerró los ojos.

—¿Cuántos?

—Cinco.

Diecinueve.

Cinco.

Respiró despacio.

El costado protestó.

—¿Malakor?

—No lo sé.

Pasos sonaron al otro lado del derrumbe.

Voces.

Legión.

Vitor tanteó a oscuras.

Encontró su espada.

—Nadie hace ruido.

Sera susurró:

—La salida está bloqueada.

—Hay otra.

—¿Dónde?

Vitor apoyó la cabeza contra la piedra.

Recordó planos.

Entrenamientos.

Horas desperdiciadas memorizando galerías que, según todos los instructores, jamás serían necesarias.

Una noche en la que Eldrin los había encerrado en una sala hasta que cada uno pudo recitar de memoria tres rutas de evacuación.

Borin había llamado aquello «la forma más aburrida de salvar una vida».

Vitor estuvo a punto de reír.

Dolía demasiado.

—Debajo.

Sera guardó silencio.

—Debajo de nosotros hay piedra.

—Sí.

—Eso no es una salida.

Vitor empezó a retirar escombros.

—Roric diría exactamente lo mismo.

Malakor salió de los restos del Crisol caminando.

Cojeaba.

Aquello preocupó más a sus oficiales que a él.

Un soldado trató de sujetarlo.

Malakor apartó la mano.

—Informe.

—El Crisol está asegurado.

Malakor contempló el agujero donde antes se alzaba buena parte de la sala.

—No lo parece.

El oficial bajó la cabeza.

—Lo estará.

—Continúa.

—Hemos localizado el acceso inferior.

Malakor se detuvo.

—La puerta.

—Sellada por el derrumbe provocado por Eldrin. Los artificieros ya trabajan para despejarla.

—Que se detengan.

El hombre parpadeó.

—Mi lord...

—Nadie toca esa puerta.

—Pero era el objetivo.

Malakor contempló las runas muertas.

La piedra ennegrecida.

El lugar donde Eldrin había brillado.

—Era uno de ellos.

El oficial permaneció en silencio.

Había aprendido cuándo no preguntar.

—¿La Anjanu?

Malakor levantó la vista.

Tres sombras desaparecían entre las nubes del sureste.

—Ha escapado.

—He enviado perseguidores.

—Lo sé.

—Puedo enviar más.

—No.

El oficial dudó.

—Pero es prioritaria.

Malakor lo miró.

—Muchísimo.

—Entonces no comprendo.

—Por eso obedeces órdenes y no las das.

Siguió andando.

—La Academia ha caído. Sus maestros están muertos. Sus archivos arden. Sus alumnos se dispersan por las montañas.

Levantó la vista hacia el cielo.

—Anjara no ha escapado de aquí con una victoria.

Su voz perdió cualquier resto de satisfacción.

—Ha escapado con una guerra.

La tormenta terminó cerca del mediodía.

No desapareció de golpe.

Las nubes fueron abriéndose.

Primero una montaña.

Después otra.

Finalmente, cielo.

Los tres Grifos seguían juntos.

Anjara dejó escapar el aire que llevaba horas conteniendo.

Delante se extendía Lirionis.

Valles.

Bosques.

Caminos.

Y humo.

No solo detrás.

Había columnas al sur.

Al este.

Lejanas.

Pequeñas.

Demasiadas.

Thyra también las vio.

—Ya ha empezado.

—¿Qué?

—La siguiente parte.

Anjara miró las columnas.

Malakor no necesitaba permanecer en la Academia para que su guerra siguiera avanzando.

La Academia había caído.

Syltherion estaba herido.

Borin había muerto.

Eldrin también.

Malorin...

Anjara no terminó aquel pensamiento.

No había visto su cuerpo.

No necesitaba convertir una incertidumbre en una certeza solo porque resultara más sencilla.

Y Vitor...

No.

Vitor tampoco tenía todavía una palabra.

Alya despertó entre sus brazos.

—¿Dónde estamos?

Anjara miró abajo.

—En Lirionis.

La niña parpadeó.

—¿Vamos a casa?

La pregunta atravesó a Anjara.

Lumenvalle.

La cocina.

El arcón.

El banco donde Elara descansaba.

Kael reparando cualquier cosa que Liam consiguiera romper.

El árbol.

Su hermano.

No sabía si aquel lugar seguía siendo un hogar.

Ni siquiera sabía qué quedaba de él.

—No.

Alya la miró.

—Entonces ¿adónde vamos?

Anjara no tenía respuesta.

Thyra sí tenía una inmediata.

—A la costa. Hay puestos de vigilancia que quizá sigan siendo leales a la Academia.

—¿Y después? —preguntó Anjara.

—El Mar Interior.

Faela acercó su Grifo.

—Syltherion no es seguro.

Geal añadió:

—Lirionis tampoco.

Roric gritó desde la otra montura:

—¡Fantástico! ¡Nuestra lista de refugios está adquiriendo una sencillez extraordinaria!

Kaelen murmuró algo.

Roric inclinó la cabeza.

—Kaelen propone arrojarme del Grifo.

Geal asintió.

—Eso resolvería al menos uno de nuestros problemas.

Una risa breve recorrió el grupo.

Pequeña.

Inadecuada.

Necesaria.

Anjara los miró.

Seguían allí.

Heridos.

Agotados.

Pero allí.

Bajó la vista.

La Gema descansaba contra su pecho.

Más abajo, bajo la ropa, la pequeña bolsa que llevaba desde Lumenvalle.

Las cenizas de Liam.

Su hermano.

Nada más.

Anjara apoyó los dedos sobre ella.

Después sobre la Gema.

Dos pesos distintos.

Dos historias distintas.

No iba a mezclar respuestas porque alguien necesitara que encajaran.

Alya siguió su gesto.

—¿Eso era de tu hermano?

Anjara asintió.

—Sí.

—¿Lo querías mucho?

El viento pasó entre ellas.

—Sí.

Alya pensó.

—Entonces todavía va contigo.

Anjara cerró los ojos.

No corrigió a la niña.

Tampoco convirtió aquellas palabras en nada que no fueran.

Cuando volvió a abrirlos, vio el mar.

Una línea gris inmensa se extendía en el horizonte.

El Mar Interior.

Detrás quedaban las montañas.

La Academia.

Las personas que habían perdido.

Delante no había refugio.

Había agua.

Y después otros continentes.

Otras lenguas.

Otros pueblos.

Una guerra demasiado grande para caber dentro de los muros de ninguna escuela.

Anjara contempló el horizonte.

Por primera vez comprendió que su viaje ya no podía consistir únicamente en descubrir quién había sido Elara.

Ni en vengar a Liam.

Ni siquiera en comprender la Gema.

Seguía necesitando esas respuestas.

Pero el mundo se había vuelto demasiado grande para una sola pregunta.

—Thyra.

—¿Sí?

—No vamos a escondernos.

Thyra miró hacia la costa.

—Hoy sí.

Anjara frunció el ceño.

La jinete sonrió.

—Hoy comemos. Dormimos. Curamos a Kaelen antes de que decida amputarse el brazo por aburrimiento. Mañana puedes declararle la guerra al mundo.

Roric levantó una mano.

—Voto a favor.

Kaelen murmuró:

—Nadie te ha dado voto.

—La civilización se derrumba y tú sigues oprimiéndome.

Anjara rio.

Fue un sonido pequeño.

Pero esta vez no se sintió culpable.

Miró una última vez hacia las montañas.

No podía ver la Academia.

Solo humo.

—Aguanta —susurró.

No sabía si se lo decía a Vitor.

A Lirionis.

O a sí misma.

Quizá a los tres.

Después volvió la mirada hacia el mar.

Y los Grifos continuaron volando.