CAPÍTULO 33 CUANDO CAEN LAS TORRES
El viento convirtió la Academia en una mancha de fuego.
Anjara seguía mirando hacia atrás.
No sabía cuánto tiempo llevaba haciéndolo.
Un minuto.
Diez.
Toda una vida.
Skyscream ascendía entre corrientes de aire caliente mientras Thyra luchaba con las riendas. Alya permanecía apretada contra el pecho de Anjara.
La niña había dejado de llorar.
Eso era peor.
No hablaba.
No preguntaba.
Solo miraba.
Exactamente hacia el mismo lugar que ella.
La Academia Arcana ardía bajo sus pies.
Una de las torres occidentales comenzó a inclinarse.
Despacio.
Con una lentitud absurda para algo tan enorme.
Como un árbol que todavía no hubiera comprendido que lo habían talado.
Después cayó.
El impacto levantó una nube de piedra y ceniza sobre las montañas.
Anjara dejó escapar un sonido.
No una palabra.
No quedaba ninguna.
—¡Mira delante! —gritó Thyra.
Anjara no respondió.
—¡ANJARA!
Volvió la cabeza.
Thyra tenía sangre seca junto a la sien. El viento agitaba su cabello alrededor de la cicatriz.
—Si quieres que lo que han hecho sirva de algo, ayúdame a sacarnos de aquí.
Aquello sí la alcanzó.
Anjara miró alrededor.
Los otros dos Grifos seguían detrás.
Uno transportaba a Kaelen y Roric.
El otro a Geal y Faela.
Demasiado peso.
Demasiadas heridas.
Y apenas unos minutos de distancia entre ellos y miles de soldados.
—¿Hacia dónde?
—Sureste.
—¿El Mar Interior?
—Primero salimos de las montañas.
—¿Y después?
Thyra tiró de una correa.
—Después seguimos vivos el tiempo suficiente para discutirlo.
Una luz violeta ascendió desde la llanura.
—¡ABAJO!
Skyscream plegó las alas.
El estómago de Anjara se quedó en el cielo.
Alya gritó y se aferró a ella.
El proyectil pasó por encima.
No explotó.
El aire a su alrededor murió durante un instante.
Las plumas de Skyscream perdieron brillo.
El Grifo cayó.
—No, no, no...
Thyra tiró de las riendas.
Skyscream batió las alas.
Una vez.
Otra.
Nada.
Una tercera.
Recuperó altura.
Anjara volvió a respirar.
—¿Está bien?
—No.
—¿Puede volar?
Thyra la miró de reojo.
—Acaba de contestarte.
Una campana enemiga sonó bajo ellas.
Después otra.
Anjara miró hacia la llanura.
El campamento de la Legión reaccionaba.
Caballería en movimiento.
Arqueros.
Máquinas girando.
Algunas unidades ya no miraban hacia la Academia.
Las habían visto.
—Thyra.
—Lo sé.
La jinete señaló las nubes bajas que se acumulaban sobre las montañas.
Oscuras.
Cargadas.
—Entramos ahí.
Geal gritó desde el Grifo cercano:
—¡ESO ES UNA TORMENTA!
Desde más atrás llegó la voz de Roric:
—¡POR UNA VEZ ESTOY DE ACUERDO CON ÉL!
Thyra ni siquiera se volvió.
—¡MEJOR!
Anjara miró las nubes.
Después la Legión.
No había una opción buena.
Solo opciones que todavía no las habían matado.
—Hazlo.
Skyscream viró hacia la tormenta.
Vitor contó veintisiete.
Después dejó de contar.
La Legión chocó contra ellos.
No fue glorioso.
No había espacio para que lo fuera.
El Crisol estaba lleno de barricadas rotas, bancos volcados, humo, sangre y cuerpos. La primera línea enemiga entró demasiado junta por la abertura.
Eso fue lo único que los salvó durante los primeros segundos.
Vitor hundió la espada por debajo del escudo del primer hombre.
Giró.
Retiró la hoja.
Bloqueó al segundo.
—¡IZQUIERDA!
Sera entendió.
Tres defensores golpearon el flanco.
Un legionario cayó.
Otro ocupó su sitio.
Siempre otro.
Vitor retrocedió.
Un paso.
No más.
Detrás estaba la puerta lateral.
Después una galería.
Después los niveles inferiores.
No tenían que defender la Academia.
Solo convencer a Malakor de que aún pretendían hacerlo.
—¡MANTENED LA LÍNEA!
Un hacha golpeó su hombro.
La placa resistió.
El brazo no.
Una descarga de dolor le recorrió hasta los dedos.
Vitor golpeó al hombre con el pomo.
Sangre.
Dientes.
Sera terminó el movimiento.
—Gracias.
—Aún no.
Un cuerno sonó.
La formación de la Legión se abrió.
Vitor lo vio.
Malakor.
El Lord Regente caminaba entre sus hombres.
La armadura negra ya no estaba intacta.
Parte del peto había perdido el esmalte.
La capa acababa quemada a la altura de la cintura.
La piel visible junto al cuello estaba enrojecida.
Eldrin había conseguido alcanzarlo.
No detenerlo.
No vencerlo.
Pero alcanzarlo.
Una satisfacción pequeña y horrible atravesó a Vitor.
Malakor se detuvo fuera del alcance de las espadas.
Contempló los cadáveres.
Después a los defensores.
Veintisiete se habían convertido en diecinueve.
—Habéis perdido.
Vitor respiró con dificultad.
—Llevas toda la mañana diciéndolo.
—Y cada vez tengo más razón.
—Debe de ser emocionante para ti.
Malakor levantó la mirada.
Los Grifos apenas eran ya puntos entre las nubes.
Vitor siguió sus ojos.
Funcionaba.
Se alejaban.
—La muchacha huye —dijo Malakor.
Vitor sonrió.
—Entonces tú también has perdido algo.
La expresión del Regente no cambió.
—No.
Volvió a mirarlo.
—Solo ha cambiado de dirección.
Vitor levantó la espada.
—Tendrás que pasar por mí.
—Ese era el plan.
Malakor hizo un gesto.
La Legión avanzó.
La tormenta los engulló.
El mundo desapareció.
No montañas.
No ejército.
No Academia.
Solo gris.
Skyscream luchaba contra el viento.
La lluvia golpeaba el rostro de Anjara con tanta fuerza que dolía.
Alya estaba completamente escondida bajo la capa.
—¡NO VEO NADA! —gritó Anjara.
—¡ESA ES LA IDEA!
Un relámpago abrió las nubes.
Durante un instante aparecieron los otros Grifos.
Después volvieron a desaparecer.
—¡GEAL!
Nada.
—¡KAELEN!
El viento devoró los nombres.
Thyra giró la cabeza.
—¡No podemos buscarlos aquí!
—¡No sé si siguen detrás!
—¡Y si damos la vuelta tampoco lo sabremos porque acabaremos en el suelo!
Anjara apretó los dientes.
Odiaba aquello.
Odiaba que algunas decisiones fueran razonables precisamente porque dolían.
Otro relámpago.
Una sombra apareció a la derecha.
Un Grifo.
Luego otra.
Seguían allí.
Anjara soltó el aire.
Alya se movió bajo la capa.
—¿Están vivos?
Anjara bajó la mirada.
No podía prometerlo.
Ya había aprendido.
—Los he visto.
Alya asintió.
Suficiente.
El Crisol estaba dejando de ser una sala.
Una columna cayó sobre el sector oriental.
Tres legionarios desaparecieron bajo ella.
También un defensor.
Vitor no tuvo tiempo de ver quién.
Malakor entró en combate.
Aquello cambió el ritmo de la batalla.
Vitor había esperado velocidad.
Brutalidad.
Furia.
No encontró ninguna.
Malakor no era rápido.
No necesitaba serlo.
Cada golpe de su mandoble eliminaba espacio.
Peso.
Alcance.
Disciplina.
Nada ornamental.
Combatía como dirigía un ejército.
No buscaba superar al adversario.
Le quitaba opciones.
Vitor bloqueó.
El impacto le recorrió ambos brazos.
Retrocedió.
Malakor avanzó.
—Eres bueno.
Vitor respiró.
—Tú hablas demasiado.
Atacó.
Malakor desvió la espada.
Vitor no intentaba atravesar aquella armadura.
Quería moverlo.
Un paso hacia la izquierda.
Otro.
Malakor volvió a atacar.
Vitor cedió terreno.
Exactamente el que quería.
Hacia la columnata oriental.
El Regente lo comprendió al tercer movimiento.
Se detuvo.
—Quieres llevarme hacia allí.
Vitor sonrió.
—Y yo que pensaba que eras lento.
Malakor miró de reojo.
La piedra estaba dañada.
Grietas antiguas.
Nuevas.
Cuerdas escondidas entre los restos de las gradas.
—Otra trampa.
—Muchos maestros aburridos. Muchísimo tiempo libre.
Malakor atacó.
Esta vez Vitor casi no llegó.
La punta del mandoble atravesó su costado.
No profundamente.
Suficiente.
Primero calor.
Después frío.
Vitor retrocedió.
Sera gritó:
—¡INSTRUCTOR!
—¡LA LÍNEA!
Ella obedeció.
Bien.
Malakor miró la sangre que descendía por la armadura.
—Podrías haberte marchado.
—Eldrin también.
Algo pasó por los ojos del Regente.
No culpa.
Quizá irritación.
—Eldrin murió defendiendo una puerta que no podía conservar.
Vitor ajustó la empuñadura.
—No.
Malakor esperó.
—Murió cerrándotela en la cara.
Malakor atacó.
Vitor esperaba ese golpe.
Giró.
El mandoble chocó contra una columna.
CRAC.
La piedra se abrió.
Vitor sonrió.
—Gracias.
Malakor levantó la cabeza.
Demasiado tarde.
—¡AHORA!
Sera y cuatro defensores tiraron de las cuerdas.
La estructura cedió.
La columnata oriental comenzó a desplomarse.
Malakor retrocedió.
Sus soldados gritaron.
Vitor corrió en dirección opuesta.
—¡A LAS GALERÍAS!
Los supervivientes obedecieron.
Piedra negra cayó sobre el Crisol.
Y el mundo explotó.
Anjara vio el derrumbe antes de oírlo.
Una columna gigantesca de polvo se alzó desde el corazón de la Academia.
—No...
Thyra miró hacia atrás.
Anjara también.
Parte del Crisol había desaparecido.
—Vitor.
El nombre se perdió en la tormenta.
Alya levantó la cabeza.
Anjara la abrazó más fuerte.
No.
No iba a decidir que estaba muerto porque hubiera visto caer una pared.
Había conocido personas que sobrevivían a heridas que parecían imposibles.
Y había visto morir a otras por algo que al principio parecía pequeño.
No sabía.
Eso era todo.
No sabía.
La tormenta volvió a tragarse las montañas.
Esta vez la Academia desapareció por completo.
Geal había dejado de sentir los dedos.
No por el frío.
Por agarrarse a la montura.
El Grifo descendió varios metros antes de encontrar otra corriente ascendente.
Faela estaba detrás.
Demasiado callada.
—¿Sigues ahí?
—Sí.
Geal soltó aire.
—Bien.
—¿Eso era una comprobación científica?
—Extremadamente científica.
Faela apoyó la frente entre sus hombros.
Geal no dijo nada.
Llevaba la cartera de Eldrin apretada contra el pecho.
Había salvado muy poco.
Unas hojas.
Dos mapas.
Un cuaderno incompleto.
Una tablilla partida.
Nada frente a los miles de volúmenes que ardían en la Academia.
Pero algo.
El último trabajo de un hombre muerto.
Geal cerró los ojos.
Lyra.
Borin.
Eldrin.
Los abrió enseguida.
No era un buen momento para perderse dentro de su propia cabeza.
Faela habló.
—No mires atrás.
—Necesito recordar dónde estaba.
—Lo recordarás.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque un lugar así no desaparece cuando cae la piedra.
Geal miró la cartera.
—Eso no ha sido muy científico.
—Estoy aprendiendo de Roric.
—Una influencia terrible.
Faela sonrió contra su espalda.
Muy poco.
Suficiente.
El viento volvió a sacudirlos.
Roric odiaba volar.
Había mantenido aquella opinión con admirable constancia desde la primera vez que vio un Grifo.