El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 35 EL HERALDO DE LA NADA #3
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CAPÍTULO 35 EL HERALDO DE LA NADA #3

Vitor no volvió a contar.

Cuatro bastaban.

No para recuperar la Academia.

No todavía.

Pero sí para desaparecer.

Malakor lo creía muerto.

Era la primera ventaja real que tenían desde el inicio del asedio.

La utilizaría.

Sera miró hacia el sur.

—¿Vamos detrás de ellos?

Vitor siguió su mirada.

Anjara.

Kaelen.

Geal.

Roric.

Faela.

Alya.

Su Cadre.

—Sí.

—¿Cómo?

Vitor observó una patrulla de la Legión al otro lado del valle.

Caballos.

Suministros.

Uniformes.

Una sonrisa pequeña apareció en su rostro.

—Robando.

Sera lo miró.

—Roric estaría orgulloso.

—Jamás se lo digas.

En el Crisol, la sangre comenzaba a secarse.

La nieve gris entraba por el techo destruido.

Malakor permanecía solo frente a un mapa de Eldoria.

Lirionis.

Syltherion.

El Mar Interior.

Thalnos.

Igvaris.

Su dedo se detuvo sobre las tierras de fuego.

El aire se enfrió.

Las antorchas se inclinaron.

Una sombra se alargó detrás de él hasta tocar la pared opuesta.

—Han llegado al mar —dijo.

No hablaba con ningún hombre.

La respuesta apareció dentro de su cabeza.

Lo sé.

A'shael.

La Sombra Hambrienta.

La voz que existía donde no debía haber voz.

Malakor cerró los ojos.

—Anjara lleva el Ancla.

Sí.

—Alya es la Llave.

La oscuridad pareció contraerse.

Sí.

Malakor apoyó ambas manos sobre el mapa.

—Puedo enviar la flota.

Hazlo.

—¿Y después?

El frío aumentó.

Una fina capa de hielo apareció sobre la piedra.

Igvaris.

Malakor miró las tierras de fuego.

—Las forjas.

Rompe el Ancla.

Las cenizas.

Un vínculo que Eldrin había intentado ocultar.

Una pieza que Malakor aún no comprendía por completo.

—¿Qué ocurrirá cuando se rompa?

La sombra no respondió.

Malakor sonrió.

—También tú ocultas cosas.

El frío se hizo más intenso.

Prepara las forjas.

Malakor miró el mapa.

—¿Y el Guardián?

Esta vez la respuesta llegó de inmediato.

El fuego debe despertar.

Ignivar.

Malakor levantó la mirada.

Por primera vez, el nombre le produjo algo parecido a cautela.

No miedo.

Todavía no.

—¿Para servirnos?

La sombra se movió.

Para arder.

Eso fue todo.

La presencia desapareció.

Las antorchas recuperaron fuerza.

Malakor permaneció inmóvil.

No sonreía ya.

Llamó:

—Vorlag.

El comandante entró.

—Mi lord.

—Prepara la flota.

—Sí.

—Y envía mensajeros a Igvaris.

Vorlag levantó la cabeza.

—¿Órdenes?

Malakor apoyó un dedo sobre las tierras de fuego.

—Que enciendan las forjas.

El amanecer encontró a Anjara sobre el mar.

Primero apareció una franja gris.

Después azul.

Finalmente oro.

Alya dormía contra ella.

Thyra apenas podía mantener los ojos abiertos.

Skyscream volaba bajo.

Agotado.

Pero seguía volando.

Las islas surgieron en el horizonte.

Pequeñas.

Rocosas.

Reales.

Roric levantó los dos brazos.

—¡TIERRA!

Kaelen lo agarró de la capa.

—Si caes ahora, no pienso bajar a buscarte.

—Tu afecto me conmueve.

Geal rio.

Faela también.

Anjara los miró.

Seguían allí.

Todos.

No iguales.

Nunca volverían a serlo.

Habían dejado gente atrás.

Borin.

Eldrin.

Liam mucho antes.

Elara.

Kael.

Y Malorin...

Anjara no añadió su nombre a los muertos.

No había visto un cuerpo.

Había aprendido demasiado como para convertir incertidumbre en certeza solo porque doliera menos.

Después pensó en Vitor.

Y algo cambió.

No dijo su nombre.

No necesitaba hacerlo.

Durante semanas había encontrado razones para explicar por qué pensaba en él.

El instructor.

El Kaelthar.

El hombre que sabía algo sobre Kael.

El compañero que discutía con ella.

El responsable de la Academia.

El que siempre parecía estar exactamente donde hacía falta.

Excusas.

Algunas ciertas.

Ninguna completa.

Recordó el abrazo al regresar de Syltherion.

La frente de Vitor contra la suya antes de obligarla a subir a Skyscream.

Sobrevive.

La forma en que había querido responder algo mucho más cruel porque pedirle aquello significaba quedarse él.

Y comprendió, por fin, qué llevaba tanto tiempo evitando nombrar.

No era gratitud.

No era únicamente confianza.

Tampoco la clase de admiración que se sentía por alguien capaz de luchar mejor que uno mismo.

Le atraía.

Vitor le atraía.

Su manera de contener lo que sentía hasta que una grieta dejaba verlo.

La irritaba su disciplina.

Le enfurecía su necesidad de cargar con todo.

Y aun así buscaba su voz en una habitación antes de darse cuenta de que lo estaba haciendo.

Había empezado a memorizar gestos que no necesitaba recordar.

La forma en que examinaba una salida al entrar en una sala.

Cómo comprobaba una herida antes que el arma que la había causado.

El pequeño cambio de su mirada cuando estaba preocupado y quería fingir que solo estaba enfadado.

Anjara cerró los ojos.

Qué inoportuno.

Qué profundamente inoportuno.

Había tardado una Academia en derrumbarse para admitir algo que probablemente Roric habría comprendido semanas antes.

Pero admitirlo no solucionaba nada.

Vitor podía estar vivo.

Podía estar muerto.

Podía encontrarse a cientos de kilómetros.

Ella tenía una niña dormida entre los brazos, un Ancla que Malakor buscaba, una guerra abriéndose bajo sus pies y un mar desconocido delante.

No había promesa.

Ni declaración.

Ni futuro asegurado.

Solo una verdad pequeña en medio de todas las demás.

Si Vitor seguía vivo, quería volver a verlo.

No porque necesitara que la salvara.

Ni porque su historia tuviera que convertirse en la de él.

Quería verlo porque era Vitor.

Aquello bastaba.

Por ahora.

Anjara abrió los ojos.

Las islas estaban más cerca.

Sacó la Gema.

La primera luz atravesó la esmeralda.

Verde y oro se mezclaron entre sus dedos.

Recordó el principio.

Un arcón.

Lavanda.

La letra de Elara.

Una vida que entonces parecía pequeña.

Ya no.

Tocó la bolsa de cenizas.

—Seguimos —susurró.

Alya abrió los ojos.

—¿Qué?

Anjara guardó la Gema.

—Nada.

La niña miró el amanecer.

—Es bonito.

—Sí.

—¿Eso es Thalnos?

—Todavía no.

Alya suspiró.

—¿Falta mucho?

Anjara miró las islas.

—Muchísimo.

La niña sonrió.

—Bien.

Anjara frunció el ceño.

—¿Bien?

—Así tendremos tiempo.

—¿Para qué?

Alya pensó.

—Para aprender.

La respuesta sorprendió a Anjara.

Después sonrió.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Tenemos mucho que aprender.

Alya volvió a apoyarse contra ella.

Muy lejos de allí, bajo las tierras de Igvaris, una fragua extinguida desde hacía generaciones comenzó a calentarse.

Nadie la vio.

Primero fue una veta roja en la roca.

Después otra.

Más abajo, mucho más abajo, la piedra dejó de estar fría.

No hubo terremoto.

No todavía.

Solo calor.

Una respiración donde no debía existir ninguna.

En los pueblos construidos alrededor de los antiguos campos de lava, perros y caballos levantaron la cabeza al mismo tiempo.

Un herrero encontró encendida una brasa que juraría haber apagado la noche anterior.

En una grieta profunda, una roca se volvió naranja desde dentro.

Y algo antiguo recordó el fuego.

Skyscream abrió las alas por completo.

El sol apareció sobre el horizonte.

La primera luz del día cayó sobre Anjara.

Sobre Alya.

Sobre la Gema.

Sobre las cenizas de Liam.

Delante estaban las islas.

Después Thalnos.

Más allá, rutas que todavía desconocían.

Pueblos que no sabían sus nombres.

Enemigos.

Aliados.

Verdades.

Y en algún lugar detrás, aunque Anjara aún no pudiera saberlo, Vitor caminaba de nuevo.

Ella dejó que el viento apartara el cabello de su rostro.

Por primera vez no sintió que huía.

No corría hacia los secretos de Elara.

Ni lejos de Lumenvalle.

Ni detrás de la muerte de Liam.

No perseguía únicamente venganza.

Avanzaba hacia algo que todavía no tenía nombre.

Quizá crecer fuera eso.

Aceptar que el camino podía existir antes de conocer el destino.

Alya señaló hacia delante.

—Mira.

Las primeras aves giraban sobre las islas.

Anjara observó tierra nueva aparecer bajo el amanecer.

Entonces recordó otra pregunta.

Una voz pequeña.

Un árbol viejo.

Una vida anterior a las cenizas.

¿Volveremos?

Anjara cerró los ojos un instante.

Cuando los abrió, respondió:

—Sí.

Alya la miró.

—¿Qué?

—Nada.

No sabía cuándo.

No sabía cómo.

Pero volvería.

A Lumenvalle.

A la Academia.

A Syltherion, si Faela quería regresar por quienes habían quedado atrás.

A todo aquello que Malakor creyera haber convertido en ruinas.

No para reconstruir exactamente el mundo que había perdido.

Ese mundo ya no existía.

Volvería para ayudar a construir otro.

Uno en el que Liam pudiera seguir siendo Liam aunque otros lo llamaran Ancla.

En el que Alya pudiera seguir siendo una niña aunque otros la llamaran Llave.

En el que una sanadora pudiera aprender a luchar sin olvidar para qué servían sus manos.

Y, si el mundo se lo permitía, uno en el que pudiera encontrar de nuevo a un Kaelthar demasiado obstinado para prometer que volvería.

Anjara miró el horizonte.

—Vamos.

Thyra acarició el cuello de Skyscream.

—Eso llevamos haciendo toda la noche.

Roric gritó desde atrás:

—¡ALGUNOS CON MÁS DIGNIDAD QUE OTROS!

Kaelen respondió:

—Todavía puedo tirarte.

La risa atravesó el aire.

Pequeña.

Viva.

Los tres Grifos siguieron hacia las islas.

Detrás, las Montañas del Lamento desaparecieron bajo el horizonte.

Delante, el Mar Interior se abrió hacia Thalnos.

Y mucho más lejos, en Igvaris, bajo kilómetros de piedra y fuego dormido, algo inmenso abrió los ojos.

No eran ojos de roca.

Eran brasas.

La montaña respiró.

Las vetas de mineral se encendieron como venas.

Una llama antigua recorrió las profundidades.

Nadie sobre el Mar Interior pudo sentirla.

Pero en las tierras de fuego las campanas comenzaron a sonar sin que ninguna mano tirara de las cuerdas.

Ignivar había escuchado.

Y en la oscuridad entre mundos, algo respondió con una satisfacción que no pertenecía a ningún ser vivo.

La guerra acababa de perder su última frontera.

FIN DEL LIbrO I

CONTINUARÁ EN EL PORTADOR DEL ALBA