CAPÍTULO 32 LA ÚLTIMA LECCIÓN #2
La niña no se volvió.
—No me deja marcharme.
—¿Quién?
—No sé.
Anjara avanzó despacio.
—Ven conmigo.
—No puedo.
—Sí puedes.
Alya negó.
—No.
Señaló la puerta.
Las runas alrededor estaban apagadas.
Todas salvo una.
Un círculo incompleto.
Esferian.
Anjara reconocía la estructura.
No su significado.
—No la toques.
Alya negó otra vez.
—No lo he hecho.
La Gema ardió.
La runa respondió.
Anjara retrocedió.
—Entonces soy yo.
Faela llegó hasta ellas.
—¿Qué?
Anjara miró la esmeralda.
—La puerta no está llamando únicamente a Alya.
La niña se volvió.
—Nos llama a las dos.
Peor.
Mucho peor.
Pasos.
Al otro lado del corredor.
Ordenados.
Muchos.
Kaelen apareció junto a Roric.
—Tenemos compañía.
Vitor llegó detrás.
Solo.
Sangre en la mejilla.
—¿Cuánto?
Roric escuchó.
—Un minuto.
Vitor observó la puerta pequeña.
Después las runas.
—¿Es esa?
Anjara negó.
—No.
Miró la escalera oculta tras ella.
—Creo que lleva hacia la otra.
Vitor miró a Alya.
—Entonces nos vamos.
Anjara asintió.
Por primera vez ninguno discutió.
Se acercó a la niña.
—Ven.
Alya dio un paso.
La Gema pulsó.
La puerta de hierro se abrió sola.
Todos quedaron inmóviles.
Detrás no había una cámara.
Había una escalera.
Descendía.
Muy abajo brillaba luz violeta.
Roric soltó el aire.
—Supongo que no bajamos.
—No —respondió Anjara.
Una voz llegó desde las profundidades.
—Una decisión inteligente.
Anjara se quedó helada.
Malakor.
Vitor empujó a Anjara detrás de él.
Lord Malakor empezó a subir.
Sin prisa.
No la necesitaba.
Dos soldados ascendían detrás.
Después otros.
Pero él iba delante.
Armadura negra.
Capa oscura.
Mandoble en una mano.
No parecía agotado.
Aquello enfureció a Anjara más de lo que debería.
Liam.
Borin.
Syltherion.
La Academia desangrándose.
Kaelen con un brazo inutilizado.
Roric sin dormir.
Geal herido.
Y aquel hombre subía los peldaños como si llegara tarde a una reunión.
Malakor se detuvo.
Miró primero a Vitor.
—Campeón del Crisol.
Vitor levantó la espada.
—Regente de nada.
Malakor sonrió.
Después miró a Anjara.
La Gema.
Alya.
—Las dos.
Alya agarró la mano de Anjara.
Malakor observó el gesto.
—La Llave de Syltherion y aquello que hace responder a las puertas antiguas.
Anjara apretó su mano.
—Tenemos nombres.
—Todo tiene un nombre.
—Entonces úsalos.
Malakor la contempló unos segundos.
—Alya.
La niña se pegó más a Anjara.
Malakor miró después a ella.
—Anjara.
Algo en la forma de pronunciarlo resultó peor que si hubiera seguido llamándola herramienta.
—Mejor —dijo ella—. Ahora recuerda que ninguno de los dos nombres te pertenece.
Malakor inclinó apenas la cabeza.
—Todos somos algo para alguien.
—Eso no te da derecho a decidir qué somos.
—El derecho es una palabra cómoda cuando uno posee la fuerza necesaria para defenderla.
Vitor avanzó un paso.
—Sube otro peldaño y comprobamos cuánto dura esa filosofía con una espada en el cuello.
Malakor no apartó los ojos de Anjara.
—¿Malorin?
—Ha caído.
Una pausa.
Minúscula.
—Previsible.
Faela tensó el arco.
—¿Eso es todo?
Malakor la miró.
—Malorin confundió dolor con propósito.
Anjara sintió algo extraño.
No similitud.
Contraste.
Malorin habría intentado convencerla.
Habría hablado de bosques.
De sufrimiento.
De misericordia.
Malakor no necesitaba tener razón.
—¿Y tú? —preguntó Anjara—. ¿Con qué lo confundes?
Malakor respondió sin dudar.
—Con utilidad.
Aquello sí le dio miedo.
Una luz blanca descendió por el corredor.
Los legionarios que acompañaban a Malakor retrocedieron.
Él no.
Eldrin apareció al otro extremo.
No llevaba arma.
No parecía necesitarla.
Luz blanca, casi dorada, rodeaba sus manos.
—Aléjate de ellos.
Malakor lo observó.
—Maestro Eldrin.
—Lord Malakor.
—Esperaba encontraros en la Aguja.
—Por eso he bajado.
Vitor miró al anciano.
—La evacuación.
Eldrin lo miró.
—Completa.
Silencio.
Aquella palabra cambió la Academia.
Completa.
Los niños estaban fuera.
Los civiles.
Los alumnos que podían evacuar.
Quien todavía tuviera una ruta para marcharse ya la estaba recorriendo.
La fortaleza había cumplido su última función.
Eldrin miró a Anjara.
Ella lo entendió.
—No.
—Te dije que llegaría un momento.
—No.
—Anjara.
—No uses mi nombre para hacer que esto parezca razonable.
Eldrin sonrió.
Pequeño.
Cansado.
—Eso también lo has aprendido bien.
Malakor descendió un peldaño.
—Conmovedor.
Eldrin volvió hacia él.
La luz creció.
—Siempre fue tu mayor defecto.
Malakor arqueó una ceja.
—¿Cuál?
—Creer que comprender por qué lucha alguien es innecesario mientras seas capaz de contar sus soldados.
Malakor levantó el mandoble.
—Y siempre fue el vuestro creer que una buena frase puede detener un ejército.
—No.
Eldrin extendió una mano.
Las runas apagadas respondieron.
Una.
Dos.
Después docenas.
La galería comenzó a iluminarse.
—Pero puede comprar tiempo.
Vitor palideció.
—Eldrin.
El anciano no lo miró.
—Sácalos.
—No.
—Instructor.
Una sola palabra.
Vitor quedó inmóvil.
Anjara nunca había oído a Eldrin hablarle así.
No como camarada.
Ni como superior.
Como maestro.
—Tu deber no termina con este edificio.
Vitor apretó los dientes.
—El vuestro tampoco.
—El mío empezó mucho antes de que nacieras.
La luz aumentó.
Malakor comprendió.
—Atrás.
Sus soldados obedecieron.
Él no.
Eldrin miró a Anjara.
—Tu madre cometió errores.
Ella no podía respirar.
—Tu padre también.
Anjara llevó instintivamente una mano al pecho.
No a la Gema.
A la bolsa.
Las cenizas de Liam.
Eldrin vio el gesto.
No confundió una cosa con otra.
—No conviertas los secretos de tus padres en tu destino.
Las lágrimas aparecieron.
—Todavía no me has contado la verdad.
—No.
—Entonces ven con nosotros y cuéntamela después.
Eldrin sonrió.
—Eso habría sido mucho más cómodo.
—No es justo.
—Nunca te prometí ser justo.
La luz llenó el pasillo.
—Solo insoportablemente sabio.
Roric soltó un sonido roto entre risa y llanto.
Eldrin lo miró.
—Gracias.
Roric tragó saliva.
—No haga eso.
—¿Qué?
—Despedirse.
Eldrin sonrió un poco más.
Después miró a Kaelen.
—Aprende a pedir ayuda antes de romperte el otro brazo.
Kaelen cerró los ojos.
A Faela:
—Tu hogar sigue vivo.
La Sylvaris inclinó la cabeza.
Finalmente, Alya.
Eldrin se arrodilló ante ella.
No ante la Llave.
Ante la niña.
—Nadie tiene derecho a decidir qué debe abrir una llave.
Alya empezó a llorar.
—No quiero que mueras.
El anciano sostuvo su mirada.
—Yo tampoco.
Aquello destrozó a Anjara mucho más que cualquier discurso heroico.
Porque era verdad.
Eldrin no quería morir.
No estaba en paz.
No esperaba satisfecho una muerte hermosa.
Tenía miedo.
Y se quedaba de todos modos.
Se incorporó.
Miró a Vitor.
—Ahora.
Vitor agarró a Anjara.
—¡NO!
Ella forcejeó.
—¡ELDRIN!
Kaelen tomó a Alya con el brazo sano.
Faela la ayudó.
Roric abrió la puerta lateral.
Vitor arrastró a Anjara.
—¡SUÉLTAME!
—¡NO!
—¡PODEMOS AYUDARLE!
—¡NO!
La voz de Vitor se rompió.
Anjara lo miró.
Él también lloraba.
Solo una lágrima.
Suficiente.
Anjara dejó de resistirse durante un segundo.
Fue todo lo que Eldrin necesitó.
La puerta de hierro se cerró entre ellos.
La última imagen que Anjara vio fue la del anciano frente a Malakor.
Pequeño.
Viejo.
Brillando.
Malakor observó cerrarse la puerta.
—Podríais haber huido con ellos.
Eldrin respiró despacio.
La luz empezaba a quemarle las manos.
—Sí.
—Entonces esto no es estrategia.
—No.
—Sacrificio.
—Sí.
Malakor inclinó la cabeza.
—Siempre me ha parecido una palabra elegante para describir un mal cálculo.
Eldrin sonrió.
—Por eso nunca entenderás cómo puedes conquistar tanto y seguir perdiendo.
Malakor atacó.
Eldrin abrió las manos.
Y durante un instante la Academia tuvo un sol bajo la montaña.
Anjara notó la explosión a través de varios pisos de piedra.
No hubo fuego.
Hubo luz.
Blanca.
Absoluta.
Todas las runas de la Academia se encendieron.
Torres.
Puertas.
Muros.
Pasillos.
Cada símbolo que Malakor había apagado ardió durante un único latido.
Anjara cayó.
La Gema respondió.
No con poder.
Con reconocimiento.
Algo antiguo atravesó la fortaleza.
Después llegó el sonido.
Un rugido de piedra.
La galería tras ellos se hundió.
Vitor cubrió a Anjara con su cuerpo.
Kaelen protegió a Alya.
Roric golpeó contra una pared.
Faela gritó el nombre de Eldrin.
Y después...
silencio.
Las runas se apagaron.
Esta vez no volvieron.
Vitor permaneció unos segundos sobre Anjara.
Ella podía notar su respiración.
Una.
Otra.
Él se levantó.
No miró hacia atrás.
—Nos vamos.
Anjara permanecía en el suelo.
—Está muerto.
Vitor cerró los ojos.
—Sí.
Una palabra.
Nada más.
No podía permitirse más.
Todavía.
—¿Y Malakor?
Vitor miró el derrumbe.
—No lo sé.
Anjara comprendió.
Eldrin no había intentado vencer.
Había hecho lo mismo que todos.
Borin.
Los defensores.
Vitor.
Comprar tiempo.
Siempre tiempo.
—¿Cuánto nos ha dado?
Vitor escuchó los sonidos de batalla sobre ellos.
—Lo suficiente.
Llegaron al patio cuando cayó la segunda torre.
La Academia estaba perdida.
Ya no existía forma de fingir lo contrario.
La Legión controlaba el muro sur.
Se combatía en las galerías orientales.
El ala occidental ardía.
Las máquinas antimagia seguían disparando.
Pero el corredor norte estaba vacío.
Los últimos evacuados habían salido.
Vitor lo vio.
Y algo cambió en su rostro.
No alivio.
Propósito.