CAPÍTULO 32 LA ÚLTIMA LECCIÓN
La primera línea cayó en siete minutos.
Anjara no supo quién empezó a contarlos.
Quizá Vitor.
Quizá nadie.
Pero cuando el último defensor de la muralla sur cruzó la barricada del Crisol y los portones interiores se cerraron detrás de él, el amanecer apenas había avanzado sobre las montañas.
Siete minutos.
Eso era todo lo que había costado perder una muralla que llevaba siglos en pie.
La Legión golpeó las puertas.
Una vez.
Dos.
Después comenzó el trabajo.
No gritaban.
Aquello inquietaba a Anjara más que cualquier alarido.
Los hombres de Malakor no celebraban haber entrado en la Academia. No corrían ebrios de victoria por los corredores.
Formaban.
Avanzaban.
Cubrían intersecciones.
Marcaban puertas.
Cada unidad parecía conocer su función antes de alcanzar el lugar donde debía cumplirla.
Vitor recorrió la línea defensiva.
—Arqueros arriba.
Mara levantó una mano.
—¡Tercera defensa, conmigo!
Los muchachos y muchachas ocuparon las plataformas del Crisol.
Algunos aún vestían uniformes de entrenamiento.
Otros llevaban piezas de armadura que no eran de su talla.
Uno tenía un guantelete en la mano derecha y nada en la izquierda.
Otro sujetaba la lanza con tanta fuerza que le temblaban los brazos.
Vitor los vio.
No comentó nada.
—Primera descarga cuando crucen la puerta.
Mara asintió.
—¿Y después?
—Os retiráis.
La muchacha frunció el ceño.
—¿Hasta dónde?
—Segunda barricada.
Miró el corredor.
—Podemos aguantar aquí.
—No te he preguntado cuánto puedes aguantar.
Vitor se acercó.
—Te he dicho cuándo debes marcharte.
Mara apretó la mandíbula.
—Sí, instructor.
—Repítelo.
—Una descarga. Después retirada a la segunda barricada.
—Bien.
Anjara lo observaba.
No preparaba una victoria.
Calculaba cuántos segundos podían comprar sin gastar una vida cuando bastaba con una puerta.
Aquello era infinitamente más difícil.
Los evacuados atravesaban el patio en grupos.
Anjara vio pasar a los cuarenta y dos que habían sacado de las galerías.
Uno a uno.
Nilo estaba entre ellos.
Cojeaba.
Pero caminaba.
Cuando la vio, levantó una mano.
Anjara respondió.
No fue nada.
Un gesto insignificante en mitad de un asedio.
Aun así necesitó verlo desaparecer dentro del túnel.
Darel iba con el grupo.
Se detuvo antes de entrar.
Miró hacia el Crisol.
Hacia las galerías inferiores.
Hacia el lugar donde Borin había caído.
Después a Anjara.
—No pude...
—No.
Darel cerró la boca.
Anjara se acercó.
—No conviertas lo último que hizo en algo que tú deberías haber impedido.
El muchacho bajó la mirada.
—Se quedó por nosotros.
—Sí.
—Entonces debería quedarme yo.
—No.
Darel la miró.
—Puedo luchar.
—También puedes conseguir que esos niños lleguen al otro lado de la montaña.
—Eso no parece suficiente.
Anjara recordó el vacío bajo el puente.
La sonrisa de Borin.
Sigue curando.
Miró a Nilo.
A los más pequeños.
A una niña que llevaba la manta de otro porque aquel no podía cargarla.
—Lo será para ellos.
Darel volvió la vista hacia el grupo.
Respiró.
Asintió.
Entró en el túnel.
Anjara no apartó la mirada hasta que desapareció.
Una campana sonó.
Vitor levantó la cabeza.
—Último grupo.
Un maestro junto al acceso norte asintió.
—Cuando crucen, sellamos.
—¿Cuánto?
—Veinte minutos.
Vitor miró hacia las puertas del Crisol.
Los golpes continuaban.
—Tenéis diez.
Geal apareció con una venda nueva alrededor de la cabeza.
Kaelen venía detrás.
El brazo izquierdo continuaba inmovilizado.
Roric los vio.
—No podéis haber estado en la enfermería tan poco tiempo.
Kaelen señaló el caos.
—La enfermería ha decidido que hay prioridades.
—¿Y un brazo roto no es una?
—Al parecer dejar de respirar está por encima.
Roric asintió.
—Sistema bastante razonable.
Geal llegó hasta Anjara con un papel lleno de líneas.
—He estado pensando en la puerta.
Ella lo miró.
—Claro que sí.
—No sabemos qué hay detrás.
—Eso también lo sabemos.
Geal extendió el dibujo.
Círculos.
Galerías.
Conexiones.
La planta inferior de la Academia.
—Pero sabemos otra cosa.
Roric se acercó.
—¿Buena?
—No.
—Agradezco la consistencia.
Geal señaló varias líneas.
—Las runas de la Aguja y las de las galerías inferiores no forman sistemas independientes.
Anjara parpadeó.
—Explícamelo como si llevara varios días sin dormir.
—Porque llevas varios días sin dormir.
—Geal.
—La Academia no fue construida simplemente encima de la puerta.
Marcó con el dedo los corredores.
—Fue construida alrededor de ella.
Kaelen frunció el ceño.
Geal continuó:
—Las runas de las murallas, el Crisol, la Aguja, incluso parte de los canales de energía de las torres... todo converge hacia las capas inferiores.
Anjara comprendió.
—La fortaleza es parte del Sello.
—Eso parece.
Roric miró la piedra bajo sus pies.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
Anjara señaló las zonas apagadas.
—Las máquinas de Malakor.
Geal asintió.
—Cada vez que anula un sector de las defensas, no solo debilita una muralla.
Kaelen terminó la frase:
—Debilita la puerta.
Silencio.
Anjara sintió frío.
—¿Eldrin lo sabía?
Geal dobló el papel.
—Creo que sospechaba la función general.
—¿Y por qué no nos lo dijo?
—Porque probablemente no conocía el mecanismo completo.
Anjara lo miró.
Geal levantó una ceja.
—Estoy intentando aprender de ti y no convertir una sospecha en una certeza.
Eso la hizo callar.
—Molesto, ¿verdad? —preguntó Roric.
—Muchísimo.
Una explosión sacudió los portones.
La madera crujió.
Vitor alzó la voz.
—¡POSICIONES!
No hubo más tiempo.
El primer portón cayó.
Los legionarios entraron detrás de una pared de escudos.
—¡AHORA! —gritó Mara.
Las flechas descendieron.
La primera línea enemiga se deshizo.
Hombres cayeron.
Los escudos se inclinaron.
Durante un instante el paso quedó abierto.
Mara levantó la mano.
Anjara vio en su rostro que quería una segunda descarga.
También Vitor.
—¡RETIRADA!
Mara apretó los dientes.
—¡TERCERA, ATRÁS!
Obedecieron.
La Legión entró.
No persiguió desordenadamente.
Los escudos volvieron a cerrarse.
Una unidad aseguró la puerta.
Otra retiró los cuerpos.
Una tercera continuó hacia la siguiente barricada.
Roric miró aquello.
—No se rompen.
Vitor estaba a su lado.
—Todo se rompe.
—No lo parece.
—Porque todavía no hemos encontrado dónde.
La Legión avanzó.
Kaelen ocupó posición junto a una columna.
Una sola cimitarra.
Faela apareció desde una galería lateral.
Anjara se volvió.
—¿Alya?
—Con Thyra y dos guardianes. Bajo las cocinas.
—¿Segura?
Faela sostuvo su mirada.
—Tan segura como puedo estar de algo hoy.
Anjara asintió.
Faela preparó el arco.
—Me niego a quedarme escondida mientras ocurre esto.
Vitor la miró.
—¿Sabes obedecer?
Faela alzó una ceja.
—Depende de la orden.
—No mueras.
—Poco realista.
—Perfecto. Ya encajas.
La Legión alcanzó la barricada.
Después, la batalla perdió forma.
Anjara recordaría fragmentos.
Un escudo golpeando su hombro herido.
La hoz enganchándose en una correa.
Una bota resbalando sobre sangre.
Roric apareciendo donde no debía.
Kaelen protegiendo el lado izquierdo con el cuerpo porque su brazo no podía hacerlo.
Faela disparando desde una escalera.
Geal rompiendo una ampolla contra el suelo.
Humo amarillo.
—¡NO LO RESPIRÉIS!
Roric tosió.
—¡ESO PODRÍAS HABERLO DICHO ANTES!
—¡LO ACABO DE DECIR!
—¡DESPUÉS DE ROMPERLO!
Anjara golpeó con el mango de la hoz.
Un legionario cayó.
Otro ocupó su sitio.
Demasiados.
La Gema permanecía fría.
No intentó obligarla.
Retroceder.
Cubrir.
Respirar.
Mirar.
No necesitaba Ichor para aquello.
Vitor había convertido esas cuatro cosas en algo que ya formaba parte de ella.
Un legionario alcanzó a Mara.
Anjara llegó tarde.
Vitor no.
Su espada apartó el golpe.
Mara cayó hacia atrás.
—¡SEGUNDA LÍNEA! —rugió él.
—¡Podemos...!
—¡MARA!
La muchacha se levantó.
—¡ATRÁS!
La barricada fue abandonada.
Treinta segundos después, la Legión la ocupó.
Treinta segundos.
Eso habían comprado.
Anjara empezó a comprender cómo moría una fortaleza.
No de una vez.
Moría en minutos.
En puertas.
En tramos de escalera.
En corredores que valían cuarenta segundos.
En patios que podían cambiarse por dos minutos.
En personas que decidían cuánto estaban dispuestas a ceder para que otras pudieran seguir retrocediendo.
El golpe llegó desde abajo.
Más fuerte que todos los anteriores.
La Academia tembló.
Las runas del Crisol se apagaron.
Todas.
La Gema ardió.
No calor.
Dolor.
Anjara cayó sobre una rodilla.
—¡Anjara!
Geal llegó hasta ella.
—La puerta.
Ella apretó los dientes.
—Lo sé.
Algo tiraba de la Gema.
No hacia delante.
Hacia abajo.
Como una corriente abierta bajo el suelo.
Faela palideció.
—Alya.
Anjara se levantó.
—¿Qué pasa?
—Si tú puedes sentirlo...
No terminó.
No hacía falta.
Anjara echó a correr.
—¡ANJARA! —gritó Vitor.
—¡ALYA!
Él miró a Faela.
Comprendió.
—Kaelen, Roric, con ellas. Geal...
—Voy.
—No.
Geal se frenó.
—Pero...
Vitor señaló las runas muertas.
—Necesito que descubras cómo están apagando el sistema desde dentro.
Geal miró hacia Anjara.
Después hacia la piedra.
La elección le dolió.
Precisamente por eso supo que Vitor tenía razón.
—Necesito acceso a la Aguja.
—Tómalo.
Anjara ya corría.
Las galerías bajo las cocinas estaban vacías.
—¡ALYA!
Nada.
Faela llegó detrás.
—¡THYRA!
Una voz respondió desde el fondo.
—¡AQUÍ!
Doblaron una esquina.
Thyra estaba en el suelo.
Consciente.
Sangre en la sien.
Uno de los guardianes yacía junto a la pared.
El otro intentaba levantarse.
Alya no estaba.
El mundo se estrechó.
Anjara llegó hasta Thyra.
—¿Dónde?
La mujer señaló un corredor inferior.
—Se fue.
—¿Qué significa que se fue?
—Empezó a gritar.
Thyra respiró con dificultad.
—Decía que algo la estaba llamando.
—¿Y la dejasteis marcharse?
Los ojos de Thyra se endurecieron.
—Intentamos impedirlo.
Anjara calló.
—Las runas se encendieron —continuó Thyra—. Todas a la vez. Una puerta se abrió y la onda nos lanzó contra la pared.
Faela palideció.
—¿Lo hizo Alya?
—No lo sé.
Anjara ya estaba corriendo.
Encontraron a Alya frente a una puerta que Anjara nunca había visto.
No la gran puerta.
Otra.
Pequeña.
Hierro antiguo.
Insertada en un muro de piedra desnuda.
Alya estaba descalza.
Había perdido el cervatillo de madera.
Anjara se detuvo varios pasos detrás.
—Alya.