El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 31 EL PUENTE DEL CRISOL #3
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CAPÍTULO 31 EL PUENTE DEL CRISOL #3

Durante un segundo el combate desapareció.

—Hija de la sanadora.

Anjara no pudo responder.

Borin sonrió.

No como maestro.

No como soldado.

Como el hombre que la había obligado a caer y levantarse tantas veces en el Crisol.

—Sigue curando.

La última cuña salió.

El puente cedió.

No de golpe.

Primero se inclinó un lateral.

Las piedras se desplazaron.

Los legionarios gritaron.

Borin perdió pie.

Anjara dio un paso.

Roric la sujetó.

—¡NO!

—¡BORIN!

El maestro cayó con el puente.

Piedra.

Hombres.

Acero.

Todo desapareció en la oscuridad.

El estruendo ascendió desde el fondo varios segundos después.

Después...

nada.

Darel cayó de rodillas.

Anjara permaneció mirando el vacío.

No lloró.

Todavía no podía.

Roric seguía sujetándola.

—Anjara.

Ella se soltó.

Miró a los niños.

Cuarenta y dos.

Todos fuera.

Teren vivo.

Mira.

Darel.

Geal.

Roric.

El corredor destruido.

Borin no.

Cuarenta y dos.

Anjara cerró las manos ensangrentadas.

—Nos movemos.

Darel levantó la cabeza.

—¿Qué?

La voz de Anjara sonó distinta.

—Nos movemos.

—Pero el maestro...

—Ha comprado esto.

Señaló a los niños.

—No vamos a desperdiciarlo.

Darel lloró en silencio.

Después se levantó.

Malakor recibió la noticia sin detenerse.

Caminaba por una galería que no figuraba en ningún mapa moderno de la Academia.

Soldados avanzaban a su alrededor con escudos bajos y lámparas protegidas.

Un oficial consultó una tablilla.

—El acceso occidental ha colapsado.

—¿Accidente?

—No.

Malakor continuó.

—Entonces alguien ha tomado una decisión inteligente.

—Treinta y un hombres confirmados. Puede haber más.

—Irrelevante.

El oficial lo miró.

Malakor frenó.

—No confundas irrelevante con gratuito.

Señaló la roca.

—Esos hombres han pagado por enseñarnos dónde están dispuestos a destruir su propia fortaleza.

Continuó andando.

—Eso significa que detrás hay algo por lo que aceptan pagar ese precio.

Llegaron a una bifurcación.

Una galería ascendía hacia el Crisol.

La otra descendía.

El oficial señaló la primera.

—La resistencia se concentra arriba.

Malakor tomó el camino descendente.

—Entonces nosotros vamos abajo.

—¿Y si la puerta no está allí?

Malakor lo miró.

—Está.

—¿Cómo podéis saberlo?

El Lord Regente apoyó una mano enguantada sobre la pared.

No hubo magia.

No la necesitaba.

—Porque toda fortaleza construida para guardar conocimiento acaba protegiendo también aquello que teme.

Siguió descendiendo.

Cuando Anjara regresó al Crisol, el amanecer había llegado.

No había sol.

Solo claridad gris filtrándose a través del humo.

Vitor la vio entrar con los niños.

Primero contó.

Anjara lo supo por la forma en que sus ojos pasaron de uno a otro.

Después buscó a Borin.

No lo encontró.

Miró a Anjara.

Ella negó.

Nada más.

Vitor cerró los ojos.

Un segundo.

—¿Cómo?

—El puente inferior.

—¿Solo?

Anjara tardó.

—Al final.

La mandíbula de Vitor se tensó.

—Claro.

No gritó.

No preguntó por qué.

No golpeó nada.

Se limitó a señalar el corredor norte.

—Llevad a los niños a evacuación.

Eso fue todo.

Cuando se volvió, Anjara vio que apretaba la empuñadura con tanta fuerza que los nudillos habían perdido el color.

Eldrin apareció en la escalera superior.

Miró al grupo.

También buscó a Borin.

Anjara negó otra vez.

El anciano bajó la cabeza.

No preguntó.

No lo necesitaba.

Tres campanadas rápidas atravesaron el Crisol.

Después cuatro.

Vitor levantó la mirada.

—Brecha sur.

Otra alarma respondió desde el oeste.

Geal escuchó.

—También han entrado por occidente.

Eldrin miró hacia el suelo.

—Y Malakor sigue debajo.

Anjara sintió las tres direcciones.

Sur.

Oeste.

Abajo.

La Academia ya no estaba siendo atacada.

Se estaba cerrando alrededor de ellos.

Como una mano.

—¿Cuánto falta para terminar la evacuación?

Un oficial respondió desde la entrada norte.

—El último grupo está entrando en los túneles. Media hora, quizá.

Media hora.

Después de todo aquello.

Solo necesitaban media hora.

Vitor desenvainó.

—Entonces tendrán una hora.

Anjara lo miró.

—Ha dicho media.

—Lo sé.

El primer estandarte negro apareció sobre la muralla sur.

Los defensores cargaron.

Vitor empezó a caminar hacia ellos.

—Vitor.

La voz de Eldrin lo detuvo.

El Kaelthar se volvió.

El anciano lo observó.

Después miró a Anjara.

—Cuando llegue el momento, ninguno de los dos discutirá conmigo.

Anjara frunció el ceño.

—¿Qué momento?

Eldrin sonrió.

Cansado.

Triste.

—Lo sabréis.

Se volvió hacia la Aguja.

Desde las profundidades llegó otro golpe.

Pero no era el ariete.

Anjara lo supo inmediatamente.

Aquello había sonado distinto.

Más antiguo.

Más profundo.

Como si una masa enorme hubiera tocado piedra desde el otro lado.

Las runas de toda la Academia parpadearon.

Una vez.

Dos.

Después recuperaron la luz.

Eldrin levantó la cabeza.

Miró las murallas.

Los alumnos.

Los maestros.

El humo.

Los huecos donde antes había torres.

Y por primera vez desde que Anjara lo conocía pareció exactamente tan viejo como era.

—Media hora —murmuró.

Vitor estaba ya sobre la muralla interior.

Eldrin lo observó.

—Podemos darles media hora.

Una puerta exterior cedió.

La Legión entró.

Y la Academia Arcana comenzó a morir de verdad.