El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 31 EL PUENTE DEL CRISOL
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CAPÍTULO 31 EL PUENTE DEL CRISOL

El cuarto golpe abrió el suelo.

No por completo.

Primero apareció una grieta.

Después otra.

La piedra de la Aguja se levantó varios centímetros y volvió a caer con un estruendo que arrancó polvo de las juntas.

Alya gritó.

Anjara la apartó.

—¡Fuera!

Borin abrió la puerta.

—¡Todos abajo!

Geal seguía mirando la fractura.

—Están perforando desde...

Kaelen lo agarró de la ropa con la mano sana.

—Puedes descubrir cómo cuando no estemos encima.

—Ya lo estaba descubriendo.

—Muévete.

Salieron de la Aguja.

El quinto impacto llegó cuando alcanzaban la escalera.

Esta vez el sonido recorrió toda la Academia.

No como un golpe.

Como una fractura.

Las antorchas temblaron.

Una se apagó.

Desde algún lugar de los niveles inferiores llegó un grito.

Después otro.

Vitor bajó tres escalones de un salto.

—Borin.

—Galerías bajas.

Vitor comprendió.

—Los cuarenta y dos.

—Sí.

Eldrin se detuvo.

—Vitor.

El Kaelthar se volvió.

El anciano señaló a Anjara y Alya.

—Malakor no puede llegar hasta ellas.

Anjara apretó los dientes.

—Sigo aquí.

Eldrin la miró.

—Lo sé.

—Entonces deja de hablar como si no pudiera decidir.

—Precisamente porque puedes decidir te lo estoy diciendo a ti también.

Otro golpe.

Más cerca.

—Malakor no necesita conquistar las torres —continuó Eldrin—. Si ha encontrado acceso a los niveles inferiores, intentará aislar el Crisol y llegar a los cimientos antes de que comprendamos qué busca.

Vitor desenvainó.

—Entonces impedimos que llegue.

Eldrin negó.

—Lo retrasamos.

Vitor sostuvo su mirada.

Aquella palabra.

Otra vez.

Retrasar.

Comprar tiempo.

No vencer.

Anjara lo entendió.

Vitor también.

Ninguno dijo nada.

Eldrin miró a Borin.

—Saca a esos niños.

—Ya hay gente trabajando en ello.

—Ahora habrá legionarios intentando impedirlo.

Borin respiró una sola vez.

—Entendido.

Vitor señaló a Roric.

—Con él.

Roric parpadeó.

—¿Yo?

—Conoces túneles.

—Conozco agujeros de los que normalmente intento escapar.

—Perfecto.

—No veo cómo...

—Roric.

—Voy.

Vitor miró a Kaelen.

—Tú, segunda línea.

Ella levantó una ceja.

—Pensaba que ibas a decir enfermería.

—Tienes un brazo roto.

—Tengo otro.

—Y quiero que siga entero.

Kaelen sostuvo su mirada.

—Puedo cubrir una retirada.

Vitor observó el cabestrillo.

Después a ella.

—Segunda línea. Nada de heroicidades.

—No prometo cosas absurdas.

—Entonces promete obedecer una vez.

Kaelen esbozó una sonrisa.

—Eso es todavía más absurdo.

Geal levantó una mano.

—Puedo ayudar con el derrumbe.

Vitor lo señaló.

—Vas con Borin.

—Era exactamente lo que iba a proponer.

—Mentira.

Geal suspiró.

—Sí.

Anjara miró a Faela.

Después a Alya.

No tuvo que preguntar.

Faela asintió.

—Las galerías bajo las cocinas.

Alya agarró la manga de Anjara.

—Tú vienes.

No era una pregunta.

Anjara se agachó.

—Tengo que ayudar a sacar a los niños.

—Yo también puedo.

—No.

Alya frunció el ceño.

—Otra vez.

—Otra vez.

—Odio cuando haces eso.

—Yo también odiaba cuando lo hacía mi madre.

—Entonces sabes que es horrible.

Anjara estuvo a punto de sonreír.

No pudo.

Alya seguía sujetándola.

—Prometiste que no estaría sola.

Aquello atravesó todo.

Las órdenes.

El asedio.

La Academia.

Anjara cubrió la mano de Alya con la suya.

—No estás sola.

—Te vas.

—Y voy a volver.

Alya la miró.

—Eso no lo sabes.

Anjara quedó inmóvil.

Las palabras regresaron desde Syltherion.

No prometas cosas que no sabes.

Faela también las recordó.

Anjara tragó saliva.

—Tienes razón.

Alya esperó.

—Voy a intentar volver.

La niña tardó un instante.

Después soltó la manga.

—Mejor.

Anjara se incorporó.

—Quédate con Faela y Thyra. No bajéis. Si las galerías dejan de ser seguras, os movéis sin esperarnos.

Faela asintió.

Alya no.

Pero tampoco volvió a sujetarla.

Eso tendría que bastar.

Las galerías inferiores olían a piedra rota.

Y a sangre.

Borin avanzaba delante.

Roric a su derecha.

Geal detrás.

Anjara cerraba el grupo junto a dos alumnos mayores que se habían unido a ellos en el cruce del Scriptorium.

No conocía sus nombres.

Aquello le molestó.

—¿Cómo os llamáis?

El muchacho de la izquierda la miró mientras corría.

—¿Qué?

—Vuestros nombres.

—Darel.

La muchacha respondió:

—Mira.

Anjara asintió.

—Bien.

Darel saltó una viga caída.

—¿Por qué?

—Porque si voy a gritaros órdenes prefiero saber a quién se las grito.

Roric miró por encima del hombro.

—Eso ha sonado preocupantemente parecido a Vitor.

—Cállate.

—Eso también.

El siguiente impacto llegó desde debajo.

La pared se abombó.

Borin frenó.

—¡Atrás!

Todos retrocedieron.

Una sección de piedra explotó hacia el corredor.

No fue magia.

Fue fuerza.

Hierro.

Madera.

Una cabeza metálica atravesó la mampostería.

Se retiró.

Geal se acercó al agujero.

—Un ariete.

Roric lo miró.

—¿Subterráneo?

—Sí.

—¿Quién construye un ariete para usarlo bajo una montaña?

Geal observó el boquete.

—Alguien que sabía exactamente dónde golpear.

Borin se acercó.

Al otro lado había oscuridad.

Y luces.

Antorchas.

Muchas.

—Han encontrado las galerías antiguas.

Geal negó.

—O ya las conocían.

Borin miró hacia el fondo.

Aquello le gustó todavía menos.

—Más rápido.

Anjara oyó a los niños antes de verlos.

No lloraban todos.

Eso habría sido más sencillo.

Algunos permanecían en silencio.

Otros llamaban a sus maestros.

Uno repetía que quería regresar a su dormitorio porque había olvidado una manta.

Cuarenta y dos.

Atrapados detrás de toneladas de roca.

Dos maestros y seis alumnos mayores trabajaban en el derrumbe.

Uno tenía las dos manos ensangrentadas.

—¡Borin!

—Situación.

—La salida principal está bloqueada. Hemos abierto un paso, pero la bóveda sigue inestable.

—¿Cuántos han salido?

—Nueve.

Borin miró la abertura.

—¿Los demás?

—Al otro lado.

Una niña salió arrastrándose entre las piedras.

Doce años.

Quizá trece.

Un alumno la recibió.

—Despacio.

La niña comenzó a llorar una vez estuvo fuera.

No antes.

Anjara se arrodilló.

—¿Hay heridos dentro?

—Maestro Teren...

—¿Qué le ocurre?

—Una piedra.

—¿Puede caminar?

La niña negó.

Anjara miró el hueco.

Demasiado estrecho para Borin.

Roric ya se quitaba la capa.

—Entro.

Borin le sujetó el hombro.

—Primero miras.

—Eso iba a hacer.

—No improvises.

Roric sonrió.

—Eso va a ser más complicado.

—Hoy aprendes.

Roric se introdujo en la abertura.

Desapareció.

Geal ya estudiaba el techo.

—Hay que descargar peso aquí.

Señaló una veta.

Después otra.

—Y aquí.

Uno de los maestros negó.

—Si retiramos esa piedra, cae la bóveda.

—Sí.

El hombre lo miró.

—Eso no parece útil.

—Porque no he terminado.

Geal señaló una viga inclinada.

—Primero aseguramos esto. Entonces desplazamos el peso hacia el lateral.

Mira comprendió.

—Los bancos del corredor.

—Exacto.

Borin señaló a Darel.

—Con ella.

Ambos salieron corriendo.

Anjara observó la abertura.

Todo su cuerpo quería entrar.

Niños atrapados.

Oscuridad.

Piedra.

Una mano pequeña esperando ayuda.

Liam intentó aparecer.

No.

No allí.

No ahora.

Respiró.

—Anjara.

La voz de Roric llegó amortiguada.

—¿Qué?

—Necesito manos pequeñas.

Borin negó.

—No.

Roric asomó la cabeza.

—Hay un niño atrapado entre dos piedras. No puedo llegar.

Anjara ya estaba dejando la hoz.

Borin la agarró.

—Si esto cede...

—Lo sé.

—Vitor me arrancará la cabeza.

—Ponte a la cola.

Entró.

El aire al otro lado era casi irrespirable.

Polvo.

Sudor.

Miedo.

Una sola lámpara permanecía encendida en el suelo.

A su alrededor había más de veinte niños.

Algunos estaban de pie.

Otros sentados.

Un maestro mantenía a varios alejados de una pared que se combaba hacia dentro.

Roric estaba arrodillado junto a una abertura diminuta.

—Aquí.

Anjara se acercó.

Vio una mano.

Pequeña.

—¿Cómo te llamas?

Nada.

—Eh. Necesito tu nombre.

Los dedos se movieron.

—Nilo.

—Bien, Nilo. Soy Anjara.

—Ya sé.

Anjara parpadeó.

—¿Sí?

—La de la Gema.

Cerró los ojos un instante.

No era el momento.

—Ahora mismo soy la que va a sacarte de ahí.

El niño sollozó.

—No puedo mover la pierna.

—No la muevas.

Anjara pasó un brazo entre las piedras.

Llegó hasta el tobillo.

Palpó.

No había una roca encima.

Una correa.

La mochila se había enganchado en una barra metálica torcida.

—Roric.

—¿Qué?

—No es su pierna.

—¿Puedes soltarlo?

Anjara palpó la hebilla.

Atrapada.

Sacó el pequeño cuchillo que llevaba en la bota.

—Nilo.

—¿Sí?

—Cuando te diga, tiras hacia mí.

—Me duele.

—Lo sé.

—Tengo miedo.

Anjara se quedó inmóvil.

Liam.

Siempre Liam.

Esta vez no lo apartó.

—Yo también.

El niño dejó de llorar durante un segundo.

—¿De verdad?

—Muchísimo.

—Pero eres Anjanu.

Anjara terminó de cortar una tira.

—Eso no sirve para quitar el miedo.

Otra.

—¿Entonces para qué sirve?

—Todavía estoy averiguándolo.

La última correa cedió.

—Ahora.

Nilo tiró.

Anjara lo sacó.

Roric lo recibió.

El niño se aferró al cuello de Anjara.

Ella lo sostuvo.

Solo un momento.

—¿Puedes caminar?

Nilo probó la pierna.

Asintió.

—Entonces sigue a Roric.

—¿Y tú?

Anjara miró a los demás.

—Voy detrás.

El suelo tembló.

Polvo cayó de la bóveda.

Un crujido.

El maestro del fondo levantó la cabeza.

—¡SE MUEVE!

Roric cogió a Nilo.

—¡SALIMOS!

Los niños comenzaron a pasar.

Uno.

Dos.

Tres.

Anjara permaneció junto al hueco.

—Sin correr. Uno cada vez.

—¡Se está cayendo! —gritó alguien.

—Precisamente por eso.

Una niña quedó paralizada.

Anjara le tendió una mano.

—Ven.

—No puedo.

—No tienes que poder sola.

La niña agarró sus dedos.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

Una explosión llegó desde el otro lado del derrumbe.

No de piedra.

Acero.

Gritos.

Combate.

Roric miró hacia la abertura.

—Eso no ha sido la montaña.

Anjara empujó al siguiente niño.

—Sigue.

Borin oyó las espadas.

Venían del norte.

Del corredor por el que habían llegado.

Darel regresó arrastrando un banco junto a Mira.

—Maestro...

Borin ya había desenvainado.

—¿Cuántos?

Darel miró hacia atrás.

—No sé.

Suficiente.

—Mira, con Geal.

—¿Y usted?

Borin se volvió hacia el corredor.

—Voy a recibir visitas.

El primer legionario apareció en la curva.

Borin no esperó.

Cargó.

El soldado levantó el escudo.

Borin atacó la rodilla.

El hombre cayó.

La segunda estocada terminó el combate.

Otros dos legionarios aparecieron.

Después cuatro.

Borin retrocedió hasta el estrechamiento.

Un hombre podía pasar cómodamente.

Dos, con dificultad.

Eso necesitaba.