CAPÍTULO 30 LA FORTALEZA QUE SANGRA #2
Kaelen lo miró.
—Hazlo y descubrirás cuántas cosas puedo cortarte con una sola mano.
Roric perdió algo de color.
—Andando está bien.
Faela permanecía junto a Alya.
No miraba a los heridos.
Miraba la piedra.
Los muros.
La madera trabajada.
—No hay raíces.
Anjara se acercó.
—¿Qué?
Faela miró a Alya.
—No como allí abajo. Si necesita ayuda para escuchar...
Alya apretó el pequeño ciervo de madera.
—No quiero hacerlo.
Anjara se agachó.
—¿Por qué?
—Me buscan.
—Sí.
—Si uso lo que puedo hacer, quizá sepan dónde estoy.
Anjara asintió.
—Entonces no lo haces.
Alya frunció el ceño.
—Pero puedo ayudar.
—Lo sé.
—Hay gente herida.
—También.
—Entonces...
Anjara apoyó una mano sobre su hombro.
—Poder ayudar no significa que tengas que convertirte en herramienta de cada persona que te necesite.
Alya miró a los heridos.
—Pero si puedo hacer algo...
—Llegará un momento en que tendrás que decidir qué quieres hacer.
Anjara señaló la fortaleza.
—No voy a decidir por ti que tu vida vale menos que una muralla.
Faela la observó.
—El Círculo no habría dicho eso.
—Por eso no formo parte del Círculo.
Una voz retumbó desde el arco interior.
—Umbra.
Borin avanzaba hacia ellos.
Llevaba una coraza que Anjara nunca le había visto.
Placas de acero sobre cuero oscuro.
Sangre en una de ellas.
No parecía suya.
Roric lo miró.
—Creía que estaría muerto.
Borin ni redujo el paso.
—Yo también me alegro de verte.
Roric sonrió.
Fue entonces cuando Anjara comprendió lo cerca que había estado de llorar.
Borin vio el brazo de Kaelen.
—Enfermería.
—Todos dicen lo mismo.
—Porque todos tenemos ojos.
Miró a Geal.
—Tú también.
—Puedo...
Borin señaló hacia el patio médico.
Geal se calló.
—Sí, maestro.
Borin se fijó entonces en Alya.
No preguntó qué era.
—Las galerías bajo las cocinas.
Anjara negó.
—¿Para esconderla?
—Es una de las zonas menos expuestas.
—¿El Scriptorium?
—Demasiado obvio.
Roric levantó una ceja.
—¿Las cocinas no?
Borin continuó andando.
—Nadie invade una fortaleza buscando primero el almacén de nabos.
—No conoces a Malakor como yo.
—Si quiere los nabos, se los regalo.
Alya miró al maestro.
—¿Hay muchos?
Borin se detuvo.
No fingió no comprender.
—Sí.
—¿Más que vosotros?
—Muchos más.
Alya frunció el ceño.
—Entonces vais a perder.
Roric dejó de sonreír.
Borin miró a la niña.
—Probablemente.
Alya pareció sorprendida.
—¿Y por qué seguís aquí?
Borin tardó varios segundos.
Señaló hacia las montañas.
—Porque todavía hay gente saliendo por los pasos del norte.
Después hacia los corredores.
—Porque aún quedan alumnos evacuando.
Miró las murallas.
—Y porque algunas veces ganar no significa quedarse con la fortaleza.
Alya pensó.
Anjara también.
Comprar tiempo.
Lo que Eldrin le había dicho a Vitor.
Lo que Vitor había hecho con los alumnos.
No estaban defendiendo piedra.
Estaban gastándola.
—¿Dónde está Eldrin? —preguntó Anjara.
Borin miró a Vitor.
—En la Aguja.
Vitor ya caminaba.
—Vamos.
Atravesaron la Academia.
Anjara había recorrido aquellos corredores docenas de veces.
Ahora parecían pertenecer a otra vida.
Una estatua había perdido la cabeza.
Parte del techo del ala norte se había derrumbado.
Dos alumnos empujaban un armario contra una puerta.
Un maestro trazaba runas directamente sobre el suelo utilizando una mezcla oscura que olía a hierro.
El comedor estaba lleno de cajas.
Flechas.
Vendas.
Frascos.
Agua.
Nada de aquello había estado allí unos días antes.
La cocina seguía funcionando.
Anjara se detuvo al verla.
Tres cocineros trabajaban junto a una olla enorme.
Uno tenía la cabeza vendada.
Otro removía sopa mientras un tercer hombre cortaba raíces con un cuchillo.
Roric miró.
—¿Están cocinando?
Borin no se detuvo.
—La guerra no elimina el hambre.
Una mujer levantó una hogaza al ver pasar a Vitor.
—¡VITOR!
Él siguió andando.
—¡NO!
—¡NO TE HE PREGUNTADO NADA!
—¡LO SÉ!
Roric miró a Anjara.
—Necesito conocer esa historia.
—Yo también.
Vitor no se volvió.
—Nunca.
Pasaron junto al Crisol.
Anjara frenó.
El lugar donde había aprendido a luchar ya no era un lugar de entrenamiento.
Habían construido barricadas con bancos, puertas y parte de las gradas.
Sacos de arena cubrían el suelo.
Arqueros ocupaban las posiciones altas.
Alumnos llevaban piedras.
Otros afilaban armas.
Una muchacha estaba sentada junto a la segunda barricada limpiando una espada.
Anjara la recordaba de algunas prácticas.
Demasiado joven.
Quizá solo un año menor que ella.
No importaba.
Aquella mañana parecía una niña.
La muchacha levantó la cabeza.
—Instructor.
Vitor se detuvo.
—Unidad.
—Tercera defensa.
—¿Quién manda?
La joven tragó saliva.
—Yo.
Vitor la observó.
—¿Dónde está Narek?
Silencio.
Vitor entendió.
—Nombre.
—Mara.
—Bien, Mara.
Señaló la puerta exterior del Crisol.
—No la defiendas cuando caiga.
La joven parpadeó.
—¿Qué?
Los demás alumnos escucharon.
—Caerá —dijo Vitor—. Cuando ocurra, retrocedéis hasta la segunda línea. Dejáis entrar a los primeros. Solo los suficientes para que crean que han roto la defensa. Después cerráis los laterales.
Mara miró el corredor.
—¿Y si no podemos?
—Seguís retrocediendo.
—Pero les daremos terreno.
Vitor se acercó.
—La piedra no importa.
La muchacha lo miró.
—Vosotros sí.
Mara apretó los labios.
—Sí, instructor.
Vitor iba a continuar.
Se detuvo.
—Y no intentes ser Narek.
La joven bajó los ojos.
—No.
—Sé Mara.
Siguieron andando.
Anjara caminó junto a Vitor.
—¿Cuántos años tiene?
—Diecisiete.
Anjara miró hacia atrás.
—No debería estar mandando una defensa.
—Narek tenía treinta y nueve esta mañana.
Anjara no volvió a preguntar.
La Aguja estaba protegida por tres puertas.
La primera tenía una grieta.
La segunda estaba cubierta de runas.
La tercera permanecía abierta.
Eldrin estaba dentro.
No pareció sorprendido al verlos.
—Habéis tardado.
Anjara casi rio.
—Yo también me alegro de verle.
El anciano la estudió.
Después la Gema.
Alya.
Faela.
—Entonces Malorin ha caído.
—Sí.
—¿El Nexo?
Anjara dudó.
—Sigue ahí. El sistema que construyó alrededor se ha derrumbado.
—¿Syltherion?
—La corrupción ha dejado de extenderse activamente.
Eldrin cerró los ojos.
El alivio duró menos de un segundo.
—Una victoria.
Anjara miró hacia la ventana.
Otra sección de muralla ardía.
—No se parece a una.
—Las auténticas rara vez se parecen a las canciones.
La Aguja estaba llena de mapas.
No libros.
Mapas.
Lirionis.
Syltherion.
Igvaris.
Thalnos.
Aeurion.
Pequeñas marcas rojas aparecían en todos ellos.
Anjara se acercó.
No estaban concentradas en la Academia.
Había fichas sobre puertos.
Caminos.
Aldeas.
Fortalezas.
—Malakor no está atacando solo aquí.
Eldrin negó.
—No.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que llegaras.
Anjara giró.
—¿Y nadie pensó en decírmelo?
Eldrin sostuvo su mirada.
—¿Habría cambiado tu decisión de ir a Syltherion?
Anjara abrió la boca.
La cerró.
No.
Eldrin señaló el mapa.
—Entonces no conviertas cada información que no conocías en una mentira.
La frase dolió.
Porque tenía razón.
Y Anjara seguía odiando que la tuviera.
Vitor se acercó al mapa principal.
—Situación.
Eldrin cambió.
—Muralla sur comprometida. El sector occidental aguanta. La puerta norte sigue abierta para evacuación, pero no más de dos horas.
—Civiles.
—Los del valle ya han salido.
—Alumnos.
—Todos los menores que hemos podido sacar.
Borin negó.
—Tres grupos siguen en las galerías inferiores.
Vitor lo miró.
—¿Por qué?
—Derrumbe en una salida secundaria.
—¿Cuántos?
—Cuarenta y dos.
Anjara sintió frío.
—¿Niños?
Borin la miró.
—Algunos.
Vitor señaló una galería.
—Enviamos gente.
—Ya lo hice.
—¿Quién?
—Dos maestros y seis alumnos mayores.
—No basta.
—Es lo que tenemos.
Un impacto sacudió la Aguja.
Polvo cayó del techo.
Una runa parpadeó.
Eldrin miró hacia arriba.
—Y cada vez tenemos menos.
Alya permanecía junto a Faela.
Observaba el mapa.
Después señaló una zona.
—¿Qué hay aquí?
Eldrin siguió su dedo.
Debajo de la Academia.
Una sección sin nombre.
—Cimientos.
Alya negó.
—No.
El anciano la miró.
La niña se acercó al mapa.
—Hay algo debajo.
Todos se tensaron.
Faela preguntó:
—¿Lo escuchas?
—No como Syltherion.
Alya puso una mano sobre su pecho.
—Pero está...
Buscó una palabra.
—Sujetando algo.
Eldrin perdió el color.
Anjara lo vio.
—¿Qué?
—Nada.
—No.
Anjara se acercó.
—No volvemos a hacer esto.
Eldrin sostuvo la mirada.
—Anjara...
—Malakor está intentando tomar una fortaleza utilizando máquinas diseñadas para apagar las defensas en lugar de arrasarlas.
Señaló los mapas.
—Ha movido miles de soldados hasta aquí mientras ataca otros puntos del continente.
Después a Alya.
—Y ella acaba de decir que algo bajo nosotros está sosteniendo algo.
Silencio.
—¿Qué hay debajo de la Academia?
Eldrin miró a Borin.
Después a Vitor.
Finalmente a Anjara.
—Una puerta.
La Gema pareció volverse más pesada.
—¿A dónde?
—No lo sabemos.
—No puede haber una puerta que nadie sepa adónde lleva.
—Puede.
—Entonces ¿qué sabéis?
Eldrin apoyó las manos sobre la mesa.
—Para qué se construyó.
—¿Para qué?
Los ojos del anciano descendieron hasta la Gema.
—Para impedir que algo cruzara.
Anjara llevó una mano al pecho.
—¿El Vacío?
—No directamente.
—¿Entonces qué?
Eldrin negó.
—No voy a darte una respuesta que no tengo.
Esta vez Anjara le creyó.