El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 30 LA FORTALEZA QUE SANGRA
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CAPÍTULO 30 LA FORTALEZA QUE SANGRA

La Academia apareció entre las montañas antes del amanecer.

Anjara tardó varios segundos en reconocerla.

No porque hubiera cambiado de forma.

Porque nunca la había visto arder.

Skyscream descendió entre columnas de humo.

La ceniza golpeaba el rostro de Anjara arrastrada por un viento caliente. Alya permanecía pegada a su pecho, medio oculta bajo la capa para protegerse los ojos.

A la derecha, un resplandor violeta atravesó la oscuridad.

El proyectil golpeó una de las torres exteriores.

No explotó.

Las runas que cubrían la piedra se apagaron.

Un instante después llegó una roca lanzada por una catapulta.

Impactó exactamente en el mismo punto.

La torre se abrió.

Piedra y madera cayeron hacia el patio inferior.

Anjara dejó de respirar.

Desde el Grifo cercano, Geal gritó por encima del viento:

—¡Primero anulan las defensas!

Seguía haciendo lo de siempre.

Observar.

Desmontar mentalmente aquello que podía matarlos.

—¡Después golpean la piedra!

Thyra no apartó los ojos del frente.

—Malakor aprende rápido.

Geal negó.

—No creo que sea la primera fortaleza donde lo prueba.

Anjara miró hacia el valle.

Había esperado un ejército.

No aquello.

Miles de luces cubrían las laderas.

Campamentos.

Filas de soldados.

Caballos.

Carros.

Torres de asedio.

Máquinas negras apuntando hacia la Academia.

Incluso mientras unos hombres combatían, otros excavaban posiciones, llevaban madera, levantaban parapetos o retiraban cadáveres.

No había caos.

Una unidad avanzaba.

Otra retrocedía.

Una tercera ocupaba su lugar.

Malakor no estaba intentando conquistar la Academia mediante una carga.

La estaba desmontando.

Piedra a piedra.

—¿Por dónde entramos? —preguntó Anjara.

Thyra señaló una torre occidental.

—Allí.

Anjara vio llamas.

—Está ardiendo.

—Precisamente. Ahora miran hacia abajo.

—Tu concepto de ruta segura es preocupante.

—Todavía sigues viva.

—Ese argumento empieza a irritarme.

Thyra levantó una mano.

Los otros dos jinetes comprendieron.

Los Grifos descendieron.

Entonces una campana sonó en el campamento enemigo.

No en la Academia.

Tres golpes.

Pausa.

Dos.

Thyra maldijo.

—Nos han visto.

Varias luces ascendieron desde la llanura.

No eran flechas.

—¡SEPARAOS!

Skyscream plegó un ala.

El mundo se inclinó.

Alya gritó.

Anjara la sujetó con los dos brazos.

El primer proyectil pasó tan cerca que el aire se volvió frío.

Una esfera violeta ascendió hasta las nubes y se deshizo sin ruido.

Durante un instante pareció comerse las estrellas que la rodeaban.

El segundo proyectil alcanzó al Grifo que transportaba a Kaelen y Geal.

No directamente.

Explotó a varios metros.

Sin fuego.

Sin sonido.

La onda alcanzó a la criatura.

El Grifo chilló.

Sus alas perdieron sustentación.

—¡GEAL!

La montura cayó.

Kaelen se agarró con la única mano útil.

Geal estuvo a punto de desprenderse de la silla.

El jinete tiró de las correas.

El animal batió las alas.

Nada.

—¡NO ES UNA HERIDA! —gritó Geal—. ¡LE HAN APAGADO LA MAGIA!

Anjara comprendió.

Los Grifos no volaban únicamente gracias a músculos y plumas.

Había algo más.

Corrientes mágicas.

Una relación con el aire que convertía un cuerpo de aquel tamaño en algo capaz de mantenerse en el cielo.

Y Malakor acababa de arrancársela.

El Grifo continuaba batiendo las alas.

Pero ahora cada movimiento era desesperado.

—¡DESCENDED! —rugió Thyra.

El jinete consiguió convertir la caída en un planeo torpe.

Un tercer disparo subió hacia ellos.

Skyscream giró.

Anjara apretó a Alya.

La esfera pasó bajo sus patas.

—¡THYRA!

—¡LA HE VISTO!

—¡ME TRANQUILIZA MUCHÍSIMO!

La muralla se acercaba.

Demasiado deprisa.

Anjara distinguió figuras sobre las almenas.

Una levantó una bandera.

Blanca.

Dos movimientos hacia abajo.

Thyra respondió levantando el brazo.

Un corredor de runas apareció sobre la muralla occidental.

Estrecho.

Una única franja de luz entre las defensas.

—Agáchate —dijo Thyra.

—¿Por qué?

Skyscream se lanzó hacia la abertura.

—Ah.

Atravesaron el campo mágico.

Un hormigueo recorrió la piel de Anjara.

Después estuvieron dentro.

Skyscream tocó el patio.

No aterrizó.

Cayó.

Las garras resbalaron sobre piedra cubierta de agua, barro y sangre.

Una pata se dobló.

Thyra tiró de las correas.

El Grifo recuperó el equilibrio con un rugido.

—¡Abajo!

Anjara saltó.

Las piernas estuvieron a punto de fallarle.

Alya cayó junto a ella y Anjara la sostuvo.

El segundo Grifo llegó detrás.

El tercero descendió varios segundos después.

El que había recibido la onda violeta aterrizó casi de costado.

Geal cayó al suelo.

Kaelen consiguió mantenerse sobre la montura.

Todos vivos.

Durante un instante, eso fue suficiente.

Después Anjara miró a su alrededor.

Y dejó de reconocer la Academia.

El patio occidental se había convertido en una enfermería.

No había camas suficientes.

Los heridos ocupaban mantas, bancos, tablones, escalones y suelo.

Sanadores corrían entre ellos.

Alumnos llevaban cubos de agua.

Otros sostenían vendas contra heridas con ambas manos.

Uno lloraba mientras seguía trabajando.

Una mujer intentaba vendarse su propio muslo mientras gritaba instrucciones a dos aprendices.

Había sangre en los canales que normalmente recogían lluvia.

Anjara avanzó dos pasos.

Un muchacho estaba sentado contra una columna.

Quizá dieciséis años.

No tenía sangre.

No parecía herido.

Solo temblaba.

Miraba un punto inexistente frente a él.

Anjara reconoció aquella mirada.

Se acercó.

—Eh.

No respondió.

Se agachó.

—Mírame.

Nada.

—¿Cómo te llamas?

Los ojos tardaron varios segundos en encontrarla.

—S-Selan.

—Bien, Selan.

Otro impacto estremeció la fortaleza.

El muchacho se encogió.

—No puedo.

Anjara siguió mirándolo.

—No te he pedido que luches.

Selan respiró demasiado deprisa.

Anjara señaló un cubo vacío.

—¿Puedes llevar agua?

El muchacho miró el recipiente.

—Sí.

—Entonces lleva agua.

Nada más.

No una batalla.

No una muralla.

Un cubo.

Selan lo agarró.

Las manos todavía le temblaban.

Pero se levantó.

Anjara lo vio marcharse.

—Umbra.

La voz llegó desde el otro lado del patio.

Anjara se volvió.

Vitor.

Durante un instante desaparecieron el humo, las voces y las piedras cayendo.

Estaba a unos veinte pasos.

Armadura oscura.

Sangre seca en el hombro.

Una abertura en la ceja.

Hollín sobre el rostro.

La espada en la mano.

Vivo.

Vitor dejó de caminar.

La encontró entre toda aquella gente.

Primero miró a Kaelen.

El brazo inmovilizado.

Roric.

Geal.

Faela.

Alya.

Después a Anjara.

Sus ojos recorrieron las heridas.

La sangre bajo su nariz.

El costado.

El hombro.

La Gema.

Y volvieron a su rostro.

—Has vuelto.

La frase era distinta de la que Anjara había imaginado tantas veces.

No había reprimenda.

Ni alivio explícito.

Solo eso.

Ella tragó saliva.

—Me dijiste que lo hiciera.

Algo pasó por los ojos de Vitor.

—Una vez en tu vida decides obedecerme y eliges un asedio.

Roric dejó escapar una risa agotada.

Anjara sintió que también quería reír.

En cambio dijo:

—No quería crear expectativas.

Vitor llegó hasta ellos.

Anjara esperaba que se detuviera.

No lo hizo.

La abrazó.

Sin ceremonia.

Sin mirar quién podía estar observando.

Anjara quedó rígida.

Solo un instante.

Después dejó caer la hoz.

Y se agarró a él.

La armadura estaba fría pese al humo.

Olor a metal.

Cuero.

Sangre.

Ceniza.

Real.

—Estás aquí —murmuró Anjara.

Vitor apoyó la barbilla un instante sobre su cabello.

—Sí.

Nada más.

No hacía falta.

Anjara cerró los ojos.

Desde que había abandonado la Academia había sostenido a Alya.

A Roric.

A Geal.

A Faela.

Había sostenido decisiones.

Miedo.

Dolor.

Por unos segundos permitió que otra persona sostuviera algo de ella.

Después Vitor se separó.

La guerra regresó.

—Informe.

Roric abrió la boca.

Kaelen lo señaló.

—Ni se te ocurra.

Geal fue más rápido.

—Malorin ha caído. El Corazón de la Carroña está destruido. La propagación activa de la corrupción parece haberse detenido. Terragon permanece dormido y Alya...

Vitor levantó una mano.

Miró a la niña.

Se agachó hasta quedar a su altura.

—¿Cómo te llamas?

—Alya.

—Bien, Alya.

Se incorporó.

—Ahora sigue.

Anjara lo observó.

Pequeño.

Importante.

Geal asintió.

—Alya puede establecer una relación con el conjunto vivo de Syltherion. Malorin intentó utilizarla como acceso al Nexo.

Vitor miró hacia Anjara.

—¿Y tú?

—También me necesitaba.

—¿Para qué?

Geal dudó.

—Habló de su sangre. De una segunda resonancia. De que determinadas estructuras antiguas responden a ella.

Los ojos de Vitor bajaron hasta la Gema.

Anjara lo vio pensar.

—¿Qué?

—Nada.

—No.

Vitor la miró.

—Anjara...

—¿Sabes algo?

—No suficiente para darte una respuesta.

Eso la detuvo.

No no.

No suficiente.

—Después —dijo Vitor.

Anjara iba a insistir.

Entonces volvió a mirar su armadura.

La sangre.

La abolladura.

La ceniza.

—¿Qué ha pasado aquí?

Vitor observó brevemente el patio.

—Malakor llegó antes de lo previsto.

—Eso ya lo hemos visto.

—Las defensas exteriores están cediendo.

Geal palideció.

—Eldrin.

—Vivo.

—Borin.

—También.

Anjara preguntó:

—¿Sera?

—En la defensa oriental.

Anjara respiró.

—¿Los alumnos?

La pausa de Vitor fue corta.

Suficiente.

—Los más pequeños están siendo evacuados. Parte de los mayores también.

—¿Y quienes siguen aquí?

Vitor sostuvo su mirada.

—Siguen aquí.

No había una respuesta mejor.

Anjara miró a su alrededor.

Heridos.

Sangre.

Una Academia que había pasado meses enseñándoles a vivir dentro de sus muros y ahora parecía estar gastándolos para comprar minutos.

—Entonces ayudamos.

Vitor asintió.

—Eso pensaba.

Geal ya estaba intentando escapar de un sanador.

—Puedo trabajar.

El hombre tenía las manos sobre la cabeza del Drakthar.

—Tienes un corte de seis centímetros.

—Superficial.

—Está en tu cabeza.

—Mi cabeza tiene bastante espacio.

Kaelen soltó aire.

—Eso explica mucho.

El sanador miró a Kaelen.

Después su brazo.

—Tú.

—No.

Geal sonrió por primera vez desde que habían aterrizado.

—Sí.

Kaelen lo miró.

—Traidor.

—Tu brazo lleva horas lesionado.

—Sigue unido.

—Pretendo conservar esa situación.

Roric apareció junto a ella.

—Yo la llevo.

—Puedo caminar.

—No he dicho que no puedas.

Pasó el brazo de Kaelen sobre sus hombros.

—He dicho que te llevo.

—Roric.

—Una amenaza y te cargo como un saco.