CAPÍTULO 29 LO QUE QUEDA EN PIE #2
Roric cerró los ojos.
—Nunca pensé que me emocionaría tanto oler barro.
Kaelen se incorporó.
—No te acostumbres.
—Déjame disfrutar de algo.
Salieron al bosque poco antes del amanecer.
Nadie sabía cuánto tiempo habían pasado bajo tierra.
Horas.
Quizá más.
La lluvia caía con suavidad.
Agua limpia.
Anjara alzó el rostro.
Dejó que arrastrara el polvo y la sangre seca.
Syltherion seguía herido.
Había manchas oscuras sobre los troncos.
Ramas muertas.
Extensiones de musgo gris.
Pero entre ellas aparecía verde.
No nuevo.
No milagroso.
Verde que había sobrevivido.
Faela cayó de rodillas.
Hundió los dedos en la tierra.
Y lloró.
No de alivio.
No exactamente.
Era algo más complicado.
Alya se sentó junto a ella.
—Te oye.
Faela levantó la cabeza.
—¿Quién?
—Syltherion.
La Sylvaris cerró los ojos.
Anjara se apartó.
Aquello no le pertenecía.
Roric cayó de espaldas sobre el musgo.
—Cinco minutos.
Geal negó.
—Tenemos que movernos.
—Cinco.
—Roric.
—Tres.
—Dos.
Roric abrió un ojo.
—Eres una persona horrible.
—Dos.
Roric volvió a cerrarlo.
—Los aprovecharé muchísimo.
Kaelen se sentó con cuidado.
Anjara se acercó.
—¿Cómo está el brazo?
—Roto.
—Eso todavía no lo sabemos.
—Mi cuerpo sí.
Anjara sonrió débilmente.
Kaelen la observó.
—¿Y tú?
—Puedo caminar.
—No era eso.
Anjara miró el bosque.
Malorin.
El lugar dentro de su mente.
El zorro.
Liam.
Aquel instante en que había dudado.
Su última sonrisa.
—No sé.
Kaelen asintió.
—Mejor.
No tuvieron dos minutos.
Un silbido atravesó el bosque.
Faela se puso en pie.
—Flechas.
Figuras surgieron entre los árboles.
Armaduras grises.
Acero.
Pequeños estandartes con el Grifo Negro.
Roric abrió los ojos.
—Por supuesto.
Geal contó.
—Treinta.
Kaelen observó los laterales.
—Más.
Faela preparó el arco.
—Cerca de cincuenta.
Roric consiguió ponerse en pie.
—¿Queréis seguir hasta que el número nos mate solo?
Los legionarios cerraron el círculo.
Un oficial avanzó.
—Armas al suelo.
Nadie obedeció.
El hombre vio a Alya.
Después a Anjara.
Sonrió.
—Las dos vivas.
Kaelen desenvainó una sola cimitarra.
Faela tensó una flecha.
Roric sacó las dagas.
Geal abrió la bolsa.
Anjara levantó la hoz.
Buscó dentro.
La luz.
Fáenor.
La respuesta de la Gema.
Nada.
No un vacío.
Agotamiento.
Su cuerpo simplemente no tenía más.
—No puedo —susurró.
Geal la oyó.
—No tienes que poder.
Se colocó a su lado.
Kaelen ocupó el otro.
Roric.
Faela.
Alya quedó detrás de ellos.
El oficial levantó la espada.
—Última oportunidad.
Anjara miró al Cadre.
Kaelen con un brazo inmovilizado.
Roric apenas en pie.
Geal ensangrentado.
Faela agotada.
Y ninguno retrocedió.
Anjara ajustó la mano alrededor de la hoz.
—No.
El oficial bajó la espada.
—Matad a los demás.
Los legionarios avanzaron.
Y el cielo rugió.
Todos levantaron la cabeza.
Una sombra gigantesca atravesó las copas.
Plumas oscuras.
Garras.
Alas.
Un Grifo cayó sobre el flanco de la Legión.
Hombres salieron despedidos.
Otra sombra cruzó el claro.
Después una tercera.
Los legionarios gritaron.
Del lomo del primer Grifo saltó una mujer.
Aterrizó con una rodilla en tierra.
Capa de viaje oscura.
Armadura de la Academia.
Cabello recogido bajo una cinta de cuero.
Anjara no la conocía.
Pero conocía el emblema de su hombro.
Academia Arcana.
La mujer desenvainó una espada corta.
—¡Al centro! —ordenó a los otros jinetes.
Los otros dos saltaron de sus monturas.
El oficial de la Legión reaccionó.
—¡Formación!
Demasiado tarde.
Los Grifos rompieron el círculo.
No desgarraron a los soldados indiscriminadamente.
Golpearon.
Separaron.
Abrieron espacio.
Los jinetes atacaron solo a quienes intentaban cerrar la formación.
Anjara entró en cuanto apareció una abertura.
No utilizó magia.
Hoz.
Cuerpo.
Lo que aún tenía.
Enganchó un arma.
Tiró.
Roric derribó a otro.
Kaelen combatía únicamente con la derecha.
Faela disparó desde el centro protegiendo a Alya.
Geal lanzó un pequeño recipiente al suelo.
Humo blanco.
—¡Ahora!
Los Grifos cargaron otra vez.
La formación se quebró.
—¡RETIRADA! —gritó alguien.
El oficial intentó detenerla.
La jinete llegó hasta él.
Dos movimientos.
Apartó su espada.
Le golpeó la muñeca.
Después el pecho.
El hombre cayó.
La mujer apoyó el filo contra su cuello.
—Vete.
El oficial la miró, desconcertado.
—¿Qué?
—Dile a Vorlag que Syltherion ya no es suyo.
El hombre dudó.
El Grifo abrió el pico detrás de ella.
El oficial se levantó.
Corrió.
Los supervivientes lo siguieron.
Nadie los persiguió.
El bosque quedó en silencio.
Solo lluvia.
Respiraciones.
El movimiento inquieto de tres Grifos.
La mujer envainó la espada.
Se volvió.
—Cadre Umbra.
Geal la observó.
—Sí.
—Entonces todavía no he perdido la mañana.
Anjara bajó la hoz.
—¿Quién eres?
—Thyra.
Señaló al Grifo mayor.
—Y antes de que alguien pregunte, él es Skyscream y no tiene paciencia.
El enorme animal resopló.
Roric lo miró.
—Ya tenemos algo en común.
Thyra vio a Alya.
Su expresión cambió.
No preguntó qué era.
Se agachó ligeramente.
—¿Cómo te llamas?
—Alya.
—Bien, Alya.
Después miró las heridas del grupo.
—Necesitáis salir de aquí.
Anjara dio un paso.
—¿Os envía Eldrin?
Thyra la observó.
—Nos envió antes de que el cerco se cerrara.
Anjara se quedó quieta.
—¿Qué cerco?
La jinete dejó de bromear.
—La Legión ha llegado a la Academia.
Geal palideció.
—¿Cuándo?
—Antes de lo previsto.
Anjara recordó los tambores bajo tierra.
Los hombres de Vorlag.
La maquinaria.
—¿Malakor?
Thyra asintió.
—Con el grueso del ejército.