CAPÍTULO 29 LO QUE QUEDA EN PIE
Anjara despertó con tierra en la boca.
Durante unos segundos no supo dónde estaba.
No había luz.
No había Corazón.
No había Malorin.
Solo un peso enorme sobre las piernas y un pitido agudo que ocupaba todo el interior de su cabeza.
Intentó respirar.
Polvo.
Tosió.
El dolor de las costillas regresó de golpe.
—¿Geal?
Nada.
—¿Kaelen?
Su propia voz sonó demasiado pequeña bajo toneladas de piedra.
Intentó mover una pierna.
Cedió apenas.
La otra también.
Lo que la aprisionaba no era una roca, sino un fragmento de raíz mineralizada. Pesaba lo suficiente para inmovilizarla, pero podía sentir los pies.
Eso era algo.
La Gema colgaba sobre su rostro.
Apagada.
Anjara la agarró.
—Ni se te ocurra.
No sabía si se lo decía a la piedra, a la Gema o a sí misma.
Empujó.
Nada.
—¡Roric!
Una tos respondió desde algún lugar a su izquierda.
Anjara dejó de respirar.
—¿Roric?
—Estoy empezando... a odiar... las cuevas.
El alivio estuvo a punto de convertirse en risa.
—¿Puedes moverte?
—Creo que sí.
Piedras desplazándose.
Otra tos.
—¿Tú?
—Atrapada.
—Claro.
—¿Qué significa eso?
—Que eres incapaz de hacer algo de manera sencilla.
—Ven aquí.
—Estoy en ello.
Una luz amarilla apareció entre el polvo.
Alquímica.
Geal emergió detrás de un muro de raíces rotas con media cara cubierta de sangre.
—No os mováis.
Roric apareció poco después.
—Eso habría sido más útil antes del derrumbe.
Geal ignoró el comentario y se arrodilló junto a Anjara.
—¿Sientes los pies?
—Sí.
—¿Dolor en la espalda?
—Todo me duele.
—Eso no responde.
—Nada especialmente nuevo.
Geal palpó con cuidado alrededor de la raíz.
—Bien.
Roric se agachó.
—Entre los dos la levantamos.
—No.
—¿Por qué?
Geal señaló hacia arriba.
El techo estaba atravesado por grietas.
Algunas lo bastante grandes para introducir una mano.
—Porque puede estar sosteniendo parte de eso.
Roric levantó la cabeza.
Después apartó las manos.
—Odio cuando tienes razón.
Geal estudió los laterales.
—Tenemos que elevarla. No arrastrarla.
Anjara miró alrededor.
—Mi hoz.
Roric la encontró medio enterrada.
El mango seguía entero.
La utilizaron como palanca con una piedra bajo el asta.
Geal se colocó junto a Roric.
—A la de tres.
—Uno.
—Dos.
—Tres.
Empujaron.
La raíz se levantó apenas.
Anjara arrastró una pierna.
Dolor.
—Otra vez.
Volvieron a hacer fuerza.
Liberó la segunda.
La estructura crujió.
Geal palideció.
—¡Fuera!
Rodaron.
La raíz cayó.
Parte del techo descendió detrás.
Una nube de polvo los envolvió.
Cuando Anjara pudo volver a respirar, intentó ponerse en pie.
Geal la detuvo.
—Despacio.
—Kaelen.
Él negó.
—No la he encontrado.
—Faela.
—Tampoco.
Anjara lo miró.
—Alya.
Geal no respondió.
Se puso en pie demasiado deprisa.
El mundo se inclinó.
Roric la sujetó.
—Despacio.
—Alya.
—Vamos a buscarla.
Anjara lo miró.
No había dicho estará bien.
No había prometido nada.
Simplemente iba con ella.
—Vamos.
La cámara del Corazón había dejado de existir.
Donde antes colgaba aquella masa de raíces y cristal había un derrumbe inmenso.
Madera seca.
Roca.
Restos de cristales.
Agua oscura filtrándose entre grietas.
La mayor parte de la bóveda había cedido.
Partículas negras flotaban en el aire.
Pero ya no se movían.
No buscaban piel.
No se adherían a la madera.
Cayeron sobre la mano de Anjara.
Ceniza.
Solo ceniza.
Geal se agachó junto a una raíz.
Raspó la superficie ennegrecida con una pequeña hoja.
Debajo apareció madera marrón.
—Se ha detenido.
Anjara siguió buscando.
—La corrupción.
—Su avance activo, al menos.
—Eso no significa que Syltherion esté curado.
—No.
Geal se incorporó.
—Pero Malorin ya no lo alimenta.
Anjara contempló las raíces.
Aquello debería haber parecido una victoria.
No lo hacía.
No mientras no supiera quién había sobrevivido para verla.
—¡KAELEN!
Su voz rebotó entre los escombros.
—¡FAELA!
Roric tomó aire.
—¡ALYA!
Nada.
Una piedra se movió.
Los tres se volvieron.
Silencio.
Entonces:
—Como volváis... a gritar así...
Una tos.
—...os mato yo misma.
Kaelen.
Roric salió corriendo.
La encontraron bajo una placa de corteza petrificada.
El brazo izquierdo estaba atrapado.
No formaba un ángulo imposible.
Pero bastó una mirada para saber que algo no estaba bien.
El rostro de Kaelen estaba empapado de sudor.
—No lo toquéis.
Geal se arrodilló.
—¿Puedes mover los dedos?
Kaelen lo intentó.
Dos respondieron bien.
Los otros apenas.
Geal presionó cerca de la muñeca.
—¿Esto?
—Sí.
Más arriba.
—¿Y aquí?
—Sí.
—Bien.
Kaelen lo miró.
—No tienes cara de que sea bueno.
—Podría ser peor.
—Siempre dices eso cuando algo es horrible.
Roric examinó la placa.
—¿Podemos liberarla?
—Sí.
Kaelen levantó una ceja.
—Demasiada seguridad.
—Porque el problema viene después.
Roric asintió.
—Ahí está nuestro Geal.
Necesitaron varios minutos.
Esta vez no improvisaron fuerza.
Buscaron apoyos.
Distribuyeron el peso.
Levantaron solo lo imprescindible.
Cuando liberaron el brazo, Kaelen no gritó.
Se quedó completamente blanca.
Anjara se arrodilló enseguida.
—Déjame verlo.
—Tú apenas puedes mantenerte sentada.
—Soy sanadora.
Aquello hizo que Kaelen dejara de protestar.
Anjara examinó el brazo junto a Geal.
Inflamación.
Dolor severo.
Movimiento limitado.
No había hueso atravesando piel.
—No voy a intentar recolocarlo aquí —dijo Anjara.
Kaelen apretó los dientes.
—¿Está roto?
—Es posible.
Geal preparó dos tablillas.
—Necesitamos inmovilizar.
Anjara asintió.
Trabajaron juntos.
Sin magia.
Sin intentar convertir una urgencia en una cura perfecta.
Cuando terminaron, el brazo quedó sujeto contra el pecho.
Kaelen miró el cabestrillo.
—Puedo combatir con la otra mano.
Geal negó.
—No.
—No te he preguntado.
—Y yo no necesito que lo hagas.
Kaelen lo miró.
Roric se inclinó hacia Anjara.
—Creo que acaba de ganarle.
—No se lo digas.
—Preferiría conservar la vida.
Anjara ya estaba mirando alrededor.
—Faela.
La expresión de Kaelen cambió.
—Estaba con Alya cuando empezó a caer el techo.
—¿Dónde?
Kaelen señaló hacia el este.
—Las vi correr hacia aquella salida.
Anjara echó a andar.
Encontraron sangre.
Muy poca.
Tres gotas sobre una raíz.
Después una huella.
Otra.
Pequeña.
Descalza.
—Alya.
Las siguieron.
La salida oriental estaba parcialmente sepultada.
Roric pasó primero.
Anjara detrás.
Al otro lado había una cámara estrecha.
Faela estaba apoyada contra la pared.
Alya permanecía entre sus brazos.
Vivas.
Anjara cerró los ojos.
Solo un segundo.
Después corrió.
—Alya.
La niña levantó la cabeza.
—Has tardado.
Anjara cayó de rodillas frente a ella.
—¿Estás herida?
—No.
—¿Segura?
—Sí.
Geal apareció detrás.
—Eso lo decido yo.
Alya frunció el ceño.
—Todo lo decides tú.
Geal asintió.
—Por fin alguien lo comprende.
Faela soltó una risa agotada.
Tenía un corte en la frente.
Nada profundo.
Anjara tomó la mano de Alya.
Caliente.
Real.
—¿Lo sientes?
Alya supo inmediatamente de qué hablaba.
Cerró los ojos.
Esperaron.
—Está cansado.
—¿Terragon?
Alya negó.
—El bosque.
Anjara miró a Faela.
—¿Sigue doliendo?
—Sí —respondió Alya.
La niña permaneció un momento más en silencio.
—Pero no igual.
—¿Cómo?
Alya tardó en encontrar la comparación.
—Como una herida cuando dejas de hacerle daño.
Anjara se quedó quieta.
—Sigue doliendo —continuó Alya—, pero ya puede empezar a cerrar.
Faela bajó la cabeza.
Sus hombros comenzaron a temblar.
Anjara apretó la mano de Alya.
No habían curado Syltherion.
No podían.
Habían detenido aquello que seguía abriendo la herida.
El resto llevaría tiempo.
Meses.
Años.
Quizá generaciones.
Aquello le pareció mucho más verdadero que cualquier milagro.
—¿Y Terragon?
Alya volvió a cerrar los ojos.
Esta vez tardó más.
—Duerme.
Geal exhaló.
—Bien.
—Pero nos sintió.
Anjara lo miró.
—¿Cuándo?
Alya señaló su pecho.
La Gema.
—Abajo.
Geal se quedó quieto.
—¿A Anjara?
Alya abrió los ojos.
—No sé.
Anjara agradeció la respuesta antes de que Geal pudiera convertirla en una teoría.
—¿Qué sabes?
—Que cuando estuvimos cerca...
Alya buscó las palabras.
—Algo muy grande supo que había alguien allí.
Anjara recordó las costillas mineralizadas.
El pulso.
Las inscripciones.
La luz corriendo bajo la piedra.
La Gema ardiendo.
Era una pieza.
Nada más.
—No sacamos conclusiones.
Geal la miró.
—No iba a...
Anjara levantó una ceja.
Geal guardó silencio.
Roric sonrió.
—Está aprendiendo a conocerte.
Antes de continuar, Geal revisó su equipo.
La bolsa había sobrevivido al derrumbe peor que él.
Dos frascos rotos.
Un cristal alquímico partido.
Vendas mojadas.
Uno de los compartimentos internos permanecía intacto.
Geal abrió apenas la solapa.
Debajo de tela tratada apareció el pequeño recipiente metálico que había utilizado para guardar el cristal extraído del árbol.
Seguía cerrado.
—Bien.
Anjara lo miró.
—¿Qué?
Geal comprobó el cierre.
—El cristal del árbol.
Roric frunció el ceño.
—¿Seguimos cargando eso?
—De momento.
Anjara se puso seria.
—No es la astilla del Vacío.
—No —respondió Geal inmediatamente—. Esa sigue aislada en Arboris. Esto procede del árbol que liberamos en el camino. No sabemos si comparte origen, pero no es la misma muestra.
Guardó el recipiente.
—Y pienso mantenerlo sellado hasta que podamos estudiarlo en condiciones.
Kaelen lo miró.
—Una frase sorprendentemente sensata.
—Estoy herido, no transformado.
La ruta de regreso había desaparecido.
La escalera mineralizada estaba sepultada.
La antigua Vía de los Brotes también.
Faela examinó las raíces.
—Hay otra salida.
Kaelen la miró.
—¿La conoces?
—No.
Roric se dejó caer contra una pared.
—Excelente.
Faela apoyó ambas manos en la madera.
Cerró los ojos.
Habló en Thal'nael.
Anjara no entendió las palabras.
Sí entendió la intención.
No estaba ordenando.
Pedía.
La raíz no respondió.
Faela volvió a intentarlo.
Nada.
—Está demasiado herido.
Alya se acercó.
—No.
Faela abrió los ojos.
—¿Qué?
La niña puso una mano junto a la suya.
—Está cansado.
—Alya...
—Juntas.
Faela dudó.
Después asintió.
Cerraron los ojos.
Anjara permaneció detrás.
No intervino.
No todo necesitaba su Gema.
No todo necesitaba que ella hiciera algo.
La madera vibró.
Muy despacio, una raíz se separó de otra.
Primero una grieta.
Después una abertura.
Aire.
Frío.
Húmedo.
Con olor a hojas.