El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 28 EL CORAZÓN DEL SILENCIO #3
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CAPÍTULO 28 EL CORAZÓN DEL SILENCIO #3

La energía que había recorrido las raíces durante meses desaparecía.

Y muy abajo...

Terragon se movió.

Anjara se quedó helada.

—¿Lo hemos despertado?

Alya levantó la cabeza desde los brazos de Faela.

Cerró los ojos.

La montaña tembló.

Un pulso inmenso recorrió la piedra.

Después...

quietud.

Alya abrió los ojos.

—No.

Anjara apenas pudo respirar.

—¿Entonces?

La niña escuchó.

—Se vuelve a dormir.

Geal empujó a Anjara hacia el corredor.

—Magnífico. Podemos admirarlo cuando no estemos dentro de una montaña que se derrumba.

Corrieron.

Kaelen iba delante pese al dolor, abriendo camino entre raíces desprendidas.

Roric sostenía a Anjara cada vez que las piernas le fallaban.

Geal mantenía la bolsa pegada al pecho.

Faela cargaba con Alya.

Detrás, el Corazón terminó de colapsar.

La onda los alcanzó sobre la escalera mineralizada.

El suelo desapareció.

Anjara sintió que Roric perdía su mano.

Alguien gritó.

La Gema golpeó contra su pecho.

Después...

oscuridad.

Muy lejos de Syltherion, todas las almenaras de la Academia Arcana se encendieron a la vez.

No era una celebración.

Era la señal que nadie quería ver.

Ejército a la vista.

Vitor estaba en el Crisol cuando sonó la primera trompa.

Borin dejó de gritar órdenes.

Los alumnos levantaron la cabeza.

Desde la muralla llegó una voz.

—¡SUR!

Vitor corrió.

Subió los escalones de dos en dos.

Alcanzó las almenas.

Y vio el horizonte.

La nieve se estaba convirtiendo en barro en la llanura.

Sobre ella avanzaba una línea negra.

No parecía un ejército.

Parecía una frontera nueva trazada sobre el mundo.

Estandartes.

Caballería.

Infantería.

Máquinas de asedio.

Miles.

Detrás de la primera línea avanzaban cuatro carros cubiertos por hierro.

Incluso desde aquella distancia, Vitor distinguía luz violeta escapando entre las placas.

Eldrin apareció a su lado.

No preguntó cuántos.

No hacía falta.

—Han llegado antes —dijo Vitor.

—Sí.

—Tres días.

—Malakor nunca pensó concedernos cinco.

Abajo, la Academia cambió.

Las puertas exteriores se cerraron.

Las cadenas de los puentes se tensaron.

Los últimos alumnos que transportaban suministros corrieron hacia el interior.

Los sanadores sacaron camillas.

Arqueros ocuparon las almenas.

En el patio, el cocinero de los carros de harina empujaba uno vacío hacia una barricada.

Vitor lo vio.

El hombre levantó la cabeza.

—¡ME LO DEBES!

Vitor casi se rio.

—¡SI SObrEVIVE!

—¡MÁS TE VALE!

Eldrin lo miró.

—¿Preparado?

Vitor volvió los ojos hacia el ejército.

No.

Esa era la respuesta.

No estaba preparado.

Ninguno lo estaba.

Y fingir lo contrario no iba a mejorar las murallas.

Pensó en los alumnos.

En los que ya habían evacuado.

En quienes permanecían allí porque habían elegido quedarse.

En Borin.

En Sera.

En Eldrin.

Después, inevitablemente, en el Cadre.

Kaelen.

Geal.

Roric.

Faela.

Anjara.

No sabía dónde estaban.

No sabía si seguían vivos.

No podía hacer nada por ellos desde aquella muralla.

Eso no convertía en menos importantes a quienes tenía delante.

Vitor desenvainó.

—Sí.

Una figura a caballo se adelantó desde el ejército enemigo.

Capa negra.

Armadura oscura.

Sin prisa.

Lord Malakor.

No estaba lo bastante cerca para verle el rostro.

No importaba.

Malakor levantó una mano.

Los tambores comenzaron.

Una línea.

Otra.

Miles de golpes sincronizados.

Vitor miró a los defensores.

Veteranos.

Maestros.

Acólitos.

Alumnos que apenas habían completado su primer año.

Había miedo.

Bien.

El miedo significaba que todavía comprendían lo que podían perder.

Vitor alzó la voz.

—¡ESCUCHADME!

El Crisol quedó en silencio.

—No voy a deciros que estos muros no pueden caer.

Algunas miradas se alzaron.

—Porque pueden.

Borin lo observó desde abajo.

Eldrin permaneció junto a él.

—Tampoco voy a prometeros que todos veremos mañana.

Nadie habló.

—Porque no lo sé.

Vitor señaló la llanura.

—Pero ellos tampoco saben cuánto va a costarles llegar hasta nosotros.

Una espada se levantó.

Después otra.

—Cada minuto que pasen frente a estos muros es un minuto que alguien tendrá para escapar.

Más armas.

—Cada soldado que caiga aquí es uno que no llegará a otra aldea.

Más.

—Y cada puerta que quieran cruzar...

Vitor golpeó la piedra con la espada.

—...la van a pagar.

Los tambores enemigos se detuvieron.

Un sonido mecánico recorrió la llanura.

Las cubiertas de hierro de los cuatro carros comenzaron a abrirse.

Eldrin palideció.

Vitor lo vio.

—¿Qué?

El anciano contemplaba el brillo violeta.

—No son catapultas.

—¿Entonces?

Eldrin tardó demasiado en responder.

—Algo construido para apagar magia.

Los mecanismos enemigos se elevaron.

Vitor observó las runas de las murallas.

Aquellas defensas llevaban allí mucho más que cualquiera de ellos.

Malakor bajó la mano.

Las cuatro máquinas dispararon.

Proyectiles violetas cruzaron el cielo.

Vitor siguió sus trayectorias.

—¡CUBIERTA!

El primer impacto alcanzó la muralla exterior.

No hubo fuego.

Ni explosión.

Hubo silencio.

Las runas defensivas se apagaron en una sección completa.

La piedra se agrietó.

El suelo tembló bajo las botas de Vitor.

El segundo proyectil ya estaba en el aire.

Y la batalla por la Academia Arcana comenzó.