El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 28 EL CORAZÓN DEL SILENCIO #2
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CAPÍTULO 28 EL CORAZÓN DEL SILENCIO #2

—No entiendo por qué decidiste que tenías derecho a imponérselo a todos.

La sonrisa murió.

Liam desapareció.

El bosque cambió.

Lumenvalle.

Una mañana cualquiera.

Liam corría delante de la casa con su espada de madera.

Tropezó.

Cayó.

Se levantó riendo.

Elara amasaba pan dentro.

Kael reparaba una bisagra mientras Liam le hacía preguntas sin esperar las respuestas.

Una noche de invierno junto al fuego.

Una discusión.

Otra mañana.

Una reconciliación.

La mano de Liam dentro de la suya.

Después otros recuerdos.

Geal hablando demasiado de minerales mientras nadie le prestaba tanta atención como él creía.

Roric negando haber robado comida con la boca llena.

Kaelen sentándose a su lado sin preguntar nada.

Faela riéndose de algo que Anjara ya ni recordaba.

El Crisol.

La Academia.

Vitor corrigiendo a un alumno con tal severidad que parecía odiarlo mientras recolocaba personalmente su pierna para impedir que se destrozara la rodilla.

El pequeño instante en que Anjara se había reído entrenando.

Y después había sentido culpa por hacerlo.

No era una respuesta limpia.

Ahí estaba precisamente la respuesta.

—Tú ves el dolor —dijo Anjara.

Malorin observó las imágenes.

—Porque está ahí.

—Yo también.

Anjara se levantó.

—Vi morir a mi hermano.

Liam desapareció.

—Vi a mi madre consumirse.

Elara se desvaneció.

—He odiado a personas que no lo merecían. He tenido miedo. He querido no sentir nada.

Una luz apareció entre los árboles.

No de la Gema.

Amanecer.

Un amanecer corriente.

Malorin lo contempló como si aquello lo ofendiera.

—Entonces deberías comprender.

—Te comprendo.

Anjara avanzó.

—Ese es tu problema.

El rostro de Malorin se endureció.

—No.

—Sentías demasiado.

—Cállate.

—Y no sabías cómo vivir con ello.

—Cállate.

—Así que decidiste que nadie debía tener que hacerlo.

Las raíces comenzaron a temblar.

—¡CÁLLATE!

El bosque explotó.

Una ola negra golpeó a Anjara.

Cayó.

Dolor.

No uno.

Miles.

Los prisioneros conectados al circuito.

La raíz muerta.

El cervatillo.

El santuario.

Aldeas vacías.

Todo el daño que Malorin había provocado intentando terminar con el daño.

Y debajo...

Terragon.

Aquello era distinto.

Más antiguo.

Más lento.

Una herida tan inmensa que Anjara no podía comprenderla entera.

Una agonía comprimida dentro de un sueño interminable.

Anjara gritó.

Malorin apareció sobre ella.

—¿Ahora lo entiendes?

Terragon.

Dormido.

Herido.

Una conciencia inconmensurable bajo la piedra.

—Eso es vuestro equilibrio.

Malorin extendió una mano.

—Yo puedo terminarlo.

Anjara miró aquella mano.

Y comprendió algo.

Malorin no quería gobernar.

No buscaba un reino.

Ni adoración.

Ni siquiera quería sobrevivir al resultado de sus propios actos.

Quería que terminara todo.

También él.

Anjara levantó los ojos.

—Tú quieres morir.

Malorin quedó inmóvil.

Todo el bosque pareció contener el aliento.

Anjara se puso en pie.

—Por eso nunca es suficiente.

—No.

—No intentas salvar Syltherion.

—Sí.

—Intentas que Syltherion deje de recordarte cómo te sientes.

—NO.

El cielo violeta se agrietó.

Anjara lo miró.

Ya no vio al Sembrador.

Vio a alguien que había empezado queriendo curar algo que no podía curar.

Y que había decidido convertir su incapacidad en una verdad universal.

—No encontraste una cura.

Malorin tembló.

—Encontraste una manera de no escuchar.

Algo ocurrió.

Una hoja brotó de uno de los árboles muertos.

Verde.

Malorin la miró.

Horror auténtico.

—Quítala.

Anjara no hizo nada.

Apareció otra.

Después otra.

—Quítalas.

Un insecto caminó por la corteza.

Agua empezó a moverse en una corriente.

Anjara comprendió.

—No lo estoy haciendo yo.

Malorin miró alrededor.

—No.

—Está dentro de ti.

—NO.

—Lo recuerdas.

Más hojas.

No porque Anjara estuviera sanando aquel lugar.

No sabía cómo.

Era la memoria de Malorin.

Su mente conservaba Syltherion tal y como había sido antes de que decidiera que vivir era una enfermedad.

La oscuridad intentó cubrirlo todo.

Anjara sintió la presión.

Podía combatirla.

Intentar imponer su luz.

Vaciarse.

Perder.

Entonces recordó las raíces.

El árbol controlado por el cristal.

Los prisioneros.

Súlion.

No destruir el sistema.

Separar aquello que lo estaba obligando a hacerse daño.

Miró a Malorin.

Las raíces negras convergían en él.

Pero no nacían de él.

Entraban.

Atravesaban su forma.

Y todas se perdían en una grieta violeta detrás de su pecho.

El Corazón.

Anjara comprendió.

No tenía que vencer aquella mente.

Tenía que romper el vínculo que la sostenía.

—¿Qué haces? —preguntó Malorin.

Anjara agarró una raíz.

Dolor.

La soltó por reflejo.

Malorin sonrió.

—No puedes.

Anjara volvió a cogerla.

El dolor llegó otra vez.

Esta vez mantuvo la mano.

—Probablemente no.

Tiró.

La raíz se tensó.

Malorin gritó.

El paisaje parpadeó.

Durante un instante apareció la cámara real.

Kaelen luchando entre raíces.

Geal junto a Alya.

Faela gritando.

Roric intentando llegar hasta Anjara.

Y su propio cuerpo.

La mano derecha hundida entre las placas de corteza que cubrían el pecho de Malorin.

Después el bosque regresó.

La raíz seguía entre sus manos.

Su cuerpo había encontrado la conexión antes que su mente.

—¡SUÉLTAME!

—No.

—¡NOS MATARÁS A LOS DOS!

Anjara lo miró.

—Entonces ayúdame.

Malorin se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Desconéctate.

—No puedo.

—Sí puedes.

—¡NO QUIERO!

Anjara dejó de tirar.

Ahí estaba.

No una revelación cósmica.

Una elección.

—Entonces no me pidas que llame misericordia a lo que haces.

Tiró.

La primera raíz se rompió.

Malorin gritó.

En algún lugar del mundo real algo estalló.

Anjara notó sangre en la boca.

Continuó.

Segunda raíz.

No podía arrancarlas todas por fuerza.

Eran demasiadas.

Cerró los ojos.

Súlion.

No como una palabra capaz de resolverlo todo.

Como una intención que ya había aprendido.

Calmar.

Separar.

Permitir que lo vivo dejara de combatir contra sí mismo.

—Súlion.

No ocurrió nada.

Malorin rio entre jadeos.

—Una palabra no va a salvarte.

—Lo sé.

Anjara respiró.

No pensó en destruir corrupción.

Pensó en una raíz enferma.

En la Vía Silvana.

En contener una infección durante unos minutos.

En el árbol del cristal.

En retirar una espina antes de intentar cerrar una herida.

No quemar.

Separar.

La Gema se calentó.

No ardió.

Respondió.

Un hilo verde apareció sobre la raíz.

Malorin dejó de reír.

—No.

La luz avanzó lentamente.

Cuando encontraba negro, no lo consumía.

Marcaba un límite.

Malorin retrocedió.

—No sabes qué estás haciendo.

—No.

Anjara abrió los ojos.

—Pero sé qué no voy a hacer.

La segunda conexión cedió.

El cielo se fracturó.

La tercera era más gruesa.

Anjara la agarró.

El dolor casi la derribó.

Kael.

Elara.

Liam.

Todos aparecieron.

No como fantasmas.

Como heridas.

Malorin intentó utilizarlos.

—Míralos.

Anjara miró.

—Ya lo hago.

—Te dejaron.

—Sí.

—Te ocultaron cosas.

—Sí.

—Murieron.

Las lágrimas aparecieron.

—Sí.

Malorin se acercó.

—Entonces déjalos ir.

Anjara negó.

—No.

—¿Por qué?

Anjara tiró de la raíz.

—Porque recordar que dolió no significa que desee que nunca hubiera ocurrido.

La conexión se rompió.

Malorin cayó de rodillas.

El bosque perdió color.

Solo quedaba una.

La más grande.

Entraba directamente en su pecho.

Malorin la miró.

—Si cortas esa...

—Lo sé.

—No sabes qué pasará.

—Tú tampoco.

El Sylvaris respiró.

Ya no parecía monstruoso.

Parecía agotado.

Terriblemente agotado.

—No quiero volver a escucharlo.

Anjara lo miró.

No sintió odio.

Tampoco perdón.

—Entonces no escuches solo.

Malorin levantó los ojos.

Por un instante dudó.

Solo un instante.

Pero existió.

Anjara vio al hombre que había sido.

El Cantor.

El sanador arrodillado junto al zorro.

Alguien que quizá, mucho tiempo atrás, podría haber elegido otra cosa.

Entonces la oscuridad volvió a trepar por su cuerpo.

La última raíz se tensó.

Malorin había elegido.

Anjara no podía elegir por él.

Agarró la conexión.

—Lo siento.

Malorin sonrió.

Pequeño.

Humano.

—Eso sí se te parece.

Anjara tiró.

La raíz se rompió.

Volvió a su cuerpo gritando.

Ruido.

Sangre.

Podredumbre.

La mano derecha estaba hundida entre las placas de corteza del pecho de Malorin.

No atravesaba carne.

Sujetaba una masa de raíces negras.

Luz verde recorría sus dedos.

Malorin la miraba.

Sus ojos ya no eran enteramente negros.

Por un instante recuperaron el avellana pálido que Anjara había visto dentro de su mente.

—Silencio... —susurró.

Anjara no supo si era una petición.

O un miedo.

La conexión cedió.

El Corazón se detuvo.

BUM.

Nada.

Malorin abrió la boca.

Las raíces que deformaban su cuerpo comenzaron a secarse.

—¡ANJARA! —rugió Geal.

Ella soltó.

Malorin cayó.

El Corazón se contrajo.

Una grieta lo atravesó.

Después otra.

—¡Tenemos que salir! —gritó Kaelen.

Alya estaba en brazos de Faela.

Consciente.

Débil.

Viva.

Roric corrió hacia Anjara.

—¡Muévete!

Ella miró a Malorin.

El Sylvaris yacía entre raíces secas.

No quedaba el Sembrador.

Solo un hombre.

Durante un segundo sus miradas se encontraron.

Malorin movió los labios.

Anjara no oyó nada.

Quizá no dijo nada.

Una roca cayó entre ambos.

—¡ANJARA!

Roric la agarró.

La cámara empezó a colapsar.

El Corazón de la Carroña se pudría a una velocidad imposible.

Los cristales reventaban uno tras otro.