El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 28 EL CORAZÓN DEL SILENCIO
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CAPÍTULO 28 EL CORAZÓN DEL SILENCIO

La montaña volvió a moverse.

No fue un terremoto.

Todavía no.

Fue algo más inquietante.

Una contracción.

Como si, muy por debajo de ellos, algo demasiado grande para pertenecer al mundo hubiera intentado mover un músculo después de miles de años inmóvil.

Las raíces que sostenían el Corazón de la Carroña se tensaron.

La caverna gimió.

Polvo y fragmentos de cristal cayeron desde el techo.

Alya gritó.

Faela la cubrió con el cuerpo.

—¡Está despertando!

Geal miró hacia el suelo.

—No.

Anjara se volvió.

—¿Qué?

Otra sacudida.

Más fuerte.

El Drakthar tuvo que apoyarse en una raíz.

—Terragon no está despertando.

Roric consiguió incorporarse.

—Estoy dispuesto a escuchar la diferencia.

—Está reaccionando.

—Eso no me parece mucho mejor.

Geal miró hacia las profundidades.

—Si despertara de verdad, probablemente no tendríamos tiempo para discutirlo.

Malorin levantó los brazos.

Aquello que había sido un Sylvaris apenas conservaba forma humana.

Corteza ennegrecida cubría medio torso. Raíces salían de sus hombros y espalda para unirse directamente con el Corazón. Cristales violetas habían brotado entre sus costillas y pulsaban al mismo ritmo que aquella masa suspendida.

Pero sus ojos seguían conscientes.

Eso era lo peor.

No había desaparecido dentro de la corrupción.

Había elegido permanecer.

—¿Lo sentís? —preguntó.

Su voz salió de él y de las raíces al mismo tiempo.

—Incluso dormido sufre.

Faela apuntó con el arco.

—Tú le estás haciendo sufrir.

—No.

Malorin volvió la mirada hacia ella.

—Yo solo he retirado parte de la venda.

La montaña volvió a estremecerse.

—Terragon lleva generaciones incontables soñando con la misma herida. Aquellos que no pudieron curarlo lo sellaron. Lo durmieron. Y después llamaron equilibrio a no tener que escuchar sus gritos.

Anjara avanzó.

—Entonces déjalo dormir.

Malorin sonrió.

—Eso es lo que siempre hacéis.

—¿Qué?

—Contener. Sellar. Esconder. Retrasar.

Sus ojos descendieron hasta la Gema.

—Tu madre hizo exactamente lo mismo.

Anjara se detuvo.

No porque hubiese creído la provocación.

Porque conocía aquella estrategia.

Una verdad ofrecida demasiado deprisa.

Una herida utilizada como anzuelo.

—No hables de ella.

—¿Por qué? Tú tampoco conocías toda su verdad.

—Y tú no vas a contármela.

Malorin inclinó la cabeza.

Anjara sostuvo su mirada.

—Todos los que quieren utilizarme empiezan igual. Dicen saber algo sobre mis padres y esperan que deje de hacer preguntas.

El rostro del Sembrador cambió apenas.

—Has aprendido.

—Sí.

Anjara levantó la hoz.

—A desconfiar de cualquiera que necesite que crea demasiado rápido.

Malorin extendió una mano.

El suelo se abrió.

Anjara saltó hacia un lado.

Una raíz negra surgió donde había estado.

Kaelen cortó otra que buscaba a Faela.

—¡Roric, Alya!

Roric corrió hasta la niña.

—Ven.

Alya negó.

—No puedo.

—Eso lo discutimos mientras nos alejamos.

—¡Roric!

—¿Qué?

Alya señaló sus pies.

Las runas se encendían bajo ella cada vez que intentaba separarse del lugar donde había caído.

Geal se acercó.

—No tires.

Roric la soltó inmediatamente.

—¿Está atrapada?

—Vinculada.

—¿Puedes romperlo?

Geal miró las líneas.

—Sí.

Roric lo observó.

—Ese «sí» ha tardado demasiado.

—Porque no he dicho que pueda hacerlo sin dañarla.

Anjara giró.

—Entonces no haces nada hasta saberlo.

—Eso estaba pensando.

Una raíz barrió la cámara.

Kaelen empujó a Geal.

Roric se lanzó sobre Alya.

Faela rodó.

Anjara no tuvo espacio.

Levantó la hoz.

El impacto casi se la arrancó de las manos.

Salió despedida.

La espalda golpeó la roca.

El aire desapareció de sus pulmones.

Malorin descendió un peldaño.

—No quiero matarte, Anjara.

Ella consiguió incorporarse sobre una rodilla.

—Qué considerado.

—Te necesito viva.

—Eso no mejora la frase.

Malorin pareció pensarlo.

—No.

Una sombra de aquella antigua tristeza cruzó su rostro.

—Supongo que no.

Kaelen cargó.

Las dos cimitarras golpearon la corteza que cubría una pierna de Malorin.

Una penetró.

Savia negra salpicó la piedra.

El Sembrador no gritó.

Kaelen sí.

Una raíz surgió de la espalda de Malorin y la golpeó en el costado.

La guerrera salió despedida.

—¡KAELEN!

Roric corrió hacia ella.

—Estoy bien —gruñó Kaelen.

Intentó incorporarse.

No pudo.

Roric la miró.

—Ha sido muy convincente.

—Cállate y levántame.

Faela disparó tres veces.

Malorin desvió dos flechas.

La tercera se hundió en su hombro.

Por primera vez el dolor atravesó su rostro.

No mucho.

Pero existió.

—Faela.

Ella ya tenía otra flecha preparada.

—No pronuncies mi nombre como si aún tuvieras derecho.

Malorin arrancó la flecha.

—Tú deberías entenderme mejor que nadie.

—Te entendí.

Faela tensó la cuerda.

—Ese es precisamente el motivo por el que te odio.

Disparó.

Malorin apartó el cuerpo.

La flecha falló.

Y se clavó en una de las raíces que lo conectaban con el Corazón.

El efecto fue inmediato.

BUM.

El siguiente latido no llegó.

Un vacío.

Después:

BUM.

Irregular.

Malorin giró.

Geal levantó la cabeza.

—Las conexiones.

Anjara consiguió ponerse en pie.

—¿Qué pasa con ellas?

Geal señaló las raíces que unían el cuerpo del Sembrador con el Corazón.

—No está absorbiendo energía sin más. Está sincronizado con el sistema.

—¿Las cortamos?

—Todas a la vez podría liberar la carga.

—Una.

—Compensaría.

—Dos.

—También podría...

—Geal.

Él la miró.

Anjara señaló las raíces.

—¿Qué necesitamos?

Geal respiró.

Observó los pulsos.

Cinco conexiones principales.

Cuatro visibles.

Una desaparecía bajo las placas de corteza de la espalda de Malorin.

—Romper la sincronía.

Anjara apretó los dientes.

—Eso sigue sin ser un plan.

—¡Estoy trabajando en él!

Malorin abrió ambos brazos.

Un zumbido grave llenó la cámara.

Alya se dobló.

—¡No!

Faela la sostuvo.

—¿Qué ocurre?

La niña se golpeó el pecho.

—Me busca.

—¿Quién?

—Él.

Anjara sintió la Gema calentarse.

Presión detrás de los ojos.

No exactamente dolor.

Una invitación.

Una abertura.

Malorin la miró.

—Ven.

—No.

—Ya has venido.

El mundo desapareció durante un instante.

Bosque.

Árboles negros.

Agua inmóvil.

Silencio.

La caverna regresó.

Anjara cayó sobre una mano.

—¡Anjara! —gritó Geal.

—Estoy...

Otra pulsación.

Bosque.

Esta vez vio a Malorin.

No deformado.

Sylvaris.

Sentado junto a un estanque oscuro.

Regresó.

Jadeó.

—Está intentando meterme en su mente.

Geal palideció.

—No entres.

Anjara lo miró.

—No es que esté llamando a una puerta.

Malorin sonrió.

—Siempre tan segura de que existe una diferencia entre entrar y escuchar.

Otra pulsación atravesó la Gema.

Anjara gritó.

Kaelen intentó llegar.

Una raíz la bloqueó.

Faela disparó.

Roric lanzó una daga.

Geal gritó algo.

Todo se estiró.

Se rompió.

Y Anjara abrió los ojos.

Estaba sola.

No había estrellas.

Ni sol.

Una bóveda violeta cubría el cielo, atravesada por grietas negras.

Syltherion seguía allí.

O algo construido con su recuerdo.

Árboles altísimos sin hojas.

Corteza gris.

Raíces sobre el suelo como dedos.

Savia negra.

No había pájaros.

Ni insectos.

Ni viento.

Solo silencio.

Anjara miró sus manos.

Las suyas.

No llevaba la hoz.

La Gema sí permanecía sobre su pecho.

—Mucho mejor.

Malorin estaba a pocos pasos.

Humano.

No.

Sylvaris.

Como había sido antes.

Piel clara.

Cabello plateado.

Ojos avellana muy pálidos.

Parecía cansado.

Joven y viejo al mismo tiempo.

No parecía un monstruo.

Eso lo hacía peor.

—Sácame.

—Puedes marcharte cuando quieras.

Anjara miró el bosque muerto.

—Mentira.

—No exactamente.

Malorin caminó hasta un árbol.

—Solo tienes que dejar de escuchar.

—No sé qué significa eso.

—Sí.

Apoyó la palma contra la corteza.

El paisaje cambió.

Un zorro yacía entre helechos.

Una pata destrozada.

Respiraba con rapidez.

Un Malorin mucho más joven estaba arrodillado a su lado.

Sus manos temblaban.

Una luz verde recorría el cuerpo del animal.

—Vamos —susurraba—. Vamos...

El zorro chilló.

Anjara recibió el dolor.

No lo observó.

Lo sintió.

Hueso fracturado.

Miedo.

Pulmones agotados.

Hambre.

La confusión simple de un animal incapaz de entender por qué aquello le estaba ocurriendo.

Anjara retrocedió.

—Basta.

Malorin no la miró.

—No podía salvarlo.

El zorro murió.

El dolor desapareció.

El joven Sylvaris permaneció con las manos sobre el cuerpo.

Llorando.

El bosque cambió.

Una rama arrancada durante una tormenta.

Dolor.

Un ciervo abatido por lobos.

Dolor.

Un pájaro cayendo de un nido.

Dolor.

Un árbol consumido lentamente por hongos.

Dolor.

Un niño Sylvaris ardiendo de fiebre mientras varios Cantores intentaban mantenerlo con vida.

Una madre llorando.

Dolor.

Demasiado.

Anjara se tapó los oídos.

No sirvió.

—¡BASTA!

Todo desapareció.

Malorin estaba frente a ella.

Lloraba.

Lágrimas normales.

—Yo lo oía.

Anjara respiraba con dificultad.

—No todo Syltherion.

—No al principio.

—Entonces deja de hablar como si hubieras nacido condenado a esto.

Malorin la miró.

—¿Crees que importa cuándo empezó?

El bosque regresó.

Miles de sensaciones.

Raíces buscando agua.

Animales muriendo.

Cortezas heridas.

Nidos destruidos.

Crías naciendo.

Crías muriendo.

Hambre.

Enfermedad.

Anjara cayó de rodillas.

—¡Basta!

Malorin se agachó.

—Esto es la vida que defiendes.

Anjara apretó los ojos.

—Sí.

—Entonces mírala.

La obligó.

No con manos.

Con el vínculo.

Un animal devorado vivo.

Un anciano respirando por última vez.

Una cría empujando el cuerpo de una madre que ya no podía levantarse.

Anjara quiso cerrar aquello.

Quiso no sentir.

Entonces apareció Liam.

No porque Malorin lo llamara.

Porque ella lo hizo.

Nieve.

Sangre.

El peso de su hermano.

Diez años.

Demasiado pequeño.

—Anjara.

Ella tembló.

Malorin habló detrás.

—Habría sido más fácil si no hubieras sentido nada.

Anjara miró a Liam.

—Sí.

El silencio cambió.

Malorin no esperaba aquella respuesta.

Anjara se arrodilló frente al recuerdo.

Sabía que no era Liam.

Pero la memoria sí era suya.

Acarició su cabello.

—Habría sido muchísimo más fácil.

Los días posteriores.

Las cenizas.

La culpa.

Noches deseando dormir sin soñar.

Mañanas deseando no despertar.

—Entonces entiendes —dijo Malorin.

Anjara bajó la mirada.

—Entiendo por qué lo quisiste.

La sonrisa regresó a él.

Pequeña.

Casi aliviada.

—Por fin.

Anjara levantó los ojos.