CAPÍTULO 27 EL CAMINO QUE NO DEBÍA EXISTIR #3
—Un cervatillo naciendo con una pata que nunca podrá sostenerlo. Un árbol agonizando durante treinta años. Una madre que entierra a su hijo. Raíces estrangulándose por agua. Animales comiéndose vivos unos a otros porque tienen hambre.
Faela sostuvo el arco.
—Eso es la vida.
Malorin la miró.
—Precisamente.
El Corazón latió.
—Vosotros aceptáis el sufrimiento porque está unido a todo lo demás.
Anjara apretó la hoz.
—No.
Malorin volvió los ojos hacia ella.
—¿No?
—Lo aceptamos porque existe.
Ella miró a Alya.
—Y después intentamos aliviarlo sin destruir a quien lo siente.
Malorin permaneció inmóvil.
Anjara continuó:
—Tú no curas.
—Otra vez esa palabra.
—Porque sigue siendo la correcta.
Malorin señaló las raíces.
—He visto a sanadores mantener respirando cuerpos que rogaban terminar. He visto Cantores sostener árboles cuya savia ya estaba negra. He visto pueblos reconstruir casas para que sus hijos murieran en la siguiente guerra.
Se acercó a la barrera.
—¿Cuánto dolor hace falta antes de que tu palabra deje de ser misericordia?
Anjara recordó a los prisioneros.
A Faela.
A Kaelen diciendo que conservar un latido no siempre significaba salvar.
Malorin lo vio en su rostro.
—Ahí está.
Anjara lo miró.
—¿Qué?
—La duda.
El Sembrador sonrió.
—Eso era lo único que necesitaba que entendieras.
Anjara se levantó.
—No.
—Lo has visto.
—Sí.
Malorin esperó.
—He visto que a veces no sé cómo salvar a alguien.
Su voz salió más firme.
—Eso no convierte tu respuesta en correcta.
La sonrisa de Malorin desapareció.
—Llegarás.
—Quizá.
Anjara sostuvo su mirada.
—Pero no voy a llegar convirtiéndome en ti.
Por primera vez, Malorin pareció enfadarse.
Muy poco.
Suficiente.
Movió dos dedos.
El suelo explotó.
Dos cuerpos emergieron del fango.
Madera podrida.
Carne ennegrecida.
Placas de corteza.
Dos cristales violetas incrustados en el pecho de cada uno.
Geal maldijo.
—Dos núcleos.
Kaelen hizo girar las cimitarras.
—¿Malo?
—Mucho.
Roric desenvainó.
—Algún día podrías decir que algo es sencillo.
—Cuando lo sea.
Los Golems cargaron.
—¡SEPARAOS! —ordenó Anjara.
El primero atacó a Kaelen.
El choque lanzó a la guerrera varios pasos hacia atrás.
El segundo fue hacia Anjara.
Ella rodó.
El puño golpeó la roca.
La quebró.
Anjara atacó una articulación.
La hoz mordió madera.
No suficiente.
—¡Faela!
Una flecha cruzó la cámara.
Golpeó uno de los cristales.
Se agrietó.
—¡NO! —gritó Geal.
El segundo núcleo se iluminó.
El Golem se irguió.
Más rápido.
El siguiente golpe alcanzó a Anjara en el costado.
Chocó contra una raíz.
El aire abandonó sus pulmones.
—¡ANJARA! —gritó Alya.
Anjara intentó incorporarse.
El Corazón latía más deprisa.
Geal observó los Golems.
—Los núcleos se compensan.
Roric esquivó un brazo.
—¡Tradúcelo!
—¡Si rompes uno, el otro absorbe su carga!
Kaelen bloqueó otro golpe.
—¡Entonces los dos a la vez!
—¡Exacto!
Roric miró los cuatro cristales.
—Claro. Facilísimo.
Anjara consiguió levantarse.
Sangre en la boca.
Dolor en las costillas.
El hombro.
El costado.
Demasiadas cosas.
Cuatro núcleos.
Dos Golems.
Alya.
Malorin.
El Corazón.
No podía resolverlo todo a la vez.
Una idea aprendida en el Crisol acudió sin necesidad de recordar la voz de quien se la había enseñado.
No mires el combate entero.
Encuentra el problema que puedes resolver.
—Geal.
—¡Estoy ocupado!
—¿Puedes romper los cuatro a la vez?
Él lanzó un frasco contra uno de los Golems.
La criatura retrocedió.
—¡En teoría!
—¿Qué necesitas?
—¡Que estén juntos!
Anjara miró a Kaelen.
La guerrera comprendió.
—Roric.
Él la miró.
—No me gusta esa voz.
—Haz que te sigan.
Roric miró los Golems.
Después a Kaelen.
—Sí.
—Hazlo.
Roric corrió.
—¡EH, MONTONES DE LEÑA!
Kaelen cerró los ojos un instante.
—Algún día va a morir por hablar.
—Hoy no.
Roric lanzó una daga contra la cabeza del primero.
—¡VAMOS!
Ambos Golems giraron.
Lo siguieron.
Roric pasó entre ellos.
—¡YA ME ARREPIENTO!
Kaelen entró desde un lateral.
No intentó derribarlos.
Golpeó la rodilla del primero en el instante exacto.
La criatura perdió el equilibrio.
Chocó contra la segunda.
Quedaron juntas.
—¡GEAL!
El Drakthar ya trabajaba.
Dos cristales transparentes.
Hilo de plata.
Un disco metálico.
—Cinco segundos.
Kaelen miró a los Golems levantándose.
—Tres.
Anjara levantó la hoz.
No necesitaba una palabra nueva.
Ni poder suficiente para pulverizar la cámara.
Solo tiempo.
Una pequeña cantidad de luz verde recorrió el filo.
Controlada.
Golpeó una placa de roca ya fracturada.
No al Golem.
El suelo.
La piedra cedió cuando la primera criatura apoyó el pie.
La pierna quedó atrapada.
El segundo chocó contra ella.
—¡UNO! —gritó Kaelen.
Geal ajustó el hilo.
—¡DOS!
La criatura arrancó la pierna.
—¡GEAL!
—¡YA!
El dispositivo lanzó un destello.
Cuatro haces.
Uno hacia cada núcleo.
Los cristales vibraron.
No se rompieron.
Roric miró a Geal.
—¿Eso era...?
Geal palideció.
—No.
Los Golems se liberaron.
Anjara vio los haces.
Cuatro impactos.
Distinta intensidad.
El suelo estaba cubierto por zonas de cristal negro.
Agua.
Superficies reflectantes.
—Los ángulos.
Geal la miró.
—¿Qué?
Anjara corrió hacia el dispositivo.
Movió uno de los cristales unos grados.
—Otra vez.
—Anjara...
—Hazlo.
Geal activó el mecanismo.
Los haces salieron.
Rebotaron.
Esta vez los cuatro núcleos recibieron el mismo pulso.
Se agrietaron a la vez.
Kaelen sonrió.
—Ahora.
Los cuatro estallaron.
Los Golems se desplomaron.
Silencio.
Anjara cayó sobre una rodilla.
La nariz le sangraba.
Geal respiraba como si hubiera corrido leguas.
Roric tenía un corte nuevo en el brazo.
Kaelen apenas podía mantener una cimitarra levantada.
Faela seguía apuntando.
Malorin no miraba a ninguno de ellos.
Miraba el Corazón.
Y sonreía.
—Gracias.
Anjara levantó la cabeza.
—¿Qué?
La energía violeta abandonó los restos de los Golems.
Regresó por las runas del suelo.
Hacia el Corazón.
Geal comprendió.
—No.
Malorin abrió los brazos.
—Ya no los necesitaba.
Alya gritó.
El Corazón latió.
Una vez.
Dos.
Tres.
Cada golpe más rápido.
La luz que sostenía a Alya desapareció.
La niña cayó.
Faela corrió.
La atrapó antes de que tocara el suelo.
—¡Está viva!
Anjara intentó llegar hasta ellas.
La barrera había desaparecido.
Pero otra cosa la detuvo.
Presión.
Una fuerza que nacía del centro de la cámara.
Malorin estaba bajo el Corazón.
Toda la energía convergía en él.
Las venas negras de su piel se iluminaron.
Su cuerpo comenzó a cambiar.
No simplemente a crecer.
A dejar de conservar su forma.
Corteza atravesando carne.
Raíces brotando de los brazos.
Cristal violeta emergiendo entre las costillas.
Geal retrocedió.
—Está absorbiendo el Nexo.
Faela sujetó a Alya.
—Eso lo matará.
Geal miró a Malorin.
—Creo que ha dejado de importarle.
Anjara levantó la hoz.
El Sembrador la miró.
Durante un instante todavía había algo Sylvaris en su rostro.
Cansancio.
Dolor.
Después el Corazón volvió a latir.
Aquello desapareció.
—Por fin —dijo Malorin.
Su voz salió de todas las raíces a la vez.
La caverna tembló.
Muy abajo, algo inmenso respondió.
No un despertar.
Todavía.
Un movimiento.
Terragon.
Alya abrió los ojos.
—Anjara...
Ella llegó hasta la niña.
—Estoy aquí.
Alya miró a Malorin.
Después al suelo.
El miedo transformó su rostro.
—Le está haciendo daño.
BUM.
La montaña respondió.
Anjara miró al ser en que Malorin estaba convirtiéndose.
Habían llegado para detener la corrupción de Syltherion.
Ahora comprendía que aquello ya no bastaba.
Si Malorin conseguía utilizar el dolor de Terragon, no necesitaría despertar al Gran Dragón.
Solo necesitaba que soñara con suficiente fuerza como para que la tierra sufriera con él.
Anjara cerró la mano alrededor de la hoz.
—Entonces lo detenemos aquí.
Bajo ellos, Terragon volvió a moverse.
Y esta vez la caverna entera se inclinó.