CAPÍTULO 27 EL CAMINO QUE NO DEBÍA EXISTIR
Los tambores continuaron durante varios minutos.
A veces parecían sonar sobre ellos.
Otras, mucho más abajo.
La roca deformaba cada golpe hasta volver imposible saber dónde estaba la Legión.
Anjara caminaba en cabeza con Alya.
Roric llevaba el mapa arrebatado al legionario. Geal avanzaba detrás, todavía reconstruyendo mentalmente sus marcas. Kaelen cerraba la formación junto a Faela.
Nadie hablaba.
No porque hubieran acordado silencio.
Porque todos pensaban en la misma palabra.
Nexo.
Y en las otras dos.
Llave.
Sangre.
Alya se detuvo.
—Por aquí.
Señaló una abertura entre varias raíces.
Tan estrecha que Anjara la habría confundido con una grieta.
Roric se inclinó.
—Eso no es un camino.
—Sí.
—Parece una grieta.
—Es un camino.
Roric miró a Anjara.
—Me gusta que cuanto más pregunta uno, peores sean las respuestas.
Anjara apartó una raíz seca.
Detrás había espacio suficiente para pasar de lado.
—Entramos.
Geal desplegó un extremo del mapa.
—El Nexo está marcado en la otra dirección.
—Precisamente.
—Podríamos perdernos.
Kaelen apoyó una mano en su hombro.
—También podemos evitar a los soldados.
Geal suspiró.
—Solo señalaba el riesgo.
—Lo haces mucho.
—Alguien tiene que hacerlo.
Alya ya había entrado.
El pasadizo no estaba hecho para personas.
Eso quedó claro enseguida.
Tenían que agacharse.
Arrastrarse en algunos puntos.
Las raíces se entrecruzaban formando arcos irregulares y la tierra húmeda se hundía bajo las rodillas.
Pero estaba viva.
Anjara lo notaba incluso sin compartir el don de Alya.
Las raíces anteriores habían parecido vacías.
Aquellas resistían bajo los dedos.
Humedad.
Calor.
Una vibración diminuta.
Vida.
Faela habló en voz baja.
—Nos alejamos de la corrupción.
Geal tocó el suelo.
—También del Nexo.
Alya negó.
—No.
—El mapa dice...
—El mapa está mal.
Geal la miró.
—¿Cómo lo sabes?
Alya señaló las raíces.
—Ellas no usan mapas.
Roric soltó una risa.
—Eso ha dolido.
—No.
—Muchísimo.
Anjara sonrió.
Solo un instante.
La abertura terminó sin aviso.
Un vacío se abrió ante ellos.
Anjara sujetó a Alya antes de que pudiera dar otro paso.
Una sima partía el terreno.
No se veía el fondo.
Un antiguo puente de raíces la cruzaba.
O la había cruzado.
Faltaban casi tres metros en el centro.
Roric contempló el hueco.
—Por supuesto.
Kaelen calculó la distancia.
—Podemos saltarlo.
—Tú —dijo Geal.
—Todos.
Geal señaló a Alya.
—Ella no.
La niña levantó la cabeza.
—Puedo.
Anjara respondió sin pensarlo.
—No.
—Pero...
—No.
Roric examinó el otro extremo.
—Cruzo primero. Aseguro una cuerda.
—¿Cómo? —preguntó Anjara.
Él dio dos pasos atrás.
Anjara comprendió.
—No.
Roric la miró.
—Tú también empiezas.
—Sé exactamente qué vas a hacer.
—Entonces ahorramos explicaciones.
—Roric.
Él sonrió.
—Confía un poco.
Corrió.
Pisó la última raíz.
Saltó.
Durante una fracción de segundo quedó suspendido sobre la negrura.
Llegó al otro lado.
Casi.
Sus dedos atraparon una raíz.
El cuerpo golpeó contra la pared.
—¡Roric!
—¡Estoy bien!
La voz llegó desde debajo del borde.
Geal se asomó.
—Eso no parece estar bien.
—¡HE DICHO QUE ESTOY BIEN!
Kaelen miró.
—Está colgando.
—¡ESA INFORMACIÓN NO ERA NECESARIA!
Terminaron ayudándolo con una cuerda.
Después cruzaron los demás.
Alya lo hizo asegurada desde ambos extremos y atada a Anjara.
Cuando todos estuvieron a salvo, Roric se dejó caer contra una raíz.
—Fácil.
Tenía sangre en ambas manos.
Anjara se arrodilló.
—Enséñamelas.
—Son arañazos.
—Roric.
Él extendió las manos.
Anjara limpió los cortes.
Agua.
Tela.
Una pequeña cantidad del desinfectante de Geal.
Nada de magia.
Roric observó.
—Pensaba que ibas a curarme.
—Te estoy curando.
—Sabes lo que quiero decir.
—Puedes sobrevivir a un arañazo sin que yo desperdicie fuerzas.
Roric dejó de sonreír.
—Para Malorin.
Anjara terminó el vendaje.
—Para lo que venga.
Alya la observaba.
—Antes habrías usado magia.
Anjara guardó el resto de la tela.
—Sí.
—¿Por qué ahora no?
Anjara miró sus propias manos.
—Porque poder hacer algo no significa que siempre deba hacerlo.
Alya pensó.
—Eso parece difícil.
—Lo es.
Continuaron.
El camino ascendía.
Las raíces se hicieron más gruesas.
Entonces aparecieron las marcas.
No eran runas.
Ni Esferian.
Ni Thal'nael.
Manos.
Una pequeña mano grabada en la piedra.
Después otra.
Y otra.
Decenas.
Algunas diminutas.
Otras de adulto.
Faela pasó los dedos por una.
—Son antiguas.
Geal la miró.
—¿Cuánto?
—Mucho.
—Eso no es una medida.
Faela alzó una ceja.
—Para alguien que intenta tocar todo lo que encuentra, haces demasiadas preguntas.
Geal decidió ignorarlo.
—¿Qué significan?
Faela tardó.
—No lo sé.
Alya sí.
—Volver.
Anjara la miró.
—¿Volver adónde?
La niña apoyó la palma sobre una de las marcas.
Encajó casi perfectamente.
—A casa.
Una raíz gruesa cubría parte de la pared.
Se movió.
Todos retrocedieron.
La madera no atacó.
Se deslizó con lentitud hacia los lados.
Detrás apareció una estancia.
No había corrupción.
Ni cristales.
Ni huesos.
Solo tierra.
Y objetos.
Un cuenco de madera.
Una sandalia infantil.
Restos de una manta.
Pequeñas figuras talladas.
Animales.
Árboles.
Personas cogidas de la mano.
Faela se llevó los dedos a la boca.
—Los Brotes.
Anjara entró detrás de Alya.
—¿Qué es este lugar?
Faela contempló la estancia.
—Un refugio.
—¿Del santuario?
—Mucho anterior.
Se agachó junto a una figura.
—En las guerras antiguas, cuando una aldea era atacada, los niños eran enviados bajo tierra.
Geal observó las distintas aberturas.
—¿A través de estas vías?
—Debía de haber muchas.
Roric sacó el mapa de la Legión.
—Y aquí no aparece ninguna.
Anjara miró las salidas.
—Podemos llegar al Nexo sin utilizar el camino preparado por Malorin.
Geal negó.
—Podemos intentar llegar.
—¿Qué diferencia hay?
—No sabemos adónde conduce cada paso.
Alya señaló una abertura al fondo.
—Ese.
Todos la miraron.
Anjara preguntó:
—¿Estás segura?
Alya negó.
—No.
Roric levantó un dedo.
—Cada vez me cae mejor.
La niña se acercó a una pequeña figura de ciervo.
La sostuvo unos segundos.
—Había niños aquí.
—Sí —dijo Faela.
—Tenían miedo.
Faela observó las manos grabadas.
—Seguro.
Alya devolvió el ciervo exactamente a su sitio.
—Pero estaban juntos.
Anjara miró a la niña.
No respondió.
No hacía falta.
Alya se volvió hacia la abertura.
—Vamos.
La vía antigua volvió a acercarlos a la corrupción.
No necesitaron ningún mapa para saberlo.
Primero aparecieron manchas negras.
Después raíces enfermas.
Más tarde el olor dulzón.
Y finalmente metal.
Roric levantó un puño.
Todos se detuvieron.
Voces.
A unos veinte pasos, una grieta permitía ver otra galería.
Había soldados.
Seis.
Después Anjara distinguió otros dos.
Legionarios del Grifo.
Transportaban cajas.
Uno tropezó.
La tapa de una se abrió.
Cilindros violáceos.
Geal dejó escapar aire.
—Astillas.
Anjara negó.
—Son demasiado grandes.
—Sí.
Un oficial apareció desde el fondo.
—¡Con cuidado! El Sembrador quiere los conductores intactos.
Uno de los soldados maldijo mientras cerraba la caja.
—Que los carguen sus criaturas.
El oficial lo golpeó en la nuca.
—Sus criaturas no obedecen órdenes.
—Ni él.
El oficial se detuvo.
—¿Qué has dicho?
El soldado bajó la cabeza.
—Nada, señor.
—Eso creía.
Anjara observó a Faela.
Malorin y la Legión trabajaban juntos.
Pero no confiaban entre ellos.
Aquello podía importar.
Otro hombre entró en la galería.
Armadura pesada.
Capa gris.
Insignia negra en el pecho.
Faela se tensó.
—Vorlag.
Anjara la miró.
—¿Lo conoces?
—De nombre.
El comandante se acercó al oficial.
—¿Cuánto?
—El último conductor estará colocado antes del cambio de guardia.
—Malorin dijo hace una hora.
—Malorin no carga las cajas.
Vorlag agarró al hombre por el cuello.
—Y tú no das opiniones.
Lo soltó.
—Lord Malakor no ha enviado hombres a este bosque para que un Sylvaris enfermo desperdicie recursos.
—Sí, comandante.
—Cuando encontremos a la Llave, la quiero viva.
Alya se encogió junto a Anjara.
Vorlag continuó:
—La Anjanu también.
El oficial dudó.
—¿Orden de Malorin?
Vorlag sonrió.
—De Lord Malakor.
Anjara sintió un escalofrío.
Malakor también la quería viva.
—¿Y si el Sembrador se opone?
Vorlag miró las raíces negras.
—Entonces recordadle quién le dio soldados, acero y cristales.
—Malorin dice que cuando el Nexo se abra...
—Malorin dice muchas cosas.
Vorlag se acercó hasta quedar casi pegado al oficial.
—Cuando tengamos acceso al Nexo, la niña deja de ser asunto nuestro. Extraemos lo que Lord Malakor necesita y abandonamos Syltherion.
El oficial frunció el ceño.
—¿Y el bosque?
Vorlag se encogió de hombros.
—Que el Sembrador haga con él lo que quiera.
Faela cerró los ojos.
Anjara comprendió.
Malakor no pretendía conquistar Syltherion.
No realmente.
Buscaba algo.
Y aceptaba que Malorin destruyera todo lo demás si eso le permitía conseguirlo.
Vorlag se marchó.
Los soldados continuaron descargando.
Roric se inclinó hacia Anjara.
—Podemos seguirlos.
Ella negó.
—No.
—Nos llevarán al Nexo.
—Y nosotros a ellos.
Miró a Alya.
—Seguimos por nuestras vías.
Retrocedieron.
Geal fue el último.
Antes de apartarse, volvió a mirar las cajas.
—Espera.
Anjara se giró.
—¿Qué?
—Esos cristales.
Faela frunció el ceño.
—Son violetas.
—También lo son cosas completamente diferentes.
Roric lo miró.
—Eso ha sido inesperadamente sensato.
Geal señaló las cajas.
—Los fragmentos de Malorin crecen dentro de materia viva.
Anjara comprendió.
—Esos están tallados.
—Sí.
Kaelen miró hacia el corredor por el que había desaparecido Vorlag.
—La Legión los fabrica.
Geal negó.
—O alguien los fabrica para ella.
Anjara pensó en Malakor.
—Está aprendiendo a utilizar la corrupción sin depender de Malorin.
Geal asintió.
Ambos estaban utilizándose.
Y ambos se preparaban para dejar de necesitar al otro.
Caminaron casi una hora.
El cansancio empezó a cobrar lo suyo.
Roric cojeaba.
Kaelen respiraba más hondo de lo habitual.
Las manos de Faela temblaban.
Geal tenía sangre seca bajo la nariz.
El hombro izquierdo de Anjara seguía atravesado por un frío doloroso cada vez que lo movía demasiado.
Alya era quien peor estaba.
Tropezó una vez.
Después otra.
A la tercera, Anjara se detuvo.
—Paramos.
—No.
—Sí.