El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 26 LAS RAÍCES DE LA CARROÑA #3
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CAPÍTULO 26 LAS RAÍCES DE LA CARROÑA #3

El circuito volvió a oscurecerse.

Los Devoradores recuperaron su forma.

Roric encontró una palanca de madera integrada en la pared.

—¡Esto parece importante!

—¡Tira!

Roric sonrió pese al miedo.

—¡POR FIN UNA INSTRUCCIÓN CLARA!

La accionó.

Un entramado de raíces descendió tras ellos.

No detendría a los Devoradores para siempre.

Sí el tiempo suficiente.

Nadie celebró.

Los prisioneros seguían en la cámara.

Faela miraba la barrera.

—Tenemos que volver.

Anjara respiraba con dificultad.

—Volveremos.

—Están ahí.

—Lo sé.

—Siguen sufriendo.

—Lo sé.

Faela giró.

—Entonces...

—Si regresamos ahora, morimos nosotros también.

Faela abrió la boca.

Anjara mantuvo la mirada.

—Y ellos siguen atrapados.

La Sylvaris cerró los ojos.

Una lágrima descendió por su mejilla.

—Odio esto.

Anjara miró hacia delante.

—Yo también.

Faela respiró.

—No quiero acostumbrarme.

Anjara tardó en responder.

—No lo hagas.

Faela abrió los ojos.

—¿A qué?

—A elegir quién puede esperar.

La frase quedó entre ambas.

No era una promesa de rescate.

Era algo peor.

La obligación de recordar a quienes estaban dejando atrás.

Anjara señaló el corredor.

—Encontramos a Malorin.

—¿Y después?

Anjara miró la barrera.

—Después volvemos por ellos si todavía podemos.

Faela asintió.

No porque fuera suficiente.

Porque no había nada mejor que ofrecer.

Alya seguía inmóvil.

—No tenemos que encontrarlo.

Todos la miraron.

La niña señaló hacia delante.

—Él nos está llevando.

El silencio cambió.

Geal se acercó a la pared.

Había marcas.

Cortes.

Metal.

Huellas.

Un camino preparado.

—Tiene razón.

Roric observó el corredor.

—Una trampa.

Kaelen limpió la hoja.

—Evidentemente.

—Solo lo confirmaba.

Anjara miró la oscuridad.

Malorin sabía que estaban allí.

Necesitaba a Alya.

Y por alguna razón todavía incompleta, la quería también a ella.

No los perseguía.

Los dirigía.

—Entonces dejamos de seguir su camino.

Faela frunció el ceño.

—Solo hay uno.

Anjara miró las raíces que atravesaban el techo.

Algunas estaban muertas.

Otras conservaban vetas verdes.

—Para nosotros.

Miró a Alya.

—No necesariamente para ti.

La niña comprendió.

Cerró los ojos.

—Busca las que siguen vivas —dijo Anjara—. No las que más gritan.

Alya respiró.

Esperaron.

Finalmente señaló hacia la izquierda.

Una pared de roca.

Roric la observó.

—Eso es una pared.

—Detrás.

Geal golpeó la piedra.

Escuchó.

Volvió a hacerlo.

—Hueca.

Kaelen sonrió.

—Bien.

Roric sacó las herramientas.

—Apartaos.

Encontró una fisura.

Después otra.

Un cierre antiguo.

La pared no era pared.

Era una puerta de piedra cubierta por siglos de sedimento.

Cuando cedió, una corriente de aire les golpeó el rostro.

No olía a podredumbre.

Solo a tierra.

Anjara contempló el corredor.

—Por aquí.

Geal recogió la bolsa.

—No sabemos adónde conduce.

—Malorin tampoco sabe que lo hemos encontrado.

Geal levantó una ceja.

—Eso es una suposición.

Anjara asintió.

—Sí.

Roric sonrió.

—Mírala. Ya hasta admite cuando hace una.

Entraron.

Malorin abrió los ojos.

La sonrisa había desaparecido.

Vorlag estaba frente a él.

—¿Qué ocurre?

El Sembrador no respondió.

Escuchaba.

No con los oídos.

Raíces.

Savia.

Heridas.

La Llave seguía allí.

La sentía.

Pero algo había cambiado.

—Se han desviado.

Vorlag soltó una carcajada.

—Entonces vuestros túneles no son tan perfectos.

Malorin lo miró.

El comandante dejó de reír.

—No son mis túneles.

—¿Qué?

Malorin se incorporó.

Por primera vez desde que Vorlag lo conocía, una preocupación auténtica atravesó su expresión.

—Han encontrado una vía antigua.

—¿Adónde conduce?

Malorin apoyó la mano sobre una raíz ennegrecida.

Buscó.

Dolor.

Piedra.

Un sueño inmenso.

Terragon.

Retiró la mano.

—Curioso.

Vorlag entrecerró los ojos.

—¿Qué?

Malorin volvió a sonreír.

—Nada que deba preocuparos.

—Lord Malakor exige resultados.

—Lord Malakor exige muchas cosas.

Malorin se acercó a él.

—Decidme, comandante. ¿Por qué estáis aquí actuando como su voz mientras vuestro señor marcha hacia la Academia?

Vorlag apoyó una mano en la espada.

—Cuidado.

Malorin miró el gesto.

—Eso creía.

Se apartó.

—Preparad a vuestros hombres.

—¿Para qué?

—La niña vendrá.

Vorlag frunció el ceño.

—¿Y la Anjanu?

Malorin contempló las raíces.

—También.

—¿Cómo podéis saberlo?

La expresión del Sembrador se volvió triste.

—Porque todavía cree que esto consiste en salvar a alguien.

El pasadizo antiguo descendía.

Y descendía.

Y seguía descendiendo.

Roric acabó mirando la pendiente con abierta desconfianza.

—Creo que estamos atravesando el mundo.

Nadie respondió.

—Lo digo en serio.

Kaelen ni siquiera giró.

—Lo sabemos.

La roca cambió.

Gris.

Después marrón.

Finalmente negra.

Geal pasó los dedos por la superficie.

—Basalto.

Faela lo miró.

—No hay volcanes cerca.

—En la superficie.

Alya se detuvo.

Anjara lo notó de inmediato.

—¿Qué ocurre?

Dos corredores se abrían delante.

Uno ascendía ligeramente.

El otro descendía.

Alya señaló el primero.

—El bosque está por ahí.

—¿Y abajo?

La niña palideció.

—No es bosque.

Anjara pensó en Terragon.

—¿Él?

Alya negó.

—Más pequeño.

Kaelen desenvainó.

—Eso no mejora nada.

Geal se agachó.

Había huellas.

Humanas.

Botas.

Varias.

Roric se unió.

Señaló una marca.

—Clavos cuadrados.

Anjara lo miró.

—¿Legión?

—Sí.

Kaelen observó el túnel inferior.

—Malakor tiene hombres bajo Syltherion.

Faela apretó la mandíbula.

—Con Malorin.

Anjara recordó a Horic.

Madera.

Minerales.

Recursos.

La alianza.

—No bajamos.

Geal miró el corredor.

—Podríamos averiguar...

Todos se volvieron hacia él.

—Era una observación.

Tomaron el camino ascendente.

La primera flecha pasó junto al rostro de Anjara.

Kaelen la desvió con la cimitarra.

—¡Cobertura!

Todos se dispersaron.

Otra flecha golpeó la roca.

Roric desapareció tras una columna natural.

Faela respondió.

Un grito.

Tres legionarios salieron del túnel.

No llevaban las sobrevestas grises habituales.

Sus armaduras estaban cubiertas de barro oscuro.

Uno llevaba pequeños cristales violetas cosidos alrededor del cuello.

Kaelen atacó al primero.

Roric apareció detrás del segundo.

Faela disparó contra el tercero.

Anjara no utilizó magia.

No la necesitaba.

El primero bloqueó a Kaelen.

Anjara entró por su flanco.

Enganchó la parte posterior de la rodilla con la hoz.

Tiró.

El soldado cayó.

Kaelen levantó la cimitarra.

—¡Vivo!

La hoja se detuvo a centímetros de su cuello.

Roric miró a Anjara.

—Vitor estaría orgulloso.

—No empieces.

—Solo lo digo.

El tercer legionario había muerto.

El segundo también.

El primero respiraba con dificultad.

Kaelen lo levantó contra la pared.

—¿Cuántos?

El hombre sonrió.

Tenía sangre entre los dientes.

—Demasiados.

Kaelen presionó la hoja.

—Prueba otra respuesta.

—Veinte.

—¿Dónde?

Silencio.

Roric registró los cuerpos.

—Tengo algo.

Sacó un pequeño pergamino.

Lo desplegó.

Era un mapa de túneles.

Puestos.

Marcas.

Rutas.

Y una palabra escrita junto a una gran cámara.

NEXO.

Alya retrocedió.

—No.

Anjara se volvió.

—¿Qué pasa?

La niña señaló el mapa.

—Ahí está.

—¿Malorin?

Alya negó.

Se llevó una mano al pecho.

—El dolor.

El prisionero empezó a reír.

Kaelen lo golpeó contra la roca.

—¿Qué sabes?

—Que llegáis tarde.

Anjara se acercó.

—¿Qué hay en el Nexo?

El soldado miró su pecho.

Hacia la Gema.

La reconoció.

Y sonrió.

—Vosotras.

Anjara sintió frío.

—Explícate.

—La Llave.

Miró a Alya.

Después volvió a Anjara.

—Y la sangre.

Geal palideció.

Anjara se inclinó.

—¿Qué sangre?

El legionario escupió a un lado.

—No necesito decírtelo.

Un crujido salió de su cuello.

Geal reaccionó primero.

—¡Apartaos!

Empujó a Kaelen.

Uno de los cristales cosidos a la armadura del soldado se quebró.

El hombre se arqueó.

Los ojos se volvieron negros.

Después dejó de respirar.

Roric miró el cuerpo.

—Eso ha sido desagradable incluso para nuestros estándares.

Geal se agachó.

—Un seguro.

Kaelen limpió la cimitarra.

—¿Malorin?

—O la Legión.

Anjara miró el mapa.

Llave.

Sangre.

Dos piezas.

Todavía no sabía qué significaba.

No iba a inventar una respuesta.

Doblando el pergamino, se lo entregó a Roric.

—Guárdalo.

—¿Vamos al Nexo?

Anjara miró a Alya.

La niña tenía miedo.

Pero no apartó la vista.

—No porque Malorin quiera que vayamos.

Tomó su mano.

—Porque ahí está lo que tenemos que detener.

Un sonido golpeó la tierra.

Una vez.

Después otra.

Regular.

Metálico.

Kaelen escuchó.

—Martillos.

Faela negó.

Su rostro perdió color.

—No.

Anjara también empezó a distinguirlo.

Golpes sordos.

Muchos.

Rítmicos.

Procedían de algún lugar sobre ellos.

—Tambores —dijo Faela.

La Legión.

No un pequeño destacamento.

Más hombres.

Muchos más.

Anjara miró el mapa.

El Nexo estaba cerca.

El Corazón de la Carroña también.

Y Malorin ya no estaba solo.