CAPÍTULO 26 LAS RAÍCES DE LA CARROÑA #2
—Precisamente por eso no pienso fingir que conservar un latido siempre es lo mismo que salvar una vida.
Faela se quedó quieta.
La frase quedó entre ambas.
Anjara no intervino de inmediato.
Hacía meses habría elegido sin pensarlo.
Habría levantado la hoz.
Habría llamado cobardía a la duda.
O debilidad.
Ahora solo veía opciones atroces.
Salvar.
Matar.
Esperar.
Romper.
Cada una podía convertirse en una forma distinta de violencia.
Se acercó al prisionero más próximo.
Era joven.
Ojos entreabiertos.
Respiración irregular.
Anjara se arrodilló.
—¿Puedes oírme?
Nada.
—Soy Anjara.
El hombre parpadeó.
Faela contuvo el aire.
Anjara acercó el rostro.
—Vamos a sacarte de aquí.
Los labios del Sylvaris se movieron.
—No...
Anjara se inclinó.
—¿No qué?
—No... dejéis...
Tosió.
Savia negra apareció en la comisura de su boca.
—...que entre.
Anjara levantó la cabeza.
Geal ya estaba mirando el circuito.
—No habla de nosotros.
Alya dejó de llorar.
—Viene.
Las líneas negras del suelo se iluminaron.
Una.
Otra.
Todas.
Los prisioneros arquearon la espalda al mismo tiempo.
Faela gritó.
Anjara se puso en pie.
—¡Atrás!
Los cristales violetas comenzaron a palpitar.
Una voz apareció dentro de la cabeza de Anjara.
No llegó por los oídos.
Simplemente estaba allí.
—Tanto esfuerzo.
La Gema ardió.
Malorin.
—Tanto dolor.
Kaelen giró sobre sí misma.
—¡Muéstrate!
Una risa triste.
Casi compasiva.
—Todavía creéis que eso importa.
Alya se aferró a Anjara.
—Fuera de mi cabeza —gruñó ella.
—¿Por qué?
La voz parecía más cerca.
—Tú entraste en la mía.
Anjara se quedó inmóvil.
El santuario.
El contacto con Alya.
La visión súbita de raíces, ríos y heridas.
Aquel latido inmenso.
—No fue intencionado.
—Las cosas más interesantes rara vez lo son.
Geal buscaba algo en su bolsa.
Roric vigilaba la entrada.
Faela había recuperado el arco.
Kaelen se mantenía junto a los prisioneros.
Anjara sostuvo la hoz.
—¿Qué les has hecho?
—Les he dado una función.
Faela levantó el arco hacia ninguna parte.
—¡Son tu pueblo!
Silencio.
Después:
—Precisamente.
Faela tembló.
—Monstruo.
—Una palabra muy útil cuando no quieres comprender.
La voz de Malorin se extendió por la cámara.
—Una hoja nace sabiendo que caerá. El ciervo viejo alimentará a otra criatura. Una raíz estrangula a su hermana para alcanzar agua. Los cachorros mueren. Los árboles arden. Los hijos entierran a sus padres. Los padres entierran a sus hijos.
Anjara sintió un golpe en el pecho.
Liam.
Malorin continuó:
—Y vosotros llamáis a eso vida porque la alternativa os aterra.
Anjara miró a los prisioneros.
—Y tú llamas compasión a convertirlos en herramientas.
—No.
La voz se hizo más suave.
—Lo llamo terminar.
Alya enterró el rostro contra el brazo de Anjara.
Malorin calló.
Cuando volvió a hablar, era para ella.
—Pequeña.
Anjara apretó la hoz.
—No le hables.
—¿Por qué? Ella comprende mejor que ninguno de vosotros.
Alya negó.
—No.
—Sientes cada raíz que se rompe.
—Cállate.
—Cada criatura que muere.
—Cállate.
—Cada árbol enfermo.
—¡CÁLLATE!
El suelo tembló.
Las raíces vivas reaccionaron a Alya.
Anjara la sujetó por los hombros.
—Mírame.
La niña respiraba demasiado rápido.
—Alya.
Nada.
—Mírame.
Sus ojos encontraron los de Anjara.
—Él no decide qué significa lo que sientes.
Alya tragó saliva.
—Pero tiene razón en una cosa.
Anjara esperó.
—Duele.
—Sí.
No iba a mentir.
—Mucho.
—Sí.
Alya tenía lágrimas en las mejillas.
—Entonces ¿por qué no hacer que pare?
La pregunta atravesó a Anjara.
Pensó en Liam.
En el instante exacto en que habría dado cualquier cosa por no sentir.
En Elara.
En Kael.
En las noches después del bosque.
En todo lo que uno podía llegar a odiar el dolor cuando no veía nada detrás de él.
Anjara miró a los prisioneros.
Después a Alya.
—Porque hacer que algo deje de doler no siempre significa curarlo.
Alya siguió su mirada.
—Eso no es curar —dijo Anjara.
La voz de Malorin desapareció.
Cuando regresó, la compasión había desaparecido de ella.
—Llegarás.
Anjara se quedó quieta.
—¿A dónde?
—Al punto en que ya no puedas distinguir entre salvar y prolongar.
La Gema ardió.
—Y cuando llegues, comprenderás por qué elegí.
Anjara apretó los dientes.
—No.
La voz de Malorin casi susurró.
—Ya has empezado.
El circuito se apagó.
Roric giró hacia la entrada.
—Tenemos compañía.
Dos luces violetas aparecieron en el corredor.
Después otras dos.
No eran luces.
Ojos.
Dos Devoradores de Almas avanzaron desde la oscuridad.
Humo negro.
Extremidades demasiado largas.
Tentáculos sin anatomía.
En el centro de cada cuerpo, un ojo violeta palpitaba sin párpado.
Kaelen se colocó delante de Alya.
—Geal.
—Estoy pensando.
—Más rápido.
Roric retrocedió.
—No tenemos espacio.
Tenía razón.
Prisioneros.
Raíces.
Agua negra.
Un movimiento incorrecto podía matar a alguien que todavía respiraba.
Los Devoradores no atacaron.
Se detuvieron en la entrada.
Esperaron.
Anjara comprendió.
—No vienen a matarnos.
Roric la miró.
—Por una vez agradecería que sí.
—Quieren movernos.
Geal observó el circuito.
—Hacia la red.
Kaelen maldijo.
Malorin había construido una cámara perfecta.
Luchar podía romper las raíces.
Huir hacia delante obligaba a cruzar el sistema.
Retroceder era imposible.
Y si se quedaban...
Los Devoradores pulsaron.
La primera onda atravesó a Anjara.
Liam gritó.
No allí.
Dentro.
—Anjara.
Ella cerró los ojos.
—Tengo frío.
La mano de su hermano.
Pequeña.
Helada.
—No.
Otra pulsación.
La cámara desapareció.
Nieve.
Sangre.
Liam entre sus brazos.
—Me prometiste...
Anjara clavó la punta de la hoz contra el suelo.
Piedra.
Presente.
—No eres él.
El mundo parpadeó.
Geal cayó de rodillas.
—Lyra...
Kaelen quedó inmóvil.
Roric retrocedió hacia el agua.
Faela se tapó los oídos.
Alya gritó.
Los Devoradores avanzaron un paso.
—¡No los escuchéis!
Inútil.
No eran voces.
No de verdad.
El lago.
La niebla.
La misma lección.
No vencer.
Volver.
Anjara agarró a Geal por la ropa.
—¿Dónde estás?
—Lyra...
—No.
—Está aquí.
—Geal.
—Puedo...
Anjara le dio una bofetada.
Él parpadeó.
—¿Qué...?
—Dime mi nombre.
Otra onda.
Sus ojos volvieron a perderse.
Anjara lo sacudió.
—¡Mi nombre!
—Anjara.
—¿Quién eres?
—Geal.
—¿Dónde estamos?
Respiró.
—Syltherion.
—Otra vez.
—Syltherion.
El ámbar regresó.
—Bien.
Anjara lo soltó.
—Ahora ayúdame.
Kaelen había caído sobre una rodilla.
Anjara no preguntó qué veía.
—¡Kaelen!
La guerrera levantó la cabeza.
—Estoy aquí.
—Entonces quédate.
Kaelen clavó una cimitarra en la tierra y se levantó.
Roric era el peor.
Había llegado al borde del estanque.
Miraba algo que nadie más podía ver.
—Nera...
Anjara corrió.
Lo agarró antes de que diera el siguiente paso.
—No.
—Suéltame.
—No.
—Está ahí.
—No.
—¡Puedo llegar!
—Roric.
—¡SUÉLTAME!
Un codazo golpeó la boca de Anjara.
Sangre.
No lo soltó.
—Ya murió.
Roric se quedó inmóvil.
La frase fue cruel.
Precisamente por eso atravesó la ilusión.
—Ya murió —repitió—. Y entrar ahí no la trae de vuelta.
Los ojos de Roric se llenaron de lágrimas.
—La abandono.
—No.
Anjara tiró de él.
—Estás volviendo.
Roric cayó junto a ella.
Respiró.
Una vez.
Dos.
La imagen desapareció.
Faela estaba cantando.
Una sola nota.
Baja.
Constante.
Anjara reconoció el recurso de las galerías.
Algo real.
Algo que compartían.
—Todos.
Geal entendió.
Golpeó dos piezas metálicas.
Tac.
Tac.
Tac.
Kaelen acompañó el ritmo con la empuñadura de la cimitarra.
Roric respiró siguiendo los golpes.
Alya agarró la mano de Anjara.
El grupo volvió a existir.
Los Devoradores pulsaron otra vez.
Las imágenes llegaron.
Dolieron.
Pero ya no encontraron a seis personas aisladas dentro de ellas.
Encontraron una red distinta.
Una que Malorin no había construido.
Anjara estudió las criaturas.
No podía purificarlas como al lobo de la caverna.
No sabía si podía destruirlas.
Y no iba a vaciarse de poder para descubrirlo.
Miró alrededor.
Cristales.
Agua.
Raíces.
Circuito.
—Geal.
—¿Qué?
—¿La red responde a energía?
—Sí.
—¿A cualquiera?
—No lo sé.
Anjara lo miró.
Geal señaló las runas negras.
—Está diseñada para transportar corrupción.
—Ellos están hechos de corrupción.
El Drakthar se quedó quieto.
Sus ojos se iluminaron.
—Sí.
Roric miró los Devoradores.
—¿Podemos meterlos dentro?
—No exactamente.
—Ya empezamos.
Geal señaló una estaca de cristal.
—Pero podemos convertir un punto de la red en algo más atractivo que nosotros.
Anjara entendió.
—Sobrecargarlo.
—Sin romperlo.
Kaelen desvió un tentáculo.
El acero chilló al tocar la masa negra.
—¡RESOLVEDLO!
Geal sacó tres pequeños recipientes.
—Necesito calor.
Anjara levantó la mano.
La Gema respondió.
Se detuvo.
No.
No una llamarada.
No fuerza.
Control.
Una chispa verde apareció sobre su palma.
Pequeña.
Inestable.
La sostuvo.
Geal acercó uno de los recipientes.
—Un poco más.
Anjara incrementó apenas la intensidad.
Presión detrás de los ojos.
Nada más.
—Suficiente.
Geal vertió un líquido plateado sobre una de las estacas.
Se extendió por las runas.
Roric lo miró.
—¿Qué has hecho?
—Cambiar su conductividad.
—¿Funcionará?
—Pregúntamelo en diez segundos.
Los Devoradores avanzaron.
Geal golpeó la estaca con una pieza metálica.
La red se iluminó.
Blanco.
Solo un instante.
Las criaturas se detuvieron.
Sus ojos giraron hacia el circuito.
—Ahora.
Anjara cerró el puño.
La chispa desapareció.
La energía recorrió las líneas.
Los cuerpos de los Devoradores se estiraron hacia la estaca como humo aspirado por una corriente.
No fueron absorbidos.
Pero perdieron forma.
—¡Moveros! —gritó Kaelen.
Roric corrió primero.
Faela detrás.
Geal recogió su bolsa.
Kaelen cubrió la retirada.
Anjara agarró a Alya.
Atravesaron el hueco entre dos raíces al otro extremo de la cámara.
Uno de los Devoradores comprendió el engaño.
Se desprendió.
Un tentáculo salió disparado.
Anjara empujó a Alya.
El golpe la alcanzó en el hombro izquierdo.
El mismo de la mordedura.
Dolor.
Después frío.
Cayó.
La criatura se abalanzó.
Kaelen apareció entre ambos.
La cimitarra atravesó el humo.
No hirió a la criatura.
Pero desvió el ataque.
—¡LEVÁNTATE!
Anjara obedeció.
Corrieron.
Geal fue el último en atravesar.
Detrás, el compuesto plateado terminó de arder.