El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 26 LAS RAÍCES DE LA CARROÑA
78%

CAPÍTULO 26 LAS RAÍCES DE LA CARROÑA

La raíz muerta atravesaba el túnel como una cicatriz.

Alya no quiso tocarla.

Eso preocupó a Anjara más que el color.

Desde que habían entrado bajo Syltherion, la niña buscaba instintivamente la madera. Había apoyado las manos en raíces, paredes y suelo como quien acerca el oído a una puerta para saber si hay alguien al otro lado.

Ahora mantenía los brazos pegados al cuerpo.

Roric se agachó sin acercarse demasiado.

—¿Está muerta?

Faela observó la corteza.

—Sí.

Geal sacó uno de sus pequeños cristales de observación. La luz amarillenta recorrió la superficie negra.

—No veo ninguna astilla.

Kaelen se apoyó contra la pared.

—Eso ya lo dijiste.

—Y sigue sin gustarme.

Anjara miró hacia delante.

El corredor descendía.

La veta azul que los había acompañado junto a Terragon casi había desaparecido. Quedaban apenas algunos puntos minerales incrustados en la roca.

Después, oscuridad.

Y aquel olor.

Tierra húmeda.

Madera podrida.

Algo dulzón.

Demasiado parecido a carne abandonada al calor.

Faela habló muy bajo.

—Malorin.

Alya levantó la cabeza.

—Sí.

Anjara se volvió hacia ella.

—¿Lo sientes?

La niña negó.

—A él no.

Señaló hacia abajo.

—Lo que está haciendo.

Una vibración recorrió la tierra.

No era Terragon.

Anjara ya había aprendido el ritmo de aquella respiración inmensa.

Aquello era más rápido.

Irregular.

Como un corazón enfermo intentando mantener un latido que ya no le pertenecía.

Geal apagó el cristal.

Roric lo miró.

—¿Por qué?

—Porque si nosotros vemos la luz, alguien más también puede verla.

—Prefería cuando eras irresponsable.

—No recuerdo haber solicitado tu opinión.

—Nunca lo haces.

Anjara levantó una mano.

Los dos callaron.

Algo había cambiado delante.

No un sonido.

La ausencia de él.

Hasta aquel momento habían oído agua filtrándose entre las rocas, raíces crujiendo a lo lejos, sus propias botas.

Ahora no había nada.

Anjara desenvainó la hoz.

Kaelen sacó una cimitarra.

Faela preparó una flecha.

Roric se deslizó hacia un lateral hasta casi desaparecer en la oscuridad.

Geal abrió la bolsa.

Alya buscó la mano de Anjara.

—No te separes.

—No pensaba hacerlo.

Avanzaron.

La primera señal del territorio de Malorin fue una flor.

Crecía en una grieta.

Blanca.

Perfecta.

Anjara se detuvo.

Faela también.

—No debería estar aquí.

Geal se inclinó.

—No hay luz.

—No es por eso.

Faela señaló los pétalos.

—No huele.

Roric apareció junto a ellos.

—¿Y?

—Todas las flores tienen algún olor.

Geal acercó los dedos.

Anjara le golpeó suavemente la muñeca.

—No.

—Solo iba a...

—No.

Roric sonrió.

—Está aprendiendo.

Geal lo ignoró.

Anjara contempló la flor.

No había insectos.

Ni raíces pequeñas compitiendo por espacio.

Ni hojas mordidas.

Ni imperfecciones.

Era hermosa.

Y estaba completamente sola.

—Seguimos.

Encontraron más.

Flores.

Hongos.

Brotes.

Todos impecables.

Todos creciendo sobre tierra muerta.

Faela redujo el paso.

—Esto no es un bosque.

Nadie preguntó qué quería decir.

Anjara empezaba a comprenderlo.

No había lucha por la luz.

No había ramas quebradas por animales.

No había frutos roídos.

Ni insectos.

Ni depredadores.

Ni enfermedad.

Nada podía enfermar porque casi nada estaba viviendo de verdad.

Malorin no había eliminado el dolor.

Había eliminado todo aquello capaz de sufrirlo.

La perfección que quedaba era una máscara.

Alya tropezó.

Anjara la sujetó.

—¿Qué ocurre?

La niña se llevó una mano a la sien.

—Hay demasiados.

—¿Demasiados qué?

Alya miró hacia delante.

—Personas.

Faela palideció.

Roric regresó de la vanguardia pocos minutos después.

No hizo ninguna broma.

Eso alarmó más a Anjara que cualquier grito.

Kaelen fue directa.

—¿Qué has visto?

—Una cámara.

—¿Soldados?

—No.

—¿Criaturas?

Roric negó.

Miró a Faela.

—Sylvaris.

El rostro de ella cambió.

—¿Cuántos?

—Muchos.

—¿Vivos?

Roric tardó demasiado.

—Creo que sí.

La cámara apareció después de una curva.

Anjara se detuvo en seco.

Las raíces descendían del techo hasta un estanque de agua negra.

Algunas eran tan gruesas como torres.

Otras se trenzaban entre sí formando columnas.

Todas estaban enfermas.

Tumores de madera deformaban la corteza.

Moho violeta palpitaba entre las grietas.

Cristales negros habían sido clavados en varias raíces principales.

No estaban colocados al azar.

Formaban una red.

Líneas oscuras recorrían el suelo de uno a otro.

Raíz.

Cristal.

Raíz.

Agua.

Geal se quedó inmóvil.

—Es un circuito.

Kaelen lo miró.

—Explícalo.

—Malorin no está colocando fragmentos aislados.

El Drakthar avanzó un paso.

—Los conecta.

Anjara siguió las líneas con la mirada.

Todas acababan en el estanque.

—¿Para qué?

Geal no respondió.

Porque entonces vieron a los prisioneros.

Había Sylvaris sujetos a las raíces.

Hombres.

Mujeres.

Algunos apenas mayores que Anjara.

Otros ancianos.

Más de veinte.

Quizá treinta.

Estaban vivos.

Eso era lo peor.

Sus pechos subían y bajaban lentamente.

Algunos tenían los ojos abiertos.

Otros murmuraban sin voz.

Raíces finísimas entraban bajo la piel de sus brazos, cuello y abdomen.

Un hombre tenía media mano cubierta por corteza.

Una mujer colgaba unos centímetros sobre el suelo, sostenida por lianas ennegrecidas que desaparecían bajo su espalda.

Faela dejó caer el arco.

—No.

Avanzó.

Kaelen la sujetó.

—Espera.

—Suéltame.

—Faela.

—Suéltame.

Kaelen no lo hizo.

Faela giró con tanta violencia que Anjara creyó que iba a atacarla.

—¡SUÉLTAME!

La voz recorrió la cámara.

Uno de los prisioneros gimió.

Faela se quedó quieta.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Los conozco.

Eso fue peor.

Señaló a un hombre de cabello plateado.

—Theren.

Otro.

—Vivía junto a la pasarela de los tejedores.

Una mujer.

—Ella cuidaba los viveros del este.

Otro rostro.

—Él...

La voz se quebró.

Faela bajó la mano.

Anjara no había visto nunca aquella clase de horror en ella.

No miedo.

Reconocimiento.

Aquellas personas no eran víctimas anónimas de una guerra.

Habían compartido puentes.

Comidas.

Fiestas.

Lluvia.

Historias.

Geal se acercó a uno de los cristales.

Esta vez nadie tuvo que impedirle tocar.

No había fascinación en su rostro.

Solo repulsión.

—Los está utilizando.

Faela giró hacia él.

—¿Para qué?

Geal señaló las raíces finas que penetraban en los cuerpos.

—Los Sylvaris tienen una conexión natural con Syltherion.

—Eso ya lo sabemos.

—No así.

Geal tragó saliva.

—Está haciendo pasar la corrupción a través de ellos.

Anjara sintió frío.

—¿Como filtros?

—Sí.

Geal negó inmediatamente.

—No. Peor.

Se acercó un poco más.

—Los utiliza para adaptar la corrupción.

Roric miró el estanque.

—Explícalo para quienes no hemos decidido dedicar la vida a convertir pesadillas en términos académicos.

Geal no se ofendió.

—Las raíces rechazan parte de la corrupción. Ya lo vimos en las Vías. Syltherion intenta defenderse.

Señaló a los prisioneros.

—Pero ellos pertenecen al bosque. Sus cuerpos, su magia, su vínculo... Malorin está obligando a la corrupción a pasar a través de algo que Syltherion reconoce.

Anjara comprendió.

—Está enseñándole a entrar.

Geal levantó los ojos.

—Exactamente.

Faela se quedó sin color.

Roric señaló el agua.

—¿Y después?

Geal miró el estanque.

Faela respondió:

—Corrientes profundas.

Todos la miraron.

—Los Árboles Ancianos beben de ellas. Algunas atraviesan medio Syltherion.

Geal palideció.

—Entonces esto no alimenta solo esta cámara.

Anjara pensó en los focos separados.

Las astillas.

Las aldeas.

El Silencio Negro.

No eran ataques independientes.

Ni siquiera eran una campaña de destrucción.

Eran ensayos.

—Está aprendiendo a introducir la corrupción en todo Syltherion.

Geal asintió.

—Y cuando logre estabilizarla...

Miró a Alya.

Nadie terminó la frase.

No hacía falta.

La Llave.

Una persona capaz de ser escuchada por el conjunto.

Un conducto vivo.

Y una corrupción adaptada para atravesar aquello que el bosque reconocía como propio.

Alya lloraba.

Sin ruido.

Anjara se arrodilló.

—Alya.

—Los oigo.

—Mírame.

La niña no lo hizo.

Observaba a los prisioneros.

—Quieren que pare.

Anjara sintió que algo se le clavaba bajo las costillas.

—¿Qué cosa?

—Todo.

Faela se arrodilló al otro lado.

—Malorin utiliza su dolor.

Alya negó con fuerza.

—Son ellos.

—Sí, pero...

—Son ellos.

La niña se tapó los oídos.

—Quieren que termine.

Anjara la abrazó.

No porque creyera que pudiera detener lo que Alya sentía.

Porque nadie debería oír algo así sin tener a alguien sujetándola.

Kaelen se acercó al prisionero más cercano.

—Podemos cortar las cadenas.

Geal negó.

—No.

—¿Por qué?

Él señaló las raíces.

No rodeaban a los cuerpos.

Entraban en ellos.

—No sabemos cuánto tejido han sustituido.

Kaelen miró al hombre.

—Si cortamos...

—Puede desangrarse. O romperse algo que ya no puede funcionar sin la raíz.

—¿Puede?

—No tengo forma de saberlo.

Roric observó los cristales.

—Entonces los destruimos.

—Tampoco.

Roric giró.

—¿Por qué demonios no?

Geal señaló las líneas oscuras.

—Hay energía acumulada.

—¿Cuánta?

—No lo sé.

Roric se pasó una mano por la cara.

—Empiezo a odiar esas palabras.

Geal lo miró.

—Imagínate cómo me siento yo.

Anjara estudió el circuito.

—Si rompemos los cristales.

Geal respiró lentamente.

—Podría no ocurrir nada.

—O.

—O liberaríamos toda la carga acumulada hacia las raíces.

Faela se volvió.

—¿Las mataría?

—Podría.

—¿Cuántas?

Geal no respondió.

Faela miró hacia el techo.

—¿El Árbol Anciano?

Silencio.

Eso bastó.

Kaelen sacó la segunda cimitarra.

Faela la vio.

Comprendió.

—No.

Kaelen la miró.

—Están sufriendo.

—No.

—Faela.

—He dicho que no.

—Míralos.

—¡LOS ESTOY MIRANDO!

El grito rebotó entre las raíces.

Un prisionero gimió.

Faela quedó inmóvil.

Kaelen bajó ligeramente las armas.

—En el Gran Desierto —dijo—, cuando alguien no puede ser salvado...

—Esto no es tu desierto.

—No.

Kaelen miró a los Sylvaris.

—Pero el dolor se parece en todas partes.

Faela avanzó hacia ella.

—No vas a matarlos.

—No he dicho que quiera hacerlo.

—Lo estás pensando.

—Estoy pensando que quizá tengamos que decidir entre dejarlos así o darles una muerte que no dure semanas.

Faela la empujó.

Kaelen no se movió.

—No son animales heridos.

La guerrera endureció la voz.

—Nunca he dicho eso.

—Son personas.

—Lo sé.

Kaelen dio un paso hacia ella.