El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 25 EL GUARDIÁN DORMIDO #3
77%

CAPÍTULO 25 EL GUARDIÁN DORMIDO #3

—Nada desde hace días.

Vitor cerró una mano sobre el parapeto.

Anjara apareció en su pensamiento antes que nadie.

El gesto que hacía al tocar la Gema cuando estaba incómoda.

La forma de mirar heridas antes que armas.

Cómo discutía más cuando tenía miedo.

Aquella vez, durante un entrenamiento, en que había conseguido esquivar un golpe y se había reído.

Solo una vez.

Después había parecido avergonzada de haberse permitido hacerlo.

Vitor apartó la imagen.

Kaelen.

Geal.

Roric.

Faela.

El Cadre.

Todos.

—Entonces hacemos nuestro trabajo.

Eldrin lo observó.

—¿Cuál crees que es?

—Detenerlos.

—No.

Vitor giró.

—¿No?

—No podemos vencer a Malakor aquí.

—Entonces ¿para qué levantamos muros?

—Para ganar tiempo.

—¿Para quién?

Eldrin miró hacia el patio.

—Para todos los que todavía puedan hacer algo con ese tiempo.

Silencio.

—La Academia guarda demasiado —continuó—. Archivos. Cámaras. Sellos. Si Malakor entra...

—Destruimos lo que no podamos evacuar.

—Sí.

—¿Y después?

Eldrin miró hacia el sur.

—Después hacemos que el martillo tarde todo lo posible en romper el yunque.

La frase despertó algo en Vitor.

Un recuerdo antiguo.

Nieve.

Sangre.

Una mujer de cabello oscuro.

Ojos grises.

Elara.

Vitor frunció el ceño.

—No.

Eldrin lo miró.

—¿Qué?

—No conviertas esto en aquello.

—No lo hago.

—Sí.

Vitor se acercó.

—No pienso quedarme esperando a que todo el mundo muera mientras otros resuelven una guerra lejos de aquí.

—No es lo que he dicho.

—Es lo que estás pensando.

Eldrin soportó su mirada.

—Estoy pensando que una fortaleza puede reconstruirse.

—Una persona no.

—Precisamente.

Vitor miró a los alumnos.

Comprendió.

—Quieres evacuar a más.

—A todos los que podamos.

—Debilitará la defensa.

—Sí.

—Malakor entrará antes.

—Sí.

Vitor apretó los dientes.

—Odio cuando tienes razón.

Eldrin levantó una ceja.

—No soy consciente de que eso haya ocurrido todavía.

Vitor lo miró.

El anciano sonrió apenas.

—Estás aprendiendo de Roric.

—Retiro lo dicho.

Un halcón apareció entre las nubes.

Descendió con violencia.

Eldrin extendió el brazo.

El ave aterrizó.

Había sangre entre sus plumas.

No era suya.

El anciano retiró el cilindro sujeto a su pata.

Leyó.

Su expresión cambió.

—¿Qué?

Eldrin le entregó el mensaje.

AVANZADA SUR DESTRUIDA.

SIN SUPERVIVIENTES CONFIRMADOS.

EL GRIFO HA CRUZADO EL RÍO.

MARCHAN DE NOCHE.

Vitor levantó los ojos hacia el horizonte.

Cinco días.

Quizá menos.

A muchas leguas al sur, la Legión del Grifo Negro tampoco dormía.

Las antorchas convertían la llanura en una constelación terrestre.

Miles de hombres avanzaban en columnas.

Ruedas.

Caballos.

Acero.

Ingenieros.

Herreros.

Sanadores militares.

Carros cubiertos.

Nadie caminaba fuera de su lugar.

Nadie hablaba más de lo imprescindible.

En el centro avanzaba un caballo negro.

El hombre que lo montaba no necesitaba estandarte.

Los soldados se apartaban antes de verlo.

Lord Malakor contemplaba las Montañas del Lamento.

Todavía eran una línea oscura contra el cielo.

Un oficial cabalgaba a su derecha.

—Cinco días, mi señor.

Malakor no apartó la vista de las montañas.

—Cuatro.

—Los ingenieros estiman cinco.

—Los ingenieros duermen.

El oficial calló.

Malakor observó las columnas.

—Nosotros no.

—Sí, mi señor.

—¿Artillería?

—Seis piezas pesadas. Ocho ligeras.

—Insuficiente.

—Podemos esperar al segundo convoy.

—No.

—Llegaría en dos días.

—En dos días Eldrin habrá evacuado la mitad de lo que quiero encontrar.

El oficial tragó saliva.

—Entonces atacaremos con lo que tenemos.

Malakor lo miró.

—No.

El hombre palideció.

—Mi señor...

—Atacaremos con lo que necesitemos.

Detrás de la artillería ordinaria avanzaban cuatro carros distintos.

No transportaban piedra.

Cada uno llevaba un cilindro oscuro sujeto por cadenas.

Runas violetas recorrían el metal.

Los caballos se resistían a pasar cerca.

El oficial miró los cilindros.

—Los prototipos no han sido probados contra defensas tan antiguas.

—Por eso vamos a probarlos.

—Pueden fallar.

Malakor volvió los ojos hacia las montañas.

—Todo puede fallar.

Después lo miró.

—La diferencia está en qué haces después.

El oficial guardó silencio.

—Quiero la Academia lo más intacta posible.

—¿Y los defensores?

—Irrelevantes.

—¿Prisioneros?

Malakor pensó.

—Maestros.

—¿Alumnos?

—Los que sepan algo.

El oficial no preguntó por los demás.

Consultó una tablilla.

—Ha llegado otro mensaje de Syltherion.

Eso sí hizo que Malakor lo mirara.

—¿Vorlag?

—Una transmisión parcial. El Santuario de los Brotes Durmientes ha sido localizado.

Malakor entrecerró los ojos.

—La Llave.

—No está confirmado.

—Está allí.

—¿Cómo lo sabéis?

—Malorin no habría movido a sus criaturas por un rumor.

El oficial dudó.

—¿Confiáis en él?

Una sombra de sonrisa apareció en el rostro de Malakor.

—No.

—Entonces...

—Confiar es una palabra que utilizan los hombres cuando carecen de recursos suficientes.

El oficial guardó silencio.

—Malorin quiere algo. Yo también. Mientras ambas ambiciones avancen en la misma dirección, tenemos una alianza.

—¿Y después?

Malakor volvió la vista hacia las montañas.

—Después comprobaremos quién sigue siendo útil.

Un cuerno sonó en la distancia.

La columna aceleró.

Miles de botas golpearon la tierra.

Más allá de aquellas montañas se alzaba la Academia Arcana.

Sus archivos.

Sus cámaras.

Sus maestros.

Sus secretos.

Y una deuda que Malakor llevaba demasiados años sin cobrar.

El oficial miró hacia las cumbres.

—Cuatro días.

Malakor observó las antorchas extendiéndose durante leguas.

—Tres.

El hombre lo miró.

—¿Tres?

—Si quieren seguir vivos.

La Legión continuó marchando.

Y, muy lejos, la Academia preparaba sus muros para una batalla que Vitor ya sabía que no podían ganar.

Por eso estaba decidido a convertir cada hora que les quedaba en algo que Malakor tuviera que pagar.