CAPÍTULO 25 EL GUARDIÁN DORMIDO #2
La niña negó.
—De despertar.
Eso silenció incluso a Geal.
Anjara se agachó ante ella.
—No tienes que escucharlo.
—No puedo dejar de hacerlo.
—¿Como las raíces?
Alya se llevó una mano al pecho.
—Más fuerte.
Miró alrededor.
—Todo está conectado con él.
Faela palideció.
—Si Terragon está unido a las raíces profundas...
Geal terminó la idea.
—La corrupción puede estar alcanzándolo.
El peso de aquello llenó la caverna.
Anjara recordó las manchas negras.
Las astillas.
Las Vías.
Los múltiples focos.
—Malorin quizá ni siquiera sabe que Terragon está aquí.
Geal negó despacio.
—O quizá sí.
—No podemos asumirlo.
—No.
Anjara contempló la inmensidad del Guardián.
—Pero si la corrupción altera su sueño...
Faela habló:
—No necesitamos que despierte por completo para que sea una catástrofe.
Kaelen se volvió.
—¿Por qué?
—Es el Guardián de la Tierra.
Faela apoyó una mano contra la roca.
—Si su cuerpo y Syltherion llevan miles de años creciendo juntos, cualquier convulsión podría propagarse.
Geal miró el suelo.
—Terremotos.
—Desprendimientos —añadió Kaelen.
—Rupturas en las raíces profundas.
Alya habló muy bajo.
—Dolor.
Anjara miró a la niña.
—¿Qué?
—Si despierta mal...
Alya cerró los ojos.
—Todo dolerá.
La urgencia regresó.
No podían quedarse allí.
—¿Puedes seguir el dolor que viene del Corazón?
Alya miró hacia el otro lado del cuerpo mineralizado.
—Sí.
Anjara dudó.
—¿Estás segura?
—No.
Roric sonrió.
—Definitivamente está aprendiendo de ti.
Alya señaló un paso estrecho entre dos enormes vértebras.
—Pero viene de allí.
Anjara se incorporó.
—Entonces seguimos.
Atravesar el cuerpo de Terragon resultó más inquietante que contemplarlo.
Las vértebras formaban pasadizos.
En algunos lugares la roca había crecido alrededor.
En otros, el propio hueso parecía haberse convertido en piedra.
Geal dejó de intentar establecer dónde terminaba uno y empezaba la otra.
Eso preocupó a Anjara.
No porque necesitara una respuesta.
Porque Geal siempre intentaba encontrarla.
La respiración del Guardián los acompañó.
Cada varios minutos, el suelo vibraba.
Un pulso.
Una inspiración.
Después quietud.
Alya se acostumbró antes que ellos.
Roric no.
—¿Cuánto lleva dormido?
Faela negó.
—No lo sabemos.
—¿Miles de años?
—Probablemente.
—¿Y nunca se mueve?
Geal lo miró.
—Está respirando.
—Sí. Ese es exactamente el detalle que me molesta.
El camino descendió.
La luz azul empezó a escasear.
Geal activó uno de sus pequeños cristales alquímicos.
Un resplandor tenue.
Anjara lo miró.
—Mucho mejor.
—No pienso gastar Ichor sin necesidad.
Roric señaló al Drakthar.
—Está aprendiendo.
—Todos estamos aprendiendo.
—No exageremos.
Encontraron la primera raíz negra poco después.
Cruzaba el corredor de lado a lado.
Faela se detuvo.
No era una raíz enferma como las de las Vías.
Aquella estaba muerta.
Por completo.
Geal se agachó.
—No veo ninguna astilla.
Anjara miró a Alya.
—¿La sientes?
La niña cerró los ojos.
Después negó.
—Nada.
Faela apoyó la palma.
La retiró enseguida.
—Vacía.
Roric miró hacia delante.
—Entonces vamos bien.
Kaelen lo miró.
—Una raíz muerta te parece una buena señal.
—Buscamos al hombre que mata raíces.
Anjara contempló el corredor.
—Tiene razón.
Geal señaló a Roric.
—No le digas eso con demasiada frecuencia.
—Gracias por proteger mi humildad.
Continuaron.
Más raíces muertas.
Tierra ennegrecida.
Un olor dulce.
Podrido.
Geal se cubrió la nariz.
—Nos acercamos.
Alya dejó de hablar.
Anjara lo notó.
—¿Qué pasa?
La niña señaló hacia delante.
—Él.
—¿Malorin?
Alya asintió.
—Ahora también me escucha.
Todos se detuvieron.
Anjara se agachó.
—¿Cómo lo sabes?
Alya buscó las palabras.
—Antes yo sentía el bosque.
Miró hacia la oscuridad.
—Ahora algo siente cuando yo lo siento.
Faela perdió el color.
—El vínculo funciona en las dos direcciones.
Geal murmuró:
—Un conducto.
Anjara recordó a Erion.
La Llave no mandaba.
Era escuchada.
Y si Malorin había aprendido a entrar en aquella escucha...
—Entonces sabe que estamos cerca.
Kaelen sacó una cimitarra.
—Bien.
—No necesariamente sabe el camino exacto —dijo Anjara—. Solo que Alya se mueve por las raíces.
Roric miró alrededor.
—Con raíces muertas por todas partes, no tardará en adivinarlo.
—Probablemente.
—¿Plan?
Anjara observó el túnel.
Retroceder implicaba volver a Terragon.
Buscar una salida distinta que quizá no existiera.
Mientras tanto, el santuario podía estar cayendo.
Arboris seguía amenazada.
Malorin seguía sembrando.
Y Alya continuaba siendo lo que necesitaba.
No había una buena opción.
—Seguimos.
Kaelen asintió.
Geal también.
Faela tardó un poco más.
Roric se encogió de hombros.
—A estas alturas me habría preocupado que dijeras otra cosa.
Alya no se movió.
Anjara se volvió hacia ella.
—¿Qué pasa?
—Tengo miedo.
Anjara se agachó.
—Yo también.
—Mucho.
—Yo también.
Alya la observó.
—No parece.
Anjara sonrió apenas.
—He practicado.
La niña miró el corredor.
—Si me encuentra...
—No voy a decirte que no puede.
Alya volvió a mirarla.
—Entonces ¿qué vas a decir?
Anjara extendió la mano.
—Que, si ocurre, no estarás sola.
Alya recordó la promesa.
Se vio en sus ojos.
Le dio la mano.
—Vale.
Muy lejos de Syltherion, una campana comenzó a sonar.
La primera campanada atravesó la Academia Arcana antes del amanecer.
Vitor abrió los ojos.
Ya estaba vestido.
No había dormido.
La segunda campanada lo encontró ajustándose el último brazalete de la armadura.
La tercera, saliendo al corredor.
La Academia estaba despierta.
No había pánico.
Aún.
Aprendices medio vestidos corrían hacia sus puestos.
Acólitos transportaban cajas.
Sanadores discutían sobre dónde instalar un segundo puesto médico.
Un cocinero gritaba porque alguien había utilizado sus carros de harina para construir una barricada.
Vitor pasó junto a él.
—Necesito esos carros.
—¡Y yo necesito alimentar a cuatrocientas personas!
—Vacía la harina primero.
El hombre lo miró como si acabara de insultar a sus antepasados.
—Eso pensaba hacer.
—Bien.
Vitor siguió caminando.
—Y cuando termine esto me devuelves cada carro.
—Si queda alguno.
—¡ESO NO AYUDA!
Vitor casi sonrió.
Casi.
El Crisol ya no parecía un lugar de entrenamiento.
Habían retirado los blancos.
Las estructuras ligeras habían desaparecido.
En su lugar había parapetos.
Barriles de agua.
Cajones de flechas.
Dos balistas.
Los alumnos mayores transportaban piedra hacia los muros.
Los menores trasladaban suministros hacia las cámaras interiores.
Borin estaba en mitad de todo.
Naturalmente.
—¡Ese muro no detendría ni a una cabra enfadada!
Un grupo de aprendices añadió otra piedra.
Borin gritó:
—¡MÁS!
Vitor se acercó.
—Si gastas todo aquí, no tendremos refuerzo para la puerta oriental.
Borin se volvió.
Tenía polvo blanco en la barba.
—La puerta aguanta.
—Eso dijiste del muro del campo.
—Aguantó.
—Cayó.
—Después.
Vitor lo miró.
Borin sonrió.
—Detalles.
El humor desapareció enseguida.
—¿Noticias?
—Eldrin me ha llamado a la Aguja.
—Entonces son malas.
—Siempre lo son.
—Hoy pueden ser peores.
Vitor no respondió.
Borin tampoco necesitaba que lo hiciera.
La subida hasta la Aguja del Observador tardó más de lo habitual.
Habían colocado arqueros en cada nivel.
Las runas defensivas estaban activas.
Líneas doradas recorrían la piedra.
Vitor reconoció algunas.
Otras eran tan antiguas que ni siquiera sabía quién las había trazado.
Cuando alcanzó la cima, el viento casi le arrancó la capa.
Eldrin estaba junto al parapeto.
Solo.
Un pergamino en la mano.
Vitor esperó.
—Han regresado tres —dijo el anciano.
Vitor miró el papel.
—¿De cuántos?
—Siete.
—¿Dónde?
—Llanura de Eren.
Demasiado cerca.
—¿Cuántos enemigos?
—No pudieron contarlos.
—Una estimación.
—Más de seis mil.
Vitor no cambió de expresión.
Por dentro ya estaba calculando.
Eldrin continuó:
—Infantería pesada. Caballería. Ingenieros. Magos juramentados.
—¿Artillería?
—Sí.
—¿Cuánta?
—No pudieron acercarse.
Vitor miró hacia el horizonte.
No veía al ejército.
Podía imaginarlo.
Una columna de acero avanzando hacia la Academia.
Ordenada.
Lenta.
Segura.
—Malakor.
Eldrin asintió.
—En persona.
Vitor apoyó ambas manos sobre el parapeto.
—¿Tiempo?
—Cinco días.
Cinco.
Comida.
Agua.
Defensas.
Número de combatientes.
Rutas.
Heridos.
Puertas.
Murallas.
Alumnos.
Probabilidades.
Ninguna respuesta era buena.
—Evacuamos a los menores.
—Ya lo he ordenado.
—¿Cuántos?
—Ciento doce.
—Ruta.
—Noroeste. Senderos de cabra hasta las minas antiguas. Después se dividirán.
—Escolta.
—Doce acólitos.
Vitor negó.
—Ocho.
Eldrin frunció el ceño.
—Son niños.
—Precisamente. Malakor quiere esta fortaleza. No a ciento doce aprendices huyendo hacia unas minas.
—Si los encuentra...
—Doce tampoco bastarán.
Eldrin cerró los ojos.
—Ocho.
Vitor asintió.
—¿Y los alumnos mayores?
—Algunos quieren marcharse.
—Déjalos.
—¿Sin castigo?
Vitor lo miró.
—No podemos obligar a un alumno a morir por una fortaleza.
—La Academia es más que una fortaleza.
Vitor bajó la vista hacia el Crisol.
Desde allí veía figuras pequeñas corriendo de un lado a otro.
Había entrenado a muchos.
Discutido con casi todos.
Visto a algunos caer.
A otros levantarse.
Anjara había sangrado allí.
Kaelen había aprendido a medir el momento antes de atacar.
Geal había intentado convertir cada ejercicio en un problema que pudiera resolver.
Roric había empezado a descubrir que podía permanecer cuando su cuerpo le pedía huir.
—Lo sé.
Eldrin lo observó.
—Se ha convertido en un hogar para ti.
Vitor endureció el rostro.
—No empieces.
—No era una crítica.
—Peor.
Eldrin casi sonrió.
Después desplegó otro mapa.
—Hay algo más.
Vitor lo supo por su voz.
—Habla.
—La Legión no marcha únicamente hacia nosotros.
Vitor miró el mapa.
Eldrin señaló varias rutas.
—Un contingente se dirige hacia las costas.
—¿Objetivo?
—No lo sabemos.
—Entonces todavía no me interesa.
—Debería.
Eldrin señaló Igvaris.
—Hemos interceptado referencias a las forjas antiguas.
Vitor quedó quieto.
Ignivar.
No pronunció el nombre.
—Los Guardianes no son armas.
—Malakor parece empeñado en convertir todo lo que existe en una.
Vitor miró el mapa.
Después Syltherion.
—¿Noticias?
Eldrin no respondió de inmediato.
Eso bastó.