CAPÍTULO 25 EL GUARDIÁN DORMIDO
La respiración volvió.
Lenta.
Profunda.
Tan vasta que Anjara no la oyó únicamente con los oídos. La sintió subir desde la piedra, atravesarle las plantas de los pies y perderse entre las costillas.
Alya había dejado de apretarle una sola mano.
Ahora la sujetaba con las dos.
—No está muerto —susurró.
Nadie respondió.
Ante ellos, las enormes costillas blanquecinas se arqueaban hacia un techo que la luz azul de los cristales apenas alcanzaba a revelar.
Algunas desaparecían dentro de la roca. Otras estaban cubiertas por una capa mineral tan gruesa que resultaba imposible saber dónde terminaba el hueso y comenzaba la montaña.
Geal avanzó.
Un paso.
Después otro.
Kaelen le cruzó un brazo delante del pecho.
—Has intentado tocar demasiadas cosas potencialmente mortales desde que entramos aquí.
Geal frunció el ceño.
—No iba a tocar nada.
Roric lo miró.
—Has dicho eso tres veces y las tres tu mano estaba avanzando.
—Examinar no es tocar.
—Con tus dedos, la diferencia suele durar muy poco.
Geal iba a responder.
Anjara lo llamó.
—Geal.
El Drakthar dejó de discutir.
—¿Sí?
—Antes ibas a decir algo.
Su expresión cambió.
La fascinación permanecía.
Pero debajo apareció otra cosa.
Respeto.
Quizá miedo.
—Sí.
—Dilo.
Geal contempló las costillas.
—Mi pueblo cuenta historias sobre criaturas que existían antes de que los primeros reinos decidieran dónde terminaban sus fronteras.
Faela volvió la cabeza.
—Todos los pueblos de Eldoria cuentan historias así.
—No de la misma manera.
Roric suspiró.
—Naturalmente los Drakthar las cuentan mejor.
Geal lo ignoró.
—Nosotros crecemos entre volcanes y montañas. Aprendemos muy pronto que algo puede permanecer quieto durante cien vidas y seguir estando vivo.
Miró hacia la columna vertebral que desaparecía bajo kilómetros de roca.
—Hay una historia muy antigua. Habla de un ser que no caminaba sobre la tierra.
Hizo una pausa.
—Era la tierra.
Alya miró hacia la oscuridad.
La siguiente respiración hizo caer una lluvia fina de polvo mineral.
Faela palideció.
—No digamos el nombre todavía.
Geal la miró.
—También lo estás pensando.
—Estoy pensando que acabamos de aprender lo peligroso que es convertir una sospecha en certeza.
Anjara levantó ligeramente las cejas.
Faela la miró.
—Se me ha pegado algo de ti.
—Podría ser peor.
Roric observó las costillas.
—Entonces comprobadlo antes de decidir que estamos dentro del esqueleto de un dios.
—Guardián —corrigió Faela.
—Eso lo hace muchísimo menos alarmante.
Anjara regresó a la inscripción.
Los caracteres circulares tallados sobre la superficie mineralizada no eran idénticos a los que Eldrin le había obligado a repetir durante horas.
Pero pertenecían a la misma lengua.
Esferian.
Mucho más antiguo.
Algunos signos orbitaban alrededor de otros. Una sola palabra parecía necesitar varias direcciones de lectura.
Anjara se agachó.
—Reconozco partes.
Geal se situó a su lado.
—Yo también.
—No toques.
—Ni siquiera he...
Roric carraspeó.
Geal lo fulminó con la mirada.
—Estás disfrutando demasiado de esto.
—Es lo único que mantiene alta mi moral.
Anjara siguió una sucesión de símbolos con el dedo sin rozarlos.
—Aquí.
Geal se inclinó.
—Tierra.
—No exactamente.
—¿No?
—Eldrin me habría lanzado un libro por traducirlo así.
Roric pareció interesado.
—¿Eldrin lanza libros?
—Cuando pronuncias mal.
—Me sorprende que Geal siga vivo.
—Yo pronuncio perfectamente.
Kaelen soltó aire por la nariz.
Anjara continuó.
—La raíz no significa solo tierra. También piedra. Fundamento. Aquello que sostiene.
Geal señaló el símbolo siguiente.
—Y esto...
Se quedó quieto.
Faela se acercó.
—¿Qué?
Anjara levantó los ojos hacia las costillas.
—Guardián.
El silencio regresó.
Esta vez Roric no hizo ningún comentario.
Trabajaron juntos.
No había una frase completa que pudiera leerse de principio a fin.
Había ideas.
Fragmentos.
Símbolos repetidos.
GUARDIÁN.
TIERRA.
HERIDA.
SUEÑO.
CONTENER.
Y uno mucho más elaborado que los demás.
Tres círculos concéntricos atravesados por una línea quebrada.
Alya se acercó.
—Ese es su nombre.
Anjara la miró.
—¿Puedes leerlo?
—No.
—Entonces ¿cómo lo sabes?
Alya se encogió de hombros.
—Lo sabe la raíz.
Geal observó el símbolo.
Después las costillas.
La montaña.
Pronunció el nombre con cuidado.
—Terragon.
La caverna respondió.
No con un rugido.
Con un pulso.
La veta azul bajo sus pies se iluminó de golpe.
La luz corrió por el suelo, trepó por las paredes y desapareció en la distancia.
Alya soltó la mano de Anjara.
Todos retrocedieron.
La Gema ardió contra su pecho.
Roric tragó saliva.
—Eso ha sonado bastante parecido a una confirmación.
Geal parecía haber olvidado cómo cerrar la boca.
—Terragon.
Kaelen lo miró.
—Ya lo has dicho.
—El Gran Dragón.
Anjara contempló el cuerpo mineralizado.
Ahora que tenía un nombre, su escala resultaba todavía más difícil de aceptar.
Aquello que habían confundido con huesos no descansaba dentro de una caverna.
Formaba parte de ella.
Roca y carne, hueso y montaña, fundidos durante tanto tiempo que distinguirlos ya no tenía sentido.
—Entonces no estamos ante sus restos.
Geal negó.
—No.
Alya apoyó la palma sobre el suelo.
—Duerme.
Faela cerró los ojos.
—Ahora también lo siento.
Kaelen la observó.
—Antes no.
—Antes creía que era la montaña.
Geal miró hacia la oscuridad.
—Tal vez no haya diferencia.
Anjara volvió a la inscripción.
—Tenemos que saber por qué está aquí.
Roric miró alrededor.
—Yo preferiría saber cómo alejarnos del dragón que es la montaña.
Kaelen apoyó una mano sobre su hombro.
—Por una vez, una propuesta sensata.
Roric sonrió.
—Gracias.
—Pero necesitamos la información.
La sonrisa desapareció.
—Retiro mi propuesta sensata.
El Esferian era demasiado antiguo para traducirlo palabra por palabra.
Anjara reconocía estructuras.
Geal encontraba raíces lingüísticas.
Faela aportaba fragmentos de relatos Sylvaris que parecían conservar distintas versiones de la misma historia.
Alya no traducía.
Hacía algo más extraño.
Corregía cuando algo no le encajaba.
—Eso no significa muerte —dijo en un momento.
Geal levantó la cabeza.
—Es un símbolo funerario.
Alya negó.
—No está muerto.
—Eso ya lo sabemos.
—Entonces no puede decir muerte.
Geal abrió la boca.
La cerró.
Volvió a estudiar la inscripción.
Anjara señaló una variación en el círculo exterior.
—Dormir.
Geal se inclinó.
—No...
Miró otra vez.
—Sí.
Roric sonrió.
—Acabas de ser corregido por una niña de ocho años.
—Me ha obligado a revisar una interpretación.
—Eso significa que te ha corregido.
Geal decidió no responder.
Poco a poco apareció una historia.
Incompleta.
Erosionada por siglos.
Pero suficiente para entender lo esencial.
Terragon había luchado.
Contra algo que las runas describían de distintas formas.
Sombra.
Hambre.
Ausencia.
Y una palabra que Anjara reconoció por los apuntes de Eldrin.
Vacío.
No había una descripción limpia de la batalla.
Solo consecuencias.
Una herida.
Algo introducido en el Guardián.
No una espada.
No exactamente.
Un fragmento.
Una forma de corrupción concentrada.
Geal dejó de leer.
Anjara lo notó.
—¿Qué?
—No me gusta este símbolo.
—Eso no es nuevo.
Geal señaló una secuencia.
—Habla de algo utilizado contra los Guardianes.
Faela se agachó.
—¿Un arma?
—Quizá.
—¿Qué clase?
—No lo sé.
Anjara siguió la siguiente construcción.
Una raíz relacionada con consumir.
Otra que no se refería al cuerpo.
—Alma.
Geal la miró.
—Sí.
Anjara sintió que el aire se volvía más pesado.
Devoradores de Almas.
No las criaturas concretas que acababan de combatir en el santuario.
Algo anterior.
Una idea.
Una tecnología o herida capaz de devorar lo que hacía a un ser ser él mismo.
La Gema dio un pulso caliente.
Kaelen se acercó.
—¿Qué significa?
Anjara negó.
—Todavía no lo sabemos.
Geal siguió leyendo.
La siguiente parte estaba peor conservada.
Y, aun así, había una idea que se repetía.
Traición.
No era una traducción exacta.
Podía ser ruptura.
Giro.
Aquello que protege convertido en aquello que hiere.
Después aparecían varios signos relacionados con piedra, sangre y forja.
Anjara dejó de respirar.
Conocía algunas de aquellas construcciones.
No por el Esferian.
Por Vitor.
Kaelthar.
Geal también lo vio.
—Hijos de la piedra.
Faela frunció el ceño.
—¿Qué?
Geal señaló la inscripción.
—O linaje de la montaña. Algo parecido.
Anjara siguió leyendo.
Las marcas eran demasiado antiguas.
Demasiado ambiguas.
Pero otra secuencia aparecía debajo.
LA MISMA SANGRE QUE FORJA EL ESCUDO PUEDE AFILAR LA DAGA.
Roric rompió el silencio.
—Eso suena mal.
—Suena incompleto —respondió Anjara.
Geal la miró.
—Podría referirse a los Kaelthar.
Anjara no respondió de inmediato.
Vitor.
La cicatriz de Ichor en su muñeca.
Sé quién soy con él.
Kael.
Las marcas de su pecho.
El archivo que Vitor había empezado a investigar sin que Anjara supiera todavía hasta dónde había llegado.
Dos hombres.
La misma sangre.
Quizá.
No.
Eso era precisamente lo que el lago le había enseñado a no hacer.
—Podría —admitió.
Geal esperó.
—Pero no sabemos que lo haga.
—La coincidencia es considerable.
—La coincidencia no es una sentencia.
Roric la observó con una expresión extraña.
—Hace unas semanas habrías decidido que Vitor planeaba traicionarnos antes de terminar la frase.
Anjara lo miró.
—Hace unas semanas era bastante más idiota.
—También ahora.
—Gracias.
—Para eso estoy.
Anjara regresó a la inscripción.
—Aunque hable de Kaelthar, esto tiene miles de años. No sabemos quién escribió la advertencia. No sabemos qué ocurrió. Ni si «linaje» significa todos, una casa concreta o algo que ya ni siquiera existe.
Geal asintió.
—Ni si la sangre es literal.
—Exacto.
Kaelen miró a Anjara.
—Lo recordamos.
—Sí.
—Pero no juzgamos.
Anjara pensó en Vitor.
En cómo había tenido que aprender a confiar en él a pesar de todo lo que desconocía.
—No.
Alzó la vista hacia las runas.
—Todavía no.
Alya se acercó a una de las costillas.
Anjara reaccionó enseguida.
—No la toques.
La niña detuvo la mano.
—Me llama.
Faela palideció.
—Alya.
—No con palabras.
Roric hizo una mueca.
—Cada vez que alguien aclara eso me preocupa más.
Alya miró a Anjara.
—Tiene miedo.
—¿De nosotros?