CAPÍTULO 24 BAJO LAS RAÍCES #3
Roric se atragantó con el agua.
Anjara tuvo que contener una sonrisa.
—Bastante.
—¿Y nadie se lo dijo?
—Supongo que mucha gente.
—Pues no escuchó.
Faela habló suavemente.
—Ese fue el principio del problema.
Alya miró a Anjara.
—¿Tú puedes curarlo?
La pregunta borró la sonrisa.
Anjara pensó en Malorin.
En animales deformados.
Aldeas vacías.
Raíces torturadas.
El falso niño.
Los muertos en el santuario.
—No lo sé.
—Curaste el árbol.
—No. Le quitamos lo que lo obligaba a atacarnos.
—Las raíces también.
—Las ayudé un poco.
Alya pareció satisfecha con aquella distinción.
—Entonces quizá puedas.
—Quizá él no quiera.
La niña mordió el último trozo de pan.
—Entonces será más difícil.
Anjara la miró.
No supo qué responder.
Kaelen se puso en pie.
—Ocho minutos.
Roric miró hacia arriba.
—Eres aterradora.
—Gracias.
Recogieron el equipo.
La veta azul los guio durante mucho tiempo.
Ya no había Geomorphs.
Ni niebla.
Eso debería haber tranquilizado a Anjara.
No lo hizo.
Un pulso viajaba bajo sus botas.
Lento.
Regular.
No era exactamente sonido.
Parecía una vibración transmitida por la roca.
Alya también lo notó.
Se detuvo.
—Otra vez.
Anjara miró hacia delante.
—¿El corazón?
Alya asintió.
Geal se acercó.
—¿Lo notas más fuerte?
—Sí.
—¿Está cerca?
Alya negó.
—No.
Geal frunció el ceño.
—Entonces ¿por qué...?
La niña apoyó una mano en la pared.
—Nosotros estamos más cerca de sus raíces.
Faela palideció.
Anjara miró el corredor.
—¿Del Corazón de la Carroña?
Geal negó lentamente.
—Puede que estemos usando el mismo término para cosas diferentes.
Anjara lo miró.
Él continuó:
—Malorin llamó así a su lugar. Su jardín. Pero Alya está describiendo algo mucho mayor.
Faela tocó la pared.
—Las raíces profundas de Syltherion convergen.
—Entonces Malorin puede estar utilizando estructuras que existían mucho antes que él —dijo Geal.
Roric suspiró.
—Cada respuesta hace el problema más grande.
—Sí —dijo Anjara.
—No era una pregunta.
—Lo sé.
El corredor terminó.
Sin aviso.
Ante ellos se abrió una sima gigantesca.
La luz azul no alcanzaba el techo.
Terrazas naturales descendían hacia la oscuridad.
Pequeños cristales incrustados en la roca brillaban como estrellas.
Y al otro lado...
algo blanco.
Enorme.
Anjara entrecerró los ojos.
—¿Qué es eso?
Geal avanzó.
Faela lo sujetó.
—Espera.
La forma atravesaba parte de la caverna.
Arcos pálidos.
Uno detrás de otro.
Demasiado regulares.
Roric tragó saliva.
—Parecen...
Kaelen terminó:
—Costillas.
La piel de Anjara se erizó.
Eran huesos.
O algo que había acabado convirtiéndose en mineral hasta que la diferencia entre hueso y montaña dejaba de ser clara.
Costillas gigantescas surgían de la roca.
Algunas estaban cubiertas de cristal.
Otras desaparecían dentro de las paredes.
Más adelante, una estructura similar a una columna vertebral se perdía en la negrura.
Geal había dejado de respirar.
—No puede ser.
Anjara lo miró.
—¿Qué?
El Drakthar avanzó un poco.
—No lo sé.
Aquello sí la inquietó.
—¿No lo sabes?
—Todavía no.
Se acercó a una de las costillas.
No la tocó.
Había aprendido algo.
—Está mineralizada.
Kaelen observó la escala.
—¿De qué criatura?
Geal negó.
—No conozco ningún animal que alcance este tamaño.
Alya se había quedado completamente inmóvil.
Anjara se agachó junto a ella.
—¿Qué ocurre?
La niña observaba los huesos.
—Está dormido.
Faela palideció.
—Alya...
—No muerto.
Señaló hacia la oscuridad.
—Dormido.
Geal miró a Faela.
Después a Anjara.
Nadie pronunció el nombre que estaba empezando a existir en la cabeza de todos.
No todavía.
Anjara acababa de aprender lo que podía ocurrir cuando una sospecha se convertía demasiado rápido en certeza.
Entonces vio las marcas.
Había líneas talladas sobre una de las estructuras blancas.
No eran grietas.
Ni vetas.
Símbolos.
Anjara se acercó.
—Esto sí lo conozco.
Geal miró.
—Esferian.
—Sí.
La inscripción era antiquísima.
Las formas habían cambiado respecto a las que Eldrin les había enseñado.
Algunos círculos estaban incompletos.
Otros se unían de formas que Anjara no sabía interpretar.
Geal se acuclilló.
—Hay una secuencia repetida.
—¿Puedes leerla?
—Solo partes.
Movió un dedo por el aire.
Sin tocar.
—Habla de una herida.
Anjara sintió un escalofrío.
Otra vez aquella palabra.
Elara.
Vizkyr.
El lago.
Malorin.
—¿Qué más?
Geal tardó.
—Algo contenido.
—¿Qué?
—No puedo saberlo con este fragmento.
Alya se acercó.
Cuando estuvo a pocos pasos de la inscripción, la Gema de Anjara ardió.
Ambas se detuvieron.
Un pulso recorrió la caverna.
Profundo.
Los cristales vibraron.
Anjara sujetó la hoz.
Kaelen desenvainó.
Roric miró alrededor.
—Decidme que ha sido la montaña.
Nadie respondió.
Llegó un segundo pulso.
Alya gimió.
Anjara la sujetó.
—¿Qué pasa?
La niña se llevó ambas manos a la cabeza.
—Está soñando.
—¿Quién?
Alya cerró los ojos.
—No lo sé.
La tierra tembló.
Polvo cayó de las costillas.
Y desde algún lugar mucho más profundo llegó un sonido.
No un rugido.
No una voz.
Una respiración.
Lenta.
Antigua.
Inmensa.
Geal retrocedió.
—Anjara...
Ella no apartó la mirada de la oscuridad.
—No digas nada todavía.
—Pero si es lo que creo...
—Todavía.
El Drakthar obedeció.
Alya abrió los ojos.
Había miedo.
Y otra cosa.
Reconocimiento.
—Nos ha sentido.
Anjara la miró.
—¿Quién?
Alya volvió el rostro hacia la oscuridad bajo aquellas costillas imposibles.
Otra respiración hizo vibrar el suelo.
La niña habló casi en un susurro.
—El que sueña con la tierra.
Anjara notó que Faela dejaba de respirar.
Alya apretó la mano de Anjara.
—Y le duele.
La tercera respiración atravesó la caverna.
Más profunda.
Más cerca.
Anjara contempló la columna vertebral perdida en la piedra.
No sabía todavía qué criatura podía permanecer enterrada bajo Syltherion durante tanto tiempo.
Pero empezaba a comprender algo mucho peor.
Malorin no había creado el dolor que corría por aquellas raíces.
Lo había encontrado.
Y quizá llevaba años aprendiendo a utilizarlo.
Anjara ajustó la mano alrededor de la de Alya.
Ante ellas, en la oscuridad, algo que debería haber sido montaña volvió a respirar.