El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 24 BAJO LAS RAÍCES #2
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CAPÍTULO 24 BAJO LAS RAÍCES #2

Y aquello, de manera extraña, ayudó.

Solo quedaron la cuerda.

El agua.

Las respiraciones.

El contacto de la mano pequeña de Alya.

Un paso.

Otro.

Anjara empezó a contar.

No para saber distancia.

Para mantener un ritmo.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Oyó cantar a Elara.

Muy bajo.

Una melodía antigua.

No recordaba las palabras.

Su madre se la había cantado a Liam.

Quizá también a ella.

La canción estaba en todas partes.

Anjara se dio cuenta de que su respiración había empezado a seguirla.

Eso le dio una idea.

Empezó a tararear.

Kaelen habló detrás.

—¿Qué haces?

Anjara no se detuvo.

La melodía era sencilla.

Cuatro notas.

Dos más.

No intentó reproducir la voz de la niebla.

Cantó lo que recordaba.

Su memoria.

No la imitación.

Faela se unió.

Una segunda voz debajo.

Más grave.

Sin palabras.

Geal tardó.

Después añadió una nota sostenida.

Roric resopló.

—No sé cantar.

Kaelen respondió:

—Yo tampoco.

—Eso explica tu carácter.

—Canta.

Roric emitió algo que quizá tenía intención musical.

—Eso es terrible —dijo Geal.

—Tú tampoco mejoras el conjunto.

Anjara empezó a marcar el paso con la bota.

Un golpe en el agua.

Otro.

Kaelen entendió.

Imitó el ritmo.

Roric también.

La cuerda empezó a moverse con ellos.

Ya no eran seis individuos rodeados de recuerdos.

Eran una marcha.

Alya comenzó a tararear.

No conocía la canción.

Inventó las notas que faltaban.

Y aquello resultó mejor que intentar recordar una melodía perfecta.

Las voces de la niebla no desaparecieron.

Kael siguió llamando.

Liam prometió que podían volver.

Elara lloró en algún lugar que no existía.

Geal pronunció el nombre de Lyra más de una vez.

Roric empezó a temblar cuando unos pasos invisibles caminaron junto a él.

Kaelen dejó escapar una palabra en la lengua del Gran Desierto que Anjara no entendió.

Faela lloraba.

Anjara lo supo por cómo se quebraba su respiración entre dos notas.

Pero ninguno soltó la cuerda.

Nadie abandonó el ritmo.

Siguieron.

No supieron durante cuánto.

Alya tropezó.

Anjara la sostuvo.

—¿Puedes seguir?

—Sí.

—Podemos parar.

La niña negó.

—Si paramos, escucharemos más.

Tenía razón.

Continuaron.

Roric fue quien lo notó.

—El suelo.

Anjara dio otro paso.

Ya no había barro.

Piedra.

El agua bajó hasta los tobillos.

Después a la suela.

Finalmente desapareció.

La niebla comenzó a clarear.

Geal abrió lentamente la mano.

Una luz minúscula apareció.

Nadie protestó.

La bruma se retiró.

Y el mundo cambió.

Anjara se quedó sin palabras.

La cámara parecía el interior de una gema.

Cristales gigantes emergían del suelo, las paredes y el techo.

Transparentes.

Azulados.

Blancos.

Gris humo.

La pequeña luz de Geal se multiplicó miles de veces, hasta que la caverna entera pareció llena de estrellas inmóviles.

Roric giró sobre sí mismo.

—Vale.

Nadie respondió.

—Esto sí ha merecido parte del sufrimiento.

Kaelen lo miró.

—Casi te pierdes en una niebla que imitaba a tus muertos.

—He dicho parte.

Geal se acercó a un cristal enorme.

—No lo toques —dijeron Anjara y Roric a la vez.

El Drakthar se volvió.

—No iba a tocarlo.

Roric señaló su mano.

—Estaba a dos dedos.

Geal la retiró.

—Lo examinaba.

—Con los dedos.

—Es un método válido.

—Lo pondremos en tu epitafio.

Alya soltó una risita.

Muy breve.

Se tapó la boca.

—Perdón.

Anjara negó.

—No te disculpes por reírte.

Roric señaló a Geal.

—Especialmente si él se lo ha ganado.

—No he hecho nada.

—Ese suele ser el comienzo.

Faela se acercó a una columna de cuarzo.

Apoyó la palma.

Kaelen la miró.

—¿A ella no vais a impedirle tocar cosas?

Roric lo consideró.

—Parece saber qué hace.

Geal abrió los brazos.

—Yo también.

Todos lo miraron.

Geal dejó caer las manos.

—Continuemos.

Faela cerró los ojos.

Su expresión cambió.

—Hay algo.

Anjara se acercó.

—¿Corrupción?

—No.

—¿Entonces?

Faela mantuvo la palma sobre el cristal.

—No sé explicarlo.

Alya se acercó a otra formación.

La tocó.

—Está dormido.

Faela abrió los ojos.

Miró a la niña.

—Sí.

Geal parecía fascinado.

—¿El cristal?

Alya negó.

—La tierra.

El silencio posterior fue diferente.

Más profundo.

Entonces llegó un zumbido.

Anjara lo sintió antes de oírlo.

En los dientes.

En los huesos.

La luz de Geal vibró.

—¿Qué ha sido?

Faela retiró la mano.

—No lo sé.

El zumbido volvió.

Más fuerte.

Una piedra cayó desde arriba.

Kaelen desenvainó las cimitarras.

—Nos movemos.

Un sonido llegó desde la izquierda.

Cristal rozando cristal.

Todos se volvieron.

Una formación se desplazó.

No se rompió.

Se movió.

Roric retrocedió.

—No.

Una masa de cuarzo se separó de la pared.

Primero pareció una roca.

Después sus piezas giraron.

Se reordenaron.

Una extremidad.

Luego otra.

No tenía rostro.

Ni ojos.

Un cuerpo compuesto enteramente de cristal.

Geal respiró como si estuviera contemplando una maravilla.

—Un Geomorph.

Kaelen lo miró.

—¿Sabes qué es?

—He leído sobre...

—¿Cómo se mata?

Geal tardó.

—No estoy seguro de que se mate.

—Geal.

—Tampoco sabemos si pretende atacarnos.

La criatura se volvió lentamente.

Hacia la luz.

Anjara lo vio.

—Apágala.

Geal miró su mano.

—¿Qué?

—Está siguiéndola.

El Geomorph avanzó.

El suelo vibró.

Geal cerró el puño.

Oscuridad.

La criatura se detuvo.

Todos quedaron inmóviles.

Anjara contuvo la respiración.

Un roce pasó muy cerca.

Cristal contra tela.

Alya apretó su mano.

El sonido se alejó.

Después llegó otra vibración.

Y otra.

Muchas.

Desde distintas partes de la cámara.

Geal susurró:

—No estamos solos.

Roric respondió en el mismo tono:

—Qué sorpresa que esa frase también haya sonado horrible en tu voz.

Un chirrido recorrió la galería.

Las paredes empezaron a moverse.

No a crecer.

A reorganizarse.

Cristales deslizándose, cerrando el camino por el que habían llegado.

Kaelen tensó el cuerpo.

—Corremos.

—No —dijo Anjara—. No sabemos si el movimiento también los altera.

—Pues el túnel se está cerrando.

Faela apoyó ambas manos sobre una columna.

Se quedó quieta.

—Tiene miedo.

Kaelen se volvió.

—¿La montaña?

—Sí.

—¿De nosotros?

Faela cerró los ojos.

—De algo.

Su voz descendió hasta convertirse en una nota.

Muy baja.

Más vibración que canción.

El cristal respondió.

Geal comprendió.

—Resonancia.

Roric habló:

—Voy a arrepentirme, pero ¿eso es bueno?

—Si consigue estabilizar la frecuencia con la que están reaccionando, quizá dejen de interpretarnos como una perturbación.

Roric cerró los ojos.

—A veces echo de menos cuando no entendía tus explicaciones.

Faela cambió ligeramente la nota.

El zumbido descendió.

Los cristales redujeron el movimiento.

No se detuvieron por completo.

Suficiente.

Alya tiró de la mano de Anjara.

—Por allí.

Anjara no veía ninguna diferencia entre una oscuridad y otra.

—¿Qué hay?

Alya escuchó algo que ninguno de ellos podía oír.

—Menos miedo.

Anjara asintió.

—Nos vale.

—¿Seguro?

—No.

Alya pareció considerar la respuesta.

—Bien.

Anjara sonrió.

—Estás aprendiendo demasiado rápido.

Volvieron a usar la cuerda.

Geal creó una luz diminuta.

Casi una chispa.

La ocultaba dentro del puño y solo abría los dedos durante unos segundos cuando necesitaban comprobar el terreno.

Faela siguió produciendo aquella nota.

No dominaba la montaña.

Intentaba no sobresaltarla.

Alya escogía los desvíos.

Derecha.

Izquierda.

Otra derecha.

De vez en cuando tocaba el suelo.

Esperaba.

Seguía.

Un Geomorph apareció a menos de un metro de Roric.

El ladrón se quedó inmóvil.

La criatura levantó una extremidad de cuarzo.

Roric no sacó las dagas.

No corrió.

Ni siquiera retrocedió.

El cristal rozó su hombro.

Siguió descendiendo.

Después la criatura se fundió lentamente con la pared.

Roric tardó varios segundos en respirar.

—No quiero volver a hacer eso nunca.

Kaelen habló desde delante.

—Lo has hecho bien.

Roric levantó la cabeza.

—¿Eso ha sido un elogio?

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Siguieron.

Mucho después, las paredes dejaron de moverse.

Las vetas de cuarzo cambiaron a azul pálido.

Emitían suficiente luz para que Geal pudiera apagar la suya.

Alya se sentó sobre una roca.

—Estoy cansada.

Anjara se arrodilló inmediatamente.

—Paramos.

Kaelen observó la zona.

—Cinco minutos.

—Diez.

—Ocho.

Roric levantó un dedo.

—Admiro que negociéis incluso el descanso de una niña de ocho años.

Anjara sacó el odre.

—Bebe.

Alya bebió.

Después miró el pan.

—No tengo hambre.

—Come.

—No quiero.

—No te he preguntado si quieres.

Alya la estudió.

—Hablas como Lyandra.

Anjara se quedó quieta.

—¿Eso es bueno?

La niña lo pensó.

—A veces.

Roric soltó una carcajada.

Anjara le dio medio trozo de pan.

—La mitad.

—La mitad.

Alya mordió.

Anjara se sentó a su lado.

Geal volvió a examinarle las manos.

Las líneas oscuras que habían aparecido al extraer la astilla del árbol casi habían desaparecido.

Kaelen se acercó.

—¿Cómo están?

Anjara flexionó los dedos.

—Duelen.

—Eso no responde.

—Entonces están bien.

Geal levantó un dedo.

—Esa lógica es deplorable.

Anjara lo miró.

—La aprendí observándoos.

Geal abrió la boca.

Roric tosió.

El Drakthar decidió guardar silencio.

Faela bebía apoyada contra una columna azul.

Anjara la observó.

—¿Qué viste en la niebla?

Faela levantó la mirada.

—Habíamos acordado no preguntar.

—Eso era sobre el lago.

—Conveniente.

Anjara se encogió de hombros.

—Vale.

No insistió.

Pasaron unos segundos.

Faela fue quien habló.

—Mi casa.

Anjara esperó.

—Antes de marcharme.

Nada más.

Anjara asintió.

—Entiendo.

Faela la miró.

—¿No vas a preguntar?

—No.

—¿Por qué?

—Porque si quieres contarlo, lo harás.

Faela bajó la mirada hacia el agua de su cantimplora.

—Quizá algún día.

—Quizá.

El silencio dejó de ser incómodo.

Alya terminó el pan.

—Anjara.

—¿Sí?

—¿Por qué Malorin quiere que deje de doler todo?

Geal levantó la cabeza.

Faela también.

Anjara pensó en la respuesta.

No en la que daría Eldrin.

Ni en la que daría un historiador.

En la que pudiera entender Alya.

—Porque siente demasiado dolor.

—Entonces debería curarlo.

—Eso intentó.

Alya frunció el ceño.

—Lo hizo muy mal.

Anjara sonrió.

—Sí.

—¿Por qué?

Anjara miró las vetas azules.

—Porque acabó pensando que, si estar vivo significa sufrir alguna vez, la forma de eliminar el sufrimiento era eliminar aquello que puede sufrir.

Alya permaneció callada.

—Eso es estúpido.