CAPÍTULO 24 BAJO LAS RAÍCES
La oscuridad se cerró detrás de ellos.
No hubo un portazo.
Ni un mecanismo.
Solo el roce lento de las raíces encajando unas contra otras hasta borrar la última línea de luz procedente del santuario.
Anjara permaneció inmóvil.
Escuchó.
Nada.
Ni acero.
Ni gritos.
Ni el rugido que había hecho temblar el Velo.
Aquello resultaba peor.
Porque significaba que Lyandra, Lyren y todos los que se habían quedado arriba podían estar luchando a unos metros de ellos o ya muertos.
Y Anjara no tenía forma de saberlo.
Alya le apretó la mano.
—¿Lyandra va a morir?
La pregunta llegó con la precisión de una hoja.
Anjara bajó la mirada.
La pequeña luz química que Geal sostenía apenas iluminaba el rostro de la niña.
Podía mentir.
Decirle que no.
Que Lyandra sabía defenderse.
Que Arboris enviaría guerreros.
Que el Velo resistiría.
Todas eran posibilidades.
Ninguna era una certeza.
—No lo sé.
Alya apretó los labios.
—Todos dicen eso cuando creen que sí.
Anjara sintió el golpe.
—Yo no.
—¿Seguro?
—Seguro.
La niña la estudió.
No pareció sentirse mejor.
Anjara tampoco pretendía que lo hiciera.
La verdad no siempre servía para tranquilizar.
A veces solo evitaba añadir una herida nueva encima de las demás.
Alya asintió.
—Vale.
Y empezó a bajar.
Anjara fue con ella.
Las escaleras rodeaban raíces tan gruesas como torres.
No habían sido talladas.
Habían crecido así.
Cada peldaño era una prolongación de la propia madera, alisada por incontables pies desaparecidos hacía generaciones.
Faela pasó una mano por una pared.
—Esto es muchísimo más antiguo que el santuario.
Geal levantó la luz.
—¿Cuánto?
—No lo sé.
Roric habló desde detrás.
—Me sorprende oírte pronunciar esas palabras.
Faela se volvió.
—¿Por qué?
—Porque desde que llegamos a Syltherion todos parecéis conocer la edad exacta de cada árbol, cada raíz y cada piedra con musgo.
—Y tú pareces saber siempre cuándo hablar.
Roric sonrió.
—Gracias.
—No era un elogio.
—Entonces lo retiro.
Kaelen pasó junto a ambos.
—Guardad aire.
Roric señaló su espalda.
—Eso sí lo he entendido.
Anjara dejó que continuaran.
El humor era más bajo allí.
Más breve.
Pero cumplía su función.
Les recordaba quiénes eran.
Y que todavía podían decidir cómo atravesar el miedo.
Descendieron.
Cien escalones.
Después más.
La cuenta dejó de importar.
El aire se volvió húmedo.
No frío.
Pesado.
La humedad se pegaba al cabello, a la ropa y a la piel.
Finalmente, la escalera terminó.
Geal levantó la luz.
La cámara se extendía mucho más allá de lo que aquel pequeño resplandor podía alcanzar.
No había paredes visibles.
Solo raíces.
Inmensas.
Descendían desde la oscuridad del techo y se hundían en una niebla blanca que cubría el suelo.
Roric observó la bruma.
—Por favor, dime que no vamos por ahí.
Faela no contestó.
Roric cerró los ojos.
—Faela.
—Vamos por ahí.
—Bien. Quería comprobar que el universo seguía odiándome.
Alya se acercó demasiado al borde.
Anjara la sujetó por el hombro.
—Despacio.
La niña miró la niebla.
Su expresión cambió.
—No les gusta.
Faela se acercó.
—¿A las raíces?
Alya negó.
—No.
Señaló la bruma.
—A ellas tampoco les gusta.
Geal bajó la luz.
A través de la niebla apareció agua.
Oscura.
Poco profunda cerca de la escalera.
Después desaparecía.
Faela respiró.
—He leído sobre este sitio.
Kaelen la miró.
—¿Eso es bueno?
—No.
Roric soltó aire.
—Naturalmente.
Faela ignoró el comentario.
—Hay textos antiguos que hablan de agua atrapada bajo las raíces orientales, entre capas de piedra. La llaman los Pantanos de la Niebla Susurrante.
Geal frunció el ceño.
—¿Un pantano subterráneo?
—Algo parecido.
—¿Y el nombre?
Faela tardó.
Demasiado.
Anjara ya sabía que no le gustaría la respuesta.
—La niebla juega con los recuerdos.
Silencio.
Kaelen endureció la mandíbula.
Roric miró hacia atrás.
Las raíces ya habían cerrado la entrada.
—Acabamos de salir de un lago que nos obligó a mirar nuestros peores recuerdos.
Señaló la niebla.
—¿Y ahora entramos ahí?
Geal observó la bruma.
—Puede no funcionar del mismo modo.
Roric lo miró.
—Lo que más admiro de ti es tu extraordinaria capacidad para empeorar una situación mientras intentas explicarla.
Anjara soltó la mano de Alya y sacó una cuerda.
—Nos atamos.
Kaelen asintió inmediatamente.
—Yo delante.
—No —dijo Anjara.
Kaelen la miró.
—Estás agotada.
—Sé orientarme.
—En bosques.
Anjara miró el agua y la niebla.
—Esto sigue siendo... naturaleza.
Roric levantó una mano.
—Argumento impecable.
Kaelen lo ignoró.
Faela señaló a Alya.
—Ella debe poder percibir las raíces.
Todas las miradas fueron hacia la niña.
Alya retrocedió.
Anjara se agachó hasta quedar a su altura.
—No tienes que guiarnos.
—Pero puedo.
—No he dicho que no puedas.
Alya frunció el ceño.
—Entonces déjame.
—He dicho que no estás obligada.
La niña la estudió.
—Es diferente.
—Sí.
Alya miró el pantano.
Después volvió a tenderle la mano.
—Voy contigo.
Anjara la tomó.
—Juntas.
Kaelen soltó aire por la nariz.
—Entonces iré justo detrás.
—Bien.
Ataron la cuerda.
Anjara y Alya delante.
Kaelen tras ellas.
Geal.
Roric.
Faela cerrando la marcha.
Anjara comprobó los nudos.
Dos veces.
—No os separéis.
Roric miró la cuerda alrededor de su cintura.
—Parece difícil.
—Sabes lo que quiero decir.
—Sí.
Anjara contempló la niebla.
—Y si escucháis una voz llamándoos, no respondáis.
Geal frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque no quiero descubrir qué ocurre si lo hacemos.
Kaelen asintió.
—Tiene sentido.
Roric respiró hondo.
—La mejor excursión de mi vida.
Anjara miró a Alya.
—¿Preparada?
Alya negó.
—No.
Anjara sonrió apenas.
—Bien.
La niña la miró sorprendida.
—¿Bien?
—Yo tampoco.
Por primera vez desde que habían abandonado el santuario, Alya sonrió.
Muy poco.
Pero sonrió.
Entraron.
La niebla se los tragó.
La luz de Geal dejó de iluminar varios metros y se convirtió en una mancha blanca sin forma.
Anjara apenas veía sus propios dedos.
El agua le alcanzó los tobillos.
Después media pantorrilla.
El fondo era barro.
Cada paso intentaba retener las botas.
La cuerda se mantenía ligeramente tensa a su cintura.
Alya avanzaba agarrada a su mano.
—¿Sientes las raíces?
—Sí.
—¿Dónde?
Alya señaló hacia abajo.
Anjara miró el agua.
—Eso era bastante previsible.
La niña hizo una mueca.
—Quería decir que siguen hacia delante.
—Ah.
—Tú también hablas demasiado.
Roric soltó una risa desde la niebla.
—Me cae bien.
—Concéntrate —dijo Kaelen.
—Estoy concentrado.
—Eso me preocupa.
Anjara estuvo a punto de sonreír.
Entonces oyó la voz.
—Mi pequeña tormenta.
Se detuvo.
El agua se cerró alrededor de sus botas.
No.
La voz había llegado desde la derecha.
Cerca.
Demasiado cerca.
—Anjara.
Kael.
No el Kael del lago.
El de sus recuerdos.
El hombre que le había enseñado a leer huellas.
El que afilaba su cuchillo junto a la puerta mientras ella hacía preguntas.
El que había decidido que llamarla pequeña tormenta era mejor que admitir que se parecía demasiado a Elara cuando estaba enfadada.
La cuerda tiró desde atrás.
Kaelen.
—Sigue caminando.
Anjara respiró.
Un paso.
Otro.
—Prométemelo.
La voz caminó con ella.
—Prométeme que cuidarás de él.
Liam.
Anjara cerró los ojos.
No.
El recuerdo existía.
Eso no significaba que la voz existiera.
Continuó.
Alya apretó su mano.
—¿Quién habla?
—Nadie.
La niña frunció el ceño.
—Yo también lo oigo.
Anjara abrió los ojos.
—¿Qué?
—Un hombre.
El corazón le dio un golpe.
Faela había dicho que la niebla jugaba con recuerdos.
No que pudiera compartirlos.
—¿Qué dice?
Alya escuchó.
—Te llama tormenta.
Anjara sintió frío.
—No respondas.
—No iba a hacerlo.
Continuaron.
Detrás, alguien jadeó.
Geal.
—Lyra...
Kaelen reaccionó inmediatamente.
—No.
Silencio.
Después:
—Geal, sigue caminando.
—La oigo.
—Lo sé.
—Está aquí.
—No.
—Kaelen...
La voz de la guerrera se endureció.
—Ya has aprendido qué ocurre cuando intentas quedarte con los muertos.
La cuerda se tensó.
Un paso.
Otro.
Geal caminó.
Anjara no se volvió.
No podía.
Porque Liam estaba delante de ella.
A cinco metros.
Imposible verlo con aquella claridad.
Y, sin embargo, allí estaba.
Cabello revuelto.
Túnica de viaje.
La espada de madera entera entre las manos.
No había sangre.
Ni piel fría.
Ni el vacío de sus últimos minutos.
Sonreía.
—Te has equivocado de camino.
Anjara siguió andando.
La aparición empezó a caminar junto a ellas.
—Anjara.
Nada.
—Podemos volver.
Nada.
—Esta vez no moriré.
El pie de Anjara se detuvo.
Solo un instante.
Alya tiró de su mano.
—No es él.
Anjara miró a la niña.
—¿Cómo lo sabes?
Alya observó a Liam.
No con miedo.
Con atención.
—Está vacío.
La aparición sonrió.
—No la escuches.
Alya frunció el ceño.
Después bajó la mirada al agua.
—Y las raíces no saben quién es.
Eso bastó.
Anjara dio un paso.
Liam desapareció.
El dolor no.
Pero el dolor era suyo.
Podía cargarlo.
Un grito llegó desde atrás.
Roric.
La cuerda dio un tirón.
—¡Roric!
—¡No!
Kaelen intentó retroceder.
Anjara clavó los pies.
—¡Nadie rompe la línea!
—¡Mi madre!
La voz de Roric estaba destrozada.
—Está aquí.
Anjara pensó en el lago.
Nera había aparecido como la herida que Roric se había obligado a mirar.
Pero una vida no tenía una sola grieta.
La niebla no necesitaba coherencia.
Solo necesitaba encontrar algo capaz de detenerlo.
—¡Roric! ¿Dónde estás?
—No...
—¡¿Dónde?!
Silencio.
Respiración.
—Debajo de Syltherion.
—¿Con quién?
Roric respiró demasiado rápido.
—Con vosotros.
—Otra vez.
—Con vosotros.
—Entonces sigue con nosotros.
La cuerda dejó de tirar hacia atrás.
Un paso.
Después otro.
Roric avanzó.
Faela fue la única que no habló.
Eso preocupó a Anjara más que cualquier grito.
—Faela.
Nada.
—Faela.
La cuerda seguía tensa.
Estaba allí.
—Contesta.
Por fin:
—Estoy aquí.
La voz parecía distinta.
Más baja.
—¿Qué ves?
—Nada.
Anjara supo que mentía.
—Faela.
—He dicho que sigo aquí.
Anjara no insistió.
No todavía.
El agua subió hasta las rodillas.
La luz de Geal parpadeó.
—No puedo mantenerla mucho más.
Anjara pensó.
—Apágala.
—¿Qué?
—Alya siente las raíces.
La niña la miró.
—Un poco.
—Nos basta.
Geal cerró la mano.
La luz desapareció.
La oscuridad fue absoluta.
La niebla dejó de existir porque ya no podían verla.