El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 23 LOS BROTES DURMIENTES #5
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CAPÍTULO 23 LOS BROTES DURMIENTES #5

La promesa del bosque.

No voy a abandonarte.

Había estado allí.

Hasta el final.

Y había aprendido que acompañar a alguien no significaba poder salvarlo de todo.

Miró a Kaelen.

Geal.

Roric.

Faela.

Después a Alya.

—Eso sí.

La niña extendió la mano.

Anjara la tomó.

—No estarás sola.

La entrada a la Cripta se ocultaba entre las raíces del gran árbol.

Alya apoyó la palma sobre la madera.

Esperó.

Nada ocurrió.

—No puedo.

Lyandra se arrodilló junto a ella.

—No intentes abrirla.

—¿Entonces qué hago?

—Escucha.

Alya cerró los ojos.

Pasaron varios segundos.

Una raíz se movió.

Después otra.

La tierra vibró.

Las raíces gigantes comenzaron a separarse.

No obedecían.

Respondían.

Una abertura apareció entre ellas.

Escaleras.

Oscuridad.

Roric miró hacia abajo.

—Sabía que terminaríamos bajo tierra.

Geal sacó un pequeño cristal químico y lo activó. Una luz blanquecina nació en su interior.

Anjara lo miró.

—Durante un momento he pensado que habías aprendido Fáenor.

Geal pareció ofendido.

—Puedo aprenderlo.

—Cuando salgamos de aquí.

—No he dicho cuándo.

—Eso me tranquiliza.

—No pretendía hacerlo.

Roric señaló el cristal.

—Por favor, mantened la discusión. Hace que la cueva parezca menos horrible.

Un estruendo atravesó el santuario.

El Velo se rasgó.

Esta vez no volvió a cerrarse.

Gritos.

Flechas.

Acero.

Lyandra empujó suavemente a Alya hacia Anjara.

—Id.

Alya abrazó a la guardiana una última vez.

Después descendió.

Faela fue detrás.

Geal.

Roric.

Kaelen.

Anjara se quedó en el umbral.

—Lyandra.

—Ve.

—Arboris enviará ayuda.

—Entonces procura que aún exista algo que salvar cuando llegue.

Anjara asintió.

Entró.

Lyren apareció antes de que Alya cerrara la entrada.

—Ven —dijo Anjara.

El capitán negó.

—Mis exploradores están fuera.

—Lyren...

—Faelan me ordenó acompañaros hasta el paso.

Una sonrisa cansada apareció en su rostro.

—Técnicamente ya he incumplido suficiente.

Faela regresó dos escalones.

—No seas idiota.

Lyren la miró.

El silencio entre ambos fue distinto a todos los anteriores.

Más antiguo.

Más cansado.

—Nunca se me dio bien obedecerte.

Faela apretó la mandíbula.

—No te mueras.

—Haré lo posible.

—Eso no me sirve.

Lyren miró a Anjara.

—Es lo mismo que ella le ha prometido a la niña.

Faela no respondió.

Lyren levantó una mano.

—Cierra.

Alya miró a Anjara.

—¿Yo?

—Tú.

La niña apoyó la mano sobre la raíz interior.

La madera comenzó a cerrarse.

Faela observó a Lyren hasta el último instante.

Él seguía allí.

Después desapareció.

Las raíces encajaron unas contra otras.

Oscuridad.

Solo quedó la luz química de Geal.

Y seis respiraciones.

Anjara.

Alya.

Faela.

Geal.

Roric.

Kaelen.

Anjara miró hacia abajo.

Las escaleras descendían hasta perderse.

—Seguimos.

Alya apretó su mano.

Y empezaron a bajar.

Muy lejos del santuario, Malorin estaba arrodillado junto a un cervatillo.

La criatura temblaba.

Una pata se había deformado hasta doblarse en un ángulo imposible. Bajo el pelaje crecían pequeñas líneas negras.

Malorin le acarició la cabeza.

—Lo sé.

El animal gimió.

—Sé cuánto duele.

Sus dedos descendieron por el cuello.

Encontraron el lugar exacto.

Presionó.

El cervatillo dejó de temblar.

También dejó de respirar.

Malorin cerró sus ojos con cuidado.

—Ya está.

Una voz llegó desde detrás.

—Patético.

Malorin no se volvió.

El comandante Vorlag entró en la cámara.

La armadura gris de la Legión estaba manchada de barro y sangre.

—Vuestros engendros atravesaron el Velo.

—Lo he sentido.

—Y fracasaron.

Malorin retiró la mano del animal.

—También lo he sentido.

Vorlag escupió al suelo.

—Mis hombres están abriendo la barrera. Cuando caiga, tomaremos el santuario.

—Llegáis tarde.

Vorlag se detuvo.

Malorin sonrió.

No con alegría.

Con una tristeza que hizo la expresión mucho peor.

—La niña ya se mueve.

—¿Dónde?

Malorin levantó la cabeza.

Cerró los ojos.

Raíces.

Miles.

Dolor.

Miedo.

Una presencia recorriendo los caminos antiguos.

Y junto a ella...

luz.

Aquella misma luz que había tocado sus experimentos.

Que había calmado una raíz sin destruirla.

Que se negaba, una y otra vez, a comportarse como él esperaba.

—Debajo.

Vorlag llevó una mano a la espada.

—Enviaré hombres.

Malorin negó.

—Las raíces antiguas no conocen vuestros rangos.

—Mis soldados no se pierden.

Malorin lo miró.

—Todos se pierden.

Vorlag avanzó un paso.

—Lord Malakor exige resultados.

—Y los tendrá.

Malorin se incorporó.

Alto.

Demasiado delgado.

Venas negras recorrían su cuello como raíces creciendo bajo una corteza enferma.

—La niña sola nunca fue suficiente.

Vorlag frunció el ceño.

—Es la Llave.

—Sí.

Malorin inclinó ligeramente la cabeza.

—Pero hasta una llave necesita aquello que pueda hacer posible su función.

—¿La Anjanu?

Malorin cerró los ojos.

Sintió a Anjara bajo la tierra.

Débil.

Cansada.

Pero allí.

Junto a Alya.

Una sanadora junto a una niña capaz de ser escuchada por todo Syltherion.

Malorin sonrió.

Esta vez no había tristeza.

Solo fascinación.

—Ella cree que ha venido a salvarla.

Una lágrima negra descendió por su mejilla.

—Todavía no comprende que acaba de llevarme exactamente donde necesito mirar.