CAPÍTULO 23 LOS BROTES DURMIENTES #4
Alya extendió la mano.
Anjara la tomó.
Las raíces temblaron.
La Gema ardió.
Anjara jadeó.
Alya también.
El mundo se abrió.
Miles de raíces.
Ríos.
Bosques.
Montañas.
Agua filtrándose por piedra.
Animales corriendo.
Semillas rompiendo la tierra.
Vida.
No una idea de vida.
Una inmensidad de pequeñas cosas intentando continuar.
Después llegó el dolor.
Manchas negras.
Una.
Diez.
Cientos.
Heridas extendiéndose por Syltherion.
Y mucho más abajo...
un latido.
Enorme.
Lento.
Enfermo.
Anjara soltó la mano.
Alya hizo lo mismo.
Ambas respiraban deprisa.
Geal se acercó.
—¿Qué ha pasado?
Anjara miró a la niña.
—¿Tú también lo has visto?
Alya asintió.
—El corazón enfermo.
Faela dio un paso.
—¿El Corazón de la Carroña?
Alya negó.
—No sé qué es eso.
Anjara miró las raíces.
—¿Sabes dónde está ese corazón?
Alya cerró los ojos.
La tierra vibró.
Muy poco.
Los abrió.
—Sí.
Geal no pudo contenerse.
—¿Dónde?
Alya señaló hacia el este.
Después hacia abajo.
—Debajo.
—¿Debajo de qué?
La niña lo miró como si la pregunta fuera extraña.
—De todo.
El Velo se abrió.
Solo durante un instante.
Fue suficiente.
Una forma negra cayó sobre la hierba.
Después otra.
Y una tercera.
Los guardias gritaron.
Las criaturas se incorporaron.
No tenían cuerpos como los seres vivos.
Humo negro se retorcía alrededor de formas imposibles.
Tentáculos.
Un único ojo violeta.
Anjara las reconoció por las ilustraciones y las lecciones de la Academia.
Devoradores de Almas.
El primero abrió el ojo.
Y Liam apareció delante de ella.
—Anjara.
El corazón se le detuvo.
No.
Sabía que no era él.
La razón lo sabía.
El cuerpo no.
La voz era perfecta.
—Me dejaste morir.
Anjara hundió los dientes en el interior de la mejilla.
Dolor.
Sangre.
Presente.
—No eres él.
A su lado, Geal cayó de rodillas.
Kaelen retrocedió.
Roric se sujetó la cabeza.
Faela gritó algo que Anjara no comprendió.
El lago.
Las criaturas no habían creado aquellas heridas.
Las habían encontrado abiertas.
—¡NO LOS ESCUCHÉIS!
Otra voz atravesó su cabeza.
Kael.
Todavía no.
Elara.
Llegaste tarde.
Liam.
Tengo frío.
—No.
Anjara clavó una rodilla en la hierba.
Hierba.
Presente.
Su mano encontró otra.
Pequeña.
Alya.
La niña seguía en pie.
Tenía lágrimas en los ojos.
Miraba a los Devoradores.
—Están vacíos.
Anjara respiró.
—¿Qué?
—No hay nadie dentro.
El primer Devorador avanzó.
Alya apretó la mano de Anjara.
Las raíces respondieron.
Brotaron alrededor de la niña formando una pared.
No obedecían.
La protegían.
El Devorador golpeó.
Las raíces se ennegrecieron.
Alya gritó.
Anjara recibió una parte del dolor a través del contacto.
Demasiado.
—¡Suéltalas!
Alya negó.
—¡Si las suelto, entra!
Anjara miró a Geal.
Seguía de rodillas.
—¡GEAL!
El Drakthar levantó la cabeza.
—Lyra...
—No está aquí.
Geal tembló.
Anjara recordó el lago.
No podía derrotar aquella visión por él.
—Mírame.
Geal tardó.
Lo hizo.
—¿Dónde estás?
—Yo...
—¿Dónde?
Miró alrededor.
—En el santuario.
—Otra vez.
—Santuario.
—¿Quién está contigo?
Geal respiró.
—Tú.
—¿Quién más?
—Kaelen.
La guerrera estaba de rodillas, pero alzó la cabeza al oír su nombre.
—Roric.
Él respiraba con dificultad.
—Faela.
La Sylvaris sujetaba una raíz.
Geal parpadeó.
El ámbar regresó a sus ojos.
—Polvo.
Anjara comprendió.
Geal abrió una bolsa y lanzó al aire los polvos de percepción que Zara les había entregado antes de abandonar la Academia.
Las partículas plateadas se adhirieron a las criaturas.
Sus límites se hicieron visibles.
—¡Ahora!
Kaelen reaccionó.
No intentó cortar humo.
Cogió una antorcha caída y la lanzó.
La llama atravesó al primer Devorador.
La criatura retrocedió.
Luz.
Anjara entendió.
Fáenor.
Podía destruirlos.
Tal vez.
Tres criaturas.
Agotada.
Con el hombro todavía dolorido.
Alya manteniendo un vínculo con las raíces.
No necesitaba vencer.
Necesitaba abrirles espacio.
Recordó a Eldrin.
Forma.
Control.
Extendió una mano.
No buscó la Gema.
Buscó aquella corriente pequeña que llevaba semanas aprendiendo a encontrar dentro de sí.
—Fáenor.
Una esfera blanca apareció sobre su palma.
Pequeña.
Estable.
El primer Devorador retrocedió.
La presión apareció detrás de los ojos.
Anjara no añadió más poder.
Mantenla.
El segundo retrocedió.
El tercero intentó rodearla.
—¡Roric!
Él todavía luchaba contra algo que solo podía ver en su cabeza.
Pero la oyó.
Miró alrededor.
Vio un pequeño espejo sobresaliendo de la bolsa abierta de Geal.
Lo cogió.
—¿Esto?
Geal comprendió.
—¡Sí!
Roric se desplazó hacia un lado.
La luz de Fáenor golpeó el espejo.
Rebotó.
El tercer Devorador chilló.
Kaelen levantó la placa pulida de uno de los guardianes caídos.
Otro reflejo.
Faela utilizó la hoja de una lanza.
Geal sacó dos pequeños cristales transparentes.
Los colocó sobre la hierba.
La luz se dividió.
No se hizo más poderosa.
Se hizo más útil.
Los tres Devoradores quedaron cercados por destellos blancos.
Anjara empezó a temblar.
La sangre le llegó al labio desde la nariz.
—No puedo mantenerlo mucho.
—No hace falta —dijo Geal.
Miró a Alya.
—¡Ahora!
La niña comprendió.
Las raíces se abrieron.
Un corredor.
Una salida.
Los Devoradores huyeron de la luz.
Atravesaron la grieta del Velo.
Desaparecieron.
Anjara cerró la mano.
Fáenor se extinguió.
Las piernas dejaron de sostenerla.
Kaelen la atrapó.
—Ya está.
Anjara respiró contra su hombro.
—¿Alya?
—Aquí.
La niña seguía de pie.
Faela estaba a su lado.
Anjara miró sus manos.
Temblaban.
No había destruido a los Devoradores.
No había ganado sola.
Ni siquiera había sido la única fuente de luz.
Bien.
Empezaba a comprender que aquello no era una carencia.
Lyandra llegó corriendo.
—La grieta continúa creciendo.
Lyren apareció detrás.
Tenía sangre en una mejilla.
—Hay soldados fuera.
Kaelen ayudó a Anjara a mantenerse en pie.
—¿Cuántos?
—Demasiados para contarlos sin asomar la cabeza más de lo recomendable.
—Entonces nos vamos.
Lyandra negó.
—El Velo está rodeado.
—Otra salida.
Silencio.
Anjara la miró.
—Este lugar fue construido para esconder niños durante una guerra. Tiene otra salida.
Lyandra miró a Alya.
Después al gran árbol.
—Hay una.
—¿Dónde?
—Debajo.
Alya levantó la cabeza.
—Las raíces.
Lyandra asintió.
—La Cripta de la Vida.
Faela palideció.
—Creía que estaba sellada.
—Lo está.
Roric se limpió la sangre de la nariz.
—Entonces la palabra «salida» se está utilizando con mucha generosidad.
Lyandra miró a Alya.
—Para nosotros está sellada.
Anjara comprendió.
—Para ella no.
—El árbol reconocerá el vínculo.
Geal se incorporó.
—¿Adónde conduce?
—A las raíces antiguas. Hay caminos anteriores al santuario y a muchas ciudades de Syltherion. Algunos deberían salir más allá de las montañas orientales.
—¿Deberían?
—Nadie los recorre desde hace generaciones.
Roric cerró los ojos.
—Más túneles.
Kaelen miró el Velo.
Otro impacto.
La grieta aumentó.
—Prefiero un túnel desconocido a un ejército conocido.
Anjara miró a Lyandra.
—Vienes.
La guardiana negó.
—No.
—Conoces el santuario.
—Precisamente.
Lyandra miró alrededor.
Heridos.
Guardias.
Casas.
Una mujer cargando a un niño.
Un anciano intentando apagar un tejado.
Su hogar.
—Todavía queda gente aquí.
Anjara entendió.
No intentó convencerla.
Lyandra se arrodilló ante Alya.
Por primera vez desde que Anjara la había conocido, dejó de parecer una guardiana.
Pareció simplemente una mujer que había cuidado de una niña durante años.
—Escúchame.
Alya abrazó el cervatillo de madera.
—No quiero irme.
—Lo sé.
—Dijiste que aquí estaría segura.
Lyandra cerró los ojos.
—Me equivoqué.
Alya empezó a llorar.
Sin ruido.
Lyandra la abrazó.
—Lo siento.
Anjara apartó la mirada.
No porque aquella escena le recordara a Liam.
Porque pertenecía a ellas.
Lyandra besó la frente de Alya.
—Tienes que ir con ellos.
Alya miró a Anjara.
—¿Vas a traerme de vuelta?
Anjara podría haber dicho que sí.
Dos letras.
Una mentira preciosa.
No.
—Voy a intentarlo.
Alya frunció el ceño.
—Eso no es una promesa.
—No.
—¿Por qué?
Anjara se agachó.
—Porque no sé si puedo cumplirla.
Alya permaneció callada.
Después:
—Prométeme otra cosa.
—¿Cuál?
—Que no me dejarás sola.
La pequeña bolsa de cenizas descansaba contra el cuerpo de Anjara.
Sintió su peso.
Liam.