El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 23 LOS BROTES DURMIENTES #3
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CAPÍTULO 23 LOS BROTES DURMIENTES #3

Anjara examinó la herida.

Corte superficial.

Golpe fuerte.

Pupilas iguales.

Le hizo seguir un dedo con los ojos.

—¿Mareo?

—Un poco.

—¿Náuseas?

—No.

—¿Visión doble?

—Solo cuando miro a Roric.

Roric se llevó una mano al pecho.

—Acaba de recibir un golpe y ya me ataca.

Anjara casi sonrió.

—Vuelves a Arboris.

—No.

—Sí.

—Puedo andar.

—También puedes desmayarte andando. No mejora el plan.

Maev miró a Lyren.

El capitán tomó la decisión.

—Sira y Orel regresan contigo.

—Capitán...

—No es una discusión.

Maev apretó la mandíbula.

Aceptó.

Anjara miró a Lyren.

—Tú también deberías volver.

—Taren y yo continuamos hasta el cruce.

Roric miró alrededor.

—Hemos pasado el cruce.

Lyren hizo lo mismo.

Pareció darse cuenta en aquel instante.

Roric sonrió.

—Qué tragedia.

—Un poco más —dijo Lyren.

Anjara estuvo a punto de discutir.

Faela habló primero.

—Déjalo.

—¿Por qué?

—Porque hará lo que quiera igualmente.

Lyren asintió.

—Por fin recuerdas algo útil sobre mí.

Faela lo miró.

Había demasiadas cosas sin decir entre ambos.

—Seguimos.

No encontraron más trampas.

Eso preocupó a Anjara.

El bosque empeoró durante casi una hora.

Después cambió.

De forma abrupta.

A un lado del sendero, las hojas estaban enfermas.

Al otro, verdes.

Anjara se detuvo.

Faela se agachó y tocó el suelo.

—Protección.

Lyren miró hacia delante.

—Estamos cerca.

Geal examinó el límite sin tocarlo.

Las raíces negras alcanzaban aquella frontera y se detenían.

No morían.

Simplemente parecían incapaces de avanzar.

—¿Qué es?

—El Velo —dijo Faela—. La defensa exterior del santuario.

Roric miró alrededor.

—Entonces hemos llegado.

Un cuerno sonó.

Una llamada.

Lejana.

Faela palideció.

—Santuario.

Llegó una segunda.

Más urgente.

Lyren desenvainó el cuchillo.

—Ataque.

Esperaron la tercera.

No llegó.

Un rugido atravesó el bosque.

Profundo.

Deformado.

No pertenecía a ningún animal que Anjara conociera.

Kaelen sacó las dos cimitarras.

—Corremos.

Corrieron.

El primer guardián estaba muerto.

Lo encontraron antes de alcanzar el Velo.

Sylvaris.

Joven.

Una flecha le atravesaba el cuello.

Kaelen se agachó junto al cadáver.

Examinó el astil.

—Humana.

Lyren arrancó la flecha de la tierra donde había quedado clavada después de atravesar el cuerpo.

Plumas negras.

El capitán endureció el rostro.

—Legión del Grifo.

—Malakor —dijo Anjara.

Kaelen la corrigió:

—Sus hombres.

Anjara la miró.

Kaelen sostuvo su mirada.

No sabemos si él está aquí.

Anjara asintió.

Una pista.

No una certeza.

Siguieron.

El segundo muerto era legionario.

Una rama le atravesaba el pecho.

El tercero, Sylvaris.

El cuarto, otro soldado.

Después encontraron sangre.

Sin cuerpo.

Demasiada.

El Velo apareció entre los árboles.

Una pared de niebla plateada que seguía la forma del valle y se elevaba entre rocas y troncos.

Era hermoso.

Y estaba herido.

Tres manchas oscuras se extendían por su superficie.

Como tinta derramada sobre luz.

Faela dejó escapar un sonido.

—No.

Geal se acercó.

—¿Qué ocurre?

—Lo están contaminando.

Un impacto golpeó la barrera.

La luz tembló.

Anjara miró hacia el lugar del golpe.

—¿Desde dentro?

Lyren negó.

—Estamos viendo la curvatura exterior. Sea lo que sea, golpea desde el otro lado del valle.

Otro impacto.

El Velo vibró.

Roric miró a Anjara.

—No tenemos mucho tiempo.

Se acercaron.

La luz plateada llenaba el aire.

Anjara extendió una mano.

Faela se la detuvo.

—Espera.

—¿Qué?

—El Velo no se cruza.

—Necesitamos cruzarlo.

—Nos permite hacerlo.

Roric parpadeó.

—¿Y si no?

—Nos quedamos fuera.

—Excelente sistema defensivo.

Geal observó la barrera.

—¿Qué criterio utiliza?

Faela tardó.

—Intención.

Roric dejó escapar una risa seca.

—Después del lago, claro. Faltaba que otra parte del bosque nos juzgara.

Anjara miró la luz.

—¿Puede hacernos daño?

—No lo sé.

Roric señaló a Faela.

—Cada respuesta hace más atractivo Syltherion.

Lyren avanzó.

—Yo primero.

Faela negó.

—Ser Sylvaris no te da prioridad.

—Entonces ¿qué importa?

—Por qué quieres entrar.

Un grito llegó desde el interior.

Después otro impacto.

Anjara había terminado con las pruebas.

Avanzó.

—No voy a quedarme aquí mientras alguien muere al otro lado.

Faela la agarró.

—Si te rechaza...

—Entonces tendremos un problema.

—No hay otra entrada.

Anjara miró el Velo.

La Gema estaba caliente.

—Pues tendrá que decidir deprisa.

Tocó la luz.

Frío.

Calor.

Después nada.

El cuerpo desapareció durante un instante.

No hubo imágenes.

Ni Liam.

Ni Kael.

Ni Elara.

Solo una pregunta.

No pronunciada.

¿Por qué?

Anjara pensó en Alya.

Ocho años.

Pensó en Liam.

Y lo apartó.

No era él.

Pensó en Elara.

También la apartó.

No necesitaba salvar a Alya para comprender a su madre.

Malorin.

Venganza.

No.

Malakor.

No.

Ser Anjanu.

Tampoco.

Una Llave.

Una guerra.

Profecías.

Nada de eso.

Solo quedó una niña que Anjara todavía no conocía.

Viva.

Asustada.

Con derecho a seguir viva aunque no fuera importante para ninguna profecía.

Porque está viva.

El Velo cedió.

Anjara atravesó.

Cayó sobre una rodilla.

Hierba.

Aire limpio.

Luz.

Alzó la cabeza.

El Santuario de los Brotes Durmientes ocupaba un valle circular rodeado por paredes de piedra pálida. Varias cascadas descendían desde las alturas. Pabellones de madera clara rodeaban un árbol gigantesco cuyas ramas cubrían buena parte del cielo.

Durante un instante fue hermoso.

Después vio el humo.

Un pabellón ardía.

Personas corrían.

Guardias disparaban flechas hacia el extremo norte.

Algo enorme golpeó el Velo.

La barrera entera tembló.

—No estamos a salvo.

Kaelen apareció detrás.

Geal.

Roric.

Faela.

Lyren.

Taren.

El Velo los había aceptado.

Un grupo de Sylvaris corrió hacia ellos con los arcos tensos.

—¡Quietos!

Lyren levantó las manos y habló en Thal'nael.

Los guardias vacilaron.

Una mujer atravesó la formación.

Cabello plateado.

Túnica blanca manchada de sangre.

Sin armas.

—Soy Lyandra —dijo en Eldoriano—. Guardiana del santuario.

Anjara se puso en pie.

—Venimos de Arboris.

—Lo sé.

Lyandra miró a Faela.

A Lyren.

Después a Anjara.

Sus ojos se detuvieron un instante donde la Gema permanecía escondida.

—La hija de Elara.

Anjara abrió la boca.

La cerró.

Había cosas más importantes.

—¿Dónde está Alya?

Lyandra se quedó inmóvil.

No preguntó cómo conocía el nombre.

Eso fue peor.

Lyren habló deprisa en Thal'nael.

La mujer palideció.

—¿El Círculo os lo ha contado?

—Sí.

Otro impacto estremeció el Velo.

—Malorin sabe que está aquí —dijo Anjara—. O está demasiado cerca de descubrirlo.

Lyandra miró hacia el norte.

—Entonces hemos fracasado.

Anjara negó.

—Todavía está viva.

Lyandra la miró.

—¿Dónde está?

Un grito llegó desde uno de los pabellones.

—¡Lyandra!

Un Sylvaris corría hacia ellos con sangre en un brazo.

—¡La barrera norte está cediendo!

—¿Cuánto?

—Minutos.

Lyandra cerró los ojos.

Solo un instante.

Cuando los abrió, ya había decidido.

—Venid.

Alya estaba bajo el gran árbol.

No en una cripta.

Ni encerrada en una cámara.

Estaba sentada sobre una raíz.

Pequeña.

Cabello oscuro.

Descalza.

Sostenía un cervatillo de madera entre las manos.

Tres guardianes permanecían a su alrededor.

Anjara redujo el paso.

Ocho años.

No necesitó pensar en Liam para que la edad le doliera.

La niña levantó la cabeza.

Sus ojos se encontraron.

Grises.

Anjara se detuvo.

No por el color.

Por la expresión.

Alya intentaba no parecer asustada.

Anjara conocía demasiado bien lo que costaba hacer eso.

La niña miró hacia su pecho.

Hacia la Gema oculta.

—Tú eres la que hace luz.

Anjara frunció el ceño.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Nadie.

Alya señaló el suelo.

—Ellos.

Anjara miró las raíces.

Faela se había quedado inmóvil.

Lyandra se acercó.

—Tenemos que irnos.

Alya no la miró.

—No quieren.

—Ahora no.

—Dicen que si me voy, él me seguirá.

Anjara se agachó frente a ella.

No demasiado cerca.

—¿Sabes quién es él?

Alya asintió.

—El hombre que quiere que todo deje de doler.

Malorin.

Anjara sintió frío.

—¿Lo has visto?

—En sueños.

Geal dio un paso.

Anjara levantó una mano.

El Drakthar se detuvo.

No era el momento de convertir a una niña en un fenómeno que estudiar.

—Yo soy Anjara.

—Ya lo sé.

Roric murmuró:

—Eso empieza a ser inquietante.

Alya miró hacia él.

—Tú eres Roric.

Roric parpadeó.

—Mucho peor.

La niña señaló a Geal.

—Él está triste.

Geal se quedó inmóvil.

Alya miró a Kaelen.

—Ella también.

Kaelen no respondió.

Después Faela.

—Tú estabas lejos.

Faela palideció.

Por último volvió hacia Anjara.

—Y tú haces demasiado ruido.

Anjara parpadeó.

—¿Yo?

Alya se tocó la sien.

—Aquí.

Roric miró al suelo.

Anjara supo que estaba haciendo un esfuerzo heroico por no comentar nada.

Un estruendo recorrió el valle.

Todos se volvieron.

Una grieta negra había aparecido en el Velo.

Pequeña.

Pero real.

Lyandra palideció.

—Tenemos que movernos.

Alya apretó el cervatillo contra el pecho.

—No quiero ir a Arboris.

Anjara volvió a mirarla.

—¿Por qué?

—Porque allí me esconderán otra vez.

—Alya —advirtió Lyandra.

—Es verdad.

La niña miró a Anjara.

—¿Tú también vas a esconderme?

La pregunta la alcanzó de lleno.

La traéis a Arboris.

El linaje.

La Llave.

La resonancia.

Malorin.

Todo el mundo sabía qué debía hacerse con Alya.

Anjara se sentó sobre la raíz frente a ella.

—No lo sé.

Lyandra la miró.

—Anjara.

Ella ignoró la advertencia.

Alya frunció el ceño.

—Los adultos siempre dicen que saben.

—Los adultos mienten mucho.

Roric tosió.

Kaelen le clavó una mirada.

Anjara continuó:

—Sé que tenemos que sacarte de aquí.

—Eso es esconderme.

—No. Eso es evitar que te capture alguien que quiere utilizarte.

—¿Y después?

Anjara respiró.

—Después decidiremos qué hacemos.

Alya la estudió.

—¿Decidiremos?

—Sí.

—¿Quién?

—Todos los que sigamos vivos.

Alya no pareció satisfecha.

Anjara añadió:

—Tú incluida.

La niña permaneció quieta.

—¿De verdad?

—Sí.

Lyandra dio un paso.

—No puedes prometer eso. No sabes lo que representa.

Anjara se volvió.

—Sé lo que representa para Malorin. Sé lo que representa para el Círculo.

Miró de nuevo a Alya.

—Y sé lo que es.

—¿Qué? —preguntó la niña.

—Una persona.

Alya apretó el cervatillo.

Algo cambió en su rostro.

Muy poco.

Pero Anjara lo vio.

No confianza plena.

Eso habría sido demasiado fácil.

Una posibilidad.