CAPÍTULO 23 LOS BROTES DURMIENTES #2
—Entonces tendrás que sobrevivir.
Roric giró la cabeza.
—Tu capacidad para motivar a los demás debería estudiarse.
Lyren no escuchaba.
Observaba el bosque.
Anjara siguió su mirada.
—¿Qué ocurre?
—Estamos demasiado lejos.
—¿De Arboris?
—De cualquier patrulla regular.
Faela salió del paso.
—A partir de aquí entramos en territorio de los clanes orientales.
Lyren contempló las ramas.
—O de lo que queda de ellos.
La frase eliminó el poco alivio que Anjara había sentido al salir.
—¿Cuánto falta?
Faela señaló hacia el noreste.
—Unas cinco horas si mantenemos el ritmo.
Cinco.
Los cristales habían aparecido a medio día del santuario.
Malorin podía estar más cerca que ellos.
Anjara miró a Lyren.
—Vuelve.
—Todavía no.
—Tus órdenes terminaban aquí.
—Mis órdenes eran evitar que os matarais antes de llegar al paso.
—Eso no es lo que dijo Faelan.
—Es mi interpretación.
Faela soltó aire por la nariz.
—Siempre se te dio bien interpretar órdenes.
Lyren la miró.
—Y a ti marcharte antes de recibirlas.
El golpe fue limpio.
Faela se quedó quieta.
Anjara vio algo endurecerse en su rostro.
Lyren también.
Pero ninguno retiró las palabras.
—Nos quedamos hasta el siguiente cruce —dijo él—. Después regresamos.
Anjara podría haber discutido.
No lo hizo.
—Bien.
Siguieron caminando.
El primer muerto apareció antes del cruce.
Un zorro.
Pequeño.
Yacía junto a un tronco con los ojos abiertos.
No había heridas.
Ni sangre.
Anjara se agachó.
Faela habló inmediatamente.
—No lo toques.
Anjara mantuvo las manos apartadas.
Los ojos del animal eran completamente negros.
Geal se arrodilló a su lado.
—No veo ningún cristal.
—Eso no significa que no tenga uno dentro.
El Drakthar la miró.
—Exacto.
Kaelen vigilaba los árboles.
—Seguimos.
Veinte pasos después encontraron un pájaro.
Después un conejo.
Luego nada.
Ni cadáveres.
Ni animales vivos.
Ni insectos.
El bosque había dejado de respirar a su alrededor.
Anjara se detuvo.
Conocía aquel silencio.
No era el de Lumenvalle.
Pero se parecía demasiado.
—Estamos entrando en un foco.
Faela apoyó la mano sobre un árbol.
La retiró casi de inmediato.
—Sí.
Kaelen miró hacia ambos lados.
—¿Podemos rodearlo?
Lyren negó.
—Perderíamos horas.
Roric comprobó las dagas.
—Entonces atravesamos.
Anjara observó al grupo.
—Sin magia salvo necesidad.
Geal la miró.
—Especialmente tú.
—Lo sé.
—Lo digo porque...
—Geal.
—Bien.
Anjara sujetó la hoz.
—Cerrados. Kaelen delante. Faela con ella. Geal y Roric en medio. Yo cierro.
Lyren hizo una señal.
Sus exploradores cubrieron los flancos.
Avanzaron.
La temperatura descendió gradualmente.
Las primeras manchas grises aparecieron en las hojas.
Después negras.
La corteza de algunos árboles estaba abierta desde dentro, levantada en largas tiras como piel bajo la que algo hubiera crecido demasiado.
La Gema se enfrió contra el pecho de Anjara.
Entonces escucharon un llanto.
Todo su cuerpo reaccionó.
Un niño.
A la derecha.
Entre los árboles.
Roric palideció.
Kaelen miró a Anjara.
—No.
Anjara ya se había detenido.
—Nadie se mueve.
El llanto continuó.
—Ayuda...
Una voz pequeña.
—Por favor...
La mano de Anjara se cerró alrededor de la hoz.
No era Liam.
Ni siquiera sonaba como él.
Y precisamente por eso resultaba peligroso.
Podía ser real.
Lyren tensó el arco.
—Es una trampa.
Anjara lo miró.
—¿Lo sabes?
Lyren tardó.
—No.
Bien.
No saber era mejor que inventar certezas.
Anjara estudió el terreno.
El llanto procedía de unos arbustos a unos veinte metros.
Suelo aparentemente firme.
Demasiado limpio.
No había ramas rotas.
No había huellas.
Ninguna señal de que un niño hubiera llegado hasta allí.
Kael.
No mires lo que quiere que mires.
Anjara cogió una piedra del suelo.
La lanzó hacia los arbustos.
Cayó.
El llanto cesó.
Durante un segundo no ocurrió nada.
Después la tierra se abrió.
Raíces negras brotaron exactamente por el lugar que Anjara habría atravesado de haber corrido hacia la voz.
Kaelen desenvainó.
—Ahora sí.
Una figura apareció entre los árboles.
Pequeña.
Cubierta de barro.
La forma de un niño.
Anjara vio sus ojos.
Negros.
La figura sonrió.
Su rostro se hundió hacia dentro.
No había hueso.
Ni carne.
Madera.
Fibras negras.
Una boca imitada por una grieta.
—Atrás —ordenó Faela.
El falso niño se deshizo.
Y el árbol situado detrás despertó.
Las raíces estallaron.
Lyren disparó.
La flecha atravesó una rama.
Kaelen cortó otra antes de que alcanzara a Geal.
Roric rodó bajo una tercera y maldijo cuando el tobillo lesionado golpeó el suelo.
Geal sacó un frasco.
—¡Tengo ácido!
—¡No! —gritó Faela—. ¡Las raíces de alrededor siguen vivas!
—¡Las de alrededor también intentan estrangularnos!
—¡Porque esa cosa las está obligando!
Anjara miró el tronco.
No las ramas.
No el movimiento.
La causa.
Algo palpitaba bajo la corteza.
Vio un destello.
Violeta.
—¡Cristal!
Geal siguió su mirada.
—¡Dentro del núcleo!
Una raíz golpeó a Maev.
La exploradora salió despedida contra un árbol.
Lyren corrió hacia ella.
—¡Maev!
Otra raíz cayó hacia Anjara.
Levantó la hoz y desvió el golpe.
La sacudida le recorrió el hombro izquierdo.
El dolor de la vieja mordedura volvió de golpe.
Kaelen se colocó delante.
—¡Muévete!
—¡Esa era la idea!
Roric saltó sobre una raíz.
Corrió dos pasos por ella.
Saltó.
Clavó ambas dagas en el tronco.
La corteza se abrió.
—¡Aquí!
El cristal quedó expuesto.
No era grande.
Algo más largo que un dedo.
Pero las vetas negras que nacían de él se extendían por todo el tronco.
Geal gritó:
—¡No lo rompas!
Roric lo miró.
—¡¿Ahora me lo dices?!
—¡Si lo fracturas dentro, no sabemos cuánto residuo liberará!
—¡Excelente momento para descubrirlo!
Una raíz lo atrapó por la cintura.
—¡Roric!
Kaelen llegó primero.
Un corte.
Después otro.
No atacó el tronco.
Cortó solo la raíz que lo sujetaba.
Roric cayó y rodó fuera de alcance.
Anjara vio el cristal.
Podía usar Súlion.
Intentar aliviar la convulsión.
Pero aquello no era como las Vías.
Allí había contenido una infección que avanzaba.
Aquí existía una causa física clavada en el organismo y forzándolo a reaccionar.
Elara habría retirado una espina antes de vendar la herida.
Geal palideció.
—Tenemos otro problema.
—¿Cuál?
—El tronco está aumentando la presión interna.
Roric se levantó trabajosamente.
—Habla como una persona.
Geal señaló unas bolsas oscuras que empezaban a hincharse bajo la corteza.
—¡Va a liberar esporas!
Eso sí lo entendieron todos.
Anjara levantó una mano.
La Gema respondió.
Geal la vio.
—No.
—¿Qué?
—No intentes purificarlo.
Una raíz golpeó el suelo entre ambos.
—¡Entonces dame una alternativa!
Geal señaló el cristal.
—¡Sepáralo!
Anjara comprendió.
No sanar el árbol entero.
No vencer la corrupción.
Quitar aquello que lo obligaba a destruirse.
Corrió.
Kaelen abrió espacio.
Faela gritó a Lyren y los exploradores en Thal'nael.
Las flechas cambiaron de objetivo. Dejaron de disparar al tronco y comenzaron a desviar las ramas más finas.
Roric volvió a la abertura.
Metió una daga bajo la corteza.
—¡No pienso sujetarlo mucho!
Anjara llegó.
—No te lo he pedido.
—Me gusta anticiparme.
—Pues anticipa más rápido.
Hundió los dedos junto al cristal.
El frío la atravesó.
No un frío de invierno.
Ausencia.
Una sensación sucia trepó por sus manos.
Anjara.
Liam.
No.
No llegaste.
Elara.
No.
Todavía no.
Kael.
No eran ellos.
La corrupción utilizaba voces porque no tenía ninguna propia.
Anjara apretó los dientes.
Tiró.
El cristal no salió.
Una raíz se cerró alrededor de su pierna.
Kaelen la cortó antes de que pudiera derribarla.
—¡Otra vez!
Anjara apoyó una bota contra el tronco.
No podía usar el hombro izquierdo como si estuviera intacto.
Cambió el ángulo.
Utilizó piernas.
Espalda.
La mano derecha.
La izquierda solo para mantener la presa.
El cristal se movió.
Muy poco.
Pero se movió.
—¡Lo tengo!
—¡Pues tenlo fuera! —gritó Roric.
Anjara habría contestado si no estuviera ocupada intentando conservar los brazos.
Tiró.
El cristal salió.
Todo se detuvo.
No murió.
Eso fue lo primero que Anjara comprendió.
El árbol no cayó muerto.
Simplemente dejó de luchar contra todo lo que lo rodeaba.
Las raíces se desplomaron.
Las ramas cedieron.
Las bolsas bajo la corteza dejaron de hincharse.
El falso llanto desapareció.
Anjara cayó de espaldas con el cristal entre las manos.
Geal perdió el color.
—¡Suéltalo!
No necesitó repetírselo.
Anjara abrió las manos.
El fragmento cayó sobre la tierra.
Geal lo cubrió con una tela tratada.
Después con otra.
Lo recogió mediante unas pinzas y lo encerró en un recipiente metálico.
—Las manos.
Anjara las miró.
Las palmas estaban rojas.
Pequeñas líneas oscuras nacían bajo las yemas.
—Geal.
Él ya las había visto.
Se arrodilló.
—No te muevas.
—Últimamente me dices eso demasiado.
—Porque últimamente haces cosas que lo requieren.
Sacó un frasco y vertió líquido transparente sobre sus manos.
El ardor fue inmediato.
Anjara soltó una maldición.
—¿Qué demonios es eso?
—Alcohol.
—¿Eso es alcohol?
—Concentrado.
Roric se acercó.
—¿Estás desperdiciando alcohol?
Kaelen lo miró.
—Roric.
—Intentaba aliviar la tensión.
—Pues no lo has conseguido.
Geal observó las líneas.
Esperó.
No avanzaron.
—Parece superficial.
Anjara respiró.
—¿Parece?
—No voy a mentirte para que te sientas mejor.
—Empiezo a echar de menos cuando eras socialmente incapaz de hablar.
—No recuerdo haber dejado de serlo.
Eso consiguió que Anjara soltara una breve risa.
Faela se acercó al árbol.
Apoyó la palma contra la corteza.
Cerró los ojos.
Su expresión cambió.
Dolor.
Después alivio.
—Sigue vivo.
Anjara se incorporó.
—¿Corrupto?
—Sí.
Faela abrió los ojos.
—Pero ya no está luchando contra sí mismo.
Geal observó el recipiente metálico.
—Entonces las astillas no se limitan a introducir corrupción.
—Obligan —dijo Anjara.
Geal asintió lentamente.
—Alteran las respuestas del huésped. El cristal impone un comportamiento a la corrupción y la corrupción al organismo.
Roric miró el árbol.
—Lo controla.
Geal abrió la boca.
Roric levantó un dedo.
—No.
El Drakthar lo cerró.
Lyren regresó con Maev.
La exploradora caminaba apoyada en él. Tenía sangre en la sien.
—Déjame verla —dijo Anjara.
Maev dudó.
Después se sentó.