CAPÍTULO 23 LOS BROTES DURMIENTES
Tres horas después, Arboris seguía dormida.
O fingía estarlo.
Anjara descendió por las pasarelas con la mochila ajustada a la espalda y la hoz sujeta a la cadera.
A aquella hora, la ciudad tenía otro aspecto.
Las cascadas corrían entre los niveles como cintas de plata, los puentes desaparecían entre jirones de niebla y apenas una de cada diez ventanas conservaba luz.
Sin embargo, había gente despierta.
Siluetas inmóviles tras las cortinas.
Guardias cambiando turno.
Una pareja transportando vendas hacia los niveles inferiores.
Un anciano llenando recipientes de agua.
Dos Cantores regresando con las túnicas manchadas de sangre.
Tal'Veren había llegado a Arboris antes que ellos.
Once supervivientes bastaban para mantener despierta una ciudad.
Junto a la salida oriental, una mujer Sylvaris había dejado una cesta.
Pan oscuro.
Fruta seca.
Dos odres.
No esperó a que llegaran.
Anjara cogió uno de los panes.
Todavía estaba caliente.
Aquello le pareció más importante que cualquier discurso del Círculo.
Alguien había amasado mientras otros discutían cómo salvar Syltherion.
Alguien había encendido un horno.
Alguien había pensado que cinco desconocidos y una mujer que regresaba a casa necesitarían comer.
Faela vio la cesta.
No dijo nada.
Tomó una fruta seca y se la guardó.
Lyren esperaba abajo con cuatro exploradores.
Todos llevaban arcos cortos, cuchillos y capas tejidas para romper la silueta del cuerpo entre la vegetación.
Faela se acercó.
—¿Quiénes son?
Lyren señaló uno a uno.
—Sira. Taren. Orel. Maev.
Los cuatro inclinaron la cabeza.
Ninguno parecía feliz de estar allí.
Roric observó a Sira.
—Me tranquiliza vuestro entusiasmo.
La exploradora lo miró.
—Nos han despertado.
—Ah. Entonces nos entenderemos.
Kaelen pasó entre ambos.
—Caminad.
Roric suspiró.
—Algún día alguien apreciará mis esfuerzos por mantener alta la moral.
Geal ajustó la correa de su bolsa.
—Si llega ese día, tendremos un problema más grave que Malorin.
Roric lo miró.
—Eso ha sido innecesariamente cruel.
—He dormido dos horas.
—Te sientan bien.
Anjara sonrió.
Después miró hacia el este.
La sonrisa desapareció.
Alya.
Ocho años.
Cristales violetas a medio día del lugar donde la escondían.
—Vamos.
Durante la primera hora avanzaron deprisa.
Lyren conocía senderos que Anjara habría pasado por alto incluso a plena luz.
Algunos ni siquiera parecían caminos.
Un espacio entre dos grupos de helechos.
Tres cortes casi borrados sobre una piedra.
Una raíz que crecía formando un arco.
Un grupo de flores blancas plantadas donde no deberían haber crecido.
Anjara intentó aprender.
No solo seguir.
Kael le había enseñado que un camino utilizado durante años terminaba dejando cicatrices aunque nadie hubiera colocado una señal.
Syltherion hacía lo contrario.
Parecía esforzarse por cerrar las suyas.
Faela caminaba junto a Lyren.
Discutían en Thal'nael cada vez que él escogía una bifurcación.
Al principio Anjara creyó que discutían sobre la ruta.
Después escuchó a Lyren cambiar al Eldoriano.
—Sigues cargando demasiado el pie derecho.
Faela lo miró.
—Llevo años caminando así.
—Precisamente.
—No necesito que me corrijas.
—Nunca lo necesitaste.
—Entonces deja de hacerlo.
Lyren siguió andando.
—No.
Faela masculló algo en Thal'nael.
Roric se acercó a Anjara.
—¿Qué ha dicho?
—No lo sé.
—Ha sonado ofensivo.
—Probablemente lo era.
—Me cae mejor cada día.
Anjara lo empujó suavemente hacia un lado.
—Mira dónde pisas.
Roric bajó la vista justo antes de meter el pie en una raíz hueca.
Se detuvo.
—Eso ha sido humillante.
—Y útil.
—Peor todavía.
La oscuridad comenzó a retirarse.
Primero el negro se volvió azul.
Después gris.
Finalmente, líneas doradas atravesaron las copas.
Con la luz llegaron los sonidos.
Pájaros.
Insectos.
Agua.
Algo pequeño corriendo entre las hojas.
Syltherion volvió a parecer sano.
Anjara intentó disfrutarlo.
Le resultó difícil.
Había aprendido demasiado deprisa que un bosque podía parecer vivo mientras algo enfermaba bajo sus raíces.
Geal caminaba a su lado.
—Tus manos.
Anjara bajó la mirada.
—¿Qué les pasa?
—Quiero verlas.
—Siguen teniendo cinco dedos cada una.
—Extraordinario. Enséñamelas.
Anjara le ofreció las palmas.
No había marcas.
Solo las viejas callosidades, pequeños cortes y la piel reseca por los últimos días.
Geal las examinó.
Después miró su nariz.
—¿Dolor de cabeza?
—Menos.
—¿Náuseas?
—No.
—¿Visión borrosa?
—No.
—¿Sensación de frío bajo la piel?
—Geal.
Él esperó.
Anjara negó.
—No.
—Bien.
Siguió andando.
Anjara tardó dos pasos en alcanzarlo.
—¿Ya está?
—¿Querías que encontrara algo?
—No.
—Entonces procura no tocar nada que brille de color violeta.
Roric habló desde delante.
—Consejo sorprendentemente específico.
Geal no se volvió.
—Viajas con Anjara.
—Buen argumento.
Anjara decidió no responder.
Tenía razón.
Eso lo hacía más irritante.
Dos horas después llegaron al paso antiguo.
Anjara comprendió por qué Erion lo consideraba cerrado.
La montaña se había partido.
Dos paredes de roca encerraban una garganta tan estrecha que apenas llegaba luz al fondo. Entre ambas, un antiguo derrumbe había acumulado piedra, troncos y raíces hasta formar una pared irregular.
Lyren se detuvo.
—Aquí termina la ruta.
Faela negó.
—No.
—El paso está muerto.
—No puedes saberlo desde aquí.
Lyren señaló la montaña que bloqueaba el camino.
—Me está dando bastantes pistas.
Faela se acercó al derrumbe.
Apoyó una mano sobre una raíz gruesa que desaparecía entre las rocas.
Cerró los ojos.
Todos esperaron.
Anjara reconoció el gesto.
No era magia en el sentido que había aprendido en la Academia.
Faela no imponía nada.
Escuchaba.
Roric se inclinó hacia Anjara.
—¿Está hablando con la raíz?
—Escuchándola.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Exactamente.
Roric hizo una mueca.
Pasó casi un minuto.
Faela abrió los ojos.
—Hay hueco.
Lyren frunció el ceño.
—¿Dónde?
Faela señaló la parte izquierda del derrumbe.
—Debajo.
Kaelen se acercó.
—¿Puede pasar una persona?
—Sí.
—¿Con equipo?
Faela miró la mochila de Geal.
—Depende de cuánto amor le tenga a sus frascos.
Roric sonrió.
—Ha llegado el momento de elegir entre tus hijos.
—No abandono material.
—Entonces aquí termina tu viaje.
Geal pasó junto a él.
—Antes abandonaría a uno de vosotros.
—¿A quién?
Geal miró su tobillo.
Roric dejó de sonreír.
—Retiro la pregunta.
Entre todos tardaron casi media hora en retirar las piedras que podían moverse sin provocar otro derrumbe.
Apareció una abertura.
Pequeña.
Oscura.
Descendente.
Kaelen se arrodilló ante ella.
—No me gusta.
—Eso suele ser buena señal —dijo Roric.
Kaelen lo miró.
—¿Desde cuándo?
—Desde nunca. Intentaba ser positivo.
Faela entró primero.
Desapareció bajo la roca.
Unos segundos después llegó su voz.
—Se puede pasar.
Kaelen fue detrás.
Geal tuvo que quitarse la mochila y empujarla por delante.
Roric esperó su turno.
—Si muero aquí, decidle a Vitor que fue culpa de la Academia.
Anjara lo miró.
—¿Por qué?
—Todavía no lo sé. Pero seguro que puede relacionarse.
Entró.
Anjara se volvió hacia Lyren.
—¿Vienes?
El capitán observó la abertura.
Después a sus cuatro exploradores.
—Hasta el otro lado.
—Faelan dijo hasta el paso.
Lyren la miró.
—Faelan no está aquí.
La cabeza de Roric apareció de nuevo en el agujero.
—Definitivamente me cae bien.
Lyren lo señaló.
—Entra.
La cabeza desapareció.
Anjara fue detrás.
El paso no era un túnel.
Era un accidente.
Un espacio irregular entre la roca derrumbada y las raíces que habían seguido creciendo a través de ella.
Avanzaban a cuatro patas.
A veces de lado.
En algunos tramos tenían que quitarse el equipo y arrastrarlo.
La tierra olía a humedad, madera mojada y piedra fría.
Anjara intentó no pensar en las toneladas de montaña que tenía encima.
Oyó la respiración de Roric unos metros más adelante.
Demasiado rápida.
—Roric.
—Estoy bien.
—No te he preguntado.
Silencio.
Después:
—Lo sé.
Anjara dejó pasar unos segundos.
—¿Qué tienes delante?
—El trasero de Geal.
—Roric.
—Una raíz. Roca gris. Otra raíz. La bota de Geal. Bastante barro.
—¿Detrás?
Roric giró ligeramente la cabeza.
—Tú.
—Entonces sabes dónde estás.
Su respiración tardó un poco en estabilizarse.
—Sí.
—Sigue.
—Eso hago.
No hubo agradecimiento.
No hacía falta.
Avanzaron unos metros más.
Geal se detuvo.
—No os mováis.
Roric dejó caer la frente contra la tierra.
—Esa frase nunca trae nada bueno.
—Calla.
Anjara vio a Geal acercar los dedos a una raíz.
No llegó a tocarla.
—¿Qué has visto?
El Drakthar señaló.
Una mancha negra.
Pequeña.
Bajo la corteza.
Faela retrocedió como pudo.
Su rostro cambió.
—No estaba aquí.
Lyren habló detrás de Anjara.
—Hace años que no cruzas este paso.
—Lo sé.
Geal sacó un pequeño instrumento metálico.
Anjara le sujetó la muñeca.
—No.
—Necesito una muestra.
—Ya llevas una astilla del Vacío y muestras suficientes para arruinar una mesa de laboratorio durante años.
—No tengo corteza de una raíz profunda.
—Geal.
—Puede decirnos cuánto ha penetrado.
Anjara miró la mancha.
Luego el estrecho espacio en el que estaban metidos.
—Treinta segundos.
Geal asintió.
Trabajó deprisa.
Extrajo una cantidad mínima de corteza y la introdujo en un vial.
El cristal se empañó desde dentro.
Geal lo observó.
—Interesante.
Roric dejó escapar un sonido de sufrimiento.
—Odio esa palabra.
Geal guardó el vial.
—Está fría.
Anjara frunció el ceño.
—¿La corrupción?
—La muestra. Ha bajado la temperatura del cristal.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
—Entonces no es interesante.
Geal la miró como si acabara de decir algo profundamente ofensivo.
—Precisamente por eso lo es.
Continuaron.
La mancha no fue la única.
Encontraron otra.
Después una tercera.
Cada vez mayores.
Faela dejó de hablar.
Anjara comprendió por qué.
Malorin ya no estaba enfermando solo animales, árboles aislados o zonas de superficie.
La corrupción había llegado a las raíces profundas.
A los caminos.
A aquello que mantenía unido Syltherion.
Cuando por fin salieron del otro lado, Roric se dejó caer boca arriba sobre la hierba.
Respiró el aire de la mañana.
—No vuelvo por ahí.
Kaelen se limpió el barro de una manga.