CAPÍTULO 22 LA LLAVE DE SYLTHERION #4
La pregunta cambió algo.
Vitor volvió a mirar la cicatriz.
—A veces.
—¿Y sigues utilizándolo?
—Sí.
—¿Por qué?
Tardó.
—Porque sé quién soy con él.
Anjara había entendido la frase sin entenderla realmente.
—Eso parece una razón terrible.
—Lo es.
—Entonces ¿por qué...?
—Porque que una razón sea mala no consigue que deje de ser verdad.
Aquello la había callado.
Vitor terminó de retirar la protección.
—¿Por qué preguntas?
Anjara pensó en su propia Gema.
En el poder que había matado Espectros y no había podido salvar a Liam.
—Porque no sé quién soy con lo mío.
Vitor la observó.
—Mejor.
Anjara frunció el ceño.
—¿Mejor?
—Todavía puedes decidirlo.
En aquel momento le había parecido una de esas frases suyas diseñadas para resultar profundas y molestas a la vez.
Ahora, sentada a cientos de kilómetros, pensó en Alya.
Una niña a la que otros ya habían dado un nombre antes de que pudiera elegir qué significaba.
Llave.
Anjara entendió por fin lo que Vitor había querido decir.
Y deseó poder decírselo.
El pensamiento apareció con una naturalidad que la dejó quieta.
No preguntárselo.
No discutírselo.
Decírselo.
Compartir algo con él únicamente porque quería que lo supiera.
Anjara miró el corredor vacío.
—Eso sí que es inconveniente.
—¿Qué cosa?
Kaelen apareció tras la cortina.
Anjara casi dio un salto.
—Nada.
La guerrera la estudió.
—No has dormido.
—Tú tampoco.
—Yo no dije que fuera a hacerlo.
—Yo tampoco.
Kaelen levantó una ceja.
—Ordenaste que durmiera.
—Y no me has hecho caso.
—Estoy aprendiendo de mi líder.
Anjara hizo una mueca.
—Eso ha sido cruel.
—Era la intención.
Geal apareció al fondo.
Llevaba menos frascos.
Eso por sí solo resultaba alarmante.
Roric venía detrás.
Cojeaba mucho menos.
Faela fue la última.
—Lyren nos espera abajo.
Anjara observó a sus compañeros.
Nadie estaba descansado.
Nadie estaba preparado.
Todos estaban allí.
—¿Listos?
Roric ajustó las dagas.
—No.
Geal asintió.
—Tampoco.
Kaelen apoyó las manos sobre las empuñaduras.
—Bien.
Faela miró hacia el este.
—Entonces podemos irnos.
Anjara respiró.
El Lago de Cristal Verdadero había quedado atrás.
Delante había una niña de ocho años a la que un continente llamaba Llave.
Malorin la buscaba.
Arboris la escondía.
Y Anjara todavía no sabía cuál de las dos cosas podía resultar más peligrosa para Alya.
—Vamos.
Muy lejos de Arboris, Alya despertó sobresaltada.
No gritó.
Nunca gritaba con aquel sueño.
Se incorporó en la cama.
La habitación era pequeña.
Madera clara.
Una manta verde enrollada a los pies.
Una ventana redonda.
En una esquina había una muñeca hecha con ramas flexibles y tiras de tela.
Alya la miró.
Seguía allí.
Todo estaba donde debía.
Eso debería haberla tranquilizado.
No lo hizo.
El Santuario de los Brotes Durmientes permanecía en silencio al otro lado de la ventana.
Alya se llevó una mano al pecho.
Había sentido algo.
Un latido.
No suyo.
Se levantó.
El suelo estaba frío bajo los pies descalzos.
Caminó hasta la ventana.
Los árboles parecían normales.
Las hojas se movían.
La luna entraba entre las ramas.
Pero las raíces...
Alya tragó saliva.
Las raíces estaban asustadas.
No sabía cómo podía saberlo.
Nunca sabía cómo sabía aquellas cosas.
Cuando intentaba explicárselo a los guardianes, utilizaban palabras que ella no comprendía.
Sensibilidad.
Linaje.
Resonancia.
Una vez había preguntado por qué no podían decir simplemente que los árboles le hablaban.
El guardián Evar le había contestado que porque los árboles no hablaban.
Alya había pensado que aquello demostraba que Evar no los escuchaba correctamente.
Apoyó una mano contra la pared.
La madera tembló.
Muy poco.
—¿Qué pasa?
No esperaba una respuesta.
No con palabras.
Nunca llegaba así.
Primero apareció dolor.
Lejano.
Después frío.
Alya retiró la mano.
Una línea verde muy tenue recorrió la piel bajo sus dedos.
Desapareció enseguida.
La niña se quedó mirándose la mano.
—Otra vez no.
Fuera sonó un cuerno.
Una vez.
Alya se quedó inmóvil.
Segundo toque.
Puertas abriéndose.
Pasos.
Voces.
Los guardianes corrían.
Alya fue hacia la puerta.
Se abrió antes de que pudiera tocarla.
Evar apareció.
Era uno de los hombres más altos del santuario y tenía una cicatriz sobre la nariz que Alya llevaba años intentando decidir si parecía una rama o un gusano.
Aquella noche no tuvo tiempo de preguntárselo.
—Vístete.
—¿Qué pasa?
—Alya.
—Siempre decís mi nombre cuando no queréis responder.
Evar se quedó quieto.
Quizá porque era verdad.
—Tenemos que movernos.
—¿Por qué?
Una tercera llamada de cuerno debería haber llegado.
No llegó.
En su lugar, algo rugió desde el bosque.
No era un animal que Alya conociera.
La ventana vibró.
Evar sacó la espada.
Y por primera vez desde que tenía memoria, Alya vio miedo en uno de los guardianes.
Eso fue peor que el rugido.
—Ponte las botas —dijo él.
Alya obedeció.
Mientras se las ataba, las raíces bajo el suelo volvieron a temblar.
No intentaban esconderla.
Alya lo comprendió de pronto.
El santuario nunca había sido un hogar.
Era un lugar construido para ganar tiempo.
Y el tiempo acababa de empezar a agotarse.