CAPÍTULO 22 LA LLAVE DE SYLTHERION #3
En el diario escondido.
En dieciocho años de silencio.
En Liam preguntando si podía hacer luz.
En todo lo que ella misma había intentado ocultarle para protegerlo.
No había una respuesta sencilla.
—Preferiría que alguien recordara que es su vida antes de decidir cuánto puede saber sobre ella.
Erion bajó los ojos.
—Eso intentamos hacer.
—¿Cómo se llama?
Seraphina respondió:
—Su nombre no es relevante para...
—Para ella sí.
La mujer calló.
Anjara se acercó al mapa.
—Si vamos a hablar de proteger a una niña, dejemos de llamarla «la Llave» durante cinco minutos.
Erion la observó.
Después asintió.
—Alya.
Anjara guardó el nombre.
Alya.
Ocho años.
Persona antes que función.
—Bien.
Miró a los demás.
—Entonces hablemos de Alya.
Faela bajó la cabeza.
No parecía estar escondiendo una sonrisa.
Seraphina no sonrió.
Pero tampoco discutió.
Un golpe sonó en la puerta.
Todos se volvieron.
Otro.
Más fuerte.
Seraphina abrió.
Un guardia entró casi sin aliento.
—Ancianos.
Miró a Lyraella.
Después a Seraphina.
—Ha llegado un halcón del santuario.
Faela palideció.
—¿De los Brotes Durmientes?
El guardia asintió.
—¿Qué dice? —preguntó Anjara.
El hombre esperó a que Seraphina le permitiera continuar.
—Han encontrado marcas.
Kaelen llevó una mano hacia una cimitarra.
—¿Qué clase?
—Cristales.
Geal se puso rígido.
—¿Violetas?
—Sí.
Nadie se movió.
Erion miró el punto del mapa.
—¿Dentro del santuario?
—No.
El guardia tragó saliva.
—A menos de medio día.
Faela cerró los ojos.
—Malorin.
La Gema dio un único latido cálido.
Geal señaló el mapa.
—Si ha localizado el santuario...
—No sabemos que lo haya hecho —dijo Seraphina.
Kaelen negó.
—Ha colocado astillas a medio día de una niña que busca. Es suficientemente cerca.
Roric se acercó.
—¿Cuántas personas la protegen?
—Doce guardianes —respondió Erion.
Kaelen ni siquiera dudó.
—No bastan.
—El santuario permanece oculto.
Faela la miró.
—Tal'Veren también.
Silencio.
Anjara observó el mapa.
—¿Cuánto desde Arboris?
—Un día por los caminos altos.
—Demasiado.
Faela señaló una línea casi borrada.
—No necesariamente.
Todos se volvieron hacia ella.
—Hay un paso antiguo.
Erion negó.
—Está cerrado.
—Lo estaba cuando me marché.
—Hubo un derrumbe.
—¿Cuándo?
—Hace nueve años.
Faela estudió el mapa.
—Entonces puede haberse abierto de nuevo.
Geal frunció el ceño.
—«Puede» no me parece una base extraordinaria para una ruta de emergencia.
—Nos ahorra casi medio día.
Kaelen ya estaba pensando en términos distintos.
—¿Terreno?
—Pendiente. Raíces. Dos gargantas.
—¿Lugares de emboscada?
—Demasiados.
Roric suspiró.
—Ahora sí parece uno de nuestros planes.
Anjara miró a Seraphina.
—Tenemos que salir.
—No.
La voz llegó desde la puerta.
Faelan entró.
Lyren iba detrás.
El estratega avanzó hasta la mesa.
—No vais a ninguna parte esta noche.
Anjara se volvió.
—Malorin puede estar a pocas horas de Alya.
Faelan notó el nombre.
No dijo nada.
—Y vosotros acabáis de volver del lago.
—Podemos caminar.
—Que podáis no significa que debáis.
Kaelen intervino:
—Cada hora aumenta las posibilidades de que encuentre el santuario.
—Y enviar un grupo agotado aumenta las posibilidades de que pierda a la niña y a vosotros.
—Seis —dijo Faela.
Faelan la miró.
—Voy con ellos.
—No he dicho que vaya nadie.
Anjara respiró.
El impulso inicial era discutir.
Marcharse ya.
Demostrar que podía.
Lo reconoció.
Y no lo obedeció.
Miró a su gente.
Geal estaba exhausto.
Roric protegía todavía el tobillo.
Kaelen ocultaba el cansancio mejor que ellos, pero no podía esconderlo de quien llevaba semanas entrenando junto a ella.
Faela había pasado días sosteniendo emocionalmente un bosque enfermo y a Lael.
A Anjara todavía le dolía la cabeza.
Faelan tenía razón.
Eso no significaba que esperar hasta el amanecer también fuera correcto.
Pensó en Vitor.
No en su rostro.
En una tarde en el Crisol.
—Otra vez.
Anjara había intentado levantarse.
La rodilla no respondió.
—Puedo seguir.
Vitor guardó la espada.
—No.
—No estoy herida.
—Estás agotada.
—No es lo mismo.
—En combate, la diferencia dura aproximadamente un error.
Anjara había apretado los dientes.
—Si paro cada vez que estoy cansada...
—No te he dicho que pares cada vez que estés cansada.
Vitor se acuclilló frente a ella.
—Te he dicho que aprendas cuánto te queda.
—Eso no se puede medir.
—Exactamente.
Anjara lo había mirado, irritada.
—Eres insoportable.
—Y tú tienes la costumbre de tratar el cansancio como si fuera una opinión.
Ella intentó levantarse otra vez.
Vitor la empujó con dos dedos en el hombro.
No fuerte.
Fue suficiente.
Anjara volvió a sentarse.
—Te odio.
—Descansa diez minutos.
—Sigo odiándote.
—Hazlo sentada.
Anjara volvió a mirar el mapa.
Medir cuánto quedaba.
No esperar hasta estar bien.
Esperar hasta dejar de ser inútiles.
—¿Cuánto descanso? —preguntó.
Faelan pareció sorprendido.
—Hasta el amanecer.
—Demasiado.
—Anjara.
—Tres horas.
Geal levantó la cabeza.
Kaelen también.
Faelan cruzó los brazos.
—No estás negociando un saco de harina.
—No.
Anjara señaló el mapa.
—Estoy calculando cuánto tiempo podemos perder sin llegar demasiado agotados para ayudar.
Faelan no respondió.
—Tres horas. Comemos. Los Cantores revisan otra vez a Roric y mi hombro. Geal prepara únicamente lo necesario.
Geal abrió la boca.
Anjara lo miró.
—Únicamente.
Él la cerró.
—Kaelen duerme.
La guerrera arqueó una ceja.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Y tú?
Anjara estuvo a punto de responder otra cosa.
—También.
Roric sonrió.
—Quiero presenciarlo.
—Tú estarás con los Cantores.
—Cruel.
—Faela revisa la ruta con Lyren.
Faela asintió.
—Después de tres horas salimos por el paso antiguo.
Faelan miró a cada uno.
—No conocéis ese camino.
—Faela sí.
—Hace años que no lo recorre.
Anjara miró a Lyren.
—Entonces viene con nosotros.
El capitán levantó la cabeza.
—¿Perdón?
—Conoces las rutas actuales.
Faelan casi sonrió.
—Acabas de asignar a mi capitán sin consultarme.
Anjara pensó.
—Sí.
Roric murmuró:
—El lago la ha empeorado.
Kaelen respondió:
—Mucho.
Lyren miró a Faelan.
El estratega guardó silencio.
Después:
—Lyren irá hasta el paso.
Anjara asintió.
—Bien.
—Y cuatro exploradores.
—Mejor.
—Regresarán desde allí.
Faela intervino.
—Después podemos continuar solos.
Faelan sostuvo la mirada de Anjara.
—Tres horas.
—Tres.
—Si los Cantores consideran que alguno no puede viajar, se queda.
Roric abrió la boca.
—Sin discusión.
La volvió a cerrar.
—Definitivamente es personal.
Faelan ignoró el comentario.
—Y si encontráis a la niña...
Anjara esperó.
—La traéis a Arboris.
—Si Alya quiere venir.
La habitación quedó quieta.
Faelan endureció la mirada.
—Anjara.
—Acabamos de pasar diez minutos insistiendo en que no es una herramienta.
—Tiene ocho años.
—Lo sé.
—No puede comprender el alcance de lo que ocurre.
Anjara pensó en Liam.
Diez.
Su espada de madera.
Las piedras que guardaba como si fueran tesoros.
La forma en que detectaba las mentiras de su hermana más deprisa que muchos adultos.
Los niños no entendían menos.
Entendían distinto.
—Quizá no comprenda todo.
Anjara sostuvo la mirada de Faelan.
—Pero puede comprender que alguien quiere hacerle daño.
El anciano no respondió.
—Y puede comprender cuando todos hablan de su vida como si ella no estuviera presente.
Lyraella sonrió.
—Elara dijo algo parecido una vez.
Anjara cerró los ojos.
—Por favor. No me digáis eso cada vez que hago algo.
Roric se rio.
Seraphina sonrió.
Incluso Geal.
Lyraella inclinó la cabeza.
—Intentaré contenerme.
—Gracias.
La anciana esperó.
—Aunque también ponía exactamente esa expresión.
Anjara dejó caer la cabeza.
Kaelen rio.
No una exhalación.
Una risa real.
Durante unos segundos, incluso allí, rodeados de mapas de aldeas muertas y secretos enterrados, fueron simplemente ellos.
La risa terminó.
Anjara volvió hacia el punto del mapa.
Los Brotes Durmientes.
Alya.
Malorin.
—Tres horas.
Anjara no consiguió dormir.
Lo intentó.
Se tumbó.
Cerró los ojos.
Respiró como Kaelen le había enseñado.
Llegó a treinta y siete.
El lago.
Empezó otra vez.
Veintidós.
Alya.
Otra vez.
Diecinueve.
Liam.
Anjara abrió los ojos.
—Perfecto.
La habitación no respondió.
Se incorporó.
Abrió la mochila.
Vendajes.
Agua.
Comida.
El diario de Elara.
Cuatro piedras.
La cuchara.
Sacó una de las piedras.
Lisa.
Gris.
Completamente corriente para cualquiera que no hubiera conocido a Liam.
Él habría encontrado una grieta.
Una mancha.
Una forma de animal.
Algo.
Siempre había algo.
Anjara giró la piedra entre los dedos.
—No es él.
Decirlo dolía.
Pero necesitaba hacerlo.
Alya no era Liam.
Salvarla no cambiaría aquella noche.
No pagaría ninguna deuda.
No demostraría que ahora sí era suficientemente poderosa.
No iba a convertir a una niña de ocho años en la segunda oportunidad de nadie.
Guardó la piedra.
—Vamos a ayudarla porque está viva.
La Gema permaneció fría.
Nada respondió.
Mejor.
Un golpe suave sonó en el marco.
Anjara esperaba a Kaelen.
No había nadie.
Salió al corredor.
El viento movía las cortinas del pabellón.
Durante un instante recordó otra puerta.
Otra noche.
La Academia.
Había sido tarde.
Tan tarde que el Crisol estaba vacío.
Anjara había encontrado a Vitor sentado en una de las gradas, desmontando la protección de cuero de un antebrazo.
—¿No duermes?
Vitor ni siquiera levantó la mirada.
—Sí.
Anjara observó el Crisol vacío.
—De manera muy convincente.
Él retiró una hebilla.
—¿Y tú?
—He venido a buscar agua.
Vitor miró el odre que Anjara ya llevaba en la mano.
Ella siguió su mirada.
—Podría tener sed otra vez.
—Naturalmente.
Anjara se sentó a dos asientos de distancia.
No uno.
Dos.
Vitor no comentó nada.
Durante un rato no hablaron.
Entonces Anjara vio una cicatriz que descendía desde el antebrazo hacia la muñeca.
No nueva.
—¿Ichor?
Vitor dejó de mover las manos.
—Sí.
—¿Te la hiciste entrenando?
—No.
Esperó.
Nada más.
—Eres agotador.
—Me lo han dicho.
—¿Quién?
Vitor la miró.
—Tú. Varias veces.
Anjara casi sonrió.
—¿Duele?