El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 22 LA LLAVE DE SYLTHERION #2
67%

CAPÍTULO 22 LA LLAVE DE SYLTHERION #2

—Esto empieza a parecer personal.

Finalmente, Faelan volvió hacia Anjara.

—Y recibiréis lo que pedisteis.

Ella supo qué era.

—La Llave.

—Lo que sabemos de ella.

—¿Cuándo?

—Ahora.

Aquello sí la sorprendió.

Faelan hizo un gesto hacia Seraphina.

—Llevaos a Lyraella.

Anjara frunció el ceño.

—¿Adónde?

La anciana sonrió.

—A donde guardamos las historias que nos asustan demasiado para contarlas delante de todo Arboris.

La biblioteca de Arboris no tenía libros.

Al menos no al principio.

Seraphina los condujo por el interior del árbol central.

Descendieron por una escalera que rodeaba el corazón del tronco en una espiral cada vez más estrecha.

La madera parecía cambiar a medida que bajaban.

Más oscura.

Más densa.

Más antigua.

No había ventanas.

Pequeños hongos pálidos crecían dentro de cavidades de las paredes y proporcionaban una luz fría.

Lyraella descendía sin ayuda.

Anjara observó sus pies.

Nunca dudaban.

—¿Cómo sabe dónde está cada escalón?

La anciana sonrió.

—Porque ya estaban aquí antes de que perdiera la vista.

—Eso no explica...

Geal empezó.

Roric le apoyó una mano en el hombro.

—Déjalo.

—Solo iba a preguntar...

—Precisamente.

Llegaron ante una puerta de madera oscura.

Sin cerradura.

Seraphina apoyó una mano sobre ella y habló brevemente en Thal'nael.

La madera se abrió.

Detrás sí había libros.

Cientos.

Tal vez miles.

Rollos de corteza tratada.

Cuadernos.

Tablillas.

Hojas prensadas cubiertas de escritura.

Mapas.

Piezas de cerámica.

Pequeñas cajas.

Fragmentos de armas.

Semillas guardadas en recipientes de cristal.

Geal se detuvo en el umbral.

Roric lo miró.

—No.

—No he hecho nada.

—Todavía.

—Solo estoy mirando.

—Con intención criminal.

Seraphina habló sin volverse.

—Si roba algo, lo sabremos.

Geal levantó ambas manos.

—No pensaba robar.

Kaelen arqueó una ceja.

—Ahora sí pareces culpable.

—Esto es absurdo.

Una voz llegó desde el fondo.

—Y ruidoso.

Todos se volvieron.

Un Sylvaris anciano salió de entre dos estanterías.

Era muy delgado.

Túnica marrón cubierta de bolsillos.

Manchas de tinta en tres dedos.

—Seraphina.

—Erion.

El anciano observó al grupo.

—Estos son.

—Ya lo había deducido.

Su mirada se detuvo en Geal.

—El Drakthar puede mirar.

Geal sonrió.

—Gracias.

—No tocar.

La sonrisa desapareció.

Roric se llevó una mano al pecho.

—Me cae bien.

Erion los ignoró.

Se acercó a Anjara.

La observó.

Después miró directamente hacia la Gema oculta.

—Y tú eres la hija de Elara.

Anjara sintió cómo el cansancio retrocedía.

—¿También la conoció?

Erion se volvió.

—Venid.

Anjara lo siguió.

—Eso tampoco era una respuesta.

El anciano continuó andando.

—Definitivamente eres su hija.

Roric soltó una risa.

Anjara empezaba a odiar aquella frase.

Erion extendió un mapa sobre una mesa circular.

No se parecía a los mapas de la Academia.

Los ríos aparecían pintados en azul.

Los grandes árboles en verde oscuro.

Pequeños símbolos representaban aldeas y refugios.

Muchas de aquellas marcas estaban tachadas.

Demasiadas.

Anjara reconoció Arboris.

Tel'Quessir.

El Río Cantor.

Más al este, la tinta se volvía negra.

—Silencio Negro.

Erion asintió.

—Hace seis meses ocupaba esto.

Señaló una pequeña región.

Movió el dedo.

—Hace tres.

La mancha era casi el doble.

—Hace uno.

Mayor.

Finalmente mostró la extensión actual.

Anjara observó cuánto se había acercado a Arboris.

—Tal'Veren estaba aquí.

—Sí.

Faela cerró los ojos.

—¿Cuánto falta?

—Si el avance continuara a esta velocidad, algunas raíces exteriores de Arboris empezarían a verse afectadas en semanas.

Geal se inclinó sobre el mapa.

—No continuará a esta velocidad.

Todos lo miraron.

Erion también.

—¿Por qué?

—Porque esto no crece de forma radial.

Geal señaló un punto.

—Aquí.

Otro.

—Aquí.

Y otro.

Anjara lo comprendió.

—No procede de un único foco.

—Exactamente.

Geal miró a Erion.

—Hay varios.

Faela observó las manchas.

—Las semillas.

—Las astillas —corrigió Geal—. Malorin no espera a que la corrupción avance por sí sola. La transporta.

Erion permaneció callado.

—Lael sospechaba lo mismo.

Anjara estudió el mapa.

—Entonces el Corazón de la Carroña podría no estar en el centro de la zona enferma.

—Correcto.

Roric se inclinó sobre la mesa.

—Eso habría sido demasiado cómodo.

Kaelen señaló varios focos.

—¿Podemos seguir el patrón hacia atrás?

Geal empezó a responder.

Erion levantó una mano.

—Después.

El Drakthar cerró la boca.

Erion miró a Anjara.

—Habéis venido por la Llave.

—Sí.

—Entonces empecemos eliminando un error.

Fue hasta una estantería.

Regresó con una caja pequeña.

La dejó sobre la mesa.

Roric se inclinó.

—¿Está ahí?

Erion lo miró.

—No.

—Era demasiado pedir.

El anciano abrió la caja.

Dentro había un trozo de corteza.

Sobre ella, un dibujo.

Un árbol.

Las raíces rodeaban una figura humana.

No podía distinguirse si era hombre o mujer.

Sobre el pecho de aquella figura aparecía un símbolo.

No una llave.

Una semilla.

Erion señaló el dibujo.

—La Llave de Syltherion no es una reliquia.

Anjara recordó a Lael.

No se encuentra.

Despierta.

—Entonces es una persona.

Erion levantó los ojos.

—Sí.

El silencio cambió.

Geal se inclinó.

—¿Una persona concreta?

—Una función vinculada a un linaje muy antiguo.

Faela se quedó inmóvil.

—Creía que se había extinguido.

Erion la miró.

—Eso era lo que debías creer.

La herida apareció en la expresión de Faela antes de que pudiera ocultarla.

—¿Qué?

Seraphina intervino.

—No todos nuestros secretos se han guardado únicamente de los extranjeros.

Faela rio sin humor.

—Ya veo.

Anjara conocía aquella sensación.

Que tu propia gente te llamara hija mientras decidía qué verdades eras capaz de soportar.

Geal volvió al dibujo.

—¿Qué hace ese linaje?

Erion pasó un dedo junto a las raíces dibujadas.

—Resuena con Syltherion.

Geal frunció el ceño.

—Eso es extremadamente impreciso.

—Lo sé.

—Entonces...

Anjara le tocó el antebrazo.

—Déjalo terminar.

Geal respiró.

Asintió.

Erion continuó:

—Los Cantores de Savia escuchan la vida. Algunos pueden persuadirla. Guiarla. Ayudar a una raíz a encontrar agua o a un cuerpo a recordar cómo cerrar una herida.

Señaló la figura.

—La Llave es distinta.

—¿Cómo? —preguntó Anjara.

—No escucha una parte de Syltherion.

Erion la miró.

—Syltherion puede escucharla a ella.

Anjara permaneció inmóvil.

—¿Todo el continente?

—Eso afirman los registros más antiguos.

Geal negó lentamente.

—Una resonancia vital de esa escala sería imposible.

Erion sonrió.

—Y, sin embargo, estás en un árbol que contiene una ciudad mientras investigas cristales capaces de convertir un oso en una extensión del Vacío.

Roric miró a Geal.

—Creo que ha ganado.

—No era una competición.

—Por eso estás perdiendo.

Kaelen volvió hacia Erion.

—¿La Llave controla el bosque?

—No.

La respuesta fue inmediata.

Firme.

—Ese error ya costó vidas en el pasado. La Llave no gobierna Syltherion.

Faela comprendió.

—Abre una comunicación.

Erion asintió.

—Un vínculo.

Anjara recordó las Vías Silvanas.

Faela cantando.

Súlion.

Nada de aquello se había basado en ordenar.

Escuchar.

Persuadir.

Recordar.

—Y Malorin quiere forzarlo.

Erion cerró la caja.

—Sí.

Geal palideció.

—Utilizar a una persona como conducto.

—Sí.

—Para llevar la corrupción a través de esa resonancia.

—Esa es nuestra mayor preocupación.

Roric miró el mapa.

—¿A todo Syltherion?

Nadie contestó.

No hacía falta.

Anjara vio de pronto el patrón.

Las astillas.

Los animales.

Los árboles.

Las Vías.

El Corazón de la Carroña.

No eran el final.

Eran ensayos.

—Está aprendiendo cómo responde el bosque a la corrupción antes de intentar introducirla de una sola vez.

Erion la miró.

—Eso creemos.

Kaelen apoyó las manos sobre la mesa.

—Entonces encontramos a la persona antes que él.

Erion no respondió.

Anjara lo vio.

—Ya la habéis encontrado.

Silencio.

Seraphina miró al anciano.

Erion cerró los ojos.

Faela dio un paso.

—Erion.

—Nunca estuvo perdida.

—¿Dónde está?

—Protegida.

—¿Dónde?

Seraphina respondió:

—Ese lugar no saldrá de esta habitación.

Kaelen endureció el gesto.

—Si esperáis que la protejamos...

—Todavía no sabemos qué esperáis hacer con esta información.

Anjara sintió subir la irritación.

—Acabamos de pasar por vuestro lago porque queríais saber si podíais confiar en nosotros.

—Y por eso estáis aquí.

—Entonces confiad.

Seraphina sostuvo su mirada.

—La confianza no es una puerta que se abre entera de una vez.

Anjara estuvo a punto de responder.

Pensó en sí misma.

En Geal.

Kaelen.

Roric.

Faela.

Vitor.

Cuántas semanas habían necesitado para empezar a confiar los unos en los otros.

Y cuánto seguían sin saber.

No le gustaba.

Pero Seraphina tenía razón.

—Bien.

Señaló el mapa.

—Entonces responded solo a esto. ¿Está a salvo ahora?

Erion y Seraphina intercambiaron una mirada.

Demasiado larga.

—No lo sabemos —dijo Erion.

Kaelen se irguió.

—¿Por qué?

El historiador desplegó otro mapa.

Más pequeño.

Una zona al noreste de Arboris.

Bosque cerrado.

Montañas bajas.

Un río.

Y un punto sin nombre.

—Existe un santuario.

Faela lo reconoció.

Anjara lo vio.

—¿Qué lugar es?

Faela acercó la mano.

—Los Brotes Durmientes.

Erion asintió.

Roric miró a Faela.

—¿Lo conoces?

—El nombre.

—¿Qué era?

—Durante las guerras entre clanes se llevaba allí a los niños.

Seraphina añadió:

—Hace mucho que dejó de cumplir esa función.

Faela miró a Erion.

—La habéis escondido allí.

Erion no respondió.

Eso fue suficiente.

Anjara se fijó en una palabra.

—¿La?

Erion cerró los ojos.

—La última persona conocida de ese linaje es una niña.

El silencio adquirió otra clase de peso.

Anjara miró el dibujo.

La figura.

La semilla.

Una niña.

—¿Qué edad?

—Ocho años.

Algo le atravesó el pecho.

Liam tenía diez.

Anjara apartó inmediatamente la comparación.

No.

No hagas eso.

Aquella niña no era Liam.

No era una sustitución.

No era una oportunidad de corregir la noche del bosque.

No era una segunda posibilidad para demostrar que ahora sí podía salvar a alguien.

Era otra persona.

Ocho años.

Con su propia vida.

—¿Sabe lo que es? —preguntó.

Erion tardó.

—Sabe una parte.

Anjara endureció la voz.

—¿Una parte?

—Tiene ocho años.

—Precisamente.

Erion la observó.

—¿Preferirías que una niña cargara con todo esto?

Anjara pensó en Elara.