CAPÍTULO 22 LA LLAVE DE SYLTHERION
Lyren los esperaba junto a la primera piedra del valle.
No preguntó qué habían visto.
Anjara se lo agradeció.
El capitán Sylvaris los observó salir uno a uno.
Faela.
Kaelen.
Geal.
Roric.
Anjara fue la última.
Lyren contó.
Cinco.
Solo entonces relajó los hombros.
—Habéis vuelto.
Roric se detuvo a su lado.
—Ese era el plan.
Lyren lo miró.
—No todos lo consiguen.
La sonrisa desapareció del rostro de Roric.
Anjara recordó las palabras que el capitán había pronunciado antes de dejarlos entrar.
Volved todos.
Ahora comprendía que no habían sido una formalidad.
—¿Cuántos no vuelven? —preguntó.
Faela se volvió.
Lyren tardó.
—Los suficientes.
No añadió nada.
Empezó a caminar.
Anjara tampoco insistió.
Había preguntas cuya respuesta podía esperar.
El lago acababa de enseñárselo.
El regreso hacia Arboris fue muy distinto al camino de ida.
Nadie tenía ganas de hablar.
Ni siquiera Roric.
Geal caminaba mirando al suelo. El color no había regresado del todo a su rostro.
Kaelen mantenía la espalda recta y el paso firme, pero Anjara había empezado a reconocer las pequeñas grietas de su control.
Una mano cerrada más de lo necesario.
La respiración demasiado medida.
La mirada evitando quedarse demasiado tiempo sobre cualquier cosa.
Roric cojeaba un poco más.
No porque el tobillo hubiera empeorado.
Estaba agotado.
Faela guardaba silencio.
Anjara cerraba el grupo.
Y pensaba en Kael.
La casa.
La herida.
El fuego.
La corrupción.
Elara reconociendo lo que ocurría.
Su padre diciendo:
Vuelve.
Todavía no.
No estás viendo una respuesta.
Estás viendo una herida.
La mente de Anjara intentaba construir una historia.
Malakor había herido a Kael.
O Malorin.
O alguien relacionado con el Vacío.
Elara sabía lo que estaba ocurriendo.
Tal vez había provocado el incendio para detener la corrupción.
Tal vez...
Anjara se obligó a detenerse.
No.
Una imagen no era una explicación.
Un recuerdo tampoco tenía por qué ser la verdad completa.
Y una pregunta no necesitaba rellenarse inmediatamente con miedo.
Guardó aquella noche dentro de sí.
No la olvidó.
Pero tampoco la convirtió en sentencia.
A mitad del camino, Roric habló por fin.
—Propongo una norma.
Kaelen siguió andando.
—No.
—Ni siquiera sabes cuál.
—Eso mejora mis probabilidades.
Roric la ignoró.
—Nadie pregunta qué vio nadie.
Geal levantó ligeramente la cabeza.
—Me parece razonable.
—Gracias.
—Aunque técnicamente ya conocemos una parte porque durante las visiones...
—Geal.
El Drakthar cerró la boca.
Roric miró a Anjara.
—¿Tú?
Ella pensó.
Después asintió.
—De acuerdo.
Kaelen hizo lo mismo.
Faela también.
Roric pareció satisfecho.
Miró a Lyren.
—¿Ves? Democracia.
—No sé qué significa esa palabra para ti.
—Normalmente, que todos acaban haciendo lo que yo proponía.
Kaelen lo miró.
—Eso no es democracia.
—La mía sí.
Anjara sonrió.
Geal también.
Muy poco.
Pero lo hizo.
Tal vez aquello era precisamente lo que necesitaban.
No hablar del lago.
No todavía.
Recordar que seguían allí.
Juntos.
Vieron Arboris antes del anochecer.
Primero las luces.
Pequeños puntos dorados entre las ramas gigantes.
Ventanas.
Faroles.
Hogares.
Anjara sintió alivio.
No era su casa.
Quizá nunca lo sería.
Pero después de un lago capaz de introducirte en tus propias heridas, cualquier lugar donde las paredes permanecieran donde las habías dejado parecía un refugio.
A medida que se acercaron, el alivio desapareció.
Había demasiados guardias.
Lyren lo vio al mismo tiempo.
Su paso cambió.
—¿Qué ha ocurrido?
Uno de los Sylvaris de la entrada se acercó.
Habló en Thal'nael.
Rápido.
Faela palideció.
—¿Qué pasa? —preguntó Anjara.
Lyren respondió.
—Otra aldea.
—¿Cuál?
—Tal'Veren.
Faela cerró los ojos.
—Está al sureste.
El guardia la corrigió en Eldoriano:
—Estaba.
Nadie habló.
Anjara notó cómo el cansancio retrocedía.
—¿Silencio Negro?
—No sabemos exactamente qué ocurrió.
—¿Supervivientes?
—Once.
Faela abrió los ojos.
—¿Cuántos vivían allí?
El guardia no respondió.
No hizo falta.
Lyren dio varias órdenes en Thal'nael.
Dos guardias salieron por una pasarela lateral.
—¿Dónde están? —preguntó Anjara.
—En los niveles inferiores. Los Cantores los examinan.
Geal avanzó.
—Quiero verlos.
Lyren lo miró.
—Acabas de volver del lago.
—Y ellos acaban de salir de una zona afectada por algo que todavía no entendemos.
—Geal...
—Si presentan los mismos residuos que Lael o las criaturas, necesitamos saberlo.
Anjara miró al capitán.
Tenía razón.
También estaba exhausto.
Las dos cosas podían existir a la vez.
—Primero el Círculo —dijo.
Geal se volvió hacia ella.
—Anjara.
—Primero el Círculo.
—Podríamos perder...
—Y si entramos en una sala de enfermos sin conocer los protocolos de los Cantores, también podemos empeorar las cosas.
Geal apretó la mandíbula.
Anjara sostuvo su mirada.
—Después vamos.
Hubo unos segundos de resistencia.
Finalmente:
—Después.
No le gustó.
Pero aceptó.
Anjara se descubrió pensando en Vitor.
No en una frase concreta esta vez.
En algo que había hecho muchas veces durante los entrenamientos.
Escuchar una objeción.
Mantener una orden.
Y, si la objeción era buena, incorporarla sin fingir que nunca había estado equivocado.
Antes, aquello le había parecido irritante.
Ahora empezaba a entender la clase de disciplina que requería.
El Círculo los esperaba.
Esta vez no había arqueros.
Anjara lo notó de inmediato.
Lyraella ocupaba su asiento de madera viva.
Faelan permanecía de pie junto al borde de la plataforma.
Seraphina hablaba con dos Sylvaris.
Los despidió al verlos llegar.
Después contó al grupo.
—Cinco.
Roric murmuró:
—Todo el mundo parece sorprendido.
Kaelen le dio un golpe suave en el brazo.
Lyraella sonrió.
—Acercaos.
Avanzaron.
Faelan fue directo.
—¿Bebisteis?
—Sí —respondió Anjara.
—¿Todos?
Faela habló:
—Yo ya había pasado por el lago.
Faelan la miró.
—Lo recuerdo.
La tensión entre ambos regresó.
Anjara no intervino.
Faelan volvió hacia ella.
—Entonces cuatro.
—Sí.
—¿Y?
Anjara frunció el ceño.
—¿Y qué?
—¿Qué os mostró?
Roric levantó una mano.
—Tenemos una norma sobre eso.
Faelan lo miró como si no supiera si había oído correctamente.
—¿Una norma?
—No hablamos de ello.
—El Círculo necesita conocer...
—No.
La palabra de Anjara cortó la frase.
Lyren cerró los ojos detrás de ellos.
Parecía haber previsto exactamente aquel momento.
Faelan la miró.
—¿No?
—Nos pedisteis beber.
—Para demostrar la limpieza de vuestras intenciones.
—Lo hicimos.
—Entonces debéis...
—No.
Esta vez Anjara mantuvo la voz más baja.
—Lo que vimos nos pertenece.
Faelan se irguió.
—Estás ante el Círculo de Arboris.
—Lo sé.
—Y solicitas nuestra alianza.
—También.
—Entonces deberías recordar quién necesita a quién.
Anjara sostuvo su mirada.
—Todos.
Faelan no respondió.
—Nosotros necesitamos vuestra ayuda para detener a Malorin. Vosotros necesitáis detenerlo antes de que otra aldea termine como Tal'Veren.
Algo cambió en su expresión.
—Ya lo sabes.
—Nos lo dijeron al entrar.
Seraphina bajó la mirada.
Lyraella permaneció inmóvil.
Anjara continuó:
—No voy a contaros qué vio Geal.
Miró al Drakthar.
—Ni Kaelen.
Después Roric.
—Ni él.
Roric pareció sorprendido.
Anjara volvió hacia Faelan.
—Y ellos no contarán lo mío.
—¿Por qué?
Anjara pensó en Geal gritando el nombre de su hermana.
En Kaelen pidiendo que no la dejaran sola.
En Roric intentando cambiar una muerte que ya había ocurrido.
—Porque sobrevivir a algo no concede a los demás derecho a poseerlo.
Silencio.
Lyraella sonrió.
Faelan no.
—Conveniente.
—No.
Anjara negó.
—Conveniente habría sido inventarte algo.
Seraphina ocultó una sonrisa.
Faelan la vio.
—No la animes.
—No estoy haciendo nada.
—Exactamente así la estás animando.
Roric miró a Kaelen.
—Empiezo a comprender por qué Elara discutió una hora con este hombre.
Faelan lo oyó.
—Y yo empiezo a entender por qué Vitor os golpea tanto.
Roric abrió mucho los ojos.
—¿Conoce a Vitor?
—Desgraciadamente.
Kaelen se llevó una mano a la boca.
Anjara creyó que escondía una sonrisa.
—¿Qué significa «desgraciadamente»? —preguntó Roric.
Faelan lo miró.
—Que hace preguntas.
Anjara no pudo evitarlo.
—Entonces sí lo conoce poco.
Faelan giró hacia ella.
—Contigo habla más.
La frase cayó de una manera extraña.
Anjara tardó una fracción de segundo de más en responder.
—Quizá porque sabe que el silencio no funciona conmigo.
Seraphina observó a Anjara.
No dijo nada.
Eso resultó peor.
Lyraella golpeó suavemente el suelo con el bastón.
Todos callaron.
—El lago nunca ha exigido confesión.
Faelan giró hacia ella.
—Lyraella.
—Nunca.
La anciana orientó el rostro hacia Anjara.
—¿Volviste siendo exactamente la misma persona que entró?
Anjara tardó.
—No lo sé.
Lyraella asintió.
—Buena respuesta.
Después se dirigió al resto.
—¿Abandonasteis a alguno dentro?
—No —respondió Kaelen.
—¿Obligasteis a alguien a beber?
Anjara pensó en Roric.
—No.
—¿Intentasteis utilizar lo que el lago mostró contra otro?
—No.
—¿Regresasteis juntos?
—Sí.
Lyraella apoyó las manos sobre el bastón.
—Entonces ha terminado.
Faelan se levantó.
—Eso no demuestra que puedan cargar con nuestros secretos.
—No.
Lyraella sonrió.
—Demuestra que quizá sepan cargar con los suyos sin convertirlos en armas contra sus compañeros.
Faelan guardó silencio.
Seraphina se acercó.
—Tal'Veren.
Una sola palabra.
Fue suficiente.
Faelan miró hacia el bosque.
Después a Faela.
Finalmente a Anjara.
—Que conste que considero esto precipitado.
Roric se inclinó hacia Kaelen.
—Eso significa que hemos ganado.
—Cállate.
Faelan los oyó.
—También significa que puedo cambiar de opinión.
Roric adoptó una expresión solemne.
—No he dicho nada.
Faelan respiró lentamente.
—Arboris reconoce al Cadre Umbra como aliado temporal en la defensa de Syltherion.
Algo se aflojó en Anjara.
No era victoria.
Pero sí una puerta.
—Tendréis acceso a nuestros informes sobre el Silencio Negro, a las rutas conocidas de los clanes y a los registros relacionados con Malorin.
Geal habló inmediatamente.
—¿Y a la astilla?
—Bajo supervisión.
—Acepto.
Faelan miró a Kaelen.
—Podréis solicitar provisiones y equipo.
Ella asintió.
Después a Roric.
—Y tratamiento.
Roric miró su tobillo.