El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 21 EL LAGO SIN REFLEJO #2
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CAPÍTULO 21 EL LAGO SIN REFLEJO #2

—Me dejaste morir.

Anjara notó la bolsa de cenizas contra su cuerpo.

Un paso.

Otro.

La voz la siguió.

Pero había algo diferente respecto al Sanctum Speculum.

Zara había creado un enemigo.

Aquello no tenía rostro al que derrotar.

Quizá ni siquiera había una conciencia detrás.

Podía ser simplemente la propia mente de Anjara arañando donde sabía que dolía.

Eso era peor.

Kaelen se detuvo.

—Seguimos.

Su voz estaba tensa.

Anjara la alcanzó.

—¿Estás bien?

—No.

Kaelen reanudó la marcha.

—Pero sigo caminando.

Anjara asintió.

Eso bastaba.

Llegaron al lago cuando las dos lunas empezaban a elevarse.

Anjara lo supo antes de verlo.

La Gema se calentó.

No como ante un Espectro.

Ni como dentro de las Vías.

Era un calor constante.

Atento.

El sendero terminó.

El Lago de Cristal Verdadero apareció ante ellos.

No era grande.

Anjara había esperado una extensión inmensa.

Era casi perfectamente circular.

Rodeado de piedra clara y hierba baja.

El agua parecía negra.

No sucia.

Negra porque nada se reflejaba en ella.

Las dos lunas brillaban sobre el valle.

No existían en la superficie.

Tampoco los árboles.

Ni ellos.

Roric se acercó medio paso.

—Eso es profundamente incorrecto.

Geal miró el agua.

—Por una vez, la descripción es técnicamente aceptable.

—Gracias.

—No era un...

Roric levantó una mano.

—He aprendido el sistema.

En la orilla había un pedestal natural.

Sobre él descansaba una copa de piedra.

Nada más.

Anjara miró a Faela.

—¿Qué hacemos?

—Beber.

—¿Todos?

—Todos los que no hayan pasado ya por el lago.

Roric levantó un dedo.

—Tengo otra propuesta.

Nadie preguntó.

—Nos marchamos.

Kaelen negó.

—Rechazada.

—No hemos votado.

—Cuatro contra uno.

—Geal no ha votado.

El Drakthar estudiaba el agua.

—Quiero saber cómo funciona.

Roric señaló hacia él.

—Ese hombre pierde derecho al voto ante cualquier cosa que no comprenda.

Anjara se acercó al lago.

La Gema pulsó.

Faela lo vio.

—¿Otra vez?

Anjara asintió.

—Desde que entramos en el valle.

—Puedes detenerte.

Aquello la sorprendió.

—Faelan dijo...

—No me importa lo que dijera Faelan.

Faela la miró.

—Si decides beber, que sea tu decisión.

Anjara contempló el agua.

Pensó de verdad.

No como líder del Cadre.

No como hija de Elara.

Ni como la persona que todos parecían empeñados en llamar Portadora.

Como ella.

Tenía miedo.

Muchísimo.

—Voy a hacerlo.

Cogió la copa.

Estaba helada.

Geal se acercó.

—Podríamos tomar primero una muestra.

Kaelen lo miró.

—No.

—Solo necesitaría...

—Geal.

Él suspiró.

—Todos estáis utilizando mi nombre de manera hostil.

Anjara casi sonrió.

Hundió la copa en el lago.

No hubo sonido.

Ni siquiera cuando la piedra atravesó la superficie.

Eso fue lo peor.

La levantó.

Dentro, el agua parecía completamente normal.

Transparente.

—Voy primero.

Kaelen se acercó.

—No tienes que hacerlo porque seas quien dirige.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué?

Anjara miró la copa.

—Porque si espero mucho más encontraré una razón inteligente para tener miedo y una razón estúpida para fingir que no lo tengo.

Roric asintió.

—Sorprendentemente sensato.

Faela habló:

—Anjara.

Ella la miró.

—Recuerda la palabra.

Anjara no necesitó preguntar cuál.

—Volver.

—Sí.

Alzó la copa.

La llevó a los labios.

El agua no olía.

Bebió.

Frío.

Nada.

Durante una fracción de segundo sintió una decepción absurda.

Después el mundo ardió.

Humo.

Anjara no podía respirar.

Tosió.

Abrió los ojos.

Fuego.

Una casa ardía delante de ella.

Su casa.

No la que había compartido con Liam después.

La anterior.

Cuando Elara todavía estaba.

Cuando Kael todavía tenía voz.

Anjara retrocedió.

—No.

Conocía aquella noche.

O creía conocerla.

Había pasado años reconstruyéndola con trozos.

Gritos.

Vecinos corriendo.

Elara llorando.

Madera quemada.

Kael desapareciendo dentro del incendio.

Bajó la mirada.

Sus manos eran pequeñas.

Ocho años.

No estaba observando la memoria.

Estaba dentro.

—¡Kael!

Elara.

Anjara se volvió.

Su madre era más joven.

Un hombre la sujetaba por la cintura mientras ella intentaba lanzarse hacia la casa.

—¡Suéltame!

—¡Elara, no!

—¡KAEL!

Anjara quiso correr hacia ella.

No pudo.

Intentó gritar.

No salió nada.

Entonces escuchó llorar a un bebé.

Liam.

La puerta se abrió.

Kael apareció.

El mundo se detuvo.

Su padre.

No el rostro que los años habían ido desdibujando.

No una voz reconstruida a partir de frases que tal vez nunca había pronunciado exactamente así.

Kael.

Cabello oscuro pegado a la frente.

Hombros que para una niña de ocho años habían parecido capaces de sostener una casa.

Liam entre los brazos.

Envuelto en una manta.

—Papá...

Kael avanzó.

Un paso.

Otro.

Algo iba mal.

Una mano sujetaba a Liam.

La otra estaba apretada contra el pecho.

Había sangre.

—No.

Kael llegó al umbral.

Miró a Elara.

No había pánico en sus ojos.

Había dolor.

Y una decisión ya tomada.

Lanzó a Liam hacia la hierba.

Un vecino corrió y atrapó al bebé.

Liam gritó.

Vivo.

Entonces el fuego cambió.

Una claridad extraña apareció alrededor de Kael.

Verdosa primero.

Después blanca en el centro.

Anjara dio un paso.

—Papá.

Kael cayó sobre una rodilla.

Retiró la mano del pecho.

Las marcas.

Aquellas líneas oscuras que Anjara siempre había creído cicatrices de quemaduras.

Pero no nacían de las llamas.

Rodeaban una herida.

Profunda.

Limpia.

Algo lo había atravesado antes del incendio.

Y alrededor...

Negro.

No sangre.

No humo.

La misma sustancia que había visto bajo la corteza de Syltherion.

En el oso.

En las Vías.

Corrupción.

Anjara retrocedió.

—No.

El fuego no devoraba a Kael.

Parte de él nacía de su cuerpo.

Ichor.

O algo que se parecía demasiado.

La luz recorría sus brazos mientras la oscuridad intentaba abrirse paso desde la herida.

Elara gritó.

Pero en su rostro no había sorpresa.

Había reconocimiento.

Anjara dejó de respirar.

Su madre sabía qué estaba ocurriendo.

—¡KAEL!

Él la miró.

Sonrió.

Cansado.

Después dijo algo.

Anjara no oyó las palabras.

—¿Qué?

Corrió hacia él.

—¡Papá!

El sonido desapareció.

Kael volvió a mover los labios.

Nada.

Una viga cayó.

El fuego se tragó el umbral.

—¡PAPÁ!

La casa desapareció.

Oscuridad.

Anjara cayó de rodillas.

Kael estaba delante de ella.

De pie.

La herida seguía en su pecho.

—¿Quién te hizo eso?

No respondió.

—¿Malakor?

Nada.

—¿Malorin?

Kael la miró.

Anjara apenas consiguió pronunciar lo siguiente.

—¿Mamá?

Aquello dolió.

Mucho.

—¿Fue ella?

La oscuridad detrás de Kael se movió.

Su padre se volvió.

Y Anjara vio algo que no recordaba haber visto nunca en él.

Miedo.

No dirigido hacia ella.

Hacia lo que había detrás.

No tenía cuerpo.

No del todo.

Una presencia.

Kael levantó una mano.

Luz blanca apareció entre sus dedos.

Anjara la reconoció.

Había aparecido en sus sueños.

Y había salido de ella cuando intentó salvar a Liam de los Espectros.

—¿Qué eres? —preguntó.

Kael volvió a mirarla.

Esta vez su voz llegó.

—Vuelve.

Anjara se quedó inmóvil.

Una sola palabra.

Pero no oyó solo a Kael.

Por un instante, otro recuerdo se superpuso.

Un parapeto de piedra.

Viento frío.

Vitor.

Vuelve.

Anjara lo apartó.

—No.

Avanzó hacia su padre.

—Dime qué ocurrió.

—Vuelve.

—¡No!

La oscuridad se aproximó.

Kael elevó la mano.

La luz creció.

—¡Papá!

—Todavía no.

Anjara se detuvo.

—¿Todavía no qué?

La expresión de Kael cambió.

Tristeza.

—No estás viendo una respuesta.

La oscuridad empezó a rodearlo.

—Estás viendo una herida.

—¡Espera!

—Vuelve, Anjara.

Ella corrió.

No llegó.

Despertó sin aire.

Golpeó algo.

Unas manos la sujetaron.

—¡NO!

—¡Anjara!

Kaelen.

—¡Mírame!

Anjara abrió los ojos.

Noche.

Hierba.

Lago.

Geal estaba arrodillado a su derecha.

Kaelen la sujetaba por los hombros.

Roric permanecía unos pasos atrás, pálido.

Faela tenía una mano levantada hacia el agua.

Una claridad plateada recorría sus dedos.

Anjara respiró.

Dolió.

Otra vez.

Aire.

—Eso es —dijo Geal—. Otra.

Obedeció.

El mundo fue regresando poco a poco.

Miró sus manos.

Adultas.

Sucias.

Temblando.

—¿Cuánto?

Geal tragó saliva.

—Segundos.

Anjara lo miró.

—No.

Habían sido minutos.

Horas.

Una vida.

—Bebiste y caíste —dijo Kaelen—. Nada más.

Anjara miró la copa.

Estaba en el suelo.

Entera.

No recordaba haberla soltado.

Se separó de Kaelen.

Necesitaba espacio.

—Mi padre.

Nadie habló.

Anjara apoyó la mano sobre el pecho.

La Gema ardía.

—No murió simplemente en un incendio.

Faela bajó la mano.

—¿Qué viste?

Fuego verde.

Una herida.

Corrupción.

Elara reconociéndola.

—Estaba herido antes.

Geal frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Algo lo había atravesado.

Su voz tembló.

—Y había corrupción en la herida.

Roric miró el lago.

Kaelen no apartó los ojos de Anjara.

—¿Estás segura?

La respuesta estuvo a punto de salir.

Sí.

Después recordó a Lyren.

Una verdad incompleta.

Zara.

Una ilusión podía construirse sobre hechos reales y seguir engañándote.

Kael.

No estás viendo una respuesta.

Estás viendo una herida.

Anjara negó.

—No.

Kaelen pareció sorprendida.

—No estoy segura de nada.

Aquello dolió casi tanto como la visión.

—El lago me lo ha mostrado. No sé qué parte era memoria, qué parte interpretación y qué parte... otra cosa.

Geal asintió.

—Bien.

Anjara lo fulminó.

—¿Bien?

—Sí.

El Drakthar se sentó sobre los talones.

—Porque hace unos meses ya habrías decidido quién lo hirió, por qué y qué significaba. Después habrías obligado al resto de los hechos a encajar.

Anjara quiso discutir.

No pudo.

—Vi a mi madre.

Faela se acercó.

—¿Qué hacía?

—Intentaba entrar en la casa.

Anjara tragó saliva.

—Cuando vio lo que le pasaba a Kael, lo reconoció.

—Eso no significa que lo causara —dijo Kaelen.

Anjara la miró.

—Lo sé.

Agradeció que no añadiera nada.

Ni una explicación cómoda.

Ni una defensa de una mujer a la que nunca había conocido.

Solo el límite entre lo que sabía y lo que no.

Roric señaló el lago.

—¿Podemos decidir que una persona es estadísticamente suficiente?

Geal ya se levantaba.

Roric cerró los ojos.

—Claro que no.

Geal caminó hacia la copa.

Anjara lo agarró del brazo.

—Espera.

Él se detuvo.

—No tienes que hacerlo ahora.

Geal miró el agua.

—Sí.

—Acabas de verme.

—Precisamente.

Anjara apretó los dedos.

Entonces vio sus ojos.

No había curiosidad.

Ni entusiasmo científico.

Había miedo.

—Sé lo que voy a ver —dijo Geal.

Lyra.

Anjara lo soltó.